sábado, 28 de enero de 2012

LA CRUZ DEL AVIADOR


LA CRUZ DEL AVIADOR
(La Memoria de la Tierra)

En cualquier mañana de diciembre, resulta extraña la palidez de los rayos del sol; el rocío, que había dominado toda la hierba durante el plenilunio, se deja arrastrar, convirtiendo su espíritu en agua; los pájaros se despiertan del letargo nocturno, envolviendo el silbido del viento con sus trinos; y el cárabo, el único fantasma que queda en los campos cumbreños, se refugia de una luz débil, en la vieja tronca de una corpulenta encina.
En un día cualquiera del último mes del año, las vacas pastan impasivas por todo el monte que hay al lado de “La Puente Nueva”, a la vera del Gibranzos. Es un paraje cargado de tomillos, moldeado caprichosamente por los meandros del río. Hay una vieja zahúrda, que se alza en lo más alto; y un molino semiderruido, que se esconde en lo más bajo, deshaciéndose en su propia historia como un mártir del tiempo que yace olvidado, y su rueda granito, en otra época de alta alcurnia, se revuelca ahora entre las zarzas y el pasto.
Ese día todo parece normal, el silencio tan solo es interrumpido por los latidos de la naturaleza: el agua al correr por entre las piedras; las vacas al hacer sonar sus campanillos; el pitido de los sapillos del río que retumban en las pizarras,… todo es igual al día anterior. Sin embargo, el viento trae un olor raro, parece aceite o gasolina ardiendo.
Camino por el monte, extrañado por el olor, hasta que doy con una cruz blanca, que se resiste a ser devorada por el musgo y los líquenes. Es una cruz pequeña, donde apenas se pueden leer unas iniciales y una fecha. Cuando me puse frente a ella, el olor había desaparecido y tan solo alcancé a decir: “compañero, el mundo es un pañuelo”.

El 8 de diciembre de 1964, en aquel monte, algo rompió la monotonía del tiempo estancado en pleno invierno; algo quebrantaba las poderosas vigas del viejo molino; algo asustaba a los cerdos, que se escondieron en la zahúrda, intuyendo quizá algún mal presagio. Era un aeroplano militar, que daba vueltas en círculo.
Alguien lo llevaba observando durante bastante tiempo. El ruido del motor carraspeaba en el cielo y el avión, subía y bajaba en múltiples piruetas.
En medio del monte, una vaca muerta, por el frío excesivo de estos meses, o por alguna enfermedad, que, por entonces no había cura o era difícil comprarla, se exponía al destino post mortem de su cuerpo.
Una gran bandada de buitres, cuervos, urracas y algún alimoche, que abundaban en aquella época, disfrutaban a sus anchas de la apetitosa carne de la vaca.
El sufrido labriego, apoyado en su azadón, miraba extrañado el vuelo de ese pájaro de hierro, de un lado a otro, surcando el río o coronando los riscos de La Jara, no estaba un momento quieto, inundando el monte de un ruido mecánico y monótono.
Pasado un rato, el agricultor siguió con su faena sin perder de vista aquella misteriosa avioneta. ¿Quién podría ser?, ¿Qué demonios estará haciendo por estos campos de Dios?, pensaría sin duda.
De repente, en una maniobra forzada en la que el avión desplegó toda su envergadura a ras del suelo, los buitres, que estaban terminando con los últimos restos de la vaca, se alzaron en vuelo, asustados quizás por el monstruo mecánico que los acechaba. Nuestro amigo no perdía detalle de lo que pasaba, todos los necrófagos danzaban alrededor de la avioneta, y esta, embestía contra ellos, como un toro en el ruedo. Volvía a dar piruetas, pero esta vez más violentas, arriba y abajo, el ruido del motor se mezclaba con el graznar de los cuervos y buitres acosados.
En un momento en que el labriego volvió a echar mano de su azadón, se oyó un impacto, parecido a un golpe seco. El avión empezó a perder estabilidad, comenzó a agonizar, tenía que aterrizar de inmediato, algo había pasado de improviso. Nuestro hombre lo vio bien claro y empezó a correr hacia el monte, atravesando el río; corría como un condenado; y, con la voz quebrada por el sofoco, a la altura del molino, alzó los brazos al cielo y logró gritar <<¡Tirate que te vas a matar, tirate!>>. Pero el impacto fue brutal, el aeroplano cayó como un ave abatida de un disparo, destrozada por completo.
Lo que no sabía nuestro querido testigo es que no era el único que había presenciado el desastre; un grupo de muchachos, que andaban por “Vaciatroje”, vieron perfectamente la caída del pájaro de hierro a lo lejos, y corrieron rápidamente al auxilio.
Nuestro viejo monte se llenó de gente al poco rato.
En una de sus piruetas, el anónimo aviador había arrollado a un buitre con uno de los motores, provocando el fatal destino. Tenía que aterrizar a toda costa, así que apagó el motor  para que, al estrellarse contra el suelo, el monstruo de acero no explotara. Cuando lo encontraron, todo el mundo lo recuerda con los ojos cerrados, agarrado firmemente a los mandos del aeroplano.

Hace unos meses, viajé con un compañero de carrera a su pueblo natal. La misma tarde que llegué conocí a su abuelo. Después del clásico apretón de manos me dijo:
-          Así que tú eres de La Cumbre, cerca de Trujillo.
-          Si señor- contesté.
-          Pues yo tuve un amigo que se mató allí.
-          ¿Se mató, como que se mató?- pregunté un poco incrédulo.
-          Se mató en una avioneta, mira, va a hacer, precisamente, 40 años al año que viene.
Me quede mudo de sorpresa, me parecía increíble, después de un rato, tan solo alcancé a decir: “El mundo es un pañuelo”.

La Cruz blanca permanece aún allí, resistiéndose a ser ocultada por la madre naturaleza. Sin embargo, ya forma parte del monte; y al igual que la vieja zahúrda o el obsoleto molino, pertenece a la tierra y a su memoria.
Me alejo poco a poco, pensando en esa memoria, en esos recuerdos perdidos que, a pesar de todo, se refugian en estos montes.
La memoria de la tierra es aquella que no está olvidada, sino escondida en los misterios del tiempo, sale a la luz cuando la encontramos, pero siempre ha estado ahí, en el mismo sitio donde surgieron los hechos, con la misma calma y el mismo sosiego*.


Jesús Bermejo Bermejo.               Cáceres 2003.


* Relato publicado en el primer y único número de una revista llamada  “Norma” que sacó el Ayuntamiento de La Cumbre en el 2003 con la ayuda de las Monitoras Socio-Culturales de entonces en el difícil intento de instaurar, de manera constante, la saludable tradición de crear una revista  al año en nuestro pueblo.

miércoles, 18 de enero de 2012

PUEDO CONTAR LA HISTORIA DE LA CUMBRE...


Puedo contar la historia de La Cumbre al hablar de los bailes en la plaza, las corridas de toros hechas con carros en los “lejios”; los juegos de la cucaña, los quintos, las corridas de gallos o de una vieja tradición, extinta hoy, que se llamaba “la vaquilla”; también puedo contar su biografía si relato las ferias de ahora, con sus buenas orquestas, y la gente llenando la pista y disfrutando al cien por cien; las fiestas del barrio de “Las Flores”; la Semana Joven de una Asociación juvenil que lleva ya tres años creada; la reciente excursión de la Asociación de mujeres al Museo del Prado; el frite y la sardinada en la plaza por carnavales; las obras de teatro de un grupo que, cada año, nos arrancan carcajadas en sus funciones...
Puedo contar todas esas cosas y no me estoy saliendo de la mitología de este lugar; decir, por ejemplo, que hace más de cien años, nuestra dehesa estaba sembrada de encinas, y que andaba la guardia de Trujillo detrás de aquellos cumbreños que, por la noche, robaban leña porque “no tenían  para calentarse en invierno”, luego talaron esos robustos árboles porque dijeron a nuestros antepasados que el terreno era bueno  para el desarrollo agrícola-ganadero; y ahora vuelve la dehesa a sembrarse, poco a poco, de paneles solares, árboles fotovoltaicos que transforman el paisaje, inusual escenario, porque dicen que es bueno para el desarrollo industrial de la zona; un proyecto que comienza para contar algún día sus consecuencias.


Puedo contar la historia de un grupo de ancianos que aspiran las eses y dicen “chacho” y “poquino” en un parque de Móstoles, cerca de Madrid; o la de mi vecino, que se fue con catorce años a la capital hace ahora casi sesenta, siempre con la esperanza de volver, regocijado en ese verbo, triste y alegre a la vez, que transita con el anhelo de miles de extremeños que, inevitablemente, hicieron las maletas para buscar un futuro mejor, y que han estado pensando toda la vida en volver como si toda su estancia, vidas enteras, fueran simplemente un tránsito, un intento inevitable y burlón de convertir el tiempo en algo pasajero.
Puedo referirme a todo eso y contar nuestra historia; como cuando un brasileño escribía un comentario en el “youtube” porque había visto el video de “La Cumbre, mi pueblo” de un tal Jesús Bermejo, y saludaba desde el otro lado del charco diciendo que es nieto de Marcelo Canelada; o de toda la gente que escribe en el libro de visitas de las dos páginas Web del pueblo; o ese francés, un poco extraño, empeñado en plantar nueve árboles en La Puente en homenaje a sus antepasados cumbreños.
Se pueden contar muchas historias de este pueblo; en cada poro de sus casas, en cada rincón de sus calles se respiran sus vivencias; en los peldaños del Rollo, de donde colgaron zorros y lobos con piedras en las fauces no hace demasiado tiempo, cuando organizaba batidas el Concejo de Trujillo para limpiar la zona de “alimañas”. O un puente que no se llegó a construir, fruto de un sueño, que se quedó precisamente en eso, en un delirio de la Revolución Industrial de principios del siglo XX. O ¿Por qué están destruidas las “pasaeras” del río, próximas a los molinos, y solo quedan sus cimientos luchando contracorriente? Corriente que, va a hacer más de tres años que no vemos por la sequía*; sequías y plagas por las cuales rezaban nuestros antepasados a San Gregorio, y por eso mismo le levantaron una ermita, que lleva demasiados años abandonada; ahora parece que hay un intento de restaurarla, quizás de esta manera, vuelva la lluvia, con la charca Runel vertiéndose por su muro resquebrajado y con el pantano hasta arriba de agua, como lo hemos conocido todos los inviernos; entonces se volverá a oír el rumor acuífero del Gibranzos por las noches, cuando todo el pueblo duerma y solo pasee el viento por sus calles.


Jesús Bermejo Bermejo                         La Cumbre 2009.



*Relato escrito como presentación del tercer número de la Revista “Rodacis”, por aquellos entonces, 2009, llevábamos padeciendo unos años de sequía y por eso se hace alusión en el articulo.

martes, 10 de enero de 2012

MI VIDA TEJIDA A MIGUEL DELIBES

MI VIDA TEJIDA A MIGUEL DELIBES

Veinte años después he vuelto a leer “El Camino” de Miguel Delibes; una tarde me ha durado, sentado en el sillón de mi piso madrileño. Al paso de los capítulos recordaba cuando abría las hojas amarillentas del ejemplar ajado de la biblioteca de mi pueblo, encaramado en el piso superior del cine de verano de mi abuelo (que por entonces no proyectaba ninguna película, “Espartaco” de Stanley Kubrick fue la última) mientras las palomas y las grajillas sobrevolaban su nuevo dominio.

Ahora me doy cuenta, después de veinte años, que yo era un niño del universo de Don Miguel, pertenecía a su forma de ver las cosas y de plasmarla en la tinta de sus sentimientos: mis padres también querían que estudiase y que fuera un hombre de provecho y, como “Daniel el Mochuelo”, me parecía muchísimo más importante la labor de mi abuelo en el campo y en la tienda que las decisiones de, por ejemplo, el Presidente del Gobierno. Cada personaje de sus obras literarias adquirían una dimensión real a mi alrededor; así en mi pueblo había una “Guindilla”, con su cotilleo constante y su misa diaria; y mis amigos se parecían a “Roque el Moñigo” y a “German el Tiñoso” cuando íbamos a bañarnos al “Charco la Olla” y cogíamos “tontos de agua”; también íbamos a la iglesia a gritar a los que estaba en el coro <<¡voces puras, maricas!>> ante la mirada aviesa y amenazante de nuestro “Don José el Párroco” que se llamaba Don Leopoldo; tenía por entonces a una “Uca uca” que no paraba de mirarme y de querer estar conmigo y a la que odiaba y, sin embargo, no podía estar sin ella.


“El Camino” de Miguel Delibes fue mi primer libro autodidacta (entiéndase por tal aquella novela que lees de manera voluntaria y no obligado en el colegio) y me cambió la vida o, más bien, la transformó porque sentí que no era un ser real sino un personaje de una de sus obras; por eso, como en un crimen sin resolver, me adentré en el fondo de la cuestión; por lo que me puse a devorar más novelas suyas y, como en unas arenas movedizas, quedé atrapado aún más en su universo.

La naturaleza, el pueblo, la afición a los animales eran sensaciones que caían de sus paginas como los caramelos de una bolsa; así sabía que el cuco es un pájaro “aprovechao” que pone los huevos en otros nidos para que sean otras aves quienes alimenten a sus crías; sabía que hay que contener el aliento para subir a los nidos de las palomas y las torcaces; que al jilguero se le puede criar en una jaula cogiéndolo polluelo y dejando que sea la madre quien le alimente, a través de los barrotes, hasta que pueda comer por sí solo; sabía que las perdices hacen “prrr” y no “brrr” y que el cárabo es la única ave rapaz nocturna que se ríe… todo estaba conectado, en sus libros y en mi vida… salir a por tordos con “liga”, cazar cangrejos con carne podrida en un anzuelo, coger ranas con un trapo rojo y una linterna… me sentí “el Nini” de su novela “Las Ratas” y mi vecino, cabrero entre sus muchos oficios, era el “Señor Cayo”, y mi tío, que por entonces estaba de candidato a la alcaldía, el “Diputado Víctor” en “El disputado voto del Señor Cayo”… todo mi mundo estaba en el suyo, encajaba como las piezas de un puzzle perfecto solo que con nombres distintos: los perros de mi abuelo “Nelo” y “Torri” eran “la Fá” y “el Loy” del “Nini” en “Las Ratas”, y un cernícalo que crié años más tarde bien podría ser “La Milana” de “Los Santos Inocentes”.

Pasaron los años y Miguel Delibes se había convertido en mi escritor de culto, leí todas sus novelas, relatos, libros de viajes y ensayos (“La sombra del ciprés es alargada”, “Aún es de día”, “Mi idolatrado hijo Sisí”, “La hoja roja”, “Cinco horas con Mario”, “El príncipe destronado”, “Las guerras de nuestros antepasados”, “El Tesoro”, “Madera de héroe”, “Señora de rojo sobre fondo gris”, “El hereje”, ect) hasta llegar a “Los Santos Inocentes” y luego la película; el desgarro de la humillación de los oprimidos, los caprichos de los señoritos, el analfabetismo… eran cosas que tocaban cerca, como si existiese una guerra a la vuelta de la esquina. Los jóvenes extremeños no permanecían impasibles, lloraban de rabia, apretaban los dientes y asentían con la cabeza, con el compromiso de hacer de su tierra un lugar mejor y de progreso… hasta en eso acertó Delibes.

No se si mi sentimiento es compartido por todos los hombres y mujeres extremeños/as que fueron niños y niñas rurales; éste no es un relato de la vida y obra de Miguel Delibes, para eso está Internet y los periódicos. Esto es un esbozo del sentimiento de su obra, una sensación muy placentera que os animo a disfrutar.


Jesús Bermejo Bermejo.                            La Cumbre 2010.

Artículo publicado en la Revista “Croni C.R.A Las Villuercas” con motivo del fallecimiento del genial escritor.

lunes, 2 de enero de 2012

LUIS ARIAS CASTRO “UN CUMBREÑO VALIENTE”.

LUIS ARIAS CASTRO “UN CUMBREÑO VALIENTE”.

Luis Arias Castro podría ser cualquiera en La Cumbre: un amigo, un familiar, un conocido al que saludamos cuando cruzamos la plaza o paseamos por la carretera. Sin embargo, estos apellidos se remontan siglos atrás para ser protagonistas de una gran historia, cuyo eco tuvo que ser contada de generación en generación hasta, en un momento determinado, perderse en los anales de la memoria*.

Corría el año 1809 o 1810, tiempo después de la Batalla de Bailen, en plena Guerra de la Independencia Española, donde las tropas del General Castaños vencieron a las del General francés Dupont, suponiendo la primera gran derrota del ejercito napoleónico, y donde más de 17.000 soldados franceses depusieron sus armas.
Como en todas las guerras, la picaresca y el sentido de la supervivencia están a la orden del día; hecho que, en las postrimerías de esta famosa batalla, provocó que muchos soldados franceses desertaran de sus filas y escaparan de ser hechos prisioneros por las tropas españolas. No podían regresar a su país, pues eran desertores y, por lo tanto, traidores a su patria; y, tampoco quedarse en el nuestro, ya que eran considerados “enemigos de España”; por lo que se dedicaron a vagar por los campos, en cuadrilla, asaltando, robando y haciendo toda clase de fechorías.

Como cada mañana desde que faltó su padre, Luis sacaba sus once ovejas y tres cabras a pastar cerca de la Dehesa de Roa, las conducía por el camino principal hacía Montanchez donde hay una cruz, conocida actualmente como “Cruz de las Escuelas”; iba despacio, saboreando el aire y el sol en su cara mientras, con un flautín hecho con un hueso de gallina, imaginaba una cancioncilla; a la vez que estaba atento por si las cabras se subían a alguna pared de piedra, ambiciosas por catar el pasto ajeno; si ocurría eso, ya estaría él raudo para atizarlas, sin demasiada fuerza, con el gancho y reconducirlas por el camino.
Era una mañana de verano, calor y siega, los cumbreños deambulaban con el “hocino” por los campos, esperando que llegasen las mujeres con los cántaros cargados de agua fresca, cogida de los pozos.
 Luis Arias Castro, a sus doce años, se había convertido, sin quererlo, en el hombre de su casa, pues su padre partió con el grupo de voluntarios de La Cumbre para la conocida “Guerra del Francés” pero no regresó. Era consciente de que su actual situación requería tesón y trabajo; comprendía que su adolescencia había acabado en lo que se refiere a responsabilidades para que a su madre viuda y hermana no les faltara de nada.
Al llegar a Roa, nuestro protagonista deja a su pequeño rebaño al libre albedrío, mientras, se refugia del calor asfixiante debajo de una gran encina, que ha crecido entre unas rocas a modo de oasis en la dehesa extremeña. Mas tarde vendrá su hermana, como todos los días, con la tartera del almuerzo; las ovejas pastan impasibles, con el sonido irregular de sus campanillos; y nuestro joven cumbreño se entretiene jugando a la taba** al compás, a esas horas, del perenne zumbido de las chicharras.
Con la exactitud de un reloj suizo, justo el sol en lo más alto, se presentaba María  y así, los dos hermanos comían juntos los alimentos de la tartera de corcho, heredada de su padre, a la sombra de la encina, a la vez que hablaban de sus cosas y se reían de los “chascarrillos” de su pueblo y de sus amigos, como jóvenes que eran.
Mientras Luis devoraba la comida exquisita preparada por su madre, María fue a buscar un poco de agua a la, actualmente conocida, fuente de roa.
En el instante en que sacó la caldereta llena de la fuente, un relinchar de caballos atrajo su atención y se encontró a su espalda a siete jinetes de uniforme que espetaron en francés << regardez ce que nous avons trouvé>>***.
María se quedó como paralizada, los sietes franceses estaban allí, sucios, el pelo y la barba descuidada, con sus uniformes azules ajados, gastados por el sol, dejando relucir sus sables.
Mientras ocurrían esos segundos interminables en el cruce de miradas y la muchacha permanecía quieta, dos desertores desmontaron a la vez que decían, aterciopelando inútilmente la voz <<fille tranquille, venez avec moi>>****
Un  soldado se acercaba poco a poco a la niña, tenía una cicatriz que le cruzaba la cara y de su tez quemada por el sol, se entreveían dos ojos azules que, en vez de despertar viveza, miraban con ausencia de escrúpulos, yaciendo hundidos en la concavidad del deseo.
El desenlace parecía más que evidente, las manos de aquel bandido francés tocaron, por un instante, los cabellos de María y la risotada de la cuadrilla resonó fuertemente en los alrededores. En aquel momento, Luis, que había observado la escena, aprovechó la ocasión para, sigiloso, abalanzarse hacía aquel rufián. Tan solo tenía como armas su gancho de las ovejas y su valor, pero, en menos de un parpadeo, y ante el asombro de todos los presentes, se apresuró a inutilizar la mano del atrevido soldado para, acto seguido, propinarle un buen palazo en la cabeza y dejarlo inconsciente.
El compañero que había desmontado con él se apresuró a sacar el sable y dar cuenta del muchacho; pero Luis, astuto, consciente que la velocidad era lo único que le podía salvar, le atizó tal palazo en las piernas que hizo que el rufián gabacho cayera al suelo con la boca abierta del dolor, instante en que nuestro zagal, hundió el gancho, por la parte del hierro en la cara de su enemigo.
Dos franceses quedaban en el suelo, mientras nuestro protagonista gritaba a su hermana que se fuera de allí con todas sus fuerzas, el resto de la cuadrilla ya había dado cuenta de sus espadas y, al galope, pretendían “aplastar” al muchacho.
María corría desesperada hacia el pueblo, giró la cabeza y pudo ver como su hermano, con más valor que muchos hombres, aprovechando el tronco de una encina, ganaba posición, para, acto seguido, con una piedra, atizar a otro de los bandidos un fuerte golpe en la cara, que hizo que se cayera del caballo y se rompiera el cuello.
Como he dicho, la velocidad y el conocimiento del terreno eran las únicas ventajas que tenía nuestro cumbreño, de modo que, a la carrera, haciendo zig-zag entre los árboles, llegó hasta el río Gibranzos, donde sabía que había unas “carrasqueras”, lugar idóneo para despistarlos y, sobre todo, ganar tiempo para que la muchacha se pusiera a salvo.
A la vez que cruzaba nuestro río, en esa época medio seco, tuvo el suficiente resuello para tirar el gancho “a barrer” a las patas de uno de los caballos, provocando la caída de su jinete.
Pero ya entre “las carrasqueras” poco más podía hacer el muchacho, salvo esquivar las cuchilladas de los bandidos desertores y ganar el máximo de tiempo para salvar a su hermana.
Los soldados franceses escupían, acuchillaban y maldecían en su idioma mientras nuestro protagonista hacía lo imposible por esquivarlos. De repente, en un instante de descuido, provocado por el cansancio extremo, ocurrió lo sospechable; uno de los bandidos le atrapó por la espalda y le atravesó con su sable.
Mientras tanto, a toda prisa, María había conseguido dar con unos cuantos mozos de La Cumbre, a medio camino del pueblo y Roa, que estaban faenando en la siega; en cuanto les contó lo sucedido, no pensándolo dos veces, se armaron de hoces y horcas y salieron a toda prisa al encuentro de los desertores.
Los soldados, viéndose frustrados al no haber completado sus intenciones sexuales con la muchacha, se entretenían, viendo agonizar a nuestro joven protagonista, dándole patadas e insultándolo, llamándolo <<espagnole voyous>>*****.
Ese fue el tiempo justo para que, en medio de la soledad del campo, los franceses no vieran venir a la cuadrilla de cumbreños que, sin mediar palabra, se abalanzaron sobre los bandidos en un bravo enfrentamiento, para después terminar con ellos allí mismo.
En medio de todo, tras finalizar el combate, Luis yacía con el puñal en el costado, la sangre salía a borbotones y estaban a dos leguas de La Cumbre. Su hermana lloraba desconsoladamente y el grupo de muchachos asistían la escena cabizbajos, tristes y rabiosos por no haber estado allí antes para impedir el fatal desenlace. Sin embargo, a pesar de todo, nuestro protagonista sonreía al cielo por haber conseguido salvar a su hermana y no le importaba lo que el destino hiciera con él, ya que había conseguido su objetivo.
Cogieron al zagal, principalmente la muchacha, y, a toda prisa,  le llevaron a nuestro pueblo. María taponó las heridas de Luis con su propia ropa; los jóvenes campesinos cumbreños contarían después que no se explicaban la fuerza interior que tenía su hermana, que cargó con nuestro protagonista sin una sola queja, solo el sollozo, las lágrimas y la agonía por no poder llegar antes de lo que quisieran.
El final parecía evidente, pero el destino no quiso que nuestro Luis terminara sus días aquella mañana de verano; a pesar de haber perdido mucha sangre, como no tenía ningún órgano vital dañado, sanó, después de haber estado en el umbral de la muerte; y se convirtió en un héroe, cuya andanza fue contada en innumerables ocasiones en todos los pueblos de la comarca, sobre todo, en el nuestro, La Cumbre.

Esta historia se pierde en los recovecos más recónditos de la memoria; nadie se acuerda de ella, ni siquiera se menciona; de hecho, si preguntamos, nadie sabe decir ni oyó mencionar nunca tal hazaña. Sin embargo, Arias y Castro son dos apellidos tan comunes en La Cumbre que saltan, como los conejos entre las matas de los tomillos, de familia en familia.
Nada queda de su recuerdo y veracidad, salvo, en el archivo municipal de Trujillo, la partida de voluntarios de La Cumbre para la Guerra de la Independencia Española.

Luis Arias Castro puede ser cualquiera en el pueblo; sin embargo fue el nombre de un joven valiente que arriesgó su propia vida para salvar el honor de su hermana una calurosa mañana de 1809 o 1810.  


Jesús Bermejo Bermejo         
Madrid (Cercanías paradas Atocha, Embajadores, Laguna, Aluche) 2011.

Cuadro del relato: La Rendición de Bailén, de Casado de Alisal (Museo del Prado)

*Interesante relato sobre el aún más interesante libro de historias “Leyendas Trujillanas” de José Antonio Redondo Rodríguez. Es posible que fuera una historia, a su vez convertida en leyenda, contada durante muchos años en La Cumbre hasta que otro acontecimiento aún mayor ¿La Guerra Civil tal vez? La borrara de la memoria de los cumbreños; ni lo sabemos ni se sabrá.

**La Taba: La taba es el hueso conocido como astrágalo. Con la taba de algunos animales, particularmente del cordero, se practica un juego de apuestas muy simple. El juego consiste en lanzar la taba, ganando una o cuatro unidades apostadas si quedan las partes salientes del hueso hacia arriba, o perdiendo otras tantas si quedan las partes hundidas en la cara superior.

*** Regardez ce que nous avons trouvé (Mirad lo que nos hemos encontrado).
**** Fille tranquille, venez avec moi (tranquila muchacha, ven conmigo)
***** Espagnole voyous (canalla española).