miércoles, 4 de julio de 2012

MARIMANTAS, HOMBRES DE LA MEDIA, CULEBRAS GIGANTES, EXTRATERRESTRES Y DEMÁS SERES NATURALES Y ANTINATURALES.




En el verano cumbreño, como la vida, las historias salen a la calle, se cuentan y viajan por los rincones, llevadas de la mano del chillido de los niños y niñas que saborean, profundamente, el mágico periodo estival.
Las anécdotas se disparan, se repiten de año en año, a fuerza de recordar, y salen a la luz personajes que estuvieron con nosotros y que ahora se encuentran, para siempre, en algún archivo escondido de nuestra memoria.
Nada nos importan sus nombres, o a que familia pertenecieron o si sus descendientes se parecen físicamente a ellos; eso no nos vale para nada, pues el respeto no debe estar reñido con su recuerdo. Por eso, en los corrillos veraniegos de La Cumbre, todos los años, salen a la luz historias de “marimantas”, “hombres de la media”, “señores oscuros” y demás seres naturales y antinaturales, que habitan sitios inaccesibles y salen cuando están las tinieblas en lo más alto del cielo.
En la calle Virgen de Guadalupe, por la noche, todavía hay un punto oscuro sin farolas donde cuando era pequeño habitaba una anciana muy alta y delgada, vestida enteramente de negro, que sobresaltaba su tez blanquecina llena de arrugas, con el pelo enmarañado y largo, totalmente descuidado, caído sobre los hombros como alambres resplandecientes por el reflejo de las luces de mas abajo.
Para un niño de 10 o 11 años, es imposible que no te causara autentico pavor, y si encima los amigos y demás niños del pueblo contaban las maquinas de tortura que tenía, el pozo lleno de muertos que poseía en su casa y el pañuelo lleno de espinas con el que te cazaba, el miedo hacía que te temblara las rodillas cada vez que pasaras por ahí… aún me viene a la mente su mirada penetrante, tranquila, como la de un búho, silenciosa, acompañada únicamente por otra vecina que tampoco emitía sonido alguno.
Para colmo,  para ir de casa de mis abuelos maternos a casa de los paternos y viceversa, tenía que pasar precisamente por ahí, bueno, podía ir también por la calle de La Cruz, pero aquello significaba que era un cobarde y un “cagao” y eso no se podía ni contemplar… todavía me río cuando pasaba corriendo, o andando muy despacio, rozando con la pared de enfrente, que más de un “rozón” me costó, mientras el silencio contrastaba con el griterío lejano de la plaza y su mirada escudriñaba cada pensamiento de mi mente, mientras la cabellera plateada y descuidada se reflejaba como un espectro iluminado.
Una noche, estábamos todos los niños jugando en la plaza; por aquellos años Joaquín vendía en su kiosco una especie de “bombas” que si las tirabas contra el suelo explotaban haciendo un ruido detonador. Pues bien, aquella misma noche, armados cada uno de nosotros con un par de ellas, un montón de niños, mayores, medianos y pequeños, nos fuimos hasta la puerta de nuestra mujer misteriosa y comenzamos a descargar todo nuestro arsenal en el umbral de su puerta. Cuando salimos corriendo, el silencio acostumbrado de la calle se vio entorpecido por nuestros gritos de, por que no decirlo, miedo y tensión acumulados.
Al llegar de nuevo a la plaza, decidimos, pasado un rato, volver a su puerta para ver el resultado de nuestro bombardeo, pero al llegar al lugar, nos detuvimos en seco y salimos a correr despavoridos, muertos de miedo al ver que, justo en su puerta, había clavado un pañuelo, el pañuelo de espinas que tantas veces hemos dicho que utilizaba para cazar a la gente y echarlas al pozo.
Todavía, aquel rincón, sigue si estar iluminado; pasados los años, volví a ver a la misma mujer, ahora cuidada, vestida de colores y con una “permanente” en lugar del pelo canoso y enmarañado; y la casa, recientemente, ha sido restaurada, pero aún hoy, sobre todo en las noches frías y solitarias de invierno, cuando paso por este lugar, todavía oscuro, no puedo dejar de pensar en el pañuelo colgado y en el miedo que me daba pasar por ahí cuando era niño.

El verano es así de mágico, por eso, siempre sucede algo sobrenatural o que desborda la imaginación y aborda las calles y campos de nuestro pueblo.
Hace tiempo, rondaba “El Hombre de la Media”, solitario, ataviado con esa peculiar prenda de vestir femenina en la cabeza, dispuesto para dar sustos y aparecerse en cualquier instante; unos decían que era el hijo de “noseque” y otros decía que era el sobrino del de “nosecuan”, que importaba eso, el hombre de la media rondaba las calles, caminaba por las paredes y era capaz de pasear por los tejados para hacer acto de presencia en cualquier instante.

Los “Hombres Desnudos” son más modernos y solo duraron un verano, muchos y muchas decían que los habían visto por la Calle Portugal, otros y otras por “El Palacio”, algunos por la Calle Barrionuevo y la “calle mala”, casi llegando al “Parque Sardina”, que más da; el caso es que estaban desnudos con la cabeza tapada y salían corriendo en cuando les daba una voz, no sabemos a donde ni el por qué de su exhibicionismo.

La época estival es tiempo de altas temperaturas, la madera cruje y el calor de las tejas se acumula bajo las bóvedas de las cuadras y casas antiguas, cerradas durante años, provistas de “gateras” por la que salen culebras después de vivir adormiladas durante el invierno y hartarse de ratas, ratones, pájaros y gatos. Son muchas las anécdotas en las que las que, estando el corrillo de vecinos tranquilamente sentado en la calle, se ven sorprendidos por la presencia de esa otra vecina no deseada que, ni corta ni perezosa, hace su aparición en el momento más inoportuno, sembrando un gran revuelo, griterío y temor entre los presentes.
Y es que, en este periodo mágico, los animales más indeseables o que dan más miedo, hacen su aparición, sobre todo en las noches, como si fueran productos de encantamientos y hechizos. Los pollos de las lechuzas saltan de viga en viga, por los tejados, para que la brisa nocturna les de una tregua, después de todo el calor del día, con su “siseo” penetrante, como si antiguos fantasmas nos mandaran callar desde el cielo. Los escuerzos atraviesan torpes las calles, recostando sus barrigas en el cemento dilatado, a la búsqueda de langostas y chicharras. Las mariposas búho se caen, aturdidas por el neón de las farolas, cuyas alas parecen mirarnos a través de un prisma de grandes dimensiones, acrecentando aún más nuestro asombro por su tamaño. Los alacranes salen de debajo de las piedras para dar algún susto que otro cuando se va al campo.
Los animales, como digo, parecen sumarse al misterio que enfunda las noches. Siempre hay algún galgo negro que sale por las esquinas, sigiloso como un fantasma, o algún mastín huido de su rebaño, golpeando el “tarangallo” cual presencia sobrenatural que se quiere hacer notar; o, yéndonos más lejos, alguna zorra, que se atreve a meterse en algún contenedor en busca de alimento entre la basura cuyas zarpas chasquean las calles, en el momento en que es sorprendida.

No podemos terminar este relato sin hacer mención de los seres que habitan en los grandes pozos, solo visibles en las noches de luna llena, capaces de engullir a quien, distraído, se atreve a asomarse en busca de su presencia.
Y, como no, los OVNIS, extraterrestres y demás seres de otra galaxia, que aprovechan los veranos para darse un paseo por nuestro pueblo que, yo creo que, como salimos más a la calle, nos tienen más a mano para estudiarnos y esas cosas.
Recuerdo cuando, hace unos años, muchos vecinos bajamos a la Cruz, junto al Parque, para ver una luz, grande, anaranjada, que recorría todas las tierras del Palacio de Magasquilla una y otra vez; cual fue nuestro asombro que, desde Trujillo, un videoaficionado grabó esa misma luz y la envió al programa “Esta noche cruzamos el Misisipi” (creo que está el video en youtube todavía).
Por mi parte, no tengo ni la más remota idea de la presencia extraterrestre por La Cumbre, pero algunos amigos aseguran haber visto a un hombre alto, vestido de negro, que se movía muy deprisa para luego desaparecer, por el camino de La Puente; y alguno me ha contado la existencia de una “cuarta dimensión” en la carretera de Ruanes a Botija (De Ruanes a Botija ¡¡Cuarta Dimensión!!), claro, todo eso lo tenía que comprobar pero ni hombre de negro, ni cuarta dimensión ni nada.

En fin, la única verdad es que en el verano, la vida sale a la calle, y con ella, historias, de muy diversa índole, pero que, a veces transcienden en fabulas, leyendas y fantasías sobre hombres de la media, seres que habitan en los pozos, marimantas, serpientes gigantes, extraterrestres y hombres de negro que corren mucho y que salen por las noches para acrecentar a la oscuridad de temores y hacer más atractiva a las madrugadas. Que digo yo, miedo darán, pero tontos no son, porque a ninguno se le ocurre salir en plena hora de siesta, claro, como todo el mundo está “recogido” en sus casas, pues ellos harán lo mismo, ya lo dice el refrán “Cada uno en su casa y Dios en la de todos”.


Jesús Bermejo Bermejo.               Alcorcón 2012.