jueves, 28 de noviembre de 2013

LA SENDA DEL PALACIO

UN PASEO POR EL PUEBLO (II)



Posiblemente es tarde, las fachadas antiguas han sido destruidas y se han levantado cocheras de puertas metálicas donde siempre han habitado portales típicos; las calles del silencio no proclaman su terminación sino que se ramifican en las pendientes arteriales de aquellas que suben a la plaza; antiguas cuadras altas resisten el paso de los años y sus pilas graníticas se esconden entre tapias de adobe mientras el descorrer de sus cerrojos desata familiaridad a los oídos, una especie de música que empaña el presente y circunda la silueta trazada. La calle Condesa de Romero se somete a la bifurcación de dos vías, San Gregorio y El Palacio, cogemos la segunda, ascendemos, puertas pequeñas se aprietan entre las casas alicatadas de honradez; empiezan a levantarse los tejados, ya no vemos el cielo tan abierto y no podemos dar con la cabeza en los canalones, a modo de broma absurda; un poco más arriba, al lado del molino, cuya esencia se reverbera en la armonía de las estaciones, sucediéndose como el péndulo de un reloj de pared, portales amoldados a los años que nos tocan y un gran arco a la derecha pregonan la existencia de un enclave cumbreño dotado de nobleza discreta.

Me sujeto a conjeturas de esquina como que, en otro tiempo, la calle palacio no existía y la fachada de la casa señorial se abría a sus dominios como un otero en la estepa. Es posible adivinarlo a través de sus muros firmes, pizarrosos, acordonando las cercas colindantes; reptando en la línea atemporal que nos dejan las piedras en la marca de su gastada singladura, suspiros injertados en sueños que se desglosan en el silencio de las siestas, o en la nebulosa inhospitalidad que ofrecen las heladas invernales.
En esta vivienda habitó el que fuera señor de La Cumbre, Pedro Barrantes, título otorgado a golpe de monedas incas, nacidas de la promesa del emperador Atahualpa; nombres, lugares, guerras y tesoros que se escapan de nuestro paseo cuando, salimos del callejón donde, la gloria antecesora, esparcida al viento desmemoriado, destierra la presencia sobresaliente de nuestro palacio.
Un poco más arriba, enlazando con las calles Hernán Cortes y Don Pedro Barrantes, cruce de cofradía en Semana Santa y trasiego de botellones veraniegos hacía el Corral Concejo; una antigua pila granítica, aposentada en su distrito, luce empastada de cemento donde, todavía es posible adivinar el surco por donde caía el agua gastada cuando, el trapo o el tapón de corcho, abría la salida y la tierra se alfombraba de barro. Decidimos seguir subiendo, dirección a la iglesia, la longitud de la senda se ensancha y las moradas se cubren de luz; al darnos cuenta de que subimos se va delatando aquella “culmen inis” que civilizaciones antiguas pudieron observar, cuando nuestro pueblo no existía y rebaños de pastores nómadas vagaban entre grandes encinares mientras la “cabeza de zorro” (Turgalium) se hacía visible a lo lejos.

La plaza de la fuente de los cuatro caños abraza, esmaltada con nuestro carácter, el baño de sol que la embelesa casi todo el día, acentuándose desde pasadas las doce; parece un resumen de nuestro pueblo ya que en ella se recogen, sin pretenderlo, los principales elementos de nuestra arquitectura tradicional: portalones grandes de madera, espesura de cuadras altas con vigas de encina relinchando en sus bóvedas; portal típico, sencillo, humilde, laureado entre sus poyos, encubriendo tras la blancura de su fachada la mampostería antigua, trazada, augurio de manos firmes y expertas; tozas de granito en puertas grandes de balcones con herrería detallada, inclinada a los acontecimientos que pasaron y pasan; y la fuente, heredera de aquellas que pusieron cuando “había agua en el pueblo pero no en las casas”, con el vértice desafiando al cielo y adornada de alicatado atrevimiento.
Es uno de los rincones más bonitos de La Cumbre, relegado a un segundo grado, quizá, por su proximidad a la iglesia, cuya imagen se asoma al final de la calle, recargando la paleta cromática de colores que se agudiza en nuestros ojos.
Me apresuro a tomar fotografía del portal en el esfuerzo, casi imposible, de retenerlo en el tiempo, con la pena de que, cualquier día, desaparezca y sea otra cochera metálica la que se embadurne de sol en esta preciosa plaza, cuya esencia, vamos dejando por el callejón de la izquierda, engalanado por las ramas grandilocuentes de un olivo.

Las calles con grandes historias se reconoces enseguida, La de la Iglesia es una de ellas, de las más rectas del pueblo, aunque evolucionada, deja entrever antiguas casas grandes, vanagloriadas en los años en que fueron destacables. Observo una en particular, no porque tenga algo especial, sino porque allí habitó un personaje antiguo del pueblo, huraño y estrafalario, propio de cualquier novela de William Faulkner, antiguo vecino cuya historia volvemos a aparcar en este paseo que nos lleva hacia la calle Olivo, no sin antes girar hacia la izquierda y saborear otro rincón que esconde el murmullo de muchas conversaciones veraniegas, la tranquilidad es perceptible, la elegancia se mezcla con la sencillez de sus fachadas, un patio y una entrada únicas capitanean su estructura, un indicio libertario se cuela por otro callejón que nos llevaría a Hernán Cortes si lo pretendiéramos y, subida a los tejados, la palmera  nos devuelve sobre nuestros pasos, hacia la calle Olivo, de nuevo, para seguir esta particular senda, el sendero que se bifurca cual remolino de una hoja otoñal, a merced del viento.
Como una señal de continuación del paso, la ropa tendida se enfrenta con antiguas ventanas de casas inhabitadas, aguardando su propia utilidad en el presente; la vía se vuelve a abrir: a la izquierda, un callejón, otro más donde se almacenan los recuerdos ancestrales; a la derecha más cocheras, portales adornados de coronas redondeadas, cuadras que se cierran al silencio heridas de carcoma, naranjos y limoneros, ya en la calle Triana, ahondando sus raíces en la cima, en la cumbre de nuestro pueblo, el punto más alto, el que nos bautiza.

El recuerdo de un “perro salchicha” feroz se sucede con el olor a pan recién hecho en un despacho antiguo y la leche ordeñada del día tras la puerta verde de una cuadra, tirón de mofletes y miradas escrutadoras cuando, de pequeño, agarrado del brazo de mi abuela, iba con ella, panera de tela y cántaro metálico, a por las provisiones diarias con el edificio de la iglesia entablando un nexo tradicional, en cuya plaza, recalamos,  hoy, y nos sentamos a contemplar su puerta principal mientras nos preguntamos donde habrán ido la gran cantidad de golondrinas, “aviones”, vencejos y palomas, cuyos chillidos se mezclaban con nuestros gritos infantiles, después de que se taparan sus hornillas; dónde habrá ido la cigüeña, que tantas veces nos habrá visto jugar desde su atalaya, después de que se quitará el “balconcino” donde estaban las campanas; ¿se habrá visto obligada a emigrar como tantos cumbreños? las imprevisibles consecuencias de nuestros actos no son siempre las que esperamos.

Jesús Bermejo Bermejo                        La Cumbre 2013.



jueves, 17 de octubre de 2013

VIDRIOS QUEBRADOS


No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado.
Lope de Vega, La Dorotea

El olor de la tortilla francesa recién hecha buceó, entre el pasillo, hace dos viernes, hasta mi habitación, donde estaba a punto de terminar “el areté” de octubre; como una dulce llamada los sentidos se agudizaron a mi alrededor, me iba a disponer a bajar a la cocina cuando ¡plof!, mi ordenador se quedó sin fuerzas y la imagen de la pantalla se desvaneció; <<¡no me jodas!>> alcancé a decir sin poder vaticinar ninguna explicación que justificase el desplome y deserción de mi más fiel aliado en esto de aprender a escribir.
La cena se sumió en una incontenida preocupación, no ya por la avería sino por la cantidad de documentos que tenía guardados, hace seis meses metí gran parte de ellos en un disco duro portátil pero, aun así, guardaba bastante contenido en el maldito ordenador que, por ahora, parece que ha soltado, cual máquina que tiene la sartén por el mango, eso de “sayonara baby”.
Salí fuera a disipar mi mal rollo por lo ocurrido, la calle estaba inhóspita, coloreada por los farolillos de mi casa y los de mis vecinos. La carretera anudaba pasajes de luz cada 3 metros por el neón de sus farolas; las voces salían de “Jara” como una libertad entumecida y desde las ventanas de “Naya” parecía entreverse mesas llenas de cautelosa jarana.
Llegue hasta el “Ciber”, allí estaban Raquel y Domingo, acodados en la barra; como tampoco era plan de trasladar mis penas e infortunios hacia nadie, acodé mis problemas y comenzamos con la bendita liturgia de los viernes, regada, por mi parte, con una coronita, mientras las conversaciones y los saludos se dividían, disciplinarios, a partes iguales. Dependiendo de los transeúntes, en todo bar, se oye el perceptible vagar del tiempo, por ejemplo, en estas fechas, los pescadores se van despidiendo de la temporada mientras los cazadores se equipan para empezar la suya; los universitarios vacilan y exageran los devenires del, siempre turbulento e inolvidable, inicio del curso; los caballistas cepillan a sus caballos después de largos entrenamientos, preparándose para su marcha a Guadalupe… toda época tiene su espacio, los acontecimientos vociferan su momento, y es en los bares, donde se reafirman y despiertan, en función de los gustos e inclinaciones.
El itinerario nos llevó carretera arriba, el “Coocum” desfigura los minutos con la intermitencia de sus luces, la complicidad libre me inclinó a pedir un té de limón, o de naranja, que están cojonudos, lo mejor para irse a dormir pensareis, pero no hay problema, siempre me he llevado bien con las bebidas excitantes a la hora de conciliar el sueño.
Y esto sería todo, unas risas, estar con los amigos, sentir el placer de tener todo el fin de semana por delante, un viernes cualquiera en La Cumbre, me iría a la cama y el sábado amanecería con el sol membrillero cincelando sus frutos; pero no, ese no sería un viernes cumbreño cualquiera.

Cuando me iba para casa, mientras el bullicio tabernero se quedaba atrás, el equilibrio silencioso se abría a las calles negociando el paso de la oscuridad
Crucé la calle Hornillo hasta llegar a la Ronda Colón donde, tras avanzar unos metros, me pareció ver una sombra que subía por la calle de San Juan; un escalofrío hizo que se me erizase el vello de los brazos, para ahuyentar mis malos espíritus grité << ¡Eeehh!>>, la sombra permanecía en la esquina del camino vecinal, unos segundos después del grito, se puso en medio de la Ronda Colón; era una silueta delgada, más alta que yo, con una sudadera roja cuya capucha tapaba el rostro. Durante unos segundos nos quedamos mirando, él me analizaba y yo intentaba entrever quien se escondía detrás del gorro de la sudadera, mientras, albergaba la esperanza de que alguien conocido pasase, también de camino a casa, por allí. La silueta se dio la vuelta y comenzó a caminar Ronda Colón adelante; dicen que el miedo sabe a hierro, y que es capaz de recorrer tu cuerpo en un segundo, sintiendo como frío, no lo sé, tampoco sé porque me eché hacia adelante, quizá, el temor y la prudencia no van cogidos de la mano; el caso es que, casi sorprendido conmigo mismo, grité <<¡¡Eh tú párate ahí!!>>, al ver que la sombra no paraba volví a gritar <<¡Eh tú hijo de puta párate ahí!>>; en esos momentos la silueta se giró y retiró media capucha, un rostro moreno y desconocido me miraba desafiante, avieso, amenazando pensamientos y jurando infamias. En esos momentos interminables, cruzando miradas, como en un duelo del salvaje oeste, sabía que no podía dar marcha atrás ¿qué iba a hacer? ¿salir corriendo, zigzaguear por las calles y dejarle que siguiera recorriendo el pueblo a su libre albedrio?, no me fastidiéis, sabía que estaba cometiendo una gran imprudencia, pero también sabía los comentarios de mucha gente que juraban haber visto a “tíos” encapuchados por la calles de La Cumbre de noche, como “Pedro por su casa”; no tenía vuelta atrás, estaba entre la espada y la pared, sosteniendo la mirada a aquel desconocido que, luego lo pensé, podría tener un arma y acabar con el “pringao” aspirante a héroe en un abrir y cerrar de ojos; pero como dije antes, no podía echarme atrás, un sentimiento, llamarlo, patriótico, una vehemencia terrenal me hizo dar dos pasos hacia adelante, a lo que el adversario contestó, a su vez, con tres o cuatro paso más, como jactándose que no tenía miedo de nada; <<¡¿Qué haces por aquí a estas horas?!>> pregunte nervioso, <<que voy a hacer, esperando>> me soltó con acento extranjero y una voz hosca, profunda, maltratada, quizás, por el tabaco y la vida. En esos momentos, como de la nada, apareció un coche (un seat córdoba gris de los antiguos), casi tan cerca que a punto estuvo de alcanzarme con el espejo retrovisor y se paró unos metros más allá; el desconocido se metió las manos en los bolsillos y, tras dar unos pasos marcha atrás, sin apartar la mirada, se metió en el coche, que salió a toda velocidad dirección Cáceres.
Ya en la cama, los pensamientos se apelotonaban en mi cabeza y los nervios habían dejado mi cuerpo en un, extraño, éxtasis armónico, relajado; por un momento me arrepentí de todo lo ocurrido y me juré a mí mismo no volver a ser tan necio; pero una parte de mí no estaba arrepentida del todo, aunque quería estarlo, como cuando se canta en misa lo de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”; no, aquello no había estado bien del todo pero tampoco había estado mal del todo; el escritor y filósofo Eric Hoffer dice que podemos conocer a que tiene más miedo nuestro enemigo observando los métodos que usa para asustarnos, pues bien, si esto es así, la coartada a mi comportamiento no estuvo, del todo, injustificada.
Lo cierto es que, si, es verdad que rondan extraños por las calles de La Cumbre, ahora que lo pienso, lo más preocupante es que si estos individuos se dan un paseo un día de finales de septiembre principios de octubre por las calles del pueblo, viernes, con buena temperatura y vecinos por ahí, a pesar de que sea de noche, ¿qué cosas podrían hacer, por ejemplo, un día de mediados de noviembre o enero, a las 4 de la mañana, miércoles, con 1ºC de temperatura?... no podemos escurrir el bulto y mirar hacia otro lado, las consecuencias de esta crisis que nos ahoga no solo la notamos en la falta de trabajo sino también en la aparición de estos bellacos que, sin escrúpulos algunos, se aprovechan de la escasa vigilancia de los pueblos pequeños para husmear y realizar todo tipo de canalladas; para chapotear, cada vez más, en este mundo cuyos cristales han sido reventados por las desigualdades, la codicia y el cainismo entre la humanidad, cristales rotos cuyas secuelas yacen en forma de vidrios quebrados en el suelo.

Escribo esto, no para alardear de mi valentía ni para parecer un héroe, es más, creo que mi actitud, a día de hoy, no está justificada en absoluto, por muy caballeresca que pueda resultar. Parece ser que mi ordenador tiene solución y puedo recuperar los documentos que ya tenía por perdidos; el areté de octubre tendrá que ser el areté de noviembre porque, después de contar la hazaña, la preguntas y la curiosidad se empecinaran en encontrar lo que buscan, tal vez, otro viernes por la noche, puede que con más frío que el de hace unas semanas, donde pude comprobar por mí mismo la certeza del huronear de encapuchados que no se amilanan y huyen a la primera sino que se remilgan y desafían al posible transeúnte que cometa la torpeza de plantarles cara.  Lo aconsejable en estos casos es que, al igual que hacían los pueblos norteños con los lobos que bajaban a por los rebaños, el ruido es fundamental, voces, música, ruido de todo tipo…y llamada a la Guardia Civil, por supuesto. Esta parece ser una batalla perdida de antemano, tan antigua como el mundo, que parece querer escapar a ninguna parte, como el seat córdoba gris misterioso, que huye, aguarda y viola, harapiento, las leyes y la falta de riquezas de un reino perdido.


Jesús Bermejo Bermejo.                 Alcorcón 2013.




jueves, 19 de septiembre de 2013

VESPACIO: LA CUMBRE – SANTIAGO DE COMPOSTELA.

4º DÍA: ZAMORA – EL GANSO (LEÓN).

En el transito monocorde de los días de verano, decidimos ir hacia Benavente para luego surcar los pueblos zamoranos de la LE-1; allí los bosques se aprietan y abrazan pequeñas carreteras parcheadas por las que la vespa se abre camino, cobijada en la sombra de robledales cuando aprieta el calor en los valles y agotada en las sierras, a pesar del descenso de la temperatura y el viento, que fragmenta las cumbres moteadas de nieve.
En Otero de Bodas paramos a descansar, al lado de la iglesia, en los peldaños pizarrosos de una casa que, seguramente, llevaba más de 40 años sellada al mundo; aquí los vecinos, ese día, tenían  un conflicto acuífero, pues la mitad del pueblo llevaba varios días sin agua en las casas y tenían que salir, de nuevo, con cántaros y cubos a las fuentes; << si vais para arriba, a la sierra, en el “muelo de la vieja” os encontrareis la herradura del apóstol, que se la dejó ahí, en una roca, por un salto de su caballo>> nos dice un hombre, que había dejado los cubos de agua un instante mientras descansaba en una esquina, << nos gustaría mucho pero no creo que pasemos, queremos llegar esta tarde a Santiago Millas>> le contesté, <<entonces ir de día que éste es un pueblo lobero>>, << ¿hay muchos por aquí?>> pregunté sorprendido, <<¡buh!>>, el hombre se echó las manos a la cabeza y soltó, orgulloso, que en la Sierra de La Culebra se encuentra la mayor población de lobos de Europa, <<¿vosotros sabéis porque se llama este pueblo Otero de Bodas?>>, ante nuestra negación, soltó los cubos y se sentó con nosotros en los peldaños de la antigua casa cerrada a los tiempos; entonces bajó la voz y nos hablo del caballero Gil Otero de Biedma, que mantuvo amoríos con una de las pupilas de Enrique IV, famosa en la comarca por bruja; aquella hechicera lo maldijo a no sentir  placer en el acto sexual, salvo cuando desposara a una virgen y durante la noche de bodas. En virtud de la maldición, Gil de Otero se dedicó a desposar doncellas con el objetivo de alcanzar placer en la noche nupcial, matándolas después para poder casarse con otra nueva; hechos que le otorgaron el mote de Otero de Bodas, apodo que se trasladó al pueblo. Nuestro cronista volvió a bajar el tono de voz; <<dicen las gentes de aquí que aquel caballero mataba a las chicas, las despezaba y se las echaba a los lobos en una encrucijada próxima que se llama “trozoloslobos”; ¡andad con cuidado caminantes!, los parajes loberos tienen historias como esta y más adelante aguardan los lobos los “trozos” de las muchachas de Gil de Otero, quien se aparece por las noches y pregunta  a las solteras ¿Quieres casarte conmigo? jajajaja>>.

Estos parajes recónditos, de historias con sabor a muerte y deseo, descienden entre robledales, que se apoderan del terreno; surcándolos con la vespa, teníamos la sensación de ser observados, entre los pinos de las cumbres, por sombras agazapadas en constante movimiento. La carretera se estrecha y se observa (y siente) su continuo parcheo con nuestra mochila atrás, restando viento, mientras antiguos miliarios evidencian el camino antecesor por el que pasó el séquito de Teodorico II, de camino a Bragança.
En Molezuelas de la Carballeda los vecinos saludan nuestro tránsito con la mano, a juzgar por las camisas, el tiempo, suave hoy, se juzga por estas tierras, más bien, frío. Los hombres siembran en huertos cobijados de la intemperie, a la falda de las casas; tres mujeres con sombrero de paja de ala ancha nos observan, haciendo girar sus cuellos hasta perdernos de vista; apenas hemos visto niños y el silencio se abalanza sobre el destino, en el trayecto del porvenir de estos lugares.
Volvemos a subir, zigzagueando, deteniéndonos en una de las cimas para observar el paisaje, robusto, lleno de presagios circunvalando las sierras como protegidas de sueños que producen el desperezo en las horas solitarias, constituyendo la comarca como un punto de partida, el inicio de un carácter, un estoque de tradición que conserva los mismos ojos, el mismo pelo, la misma lengua de quienes los precedieron, atavismos aferrados con fiereza sobre el estupor de la memoria que parece descolgarse, de vez en cuando, y habitar entre los robledales, las pizarras, los pinos soldados de las cumbres, hasta en la casta del inaccesible rebeco que nos observa desde la cima, o el lobo furtivo que acecha desde la espesura de estos montes.
Volviendo al valle, en Cubo de Benavente, la tradición vinícola envuelve a sus habitantes, quienes tienen un caldo curioso y refinado en las bodegas subterráneas excavadas a mano en las laderas de los montes; el linaje de los vinos se pierden entre la misma tierra que lo embelesa para deleitar. Como íbamos con la moto, apenas pudimos hacer una cata y nos vimos imposibilitados de llevarnos alguna botella; así, con el imposible sabor del vino, entramos en la provincia de León, esquivando hendiduras de viejas carreteras, que se abren al cielo como cicatrices de asfalto y parecen intimar con la soledad y la ausencia del tránsito de vehículos.
Entramos en la comarca de “La Maragatería”, nombre provisto de muchos orígenes, como las costumbres que la laurean y las construcciones típicas que la encumbran; el término “maragato” se pierde como una hoja en la otoñada, se piensa que puede derivarse de aquellos mauri capti (moros capturados) haciendo alusión a aquellos musulmanes conversos que se establecieron en la zona; otra hipótesis proviene del rey Mauregato, relacionando el nombre, de nuevo, con un origen bereber;  y otro, más coloquial, hace alusión al trasiego y comercio de sus habitantes, que vendían pescado en Madrid, cogiéndolo antes en Galicia; se dice pues, que de Galicia (mar) a Madrid (gatos) se fusiona la denominación “maragato”.
Rencillas toponímicas aparte, la comarca serpentea entre tierras fértiles de paredes de piedra que bifurcan las lindes y los senderos por donde surcan los innumerables caminos de armónica compostura, ennoblecidos con valles donde residen choperas, cuyo verdor contrasta con el manto amarillo de la estepa castellanoleonesa y la otorga de un tapiz “machadiano”*.
Más adelante, quedamos maravillados con la fisonomía de Santiago Millas, estructurado de casas minuciosamente esculpidas en pizarra, con puertas y ventanas azules, ataviadas de pequeños gallineros en cuyas entradas deambulan el picotear constante y el gracioso cacareo, como un quejido hacia las altas temperaturas del día. Persiguiendo las marcas sospechosas de la historia, las calles maragatas de este pueblo se sustentan sobre una loma, que las da forma y pacta con ellas la imagen de sus siluetas, abriéndose y cerrándose en virtud del capricho y planteamiento de sus antiguos habitantes. En la plaza del ayuntamiento, una hermosa chopera reconvertida en parque, con bancos de piedra y fuente en su núcleo, se convierte en un hermoso enclave donde sentarse a respirar; allí un gran grupo de ancianos y niños juguetean entre las sombras y el juego de luces que crea el revoloteo de las hojas en una danza constante con el viento; nos llama la atención el salto generacional de las gentes del parque, la vecina Astorga está cerca y hace presagiar que los padres de estos niños se encuentran en dicha capital, mientras, la tarde en Santiago Millas se ofrece para abuelos y nietos deslumbrante, plagadas de rincones mágicos donde los juegos cobran fiereza en el tránsito de los dulces momentos que ofrece el verano.

Atravesamos Murias de Rechivaldo, cuyas pizarras se perpetúan en sus casas y en el molino que sigue vigente a la vera del río; aquí, en estas piedras nobles, pavimentadas a los siglos, se inclinó a vivir el visigodo para reunir la grandeza casta que se mezclaría y perpetuaría el devenir de los días venideros. Y como un reguero pedregoso, a apenas 2 km, Castrillo de los Polvazares se alza como un tesoro en el camino, atravesamos el puente, como si accediésemos a un gran castillo donde se cobijan la historia y el paisaje, de cuyas riendas, se nutre el presente; la calle principal se abre entre grandes portales y callejones gateros, con cruces de madera provista de pequeña capilla acristalada, el silencio unido a la arquitectura típica maragata enaltece el aura que respiramos mientras, dejada la moto al inicio, andamos suavemente por el pizarroso suelo, basto y puntiagudo para embestir las heladas.


El pueblo originariamente estuvo en una ubicación distinta y fue destruido por una riada; por aquellos entonces, los arrieros maragatos del siglo XVI reconstruyeron el nuevo Castrillo de los Polvazares en la ubicación actual. Aquí se atrincheraron los franceses en 1810, cuando fueron repelidos en batalla en Astorga por los españoles, quienes liberaron al pueblo al caer la noche.
Pero aquella jornada dista bastante diferente a la que hoy ven nuestros ojos, las casas arrieras se alinean hasta llegar al descampado donde, años atrás, el relinchar de los caballos ahogaban los gritos de las horas; allí, frente al antiguo abrevadero, que hoy es un albergue, se encuentra la piedra donde perduran los agujeros de los bolos maragatos, un antiguo juego usado con gran fervor por sus habitantes, en decadencia hoy, como todo lo que enaltece el rango de la historia.
Proseguimos camino a Astorga, no sin antes pasar por la entrada de Santa Catalina de Somoza, allí se encuentra un hombre singular al que le apodan “Bienvenido”, por que saluda a todos los peregrinos que enlazan su aventura por este camino; Bienvenido está jubilado y hace “varas” para vendérselas a los caminantes <<pero que no me pille la Guardia Civil, que ya me tiene fichado… ¿estáis haciendo el camino en la vespa? ¡anda, fíjate que curioso! está la vespa y la lambretta no? si si, me acuerdo yo de cuando Eusebio el cartero venía de Astorga en una de estas… muy bien pareja… si entráis en el pueblo y queréis comer bien, el primer restaurante a mano derecha es cojonudo, se come de rechupete,(baja la voz) es de mi hijo pero eso no lo digo jajajaja… ¿no queréis una varita? ah claro que vosotros no vais andando, que bien jeje… pues las extranjeras no os creáis que hacen asco al cocido maragato, o al botillo, bueno si, las del norte si, escandinavas y holandesas pero bueno, que se le va hacer, para gustos… (se dirige a otra pareja que va caminando) ¡¡oye, pareja!! ¿queréis comer bien, pero bien y barato?>>… Dejamos a Bienvenido, con su charla constante y su intercambio perenne de contertulios, mientras vende alguna que otra vara y algún que otro llavero de cuero y manda a los/as hambrientos/as a comer al restaurante de su hijo, entrado ya en el pueblo.

Caída la tarde, Astorga se desdibuja eterna en la fachada de la catedral, asociada desde el siglo XI al Camino de Santiago, aquel antiguo campamento romano supo prosperar hasta convertirse en aquella “urbs magnifica” que definiría Plinio el viejo. El sonido de la historia frecuenta cada rincón de su casco urbano, plagado de inconfesables secretos cuya extravagancia reluce en el palacio de Gaudí, antigua sede episcopal que, actualmente, alberga el museo del Camino de Santiago; y que, a pesar de su belleza no hace sombra a la catedral, osadía viva en piedra muy bien puesta para perdurar, construida sobre un templo prerrománico anterior, esta maravilla tiene origen gótico sobre capillas perpendiculares renacentistas y fachada barroca; este mestizaje de estilos la hacen espectacular, sobre todo en la tarde agonizante, cuando los rayos del sol la tiñen de color pardo y rojizo mientras las campanas se revuelven extasiadas en el pregón de acontecimientos.




Es Astorga ciudad de carácter belicoso, como lo muestran antiguas batallas que atestiguan la inmortalidad de sus monumentos, sin embargo, embriaga un dulzor, de antiguas industrias chocolateras, cobijado en sus calles que invita al trasiego y te deja una sensación familiar. Sentados en su plaza mayor no podemos evitar acordarnos del “abuelo Mayorga” placentino cuando observamos a dos muñecos vestidos de maragatos dar las horas en la espadaña central del edificio del ayuntamiento.
Las edades de los hombres se cimientan unas sobre otras como un candelabro sin limpiar que, de continuo, aguanta la vela de turno, encendida bajo el fuego del tiempo, cruel antídoto para estas mismas edades pues se nota su presencia cuando observamos los restos de termas, foros y puertas romanas, la inutilidad que enseña la majestuosa muralla que ,durante siglos, sirvió de contención a los enemigos de Astorga; la forma de las ventanas del palacio de Gaudí, que contrasta con aquellos poderosos contrafuertes de la catedral, donde sobrevuelan los cernícalos y mantienen en jaque la población de palomas que, ni cortas ni perezosas, se cuelan bajo las mesas de las terrazas en la plaza mayor, donde, Juan Zancuda y Colasa, que así se llaman la pareja de maragatos de la torre del ayuntamiento, nos avisan del peregrinar del destino, en cuyas cuencas vamos llenando de grandes historias, emparentándolas con aquellas otras que crecen a desbandadas.
Con la noche pisándonos los talones, llegamos al pueblo del El Ganso, sin saber, en esos momentos, la gran cantidad de sensaciones, lugares, costumbres, gentes, historias y vida que nos encontraríamos; sin saber que, en esta senda, viajaríamos a un mundo que solo existe en nuestro interior, un antiguo universo tan solo habitado por nuestra alma y que, hasta entonces, parecíamos tener olvidado.


Jesús Bermejo Bermejo       El Ganso (León) Agosto 2011.


*”Machadiano”: los campos castellano-leoneses me recuerdan a los versos de Antonio Machado en su libro Campos de Castilla.



sábado, 29 de junio de 2013

EL PUENTE DE SAN MARTÍN

Para ti y para tu hermano,
que lo vivisteis, que volvisteis,
que me lo contasteis. Porque no
pasa un día sin que os tenga presente.


Muchos viernes por la noche nos quedábamos en casa; el piso era frío y alto (estaba en un noveno) pero los muebles, al ser viejos, eran confortables porque no había que tener cuidado de no poner los pies encima de la mesa o tirarse “en plancha” sobre el sofá. Los viernes por la noche, digo, no solíamos salir a ninguna parte; comprábamos bebidas, frutos secos,… y nos quedábamos charlando hasta la madrugada enraizados con nuestras propias palabras que fluían a través de los pensamientos, como las ramificaciones de un árbol; se enlazaban unas con otras en conversaciones que surgían espontáneas y en las que se trataban diversos temas sin llegar a diferenciarse el término de uno y el inicio del otro.
Por aquellos años aún no se había cumplido el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil Española; pero las novelas, ensayos, biografías y reflexiones acerca de nuestra más reciente contienda se multiplicaban y apelotonaban en nuestras librerías y centros comerciales; y esas fotografías de soldados anónimos, perdedores de todo, con el rostro cansado y maltrecho, la mirada perdida, buscando, quizá, alguna esperanza en el tiempo, ilustraban las cubiertas de los libros que se exponían en los grandes escaparates antes la observación dudosa e incrédula de los transeúntes, diría mejor, de asombro y despertar.
En ocasiones, en el salón de nuestro pequeño piso de estudiantes, con el sonido del televisor de fondo y el cenicero agobiado de colillas, dialogábamos sobre ese periodo que nos pertenece mucho más de lo que nuestros padres creen; una etapa convulsa cuyas consecuencias no están enteramente digeridas.
Y entonces me acuerdo de una historia que no está escrita (por ahora) en ningún libro, un recuerdo trasmitido por uno de esos hombres nobles que muy poca gente llega a ser y, sin embargo, lo son aquellos que no buscan serlo; un hombre muy serio que siempre está de buen humor y es capaz de hacer reír a un barrio entero, que siempre saluda aunque no conozca a quien y, sobre todo, se ríe a carcajadas de la propia muerta porque, aunque inevitablemente llegue, sabe que la ha vencido para siempre.


El Puente de San Martín de Toledo es, junto con el de Alcántara, uno de los más espectaculares de España, fotografiado cada día por miles de turistas que quedan deslumbrados por la belleza de sus puertas que dan acceso a la ciudad y le otorga una nobleza transpirable a través de los siglos que lo contemplan.
Pero un 26 de septiembre de 1936, este hermoso puente estaba lleno de sacos terreros y actuaba como frontera, pasadizo de las dos Españas: una, la de la República, en el interior de la ciudad; la otra, la sublevada, en el otro extremo, en las inmediaciones de la Venta de San Martín (que existe hoy día) y, en medio, el Tajo, testigo de las historias y del tiempo a través de sus imponentes aguas.
Faltaba un día para que se desencadenase el ataque a la ciudad pero eso no se sabía ni entre las tropas franquistas que acampaban desde hacía días en la Venta. Allí, mientras el país sangraba por todos sus poros y se iba directamente a la mierda, tres soldados, un teniente y un cabo disputaban una peculiar partida de cartas siguiendo un “españolísimo” rito ancestral: jugarse el pellejo; en este caso, lo que perdieran se pondrían en primera línea de ataque subidos en un carro de combate alemán “Panzer I”.
El Teniente Medrano parecía que había nacido para la guerra, era el único que estaba allí por placer y el promotor de todo el juego. La sublevación le había cogido en Ceuta, embriagado de alcohol, mujeres y una sustancia extraña que fumaban los moros; legionario, demasiado impaciente; no hizo ninguna pregunta respecto a nada y saltó a la península a luchar en un conflicto cuyas ideas le importaban un pimiento.
Sieteplazas era distinto, él si era un fascista declarado, torerillo aficionado, le habían saltado dos dientes de un puñetazo una vez que se encaró con un bracero de Granada; siempre hacía alarde de una supuesta valentía y de su habilidad en el ruedo. Se encontraba en esa partida alentado por los demás soldados que le reían las gracias cuando daba pases al aire con un capote imaginario.
Facundo “el cojón”, cabo asturiano que, por azares de la vida estaba en ese lugar, le llamaban así porque era pequeño, redondo, renegrido y peludo como un testículo; maleducado, hosco, victima de un desengaño amoroso, despreciaba la vida pero no la buena comida y el Teniente Medrano le había prometido carta blanca en la cocina si participaba en el juego.
“Caramieo” tenía los ojos tristes aún cuando reía, era un muchacho de un pueblo de Murcia, tímido, taciturno, que había visto suficientes cosas execrables como para que se le quedara un perpetuo espíritu asustadizo y que estaba allí engañado por el teniente para conseguir un permiso.

Durante la partida, nada hubiera pasado desapercibido si no fuera porque el último de los soldados partícipes del juego tenía, en lugar de botas o alpargatas, unos mocasines de lujo, de los que llevan los señoritos los día de Jueves Santo; un soldado jovencísimo de los muchos que no pudieron elegir bando, la guerra le había pillado un año antes de su quinta en su pueblo, La Cumbre, un muchacho que siempre estaba serio pero que era capaz de hacer reír a su pelotón entero, la cara ancha, morena y un pelo muy fuerte y negro. Había cometido el error de ofrecerse como barbero, en la inocente creencia de que, quizás, iba a pasar el conflicto en la retaguardia, afeitando a los oficiales que se habían alzado contra la República; nada más lejos de su propósito, desde que empezó “el meollo”, siempre estuvo en medio del “tomate”. En Córdoba se encontró unos mocasines fabulosos, nunca los había visto y, sin dudarlo, se quitó las alpargatas y se los calzó; al llegar a las puertas de Toledo, tenía los pies ensangrentados, llenos de ampollas, y sabía que nadie le iba a cambiar sus cómodas botas o sus ligeras alpargatas por unos zapatitos, aunque fueran del mismísimo Primo de Rivera <<¡que inconsciente juventud!>> le había espetado el médico al contemplar la planta de sus pies.


El juego era sencillo, se barajaban bien cinco cartas y se repartían, las dos más altas ganaban; las más bajas perdían y la del medio elegía su destino.
La suerte de los desesperados estaba echada, nuestro paisano miraba a los demás a través de sus pardos ojos, el sudor empapaba las manos y retorcía aun más los nervios. En un alarde de chulería, serio, guiño un ojo, chasqueó la lengua y soltó el naipe:
-          Ahí la tenéis.
Los demás hicieron lo mismo casi mecánicamente hasta que le llegó el turno al Teniente Medrano quien, levantando la cabeza y con cierto aire de superioridad, golpeó la mesa y se levantó bruscamente del asiento, su carta era la más baja:
-          Me cago en el barbero ochenta veces, la suerte que tiene el jodio.
El cabo Facundo también había perdido, sin embargo, se reía gozosamente de Sieteplazas porque le había salido la carta de en medio y tenía que elegir destino:
-          Y ¿ahora que vas hacer torerillo? ¿vas a salir con nosotros al ruedo o te vas a quedar cagado de miedo en el burladero como este?- decía “el Cojón” señalando a “Caramieo” que, al igual que el cumbreño, había sacado la más alta.
Los soldados de las otras mesas no perdían detalle de lo que pasaba:
-          ¡Sieteplazas al toro!- gritaban.
Y el pobre muchacho, malagueño, sin dos dientes por ser demasiado impertinente, se puso de pie y, agarrándose fuerte a la cintura, le lanzó al grupo:
- Ustede que paza ¿Qué pienzan que no tengo cojone no?, pos tengo más que ninguno, ¡cabo! mañana eztoy con usté y con el teniente en el carro eze.
Toda la venta aplaudía la gallardía del soldado torero mientras el Teniente Medrano se cambiaba con el barbero las botas por los mocasines, eso era lo acordado en el juego, maldiciendo continuamente su estampa.
La partida de los condenados al azar estaba resuelta, nuestro paisano, alejándose del griterío formado, se tumbó junto a los sacos terreros próximos al puente. Desde allí parecía apreciarse una brisa de frescor que emanaba directamente del río, y se escuchaba a los pajarillos en los árboles de la ladera. Entonces, en aquellos momentos de sosiego, con el aliciente de la comodidad de sus nuevas botas y el descanso de saber que no había perdido, se acordaba se su pueblo extremeño y de cómo se formó todo esto.


Hacía apenas unos meses pero parecía que habían pasado años, la noche del 17 de julio hubo una gran estampida de estrellas, como si llorase el cielo, al día siguiente, el 18, él ni se enteró que la mitad del ejercito se había sublevado contra el Gobierno legítimo, estaba segando en “Las Magasconas” y, la verdad, Extremadura estaba lejos hasta de su propio país. Aquel día no pasó nada en La Cumbre, las noticias de Cáceres y Trujillo iban y venían como el viento que arrastra la paja. Al día siguiente se proclamó en Cáceres el estado de guerra, todos se habían rebelado contra el gobernador civil de la provincia, Miguel Canales, que sería fusilado; la Guardia Civil y los falangistas se habían armado rápidamente. Por todos lados se escuchaba que, en Las Huertas estaban cogiendo a mucha gente prisionera pero nada se sabía a ciencia cierta, los acontecimientos se sucedían bajo el desconocimiento de la distancia. Los susurros de que en Ibahernando estaban pasando cosas se hacían cada vez más palpables.
Días después, todo se terminó de ir al carajo cuando también se sublevó el Regimiento de Argel, controlando la parte occidental y centro de la provincia de Cáceres. Entonces fueron a La Cumbre falangistas trujillanos repartiendo panfletos con su himno “el cara al sol”. Ese día, mucha gente se reunió en la plaza; a nuestro protagonista le hacía gracia que los, entonces pocos, falangistas cumbreños empezaran a chapurrear la canción sin saberse muy bien la letra. Él no lo sabía pero estaban ocurriendo cosas en su pueblo; se habla de un incendio de ficheros, de destrucción de cartas, eliminación de pruebas de una sociedad agraria de ideas socialistas… no se sabe, todos los testimonios son demasiado borrosos; tan solo era patente la presencia de repeinados trujillanos, de camisas azules y correajes nuevos, cuyas lustrosas botas parecían insultar las humildes alpargatas de los futuros soldados cumbreños.
Luego, la noticia de que en la batalla de Villamesias los republicanos habían caído como chinches; otro murmullo, un soplo de viento que nacía por levante acercaba el olor podrido de la guerra hasta las calles de nuestro pueblo.
Una semana después, el Regimiento nº27 de Argel pisaba La Cumbre, en cuyos balcones se apelotonaban sábanas blancas en señal de paz y, a partir de entonces, empezaron a reclutar jóvenes del pueblo, obligándoles a participar en un entierro donde nadie les había dado vela.


El Cojón enrolló a un alambre un trozo de tocino, con un chusco de pan atrapaba las gotas de grasa que caían de la carne, calentada a la lumbre.
- Lo más rico no se puede escapar jajajaja- se reía con una carcajada mucosa, tabaquera, parecida al graznido de una urraca que detonaba en todo el Tajo. Hincándole en diente se puso de pie, desafiante, y empezó a gritar hacia el otro bando, en el otro extremo del río:
- ¡¡¡Eeeeehhh “rogelio”!!!.
- ¿Qué quieres “franquito”?- le contestaba un miliciano socialista que estaba de guardia.
- ¿Qué tenéis para cenar?, nosotros cocido con chorizo, morcilla ¡y cordero!, ¿has oído bien? ¡¡y cordero!!- bramaba el Cojón.
Y el miliciano socialista, que en esos momentos le sonaban las tripas como una bicicleta oxidada, y que ignoraba que también se pasaba hambre en el enemigo gritaba desesperado:
- ¡Me cago en tu madre y no me cago en tu madre porque…!
- ¡¿Por qué?!- gritaba con todas sus fuerzas el cabo, conocedor de la respuesta.
- ¡Porque puedo ser yo, faccioso hijo de la gran puta!- se desahogaba el miliciano.
Entonces rugió por todo el Tajo la mecánica risa del cabo asturiano, completamente satisfecho por haber sacado de quicio al enemigo.

Nuestro paisano esbozo una sonrisa ante tal espectáculo, las risas y frases amenazantes formaban parte de esa guerra psicológica que se combatía sin balas, sobre todo por las noches, y que requería de todo tipo de recursos picarescos e ingenio para quedar encima del enemigo. El cumbreño seguía, recogido entre los sacos terreros, pensativo, nostálgico con su pueblo y con su tierra. Más allá del puente, en Toledo, el Alcázar se hacía visible como un gigante que emerge en la roca; el 18 de septiembre una mina desplomó una de las torres; más cerca, por San Juan de los Reyes, los “pacos” estaban al acecho y por el Baño de la Cava se podían ver a los enlaces jugándose el tipo, saltando los obstáculos donde eran más vulnerables y podían encontrarse con una bala perdida.
Enfrente de él, en un rincón del exterior de la Venta, los moros del Tabor de Regulares habían instalado un improvisado chiringuito con los objetos que recogían de los cadáveres enemigos (pulseras, relojes, pendientes, dientes de oro, etc); muchos de ellos llevaban argollas doradas en las orejas y sus temibles cuchillos curvos relucían en sus cinturas, <<¡cómo no van a dar miedo!>>, pensaba el cumbreño, que los había visto aullar como lobos en el momento de entrar en el combate, y relamerse los labios ansiosos en esos minutos infinitos antes de cada batalla o escaramuza. Eran hombres salvajes, el Teniente Medrano estaba todo el día de riña con ellos, a él si que le tenían respeto; una vez, en un pueblo de Badajoz, a uno le rompió cuatro costilla de un palazo porque no se estaba quieto.
Lo de Badajoz fue brutal, ahora, a punto de ir al “hule”, no era recomendable acordarse de todo aquello, en el fragor de esos pensamientos, nuestro paisano se tocó los ojos y las mejillas sabiendo que era consciente que no iba a llorar, pues había agotado todas las lágrimas de su vida en aquellos lugares, ¡cuantas violencia se desató en tierras extremeñas!, cuantas deudas imposibles tiene la historia.

Aquella noche calurosa del veranillo de San Miguel, comidas por el polvo de un lado a otro del río, cruzaban las voces de los soldados que, al día siguiente, iban a matarse en un encarnizado combate, y la calma, el silencio premonitorio de la muerte, parecía reírse entre las cascadas del Tajo.


Al día siguiente, los Ju-53 de la aviación nacional bombardeaban Toledo en un intento de acabar con la artillería republicana.
Todo estaba preparado para cruzar el puente; una vez más, el nerviosismo se transformaba en sudor en nuestro paisano; la respiración cada vez más fuerte, los ojos más abiertos que nunca. En esos momentos, se dio cuenta de que Caramieo le estaba mirando completamente infectado de pánico; así que, mordiéndose la lengua, esbozó una media sonrisa burlona y le dijo:
-          Tú a mi lao siempre, hasta que acabe el meollo.
Llegó el momento, el Teniente Medrano (con los zapatitos del barbero), Facundo el Cojón y Sieteplazas, subidos en el Panzer I, se aventuraron los primeros creando un gran escudo al resto de la tropa; atravesaron el puente y, al entrar por la otra puerta al interior de la ciudad, un coctel molotov les estalló de lleno. Completamente quemados, saltaron despavoridos del carro de combate y, en el mismo puente de San Martín, a doscientos metros donde el día anterior se jugaron el puesto, varias ráfagas de ametralladoras sesgaron sus vidas.
Antes de mediodía, Toledo era tomado por el bando franquista, los que se habían atrincherados en el Alcázar desde el inicio de la guerra salían, famélicos, de su cautiverio. Mientras se pronunciaba por el General Moscardó la famosa frase << “Sin novedad en el Alcázar”>> al General Varela; nuestro cumbreño y el resto de soldados, completamente sofocados, descansaban unos metros calle abajo, en la Plaza del Zocodover.

Semanas después, en las cercanías de Villaverde (Madrid), en un destartalado puesto de los moros, unos mocasines de lujo, de esos que llevan los señoritos los días de Jueves Santo, semiquemados, se exponían a la venta junto al resto de la mercancía.

Se han cumplido 75 años del inicio de la Guerra Civil Española; por eso cuento esta historia, un relato que no está escrito en ningún lugar ni se publicará en ningún libro olvidándose para siempre, arrastrado por el río de la distancia; una vivencia de uno de esos hombres nobles que muy poca gente llega a ser y, sin embargo, lo son aquellos que no buscan serlo. Un hombre muy serio que siempre está de buen humor y es capaz de hacer reír a su barrio entero (un barrio de calles estrechas habitado, casi totalmente, por gente mayor, que se arremolinan en las noches de verano en una pequeña encrucijada donde casi siempre corre el aire), que siempre saluda aunque no conozca a quien y, sobre todo, se ríe a carcajadas de la propia muerte porque, aunque inevitablemente le llegó, sabía que la había vencido para siempre.


 Jesús Bermejo Bermejo.                                Cáceres 2007


Glosario:
ü      Pacos: francotiradores.
ü      hule, meollo, lío, tomate: así se denominaba el combate en el habla popular.

ü      Baño de la Cava, San Juan de los Reyes, Plaza del Zocodover: lugares de Toledo.

jueves, 30 de mayo de 2013

LA CUEVA DE LOS LADRONES

Para “el Guerrina”,
que se llevó el secreto
a la tumba.

Los “aires difíciles” de la Jara peinan el pasto crecido por la abundancia de las lluvias y cincelan figuras geométricas de granito, imaginando escenas y monumentos escondidos en nuestra imaginación. La tarde es igual al resto, con el sol batiendo sus rayos, sin rebozo, ante la inclinación de las escobas y los chaparros, cuyas sombras se quiebran como un viejo pergamino en la esmerada tranquilidad de las horas, por estos rincones tupidos de historias jamás escritas, únicamente propagadas por el eco de las voces que susurran y se desgranan entre oteros pétreos.
Los pasos guían nuestro propósito, doctos en estos parajes, desciframos las pistas y señales que, años atrás, servían a los auténticos moradores para guiarse hasta su cueva y depositar en ellas los botines robados por los pueblos de alrededor.
Mi padre me enseñó las claves de ese camino cuando era chico y, antes, su padre se lo enseñó a él, un peregrinar de instrucciones traspasados de generación en generación: “la capilla de la virgen”, “el barco”, “el ojo en la piedra”, “el trono del rey”, “la olla”, “la roca que silba”,… como si de un mapa del tesoro se tratase, seguíamos las señales con estricta sumisión, adentrándonos, cada vez más, en su historia y sus orígenes. No es difícil imaginarse, en el deambular pausado, noches frías y oscuras, de luna nueva para que ni siquiera ella pudiera ser testigo, a la partida de ladrones, con mulos y burros cargados del botín de las matanzas y otros enseres de valor por entonces rumbo a su cueva, fijándose en las mismas pistas que, hoy, al cabo de los años, observamos también nosotros.

La cueva de los ladrones decepciona cuando la ves por primera vez, porque nos la imaginamos grande, con mesas de cantería y pasadizos que conducen a otras salidas, provista de gran altura y una descomunal entrada para, en medio del éxtasis de su descubrimiento, gritar “ábrete sésamo”. No, nada de eso, la cueva los ladrones es, como su nombre indica, un refugio de cuatreros, y por tanto, escondida, pequeña, con una puerta que apenas se diferencia de otra grieta más de las muchas que hay entre las formaciones graníticas que descansan sobre nuestra tierra, desde la época de las glaciaciones; la rodea, en su parte de atrás, un espacio también escondido, que se ensancha y presupone que pudo ser el refugio de las monturas que, sin pretenderlo, actuaban de cómplices llevando la carga. Como sus antiguos moradores esta desprovista de todo honor, enemistada con la historia al no haber ni un documento que de fe de su existencia, condenada a desaparecer algún día cuando los goznes de granito cedan y se convierta en una madriguera más, un minúsculo agujero donde nadie sabrá que hubo un tiempo donde las posesiones robadas aguardaban allí, pacientemente, a su venta.


Pero hoy día, después de tanto tiempo dormida, nuestra cueva encantada se agita por las noches, bosteza airosa y escupe zarzas, atraída por un instinto que vocifera tener su espacio; y, desgraciadamente, lo consigue porque la crisis actual reconduce aquellas execrables costumbres y los robos se suceden por nuestra comarca siguiendo, salvo por algunos aspectos modernos, el mismo patrón de hace años, donde, en medio de este mugriento espesor, los periódicos imprimen noticias como la de hace algunas semanas: La Guardia Civil ha detenido a ocho personas presuntamente implicadas en varios delitos contra el patrimonio cometidos en diferentes municipios de la provincia de Cáceres, la mayoría de ellos en la zona de Trujillo… Los autores de los hechos conocían "perfectamente" a las víctimas y la zona en donde robaban, ya que sabían la forma de llegar y huir… los receptores guardaban lo robado en zulos en el campo.
Parece ser que la historia es un reo sentenciado a repetirse; estas noticias nos trasladan a aquellos años donde los ladrones también eran expertos conocedores del terreno, hacían largas caminatas desde puntos inviables para no levantar sospechas y tenían a varios “chivatos” en cada pueblo, “topos” que les alertaba donde y a quienes tenían que robar. Entonces no se sabía, pero ahora conocemos que, a través de, seguramente, varios caminos y encrucijadas de veredas, siguiendo unas determinadas claves, conducían la caballería cargada con lo robado hasta su cueva, el refugio donde guardaban el botín y pasaban varios días, escondían a los mulos en la parte de atrás y tapaban, muy bien, la puerta con escobas y piedras, mientras, en el interior, aprovechando una grieta del techo, un pequeño fuego lamia la noche con una lengua de humo tímido, casi invisible, en lo más recóndito de las madrugadas. Al día siguiente, el revuelo y la desdicha se apoderaba de las víctimas, no había rastro, ni una prueba, tan solo, quizás, restos de pisadas y cascos de montura sellados en medio del barro de las calles, que se perdían por un camino contrario al de la cueva y despistaba la búsqueda de los malhechores.

Pasados los años, muchos son los que han querido visitarla sin éxito, dando vueltas y vueltas, pasando al lado o alejándose de ella creyendo que era por otro sitio, muchísima gente no ha podido encontrarla; el secreto de su localización se desveló cuando cogieron a los ladrones y ellos mismos proporcionaron las pistas que conducen exactamente a ella; claves que los cumbreños que acompañaron a la guardia civil de aquellos años grabaron en su memoria y, algunos, se preocuparon de traspasar a sus hijos, y estos a sus hijos, y así generación en generación, un testimonio oral, una herencia cuyo pretexto llena de grandeza.
En mi incesante búsqueda de documentos de nuestro pueblo, todavía no he encontrado ninguno relativo a nuestra “cueva de los ladrones”, tan solo el testimonio oral de mucha gente. Agachados en su penumbra, el sonido es corto como su altura y estrecho como su entrada, donde, saliendo, me encuentro con una antigua tapadera de barro, de esas que servían para tapar los antiguos cántaros de vino; fuera la observo con curiosidad, está fabricada manualmente y se ve la señal de los cuatro dedos inclinados en su concavidad. Una y otra vez, paso mi mano sobre la tapadera mientras nos alejamos, al llegar a un alto, los impresionantes mausoleos graníticos de la Sierra de la Pepa parecen gesticular expresiones, resaltando, tozudos, los relieves de esta tierra donde, la cueva de los ladrones aguarda paciente, a la espera de rendir cuentas al destino.

Jesús Bermejo Bermejo                                  La Cumbre 2013.







sábado, 27 de abril de 2013

VESPACIO: LA CUMBRE – SANTIAGO DE COMPOSTELA.


3º DÍA: SALAMANCA- ZAMORA


Decididos a tomarnos un descanso, entre espigas tostándose al sol, recorrimos los 60 kilómetros que separan Salamanca de Zamora, con el fin de pasar el resto del día en la capital de provincia y dar descanso a la moto, que, a pesar de lo lejano que resulta el asfalto de las letras de este diario, la pobre había pasado bastante por el Puerto de Tornavacas y la campiña castellana y se merecía un reposo, a ser posible en un buen garaje, de esos donde la climatología es constante.
Surcamos la llamada Tierra del Vino, y con ella sus pueblos: El Cubo, Corrales y Morales del vino.
Las carreteras parecían derretirse con la calima, entre gasolineras que bostezaban el transito pausado de maquinarias agrícolas, y entre zumbidos chicharreros acordonando el perímetro, mientras, el ventilador de las maquinas expendedoras de bebidas no daba abasto y los botijos, cobijados adrede, bajaban de contenido a medida que aumentaba la temperatura.
Tradicionalmente, los viñedos eran la principal fuente económica-social de la zona, pero una epidemia filoxera* diezmo los campos en el siglo XIX, dejando los apellidos de estos pueblos sin sustento ni consuelo con que explicar sus orígenes, a pesar de que, desde 2007, cuenta con denominación de origen.


De repente, visualizando Zamora, una brisa se levanto del polvo y una bandada de palomas rasgó, jubilosas, la estepa cerealista, amedrentadas por los tractores y cosechadoras que “alpacaban” sus frutos.
La ciudad se abre bautizada por el río Duero, anillada bajo un ramal de torreones, hermanados entre sí, por una muralla que parece emerger de las aguas hasta posicionarse, resonante, entre los versos de la “peña tajada”, del Romancero Viejo, que la ciñen y cimientan con el sobrenombre de “la bien cercada”.
Con las pulsaciones de un motor relajado, abrazamos la perpetuidad de sus piedras hasta llegar al hostal donde pasaríamos la noche.
Las puertas al casco antiguo están laureadas por la bandera de Zamora, la “Seña Bermeja”, curioso estandarte provisto de ocho tiras rojas, correspondiente cada tira a una victoria de Viriato, aquel pastor lusitano, castellano, extremeño, portugués y español que mantuvo en jaque al imperio romano, allá por el 150 A.c.; y otra tira verde que coronó Fernando V de Castilla, en recompensa a los auxilios prestados en la Batalla de Toro, en 1476.
Bajo la estela de Viriato, y el eco de rencillas reales y batallas nunca complacientes, recalando antes en un pequeño taller de bicicletas, llegamos a la estatua del caudillo lusitano, y de ahí, como vetas acuíferas que se abren fértiles al tiempo, la ciudad brinda un despertar venturoso, iluminado de luces pardas que se descifran en la nítida hermosura de vidrieras estrechas y rosetones de enmarque, en las múltiples iglesias románicas, donde se pueden encontrar maravillas arquitectónicas, embalsamadas a los siglos, como una pila bautismal única en Europa, en la iglesia de Santa María.


Igual que si se tratase de un jeroglífico, descifrábamos la esencia de esta ciudad escondida bajo el zureo de las palomas, que van pregonando las horas entre el gentío de la Plaza Mayor.
Nos resultaba extraño la familiaridad encontrada, era una suposición de plenitud certera; a pesar de su carácter claramente castellano, las evidencias extremeñas saltan en Zamora como los rápidos del Duero en las rosneras de sus molinos medievales. En su escudo, en el primer cuartel, están representados el brazo de Viriato, sosteniendo la bandera zamorana; y en el segundo, la conquista al Islam de Mérida por el rey de León Alfonso IX en 1227, representándose en el escudo el río Guadiana y las torres del puente romano.
Similitudes de conquistas y  destinos, cruzados en espadas que reptan en los libros de historia y nos llevan al río Duero, a depositar nuestros pensamientos y ser conscientes del transito, el traspaso de una antigua frontera, porque dicen las lenguas del pasado que el nombre de Extremadura deriva del latín “extrema dorii”, es decir, en el otro extremo del Duero, por lo que parece ser que los territorios de la antigua Extremadura se hallaban precisamente al sur de la cuenca de este río y sus afluentes.
Aunque hay otras teorías que certifican otros orígenes del nombre de nuestra tierra, nos gustaba estar allí, a la sombra de los álamos, en un rincón románico de ensueño, con el pensamiento de haber cruzado una raya divisoria histórica, que nos alentaba en el deambular de sendas paralelas,  el principal camino.

Como casi todo en este estilo arquitectónico, las construcciones románicas son más espectaculares por fuera que por dentro; eso mismo le pasa a la Catedral de Zamora, del siglo XIII, con planta de cruz latina, grandiosa, sobre todo si se la contempla desde los jardines y el Castillo. Allí, bajo los árboles, pasamos la siesta, tumbados en la hierba y el frescor de las flores, donde las sombras del pasado sellan sus litigios y es audible el rozar de las aguas dorienses a lo lejos. No había nadie, solo unas parejas que, como nosotros, buscaban furtivas la soledad del lugar, esquivando el calor en estos rincones donde irradian los trinos de los mirlos en sus nidos y la intimidad es efímera y a merced de ciertas horas, dependiendo de la mansedumbre de la temperatura.
Mientras jugábamos a ser más poderosos que el tiempo, el castillo nos vigilaba como un eterno centinela berroqueño; presenta el aspecto de una construcción macilenta, del siglo IX, donde hasta hace poco estuvo la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Zamora, y hasta el 2007 albergó la Escuela Oficial de Idiomas. Hoy sus almenas cobijan las estatuas de bronce del escultor zamorano Baltasar Lobo, propagadas, como soldados, por el perímetro de la fortaleza.



Siguiendo a la sombra de la catedral resbalarse sobre la tarde, paseamos, una vez más, por las calles hasta llegar a la Plaza Mayor, donde tomamos un café, a los pies de los muros de la iglesia de San Juan de Puerta Nueva. Al lado de esta iglesia, la plaza se torna rectangular con dos edificios de arcos, nuevo y viejo ayuntamiento, desafiándose bajo un estallido de campanas que alborotan la tarde y despierta el devenir de los zamoranos y viajeros, cruzando errantes, despuntando la vida a través de travesías, esquinas y rincones pedregosos.
Allí, entre siluetas suspensivas estábamos nosotros, dos extraños, dos viajeros que, por unos instantes, jugábamos a ser opulentos turistas de acomodo trasiego; pero nada estaba más lejos de nuestra intención; con la carismática sensación de estar descolocado de lugar, de saborear el instante inusual que para muchos lugareños es del todo familiar; sabíamos que mañana la vespa arrancaría rumbo al norte, y que el día de hoy había sido una tregua en el esquema fijado del viaje, un suspiro en medio de una carrera jadeante, la plenitud de jugar a poder controlar el tiempo.


Jesús Bermejo Bermejo.                 Zamora, agosto de 2011.

*Filoxera: La filoxera es un minúsculo insecto picador, parásito de la vid, emparentado con los pulgones.

martes, 2 de abril de 2013

TRADICIONES




Es muy difícil liberar por leyes a un
pueblo esclavo de sus costumbres.
Mariano José de Larra.


Aquella tarde de febrero, el frío sustraía cada presencia en la calle; la plaza estaba desierta y de las ventanas sobresalían los únicos destellos de vida. Apoyados frente a la antigua puerta del consultorio médico, todos los jóvenes de una misma generación esperábamos a ser “tallados” para el servicio militar; relatando una eterna disculpa, Nino, hizo los honores y fue confeccionando el acto bajo el intermitente relámpago del fluorescente y la humedad desparramada por el blanco de las paredes. En aquellos momentos no éramos conscientes, pero fuimos los últimos “quintos”, la última generación en hacer el servicio militar obligatorio, los últimos insumisos, los últimos objetores de conciencia y, luego lo sabríamos, los últimos en participar en la última guerra del siglo XX.
Nuestro tránsito de “quintos” a “soldados” se realizó sin pena ni gloría, no festejamos nada, no salimos a hombros ni gritamos de júbilo, nuestras madres no se preocuparon por si nos destinaban lejos y nuestras abuelas no nos cantaron aquella coplilla cumbreña que decía: << ahí está la tabla y ahí está el madero y ahí está la cinta donde nos midieron, donde nos midieron donde nos tallaron, donde nos hicieron de quinto a soldado >>; tampoco sacamos a la “vaquilla” con ningún color ni tiramos con las escopetas cartuchos de sal; ni pedimos dinero para vino y chorizos; la tradición de los quintos en La Cumbre se perdió como otras muchas, por eso, aquella noche de febrero, después de tallarnos, nos fumamos un cigarro furtivo en el portalón, al lado del corral concejo y nos fuimos cada uno para su casa.


Me acuerdo de esta historia a raíz del famoso dilema de cambiar las ferias de días (de manera que siempre caigan en fin de semana) o dejarlas como siempre, caigan estas en fin de semana o no. Los que decimos que se cambien alegamos muchos argumentos y los que abogan por dejarlas así siempre se agarran al espíritu de las tradiciones.
Ante esto y con todo el respeto tengo que hacer una crítica, aunque presumamos de ello, no somos un pueblo amante de lo tradicional, nos gustaría serlo (y, de hecho, nos esforzamos) pero no lo somos, somos capaces de sepultar, sin pestañear, viejas costumbres como la talla de los quintos, la fiesta de la vaquilla o los carnavales (queda la proclamación del lunes de carnaval como festivo local en recuerdo de lo que significaron estas fiestas en nuestro pueblo).
Luego, ahondando en el campo tradicional y hurgando más en la llaga, he visto tirar casas con portales típicos, destrozar arcos de granito de más de un siglo, picar a golpe de martillo y cincel relieves  del siglo XVI, arrascarse las vacas sobre miliarios antiguos y en los arcos de una noria, utilizar la ermita de San Gregorio como pajar y cobertizo (ahora está arreglada pero durante años estuvo sometida al abandono total), alicatar fuentes, dejar que se desvanezcan lápidas de homenaje, etc. etc.
Por eso, que de repente, cuando se pone sobre la mesa el tema de cambiar las ferias a fin de semana o no y algunas personas (que están en su derecho por supuesto) ponen el grito en el cielo alegando que esos días son tradición y no se pueden cambiar, no deja de resultar del todo extraño e irónico.
Porque, parece ser, que da exactamente igual que las ferias y fiestas se hallan quedado en, solamente, “fiestas” ya que la tradición de la feria de ganado en “El Rodeo”, hoy barrio de Las Flores, haya desaparecido; también da igual que la tradición de disfrazarse el último día de la verbena se haya difuminado en el tránsito del tiempo, como un susurro en una discoteca; pero que las ferias, por circunstancias, puedan empezar un 16 de agosto en vez de el 20, eso nunca.
Analizando el contexto, las ferias tienen su origen en la Edad Media, en el término del ciclo agrario, después de la siega y recogida de la cosecha, que, a su vez, se hacía coincidir con un santo patrón o patrona (como nuestro caso de Nuestra Señora de la Asunción); era el momento de más opulencia, entonces se aprovechaba la ocasión para comerciar con ganado, enseres y artesanía. Poco después los bancos y cajas de ahorros proporcionaban establecimiento de precios, distintos tipos de crédito y pago aplazado como la letra de cambio para promocionar aún más la compraventa en esas fechas, por lo que improvisaban pequeñas sucursales ambulantes. En las antiguas Ferias de La Cumbre era, al parecer, muy importante, la compraventa del ganado porcino, se establecían líneas de autocar y el trueque entre mulos, burros y caballos estaba a la orden del día.
Todo esto fue mermando, a pesar de los intentos por conservar esta milenaria tradición (se intentó sin éxito, en los años 70, establecer un concurso ganadero con el fin de devolver la identidad de “feria” a nuestras “fiestas”), la evolución siguió su curso y nadie se manifestó en contra ni protestó tan enérgicamente por tal considerable perdida (aunque me constan las lamentaciones de los/as cumbreños/as al respecto en las noches de verano “al fresco”).
Por otro lado, cada vez que se saca el tema de las fechas de las ferias, se pone de ejemplo la romería de San Isidro; este año se hará el sábado 11 de mayo, día de San Evelio Mártir, ¿festejaremos este santo y no a nuestro San Isidro? no, claro que no, es que, sencillamente, si nos atenemos a la fecha y realizamos la romería el miércoles 15 mayo, pues serán muy pocos los que disfruten de tan esperado acontecimiento. Y como este cambio es normal y lógico, y nos gusta mucho nuestra romería, hace años, rizamos más el rizo, y la pasamos de domingo a sábado, con el fin de disfrutarla todavía más.
¿Por qué no se puede hacer algo similar con la Feria? seguimos honrando a Nuestra Señora de la Asunción; seguimos asistiendo a los toros; seguimos bailando en la verbena, disfrutando del cochinillo y buen vino, montando a nuestros hijos en los “caballitos” y camas elásticas, degustando chocolate con churros con buen ambiente, alzando las copas en el corral concejo,… ¿por qué no se puede cambiar de días para que sean más los/as cumbreños/as en asistir a nuestras Ferias y disfrutar de estas mismas cosas? pues no, parece ser que este es un tema que no se acaba de digerir para llegar a un acuerdo; y como principal obstáculo se sacan el tema de que los días son “tradición y punto”.
Pero no olvidemos que nuestros antiguos transformaron las tradiciones para, precisamente, preservarlas en el tiempo: el “Jarramplas” de Piornal cambio la vestimenta de ladrón de ganado por una armadura decorada para soportar el impacto de los nabos (antes patatas); las “Carantoñas” de Acehúche se unió a la festividad de San Sebastian con el fin de preservar la tradición pagana junto con la religiosa y el “Peropalo” de Villanueva de la Vera cambió el origen celta y hechicero de despedida al invierno por el religioso interpretado por “la quema del Judas”…


Yo, por mi parte, me considero un amante de las tradiciones, por eso mismo, estoy a favor de modificarlas (siempre en la menor medida posible) para que se preserven.
Por otro lado, la población de La Cumbre va disminuyendo, si a eso le añadimos que más del 80% de la población activa que vive en el pueblo trabaja fuera y cientos de cumbreños/as se ven obligados a vivir en otra localidad; las razones para cambiar la fecha de la Feria para que TODOS/AS estemos en La Cumbre esos días, desde mi punto de vista, están más que justificadas.
Y respeto toda opinión contraria a está reflexión; pido disculpas de antemano si alguien se pueda molestar; esto no es más que un análisis de un cumbreño que tiene un blog y que ha visto, escuchado e investigado como algunas de las tradiciones de su pueblo se han caído al olvido, sepultadas por el tiempo por no saber adaptarlas y hacerlas evolucionar.
Como la de aquel día que nos “tallaron” sin gloria alguna, una fría y solitaria noche de febrero, despojados del honor de ser “quintos”. Por aquellos entonces, a mi la “mili” me traía sin cuidado, estaba dispuesto a calzarme la botas militares o a hacerme insumiso, me daba lo mismo, como tenía previsto pedir prorroga, la veía lejana y despreocupante. Mas tarde, agotadas las dos prorrogas de estudios, me llegó una carta para incorporarme al CIR nº3 de Cáceres; solo unos días después, Aznar quitó el servicio militar obligatorio; y yo me quede sin ser “quinto”, “insumiso”, “soldado”, “objetor de conciencia” y sin que me volasen la cabeza en la última guerra del siglo XX.



Jesús Bermejo Bermejo.     La Cumbre 2013.