jueves, 30 de mayo de 2013

LA CUEVA DE LOS LADRONES

Para “el Guerrina”,
que se llevó el secreto
a la tumba.

Los “aires difíciles” de la Jara peinan el pasto crecido por la abundancia de las lluvias y cincelan figuras geométricas de granito, imaginando escenas y monumentos escondidos en nuestra imaginación. La tarde es igual al resto, con el sol batiendo sus rayos, sin rebozo, ante la inclinación de las escobas y los chaparros, cuyas sombras se quiebran como un viejo pergamino en la esmerada tranquilidad de las horas, por estos rincones tupidos de historias jamás escritas, únicamente propagadas por el eco de las voces que susurran y se desgranan entre oteros pétreos.
Los pasos guían nuestro propósito, doctos en estos parajes, desciframos las pistas y señales que, años atrás, servían a los auténticos moradores para guiarse hasta su cueva y depositar en ellas los botines robados por los pueblos de alrededor.
Mi padre me enseñó las claves de ese camino cuando era chico y, antes, su padre se lo enseñó a él, un peregrinar de instrucciones traspasados de generación en generación: “la capilla de la virgen”, “el barco”, “el ojo en la piedra”, “el trono del rey”, “la olla”, “la roca que silba”,… como si de un mapa del tesoro se tratase, seguíamos las señales con estricta sumisión, adentrándonos, cada vez más, en su historia y sus orígenes. No es difícil imaginarse, en el deambular pausado, noches frías y oscuras, de luna nueva para que ni siquiera ella pudiera ser testigo, a la partida de ladrones, con mulos y burros cargados del botín de las matanzas y otros enseres de valor por entonces rumbo a su cueva, fijándose en las mismas pistas que, hoy, al cabo de los años, observamos también nosotros.

La cueva de los ladrones decepciona cuando la ves por primera vez, porque nos la imaginamos grande, con mesas de cantería y pasadizos que conducen a otras salidas, provista de gran altura y una descomunal entrada para, en medio del éxtasis de su descubrimiento, gritar “ábrete sésamo”. No, nada de eso, la cueva los ladrones es, como su nombre indica, un refugio de cuatreros, y por tanto, escondida, pequeña, con una puerta que apenas se diferencia de otra grieta más de las muchas que hay entre las formaciones graníticas que descansan sobre nuestra tierra, desde la época de las glaciaciones; la rodea, en su parte de atrás, un espacio también escondido, que se ensancha y presupone que pudo ser el refugio de las monturas que, sin pretenderlo, actuaban de cómplices llevando la carga. Como sus antiguos moradores esta desprovista de todo honor, enemistada con la historia al no haber ni un documento que de fe de su existencia, condenada a desaparecer algún día cuando los goznes de granito cedan y se convierta en una madriguera más, un minúsculo agujero donde nadie sabrá que hubo un tiempo donde las posesiones robadas aguardaban allí, pacientemente, a su venta.


Pero hoy día, después de tanto tiempo dormida, nuestra cueva encantada se agita por las noches, bosteza airosa y escupe zarzas, atraída por un instinto que vocifera tener su espacio; y, desgraciadamente, lo consigue porque la crisis actual reconduce aquellas execrables costumbres y los robos se suceden por nuestra comarca siguiendo, salvo por algunos aspectos modernos, el mismo patrón de hace años, donde, en medio de este mugriento espesor, los periódicos imprimen noticias como la de hace algunas semanas: La Guardia Civil ha detenido a ocho personas presuntamente implicadas en varios delitos contra el patrimonio cometidos en diferentes municipios de la provincia de Cáceres, la mayoría de ellos en la zona de Trujillo… Los autores de los hechos conocían "perfectamente" a las víctimas y la zona en donde robaban, ya que sabían la forma de llegar y huir… los receptores guardaban lo robado en zulos en el campo.
Parece ser que la historia es un reo sentenciado a repetirse; estas noticias nos trasladan a aquellos años donde los ladrones también eran expertos conocedores del terreno, hacían largas caminatas desde puntos inviables para no levantar sospechas y tenían a varios “chivatos” en cada pueblo, “topos” que les alertaba donde y a quienes tenían que robar. Entonces no se sabía, pero ahora conocemos que, a través de, seguramente, varios caminos y encrucijadas de veredas, siguiendo unas determinadas claves, conducían la caballería cargada con lo robado hasta su cueva, el refugio donde guardaban el botín y pasaban varios días, escondían a los mulos en la parte de atrás y tapaban, muy bien, la puerta con escobas y piedras, mientras, en el interior, aprovechando una grieta del techo, un pequeño fuego lamia la noche con una lengua de humo tímido, casi invisible, en lo más recóndito de las madrugadas. Al día siguiente, el revuelo y la desdicha se apoderaba de las víctimas, no había rastro, ni una prueba, tan solo, quizás, restos de pisadas y cascos de montura sellados en medio del barro de las calles, que se perdían por un camino contrario al de la cueva y despistaba la búsqueda de los malhechores.

Pasados los años, muchos son los que han querido visitarla sin éxito, dando vueltas y vueltas, pasando al lado o alejándose de ella creyendo que era por otro sitio, muchísima gente no ha podido encontrarla; el secreto de su localización se desveló cuando cogieron a los ladrones y ellos mismos proporcionaron las pistas que conducen exactamente a ella; claves que los cumbreños que acompañaron a la guardia civil de aquellos años grabaron en su memoria y, algunos, se preocuparon de traspasar a sus hijos, y estos a sus hijos, y así generación en generación, un testimonio oral, una herencia cuyo pretexto llena de grandeza.
En mi incesante búsqueda de documentos de nuestro pueblo, todavía no he encontrado ninguno relativo a nuestra “cueva de los ladrones”, tan solo el testimonio oral de mucha gente. Agachados en su penumbra, el sonido es corto como su altura y estrecho como su entrada, donde, saliendo, me encuentro con una antigua tapadera de barro, de esas que servían para tapar los antiguos cántaros de vino; fuera la observo con curiosidad, está fabricada manualmente y se ve la señal de los cuatro dedos inclinados en su concavidad. Una y otra vez, paso mi mano sobre la tapadera mientras nos alejamos, al llegar a un alto, los impresionantes mausoleos graníticos de la Sierra de la Pepa parecen gesticular expresiones, resaltando, tozudos, los relieves de esta tierra donde, la cueva de los ladrones aguarda paciente, a la espera de rendir cuentas al destino.

Jesús Bermejo Bermejo                                  La Cumbre 2013.