Esta
entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior
publicación.
Está
protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996
de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad
Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto
refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.
Queda
prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de
acuerdo con lo establecido en la presente ley.
El tiempo, la locura, el viaje,
la aptitud de la moto y de nosotros mismos; nuestras propias limitaciones, el
entusiasmo, la realidad… todo un amasijo de sentimientos despertaron en ese
pálido amanecer de temperatura impropia. La vuelta al “Rollo” (monolito ubicado
en el centro de la plaza de La Cumbre que le otorgó propia jurisdicción e
independencia siglos atrás) para bendecir la travesía. Surcamos la carretera
hacia Trujillo con la familiaridad que otorga los años recorriendo este camino
para múltiples quehaceres; y, con ese pensamiento, atravesamos la ciudad
conquistadora velozmente, provechosos de poseer la ventaja de conocerla a fondo
y poder aparcar sus calles empedradas, casas solariegas, puertas amuralladas,
castillo-fortaleza, esplendida plaza,… para otra breve ocasión.
Enfilamos la Ex 208 dirección
Monfragüe, las encinas salpican el paisaje y los jóvenes abejarucos (verdes)
atraviesan la carretera cuando pasamos por la Aldea del Obispo. El río Tozo,
como nuestro Gibranzos, nos recibe seco, con sus charcos bostezando el sueño de
las aguas empantanadas y el “cieno” volviéndose de un color más negruzco, a
medida que la temperatura asciende; los puentes son de los años 60-70, todos
tienen la misma estructura, recuerdan a aquella revolución industrial que nunca
surcó estos páramos, las piedras sangran herrumbre al contacto con las barandillas
de hierro, traspasadas por los años. Nada que ver con su afluente, el río
Almonte sí nos recibe como lo que es, uno de los hijos mimados del Tajo. Un
poquito hacia nuestra derecha le laurean sus tres puentes, cerca de Jaraicejo:
el Medieval, el de la Dictadura y el de la Democracia.
Paramos en Torrejón el Rubio a
echar combustible en una minúscula gasolinera, frente al parque Jesús Garzón,
uno de los culpables de que el Parque Nacional de Monfragüe sea lo que es,
naturalista cántabro incansable, que supo ver en nuestra tierra lo que muchos
de nosotros aún no apreciamos y deberíamos ver como un autentico tesoro.
El tiempo seguía grisáceo, como
la temperatura en la moto, algo, que por otro lado agradecían los hombres de
los campos, subidos en los remolques de los tractores; nos saludaban mientras
echaban las porciones de pacas a las ovejas que, como beatas en procesión,
seguían el rastro de la maquinaria agrícola.
Los romanos llamaron a
Monfragüe “Mons fragorum” (Monte
Fragoso) y los árabes “Al Mofrag” (El Abismo) y hasta allí descendimos, por un
abismo de curvas interminables, donde, en una de ellas, nos saludó una raposa,
brincando de entre las jaras. Es allí donde la soledad va acompañada con el
deleite de ver sobrevolar a un buitre negro, justo encima de nuestras cabezas. Éramos
consciente de la gran belleza, inmensidad y misterio del lugar donde nos
encontramos; de las pocas excursiones productivas del Colegio y el Instituto,
estaba la de este Parque, ahora Nacional; donde, sobre otras anécdotas y
rincones, sabía donde anidaban todos los años una pareja de cigüeñas negras y
otra de búho real en Peñafalcón, gran roquedo bañado por las aguas del Tajo;
enfrente se halla el mirador del “Salto del Gitano”; dos columnas pedregosas
donde, según la popular leyenda, atravesó el huido, perseguido de la Guardia
Civil.
Subimos con la moto hasta lo que
pudimos de la cuesta del Castillo, dejando en lo alto las cuevas donde se
hallan pinturas rupestres, repartidas por estas escarpadas sierras cuarciticas.
Es, sin duda, un lugar precioso, que nunca me cansaré de visitar; a 465 metros, como un vigía, se haya el Castillo de Monfragüe, fortaleza antigua de gran importancia en el territorio,
sobre todo en los rifirrafes entre almohades y las ordenes cristianas hasta su conquista
por estas últimas en el siglo XII. Posteriormente, fue lugar muy venerado por estos
caballeros de la Edad Media, como se demuestra en la Virgen que hay en su ermita,
contigua al castillo, traída desde Palestina por los Cruzados.
Arriba, en la torre pentagonal
del homenaje, la vista es indescriptible: la bajada del camino hacia la fuente
del francés, la fusión del Tajo con el Tietar, los depósitos de cuarcitas apelotonados
en las faldas de las sierras, ese “mar” de encinas que, tantas y tantas veces,
me ha cautivado y me cautivará para siempre; una sensación orgullosa de quien
siente su tierra en el corazón.
Serpenteamos Peñafalcón y “El
salto del gitano”, con el río a nuestra izquierda, hasta llegar a la fuente del
francés, al parecer, denominada así en honor a un naturalista del país del
norte vecino, que intentó salvar a un ave en las traicioneras aguas del río
Tajo y se ahogó en el intento; es un lugar de espiritualidad casi monástica,
poblado de vegetación, donde la majestuosidad del gran río ibérico compite con
las sierras que los custodian, cautivo del bosque mediterráneo, aquí el rumor
acuífero se deja atrapar y respira a través de las encinas, quejigos, madroños
y jaras; una sensación que se agarra como el musgo a las rocas, en este
santuario natural.
Este es un paraje en el que, durante en la
Guerra Civil Española, hubo una intensa permanencia de guerrilleros
antifranquistas y, precisamente, uno de ellos, el jefe de la 12ª división en el
norte de Cáceres: Pedro José Marquino Monje “el francés” cayó abatido en un
enfrentamiento con la Guardia Civil cerca de este lugar; hecho que hace que,
siempre que beba en esta fuente me pregunte la verdadera historia de su nombre.
Y hecho, el de la actividad de
los guerrilleros antifranquistas en esta zona natural, que es recordado en una
placa sencilla de pizarra a orillas del Puente del Cardenal, misteriosa obra arquitectónica
que aparece, cuando bajan, y desaparece, cuando suben, las aguas mezcladas del
Tajo y el Tietar. Fue mandado construir por el cardenal Juan de Carvajal, en
1446, facilitando las comunicaciones entre Plasencia, Jaraicejo y Trujillo. Al
parecer, dice el clamor popular, que costó 30.000 monedas de oro, las misma cantidad
que piedras tiene el puente.
Historias, leyendas, nombres,
castillos, puentes, parajes, rincones,… no éramos conscientes, o más bien,
todavía no asimilábamos la envergadura y la riqueza de nuestro viaje.
Avanzando unas curvas más
llegamos a Villarreal de San Carlos; pizarra, pequeña iglesia en lo más alto,
restaurantes, tiendas de recuerdos y Centro de Interpretación del Parque.
Fundada en 1788 por Carlos III como guarnición fija para vigilar esta zona del
continuo bandolerismo que la asolaba, sobre todo en el, ya citado, puente del
Cardenal y el puerto de la Serrana.
Posee una calle principal
preciosa que invita a la tranquilidad y donde, por lo menos la última vez que
vine, rondaba un jabalí “domesticado”, que se zampaba las chucherías que les
echaba los niños, para sorpresa de los muchos turistas de este paraje natural.
Comimos unos bocadillos a la
sombra de un merendero, junto a los chozos de pizarra y “escoba”, antiguo
aguardo de pastores, que ahora se utilizan como reclamo turístico y para los colegios,
para inculcar el amor a la naturaleza y, lo más importante aún, su conservación
y protección.
El aire se mete entre nuestro
cascos y nos zumba en los oídos cuando serpenteamos las grandes fincas de
encinas y alcornoques mientras disfrutamos de cada segundo y metro recorrido:
el traquetear del motor, la posición en las curvas, la sensación de tener el
tiempo retenido, metido en un saco, para esparcirlo como y cuando queramos,
doblegarlo como el viento al pasto, peinado, dorado al sol en la tarde extremeña.
Llegamos a Plasencia coincidiendo
con el Martes Mayor y, al igual que Trujillo, con la ventaja de conocerla bien;
atravesamos el río Jerte, bordeando la muralla, la Catedral y la Puerta del
Sol, hasta llegar al antiguo recinto ferial y al Acueducto, momento en el cual
torcimos a la izquierda y, pasando la plaza de toros, llegamos al hostal donde
pasaríamos la noche.
Es Plasencia lo que podría
denominar “una de mis ciudades” pues en ella viví y cursé el Bachillerato; en
1995 dejé atrás al niño “montehermoseño” para dar paso al adolescente
“placentino”. No sabría explicar la sensación de recorrer mi antiguo barrio,
cambiadisimo, los “canchales”, como aquí se llaman, se hayan ahora debajo de la
gran cantidad de barriadas de casas que han construido desde mi marcha.
Mientras andábamos notaba como mi presencia en ese lugar se había desvanecido y
trataba de buscarla a toda costa, a golpe de recordar, hablando con los ojos
bien abiertos, intentando reconocerme a mi mismo.
Llegamos a “Sor Valentina Mirón”
y atravesamos la Iglesia del Salvador y su pasaje; mi amigo Jesús nos esperaba
frente a la puerta del ayuntamiento, con el estado de haber pasado todo el día
de cañas (era Martes Mayor). Ni corto ni perezoso, como ese día en Plasencia no
era el idóneo para tomar un café tranquilamente, nos metimos en la popular
calle de “los vinos”, donde antiguos bares y pubs, que aún perduraban, me hacían
retroceder en el tiempo, a esos fines de semana mágicos y, por desgracia,
lejanos.
Jesús Bermejo Bermejo. Plasencia (Cáceres) Agosto de 2011.
Como
todas las cosas, la “era Ibarra” en Extremadura podrá, ahora que ha pasado,
someterse a innumerables críticas (que las tiene y “muy gordas”); pero a mí,
personalmente me gustaría resaltar el
inicio en el empeño y la constancia de rescatar o renacer el orgullo extremeño;
esa incansable empresa de otorgar la identidad que se merece Extremadura, de
sentirnos ennoblecidos con nuestra Tierra y alejar, para siempre, los tópicos
impuestos por pasados yugos y señoritos.
Solo
así se explican aquellos extravagantes “Días de Extremadura” de los años
ochenta; solo así podemos comprender que a muchos paisanos se les erizase el
vello de los brazos cuando Montserrat Caballé (una catalana) cantaba nuestro
recién estrenado himno, compuesto por Miguel del Barco. Aquello era un
despilfarro sí, una bomba de relojería que nos indicaba que Extremadura iba a
cambiar, un episodio de nuestra historia evitable pero necesario, el despertar
de una época que nacía en nuestras manos.
Entonces,
el objetivo era el principio de un orgullo: La Identidad Extremeña; y los
discursos políticos sonaban así:
“Hay que resaltar
nuestra condición política de extremeño, nuestro folclore, tradiciones, bailes,
costumbres, paisajes, artistas, intelectuales,…”; “Tenemos que hacer que el
caciquismo y el miedo desaparezcan para siempre de nuestro horizonte”; “Hay que
hacer de Extremadura una tierra de la que nadie tenga que marcharse para
labrarse un futuro de progreso”.*
¿Lo
ven?, por eso, aquellos niños extremeños de los años ochenta hemos crecido con
ese esplendor tantas veces repetido; hemos pegado a nuestras bicicletas
pegatinas con nuestra bandera autonómica; hemos visto cantar a Julio Iglesias
en la plaza de Trujillo sobre el hombro de nuestros padres;… en definitiva, nos
prepararon para sentirnos orgullosos de todo lo que es hoy Extremadura y sus
orígenes.
No
obstante, déjenme que les cuente una anécdota: hace algunos veranos, cuando
trabajaba de socorrista en nuestra piscina, se me acercó una persona, “nacía y
criá aquí” y me dijo en un forzado acento catalán <<Bona tarda, a que
hora se plega esto>>, no me pude contener, con un hormigueo en el
estomago le conteste <<En cuanti ohcurezca, jundeamos tóh de p
aquí>>**.
¿Se
dan cuenta? Aunque exista esta clase de personas que, en lugar de preservar sus
raíces, nadan sobre ellas sin dejarse impregnar en absoluto; yo me alegro de
ser extremeño, me alegro de aquellos discursos de Ibarra que fortalecieron el
pensamiento de mis padres y educaron el espíritu de aquel niño que hoy les
escribe. Me devolvieron mi identidad, la misma que fue pisoteada a mis
antepasados y renace limpia en mí con proyección de futuro.
Y
me da igual que alguien piense que este texto tiene connotaciones políticas
(que no las tiene) y que mi novia, la leerlo, me diga <<Jesús, que se te
ve venir>>; peor es lo que me dice mi amigo Emilio que, en cuanto me ve,
me salta con que <<Tengo engañao a medio pueblo>>.
Jesús Bermejo Bermejo La
Cumbre 2009.
*Fragmentos
de discursos de aquellos “Días de Extremadura”. La última frase es un constante
compromiso que, desgraciadamente y a nuestro muy pesar, no se consigue todavía.
** Castuo “acumbreñizado”, la “h” se pronuncia como si fuera
la “s” aspirada.
Esta
entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior
publicación.
Está
protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996
de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad
Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto
refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.
Queda
prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de
acuerdo con lo establecido en la presente ley.
Las
veredas eran pedregosas y de abundante arbolado, eso hacía que las monturas
jadeantes se tomaran un respiro, por la bendición de los alisos y los grandes
robles que se torcían y secundaban las encrucijadas de los caminos; a pesar del
entandarte con la cruz griega de sínople en fondo blanco, el pueblo de Trevejo
les acogió vacío, sin muestras de hospitalidad. Así, de esta manera, llevaban
días viajando en silencio, durmiendo en los campos y pasando desapercibidos para
no llamar la atención, cautelosos porque la noticia del gran ejercito que se
disponía a tomar este castillo norteño no se disparase como una certera
ballesta.
Habían
pasado más de dos meses desde que el caballero Rui Vázquez de Quiroga, de la Orden de Alcántara, se presentara en la plaza de La Cumbre y en
todas las plazas de los pueblos vecinos con el fin de reclutar gentes de guerra
para el asedio. Aquella mañana Alonso,
o Abem que era como le conocían
todos, había mirado a su tío Galceran
de manera extraña, pues los recuerdos de antiguas batallas se relamían en su
mente, alimentadas con las promesas vertidas de la boca del caballero acerca de
oro y buena paga por enrolarse.
Abem
o Alonso***, al igual que su tío, era morisco o, simplemente, “moro”, su
familia llevaba más de cuatro generaciones abrazando el cristianismo sin
quitarse esa losa racial. Su tatarabuelo había sido uno de tantos cautivos
cuando se reconquistó Trujillo, de manera definitiva, en 1232, un <<guerrero
admirable>> le había dicho Galceran, <<Abem Al Zankul se llamaba; pero como fue derrotado en la toma de la
anterior Torgiela****, se bautizó, cambiando nuestro apellido “Al Zankul” por
“Sánchez”, y se vino a servir a la Caballería de MataGibranzos, en nuestro
pueblo, La Cumbre, cuidando los caballos que allí se criaban; por eso, a pesar
de nuestra raza, vivimos donde vivimos y amamos a Dios como los demás
cristianos>> solía recordarle.
Y
era verdad, pensaba Abem, los moriscos castellanos como él vestían, hablaban y
rezaban como los cristianos, con las mismas costumbre y el mismo pensamiento, a
pesar del color cobrizo de su piel y de sus ojos “de aceituna” como le decía su
madre Abda, en el pensamiento y en
la intimidad de casa, y María, en la
calle y la iglesia.
<<Desde
entonces>> seguía su tío <<hemos cuidado de los caballos de los
grandes caballeros de estas tierras, y mi abuelo, mi padre, yo, tú y tus
descendientes son y serán de La Cumbre, porque hemos vertido nuestra sangre
para poder quedarnos y porque somos iguales que los cristianos viejos, ya que
también amamos a Cristo>>.
Abem
sabía que las guerras preceden a otras guerras; de vez en cuando, a la comarca
de Trujillo llegaba la noticia de la necesidad de soldados y mucha gente de La
Cumbre partía varias veces al año para la reconquista definitiva del Al Andalus
al último Rey árabe, que se atrincheraba en Granada, y, hasta la fecha, habían
regresado muy pocos para contarlo, entre ellos, su tío Galceran, sin un ojo y
con la boca desfigurada por un lanzazo. Pero no todos pueden irse, pensaba el
muchacho, las razzias están por doquier y siempre, de un momento a otro, hay
que echar mano a la espada y no dudar en el ataque.
Nada
era nuevo, el territorio de Trujillo estuvo durante mucho tiempo sometido a continuas
incursiones de árabes y cristianos en innumerables ocasiones; esto hizo que las
gentes de los pueblos de alrededor, los que no podían esconderse tras los muros
de la ciudad, desarrollaran un sentido de la supervivencia y la lucha muy
experimentado, sentido que traspasaban de padres a hijos; así, entre las
labores agrícolas y ganaderas de la zona se hallaban todo tipo de armas, extraídas
la mayoría de las veces a aquellos que conseguían matar cuando llegaban de uno
y otro lado a “saquear” el terreno y dejarlo sin víveres de subsistencia.
Eso
se sabía en toda Extremadura, por eso, Fray Alonso de Monroy, maestre de la
Orden de Alcántara, no dudó ni un instante en reclutar a gentes de nuestra
zona, curtida en guerras y práctica en el asedio a fortalezas, para arrebatarle
el Castillo de Trevejo, en el norte, lindando con Villamiel y Gata, al traidor Diego Bernal.
Cuando
llegaron a las grandes barcazas que atravesaban el Tajo***** acamparon en el
extremo sur del río, enviando a un grupo en avanzadilla, para que actuasen como
exploradores del terreno; “La Avanzadilla de La Cumbre” como diría más tarde el
caballero Rui Vázquez de Quiroga, quien se presentó voluntario para portar el
estandarte de la Cruz de Sinople de la Orden de Alcántara.
El
calor asfixiaba y de los caminos parecía salir humo infernal; A Aben le parecía
que su cuerpo se cocía bajo la cota de malla; cuando pasaban por los pueblos,
los lugareños los atravesaban con sus miradas temerosas, sobre todo al ver a
Galceran con su turbante a la cabeza y la cimitarra bailando a la espalda por
el trote de la montura.
Nuestro
joven cumbreño sabía el arte de la lucha gracias a su tío; le había enseñado el
manejo de las armas de sus antepasados árabes, colocándose la espada curva a la
espalda; la guardia alta de los caballeros cristianos; asentar una buena
lanzada y saber derrotar a un hombre el doble de tamaño con hacha o maza. Pero
su experiencia guerrera solo contaba con las ocasiones en que tuvo que
defenderse de los bandidos y cuatreros que iban a la finca de Matagibranzos a
llevarse algún caballo. Aquello era distinto, había más de mil hombres, entre
caballeros, guerreros, campesinos armados y peones, dispuestos para una guerra,
guerra por el territorio, entre señores que se creían dueños legítimos de un
castillo, dos caballeros, Fray Alonso de Monroy y Diego Bernal, que pretendían
ser los auténticos y únicos Maestres de
la Orden de Alcántara;<< una pelea de gallos>> decía
Galceran<< si se produce una batalla, no se te olvide, todo sucede muy
deprisa, tienes que tener ojos a todos lados, puede matarte cualquiera, alguien
con una espada, una lanza o un simple cuchillo, todo es hierro, hasta la saliva
te sabe a hierro, te falta el aire pero tus nervios son como el mejor acero
jamás fundido y es en ese momento donde tienes que demostrar lo que vales, si
no, tu cabeza se separará de tu cuerpo o tus tripas se ensuciaran con la tierra
y estarás muerto>>.
Divisaron las faldas del castillo sorprendidos por la poca vigilancia de este y por la
facilidad en el acceso, antes, Galceran se había llevado el dedo al único ojo
bueno y les había indicado al resto del grupo que estuvieran muy alerta. Colocaron
el estandarte y, tras descansar un rato, el caballero Rui Vázquez de Quiroga se
dispuso a otear el terreno, volviendo sobre sus pasos para informar al grueso
del ejército, que estaba a pocas leguas de allí.
Galceran
estableció turnos de vigilancia y, en un abrigo de pizarras, se quedaron a
esperar. Abem observaba al resto de sus paisanos y amigos: Juan, Fernando, José, Pedro y Gabriel; algunos
eran más mayores, otros casi de su misma edad: Juan, Fernando y Pedro eran
cristianos, los dos primeros, hermanos, eran blancos de piel con el pelo claro;
Pedro tenía una tez más ocre y el pelo negro; Gabriel también tenía ascendencia
morisca, por parte de su abuelo, o eso al menos era lo que se decía en el
pueblo; y José, pese a que su familia aseguraba que eran Cristianos Viejos,
presentaba los mismo rasgos que los judíos: ojos grandes, huesudo y nariz
aguileña… Estaba el muchacho pensando en las confusas cadenas raciales cuando
su tío apareció, de repente, después de explorar la ladera, a su lado; <<
¿Qué andas cavilando?, ¡Tu cabeza tiene que estar aquí!>> decía señalándole
la espada; << Pensaba en nosotros, en todos, no es cierto que seamos
árabes, cristianos o judíos, por nuestras venas corren las tres sangres; mi
abuela era cristiana, y su madre antes de ella, y un cristiano se casó con mi
tía, tu hermana, Fátima… no somos
cristianos, no somos árabes, no somos judíos, ¡somos todo!>>
Su
tío se quedó pensativo, sin dejar un detalle sin analizar a su alrededor le
espetó << mira sobrino, nuestra sangre son como la de los grandes ríos,
los afluentes que les nutre son como los pueblos y las culturas de las que
estamos hechos, cuando llegan a su desembocadura, aún siendo el mismo río, sus
aguas son muchas y son, a la vez, una sola; eso nos pasa a nosotros, hace muchos
siglos, los cartagineses, los romanos, los celtas, los iberos,… se enfrentaron
en estas mismas tierras y nuestros antepasados, descendientes de ellos, se
mezclaron con la tribu berberisca de los Nafza******; dentro de muchos años,
nuestros descendientes no sabrán si son árabes o cristianos o judíos; algunos
tendrán los ojos castaños y se pondrán morenos fácilmente al sol, otros tendrán
los ojos azules y la barba rubia; y otros serán delgados, con ojos grandes y
nariz aguileña, pero todos se llamaran hermanos y se mezclaran entre ellos,
puede que sea ese el destino de todo cuanto nos rodea>>.
En
ese momento, un tropel de caballos y el ruido de varios carros anunciaba que el
gran ejercito de Fray Alonso de Monroy estaba ya en las proximidades del
castillo; Abem y Galceran se miraron a la cara, << recuerda sobrino, la
cimitarra para los que no tienen armadura, la espada cristiana para aquellos
que si la llevan>>, y diciendo esto, todo el grupo de avanzadilla bajó
enseguida, ladera abajo, al encuentro con el grueso de las tropas.
No
había tiempo para el descanso, los trabajos para cercar la zona y dejar a los
traidores del castillo sin oportunidad alguna para huir y hacer correr la
noticia de su asedio habían empezado de inmediato. Se había enviado a una
comitiva para emplazar las órdenes y condiciones de rendición a Fray Diego
Bernal, pero su respuesta fue una lluvia de piedras y amenazas que
corroboraron, una vez más, la resignación de tomar el castillo por la fuerza.
Cuando
llegaron al lugar donde estaba acampado el ejercito, el caballero Rui Vázquez
de Quiroga les esperaba y, en un gesto honorable, abrazó a toda la avanzadilla
<< el Maestre quiere verte Galceran>> le indicó al morisco; este,
señaló a su sobrino para que le siguiera hasta la tienda del clavero, mientras,
con su único ojo, no perdía detalle del continuo movimiento de los trabajos de
fortificación y aislamiento de la zona.
Fray
Alonso de Monroy no paraba de beber agua, sofocado por el excesivo calor y el
peso de la armadura, << Un caballero tiene que sudar y sentir el trabajo
de la batalla, no encerrarse en su tienda a beber mientras los demás doblan la
espalda>> pensaba el cumbreño.
<<
¡Así que este es el gran hombre que te ayudó a reclutar los fieros guerreros de
la zona de Trujillo!>> exclamó el maestre a Rui Vázquez.
<<
Si, maestre>> contestó el caballero << Galceran Sánchez, y su
sobrino Alonso, fieles guerreros que llevan generaciones cuidando los caballos
de Matagibranzos en la Fe de Cristo>>.
<<
¡¡Una gineta vieja a la que no consiguen matar!!>> retumbó una voz
desconocida para todos, o para casi todos; detrás de un roble apareció un
hombre alto, corpulento, canoso y con una cicatriz debajo de la barbilla.
<<¡Jajaja!>> estalló Galceran <<¡Algar, viejo zorro!>>.
Los
dos antiguos guerreros, compañeros de batalla en las guerras de Granada, se
fundieron en un efusivo abrazo mientas el maestre celebraba ese encuentro
asintiendo con la cabeza, satisfecho.
Algar
provenía de las tierras Jaén y, por vicisitudes del destino, acabó en
Extremadura; a pesar de su apellido y su tez curtida al sol, era Cristiano
Viejo y antiguo soldado de los tercios que luchaban por recuperar Granada al
Rey Boabdil; fue en aquella época donde conoció y entabló amistad con Galceran,
peleando, codo con codo, en innumerables ocasiones.
<<
Lo ves Rui, esto es lo que necesito, soldados experimentados, que saben empuñar
una espada, el traidor Diego Bernal tiene el tiempo contado>> sentenció
Fray Alonso de Monroy; al viejo morisco no le gustó el tono soberbio del
clavero ni la intención de sus ojos frente al castillo, donde, a lo lejos, se veían
campesinos y gentes de la zona apresurándose a guardar sus carros y demás pertenencias
en el interior de sus puertas, dispuestas para el asedio.
Pasaron
nueve días y la rutina en el cerco se volvía cada vez más monótona y aburrida,
el grueso del ejercito se resguardaba de las altas temperaturas entre el robledal
cercano del ala oeste; pequeñas escuadras tenían levantadas empalizadas en los
cuatro puntos cardinales de la falda del castillo y diversos grupos recorrían
la zona varias veces al día, montando guardia y vigilando cada movimiento
salido de la fortaleza.
Abem,
junto con su tío, Algar y el resto de la “avanzadilla de La Cumbre” recorría la
montaña, el calor emanaba tanto del cielo como de la tierra misma y el
relinchar de los caballos se sucedía bajo el perenne zumbido de las chicharras
entre el pasto; pasaron por unos de tanto abrigos de pizarra; desde allí se
podía ver grandes bloques de granito, antiguas
tumbas con inscripciones, yacer salteados, como si un gigante hubiera jugado
con ellos a los dados; el casco de las monturas pisaban sin respeto aquel trozo
de santuario, <<el tiempo lo destapa todo y, al mismo tiempo, lo que
antes fue sagrado, ahora tiene la misma importancia que un guijarro en el
camino>> pensaba el joven, intentando dar su particular ofrenda a
aquellos caídos, muertos, seguramente, en otro anterior asedio, en este mismo
lugar. Se imaginaba su cuerpo, o el de su tío, o en el de algunos de sus
paisanos, enterrados también bajos esas piedras, o en otras más nuevas, sin
musgo; pensaba que, pasados unos cuantos años, el tiempo les quitaría el honor
y el sacrificio que hicieron; y otro gigante jugaría con sus tumbas a los
dados, y esparciría sus lápidas al viento.
El
sudor emanaba de sus frentes y sus carnes se encogían bajo los petos metálicos
que los ponían a salvo de alguna flecha furtiva; cabalgaron un poco más, casi
habían dado la vuelta. Fue en una ráfaga de segundo, de repente, desde lo que
parecía ser una pequeña oquedad, un grupo de jinetes, salidos del interior del
castillo, se apresuraron, atizando salvajemente a sus caballos, ladera abajo;
Galceran dio la voz de alarma y el resto de la avanzadilla corrió tras ellos;
Algar, de inmediato, con las riendas en la boca, enfiló su arco hacía uno de
ellos; en un pestañear, Abem vio como la flecha le alcanzaba el cuello y caía,
inerte, entre los árboles. <<Esto va en serio, la saliva me sabe a
hierro>> las palabras se cruzaron por la mente del muchacho; se apresuró
en sacar la espada, bien afilada aunque con algunas mellas; atizó bien a su
caballo y galopó lo más fuerte que pudo; el grupo que había salido del castillo
se separó, lo que hizo que la avanzadilla eligiera enemigo y también se
dispersara; Gabriel no dio tiempo a su elegido a decir “confesión”, se puso
detrás y le partió la cabeza justo en el momento en que el huido miró hacia
atrás para ver lo que pasaba; Galceran se fue directo al que portaba el
estandarte, este, sin pensarlo tiró el blasón y, sacando su espada, le lanzó un
tajo al experimentado soldado; pero el viejo morisco era el señor de los
caballos de Matagibranzos, se agacho, esquivó la estocada, para, en el momento
de levantarse, lanzar un ataque de “medialuna” con su cimitarra, que hizo abril
en canal a su oponente. Abem corría tras su enemigo elegido, seguido de Pedro y
José, espada en mano, el ruido del galopar de los caballos enmarañaba la escena
y el bosque comenzaba a apretarse; el muchacho huido, viéndose acosado comenzó
a gritar << ¡no me matéis, por Dios, solo soy un aprendiz de
armero!>>, <<¡tira el acero, para el caballo y levanta las
manos!>> sentenció de inmediato nuestro joven soldado; aquel supuesto
enemigo hizo justo lo que el cumbreño vociferaba.
Continuará.
Jesús Bermejo Bermejo.
Alcorcón 2012.
Sobre un relato de Jesús Sánchez Adalid.
Glosario:
vCristiano Viejo: Cristiano cuyos padres y sus cuatro
abuelos han sido también bautizados en la Fe Católica.
vRazzias: es un término usado para referirse a un
ataque sorpresa contra un asentamiento enemigo.
vCimitarra: espada curva musulmana.
vClavero:
En algunas órdenes militares, caballero que tenía cierta
dignidad y a cuyo cargo estaba la custodia y defensa del principal castillo o
convento.
* La alta nobleza española se enfrentó al rey de
Castilla Enrique IV (1454-1474) porque dispuso que sus principales
colaboradores fueran escogidos entre personas que no tenían gran relevancia
social. Ante esto, apoyan a su hermanastro Alfonso en la farsa de Ávila en
1465. Entre tanto, se produjo la guerra civil de la Orden de Alcántara, cuando
el Clavero don Alonso de Monroy, que había ayudado a Enrique IV en las luchas
contra su hermanastro, decide ser el aspirante oficial al cargo de maestre de
la citada orden. El otro aspirante era Juan de Zúñiga, hijo de los condes de
Plasencia. En las luchas entre el Maestre de la Orden de Alcántara y el Clavero
de la misma fue tomado el castillo de Trevejo por fray Alonso de Monroy cuando
éste se escapó de su presidio en el convento de Alcántara, arrebatándosela a
fray Diego Bernal, comendador de la Orden de San Juan. Posteriormente tuvo que
devolver la fortaleza al Maestre una vez que el Rey se reconcilió con sus
adversarios. Pero cuando surgieron de nuevo los problemas entre el Rey don
Enrique IV y un grupo de nobles (Conde de Plasencia, Duque de Medina), este
monarca le dio instrucciones al Clavero fray Alonso de Monroy, el cinco de
junio de 1465, para que le arrebatase la fortaleza a Diego Bernal. Cuando el
Clavero recibió las instrucciones juntó gente de guerra muy experimentada y se
fue contra la fortaleza la cual tomó en una sola noche mediante escalas. Con
este episodio, que realmente duraría pocos años, fue cuando estuvo el castillo
de Trevejo en manos de la Orden de Alcántara. Jesús Sánchez Adalid
** Así llamaban los árabes a Trujillo.
*** los moriscos y judíos, por costumbre, solían
conservar un nombre originario de su lengua y el nombre que se les daba en el
bautismo (¿puede ser ese el origen de los nombres compuestos?), de manera que
se podían llamar originariamente Yusuf, Said, Abrahim, Alí y en el momento del
bautismo añadían el nombre cristiano, los más frecuentes eran Juan (nombre del bautista), Fernando (nombre del
rey), Pedro (1º apóstol) o Gabriel (arcángel de la Anunciación); en el caso de
las mujeres, los nombres comunes eran María, Juana, Catalina, Elvira, Beatriz,
etc.
**** Los moriscos fueron los musulmanes del
Al-Andalus bautizados, tanto los convertidos voluntariamente al catolicismo
como los obligados pasaron a denominarse de esta manera. Mientras que los
moricos de Granada y Andalucía hablaban corrientemente el árabe, conocían bien
el islam y conservaban la mayor parte de los rasgos culturales que les eran
propios: vestido, música, gastronomía, celebraciones, etc. Los moriscos de
Castilla no se diferenciaban apenas de los católicos viejos: no hablaban árabe,
buena parte de ellos eran realmente católicos y los que no lo eran solían tener
un conocimiento muy básico del islam, que practicaban de forma extremadamente
discreta. No desempeñaban profesiones específicas ni vivían separados de los
católicos viejos, salvo en los enclaves puramente moriscos, de modo que nada en
su aspecto exterior les diferenciaba de aquellos. Esto propició que los
matrimonios entre una y otra raza se mirara de forma natural en nuestra tierra,
sobre todo en las zonas rurales, donde judíos y musulmanes se asentaban huyendo
de impuestos y, sobre todo, de la Inquisición.
***** Los musulmanes, en junio de 1222,
destruyeron parcialmente el puente romano de Mantible o Alconétar, una
fantástica obra arquitectónica de 250 metros por el cual atravesaba el río Tajo
por la Vía de la Plata. Desde entonces, el gran río ibérico se cruzaba en
grandes barcazas. ( Se hace mención al tema en el relato de La Torre de
Floripes).
****** La tribu berberisca de los Nefza o Nafza
fue la que se asentó en nuestra zona cuando los musulmanes conquistaron por
primera vez Trujillo, eran originarios de las tierras cerca de Ceuta.
Esta
entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior
publicación.
Está
protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996
de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad
Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto
refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.
Queda
prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de
acuerdo con lo establecido en la presente ley.
Esta
entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior
publicación.
Está
protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996
de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad
Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto
refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.
Queda
prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de
acuerdo con lo establecido en la presente ley.
Una tarde de
viernes nublado. La estación de autobuses hervía
de gentes
que se rozaban perseguidos del tiempo ¿A dónde irán?
Siempre la
duda y la curiosidad viene a mis oídos.
Yo también
estoy allí, también divago perseguido por las horas,
confundido
en esos minutos predecesores de todo lo que realmente llega.
El viaje
comienza, pregunto al conductor la certeza de mi elección.
El viaje
comienza, el motor suena encandilado por su traquetear somnoliento.
Todo se
mueve, en el coche se mezclan las conversaciones, los olores,
los sabores
de los pasajeros; un anciano con su jilguero enjaulado,
adolescentes
felices por su regreso a casa discutiendo de fútbol y chicas,
aquella
mujer solitaria que, huidiza de todos, se aferra a una maleta sucia
y gastada de
años y viajes, quizás, forzados.
El viaje
comienza con el leve sonido de la radio que nadie escucha
pero que
todos oímos. Atrás quedan los pueblos, atrás sus campos, atrás
las vidas
cuyos ojos miran nuestro transito; pasajeros que empeñan
sus
recuerdos en el viaje. Sembrados, barbechos, encinares, tierras
azotadas por
los hombres, ganados impasivos a nuestro paso.
Hace calor
dentro pero los cuerpos, al pasar por ese pasillo estrecho
de ojos
curiosos, dejan una estela de frío en esta tarde de niebla misteriosa.
Es otoño, me
quedo asombrado viendo las grullas sobrevolar las grandes
llanuras,
tan cerca de nosotros; otro pueblo pasado, las campanas de su iglesia
repiquetean la despedida a lo extraño.
Esta
anocheciendo, por fin el sol enrojece los cultivos, las lagunas bostezan
el sueño del
agua a través de los riachuelos; un castillo a lo lejos, en un monte manchado
de alcornoques, suspira una raigambre y un orgullo contenidos.
Y entonces
llegamos, una ciudad nueva y un verso en el aire
al pasar por
su cementerio, en la majestuosa puerta brilla el honor
de los que
ahora son aire; con intensa gracia las tórtolas turcas colorean
los cipreses
y se balancean en su silencio sepulcral. A lo lejos, el campo, mi campo
extremeño; y una ciudad eterna, cubiertas a estas horas de un resplandor
de piedras pardas, la
luz palaciega de sus torres. Y entonces me acuerdo
de Pío Baroja y de una inscripción en una
puerta señorial vizcaína:
Desde hace unos años, la Semana Santa en La Cumbre empieza con la "Convivencia Rodacis". He aquí la Presentación del nº 4 de la Revista en la que escribo una especie de carta de despedida como Presidente de esta Asociación juvenil tan esencial y tan necesaria en nuestro pueblo.
La revista Rodacis nº4 es el
reflejo de la evolución de esta Asociación juvenil que la compone y patrocina,
esto quiere decir muchas cosas: perseverancia, constancia, esperanza, creencias
en unos valores e ideas, cariño hacía tu pueblo, organización, autoestima,
personalidad, responsabilidad… pero desde mi punto de vista, todos estos
adjetivos hubieran carecido de importancia y no se hubieran hecho realidad si
no los hubiese precedido la humildad y sencillez desde el primer momento que la
fundamos hasta ahora.
Hace ya unos años que enterramos
la bellota en esta tierra extremeña para que saliera nuestra particular encina,
con toda la ilusión que tienen los chavales de veintipocos años, que creen que
el mundo puede ser un lugar mejor y por eso empiezan por su pueblo.
La encina (la asociación) salió
adelante y creció; hubo mucha gente que la regó, echó ramas y empezó a hacerse
visible a los ojos de La Cumbre; tuvimos voz, para el resto de asociaciones y
para el propio ayuntamiento; nuestra opinión empezó a contar; nos hicimos más
fuertes ante los numerosos retos que se nos planteaban; los jóvenes, desde el
primer momento, creyeron en nuestro proyecto apuntándose en masa,
contribuyendo, prestando cualquier ayuda que podíamos necesitar; a esto hay que
añadir la cantidad de amigos y simpatizantes que, en la organización de todos
lo eventos, siempre han estado ahí. También tuvimos enemigos, a unos los vimos
venir desde el primer día, a otros no, y esos hicieron más daño, constituyendo
un lastre para el gran proyecto que teníamos en mente.
Yo, como el primer presidente y
cofundador, junto a mis compañer@s de directiva y amig@s, de esta asociación
juvenil, me siento orgulloso de muchas cosas; sería imposible enumerarlas todas
ya que ha constituido una de las mejores experiencias de toda mi vida. Destacar
mi orgullo por haber contribuido a inculcar los valores que “Rodacis”
representa a los jóvenes que, como yo, empezaron en esto, y a los que vienen;
mi satisfacción personal por haber sido un presidente neutral a todo
pensamiento e ideología política en este ambiente juvenil que, por mi carácter
y el que me conozca bien lo sabe, no me es fácil; recordar, a grosso modo,
todas las actividades culturales, sociales, educativas, festivas, de ocio y
tiempo libre que hemos realizado, muchas veces, luchando contra viento y marea;
y sobre todo, también, alabar la cantidad de gente que he conocido, pandillas
de amigos y amigas que lo serán para siempre, gente estupenda que tenemos en La
Cumbre y que, casi siempre, no valoramos lo suficiente porque solemos
asociarlos a factores negativos de nuestro pueblo, nada más lejos de la
realidad; aprovecho estas líneas para enviarles un fuerte abrazo de amigo y de
corazón.
La encina sigue creciendo; es
posible que se convierta en un gran árbol y sea toda un referente para todo el
pueblo y comarca; o puede ser que se la coma el ganado que pase si se la
descuida; o que la corten de raíz quienes no la valoren. De igual manera que
creo firmemente en los valores de esta asociación; pienso que la renovación y
el cambio son tan necesarios como organizar excursiones o hacer esta revista;
para Rodacis la renovación y el cambio de su cúspide ha de ser visto como algo
positivo; la innovación de su gobierno serán siempre símbolo de originalidad y
personalidad, eso sí, sin abandonar nunca los adjetivos de las primeras líneas
de este artículo.
Por último, no quisiera terminar
esta presentación sin desear a tod@s l@s cumbreñ@s lo mejor. ¡¡Viva Rodacis y Viva La Cumbre!!
Esta
entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior
publicación.
Está
protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996
de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad
Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto
refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.
Queda
prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de
acuerdo con lo establecido en la presente ley.