lunes, 21 de octubre de 2019

LAS NOTRE DAMES


La Catedral de Notre Dame de París ardió, el pasado abril, en medio de una multitud desesperada que gritaba su impotencia por las redes sociales. No se han hecho esperar los simbolismos (la aguja del tejado caer en un gesto que nos ha recordado a las Torres Gemelas); los milagros (esos bomberos entrando y observando la cruz del altar brillando intacta con la Piedad de Nicolás Coustou impoluta entre escombros); las teorías conspirativas (al mismo tiempo que ardía la catedral un fuego sospechoso se propagaba por la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén); y la hipocresía a que nos tienen acostumbrados Facebook, Instagram y sus colegas, especializados en convertir en eruditos a grandísimos zoquetes y a solidarios a grandísimos egoístas. Una gran cantidad de personas en el mundo han mostrado su interés en donar grandes sumas de dinero para restaurarla, como si la Iglesia fuera pobre y no pudiese hacer frente a esta desgracia.

Casi al mismo tiempo, contemplábamos con estupor los incendios veraniegos; una gran masa de fuego se propagaba por las llanuras portuguesas y desde el castillo de Monsanto se apreciaba el fétido aliento de las brasas humeantes. De nuevo, en torno a este tema, surgen las teorías confabuladoras de quienes provocan al dios Vulcano y le azuzan ayudados por la falta de agua y altas temperaturas. Así, como antaño hicieran con los españoles que intentaron sitiar el castillo templario, los habitantes de Monsanto se preparaban, en el silencio sepulcral que ofrece el granito, para contraatacar el fuego que intentaba devorar sus entrañas y desfigurar la tierra de sus antepasados.

Si saltamos el charco, los incendios del Amazonas fulminan nuestro pulmón planetario para convertirlo en tierras de ganado y comercio; los políticos hacen estragos para atacar al contrario, pero lo cierto es que los incendios en la mayor selva del mundo se llevan sucediendo durante siglos,  y en las últimas décadas con una virulencia aplastante. Luego nos preguntamos ¿Por qué no llueve?, o ¿Qué calor hace?, o, simplemente, estamos celebrando “los Santos” (el uno de noviembre) en el campo, en mangas corta.

Pero ya haremos un “Areté ecologista”, que tiene bastante “miga” y en el que me gustaría resaltar un aspecto que nos viene “asfixiando” sin darnos cuenta… estábamos hablando del incendio de la Catedral de Notre Dame sucedido en abril. Cuando vi la noticia explayada en los periódicos e internet, no pude evitar acordarme de las miles y miles de “Notre Dames” que agonizan la ruina histórica de desaparecer. Esos edificios, semiescondidos la mayoría, víctimas de su propia coyuntura de años sin dar el servicio que se les requiere; sin esas circunstancias que hacen que se les estime o se les valore, restaurándoles y dándoles el uso, original o alternativo, que se merecen.

Justo por esas fechas se llevaron el brocal del pozo de los milagros del Convento Agustino de Santa Cruz de la Sierra; el dueño creía tener un poder aún mayor que las aguas milagrosas que emanaban de ese brocal y que fueron la primera piedra y el principal eje sobre el que se construyó el edificio.

Habría que explicar la historia: antes del inmueble, en el lugar se sucedían fenómenos extraños de luces y sombras entre destellos que salían de la tierra o asomaban por la sierra… en 1633 Bernabé Moreno de Vargas (primer cronista e historiador de Mérida) escribió que “de ordinario se ven unas luces milagrosas, y se entiende son señales de que allí están escondidos algunos cuerpos de santos, pues otras semejantes luces se han visto adonde había cosas de este género”… a lo místico y sobrenatural del contexto se unió que, en un punto alto del pueblo, existía una especie de pozo cuyas aguas eran famosas por las propiedades medicinales que ostentaba, especialmente para sanar la viruela (una enfermedad que causaba verdaderos estragos entre la población). Este pozo lo mismo estaba vacío que, de  repente, se llenaba en unos segundos. De todas partes venían gentes para beber y echarse por encima esas aguas milagrosas, incluso de Portugal.

El pozo ya estaba ahí desde tiempos inmemoriales y en torno a él se edificó el convento de los frailes agustinos, la cúpula mayor laurea su brocal (bueno, laureaba); nadie se explicaba entonces el poder curativo de sus aguas y el carácter misterioso del aura sobre el que se envolvía. Los frailes de entonces, para apartarlo del paganismo natural (propio de la Iglesia en aquellos tiempos), empezó a infundir que la esencia divina de esas aguas se debía a que en el lugar se encontraba parte de la cátedra (el sillón) de San Ildefonso y un fragmento de Lignum Crucis (la cruz de Cristo). En 1699 se hizo una excavación para averiguarlo y no encontraron nada de lo que afirmaban.

El pozo milagroso y las luces enigmáticas convirtieron al convento en centro de peregrinación y prestigio. Pero como las relaciones Iglesia- Pueblo siempre se han configurado desde la creencia de la superioridad de la primera sobre el segundo y el temor a Dios ha sido bien explotado con fines no siempre benevolentes. Lo cierto es que, cuando se construyó el convento, la población se quedó sin las aguas milagrosas del manantial sagrado; de hecho los frailes construyeron otro pozo para abastecerse ellos y provocaron la sequía, a su vez, de otro que utilizaba el pueblo. También, las famosas cañerías romanas que bajaban agua de la sierra se estropearon y los frailes se negaron a repararlas, ni siquiera una parte. Los pleitos se sucedieron y llegaron hasta el Juzgado de Granada pero la Justicia (como hoy en muchos casos), se inclinó hacia los poderosos del momento y falló a favor de los frailes. Por si eso no fuera poco, los impuestos, demandas y limosnas obligatorias se sucedían y multiplicaban, poseyendo las mejores tierras, la posada y el molino, en el río Alcollarín.

Las generaciones de Santacruceños se sucedieron y vivieron sin las medicinales aguas del pozo durante siglos. Es por eso que no tuvieron ningún reparo, durante las desamortizaciones del siglo XIX y tras irse los últimos frailes, en cegar (sin saberlo) su manantial más preciado y destruir las paredes, bóvedas, estancias… ¡Que no vuelvan esos frailes explotadores!, pensarían…
Solo respetaron la iglesia, del siglo XVII, que sufre, hoy día, el abandono del tiempo y que, desde este verano, se ha quedado desnuda del todo porque (siempre hay alguien que saca tajada de los errores del pasado) el, poco considerado, propietario se ha llevado el brocal del pilar fundamental de este monumento tan fabuloso.

El lacerante acto se ha puesto en conocimiento de la Junta de Extremadura. No quiero ni imaginarme al brocal de esta historia pululando por el mercado negro o en el “cortijo” de algún caprichoso, o en la casa victoriana de algún anglosajón. Espero que vuelva a su lugar de origen y nada me alegraría más, ahora que vivimos tiempos en los que en los pueblos vanagloriamos nuestras raíces con el conocimiento en la exaltación cultural, que este Convento agustino se convierta en un edificio municipal restaurado, para disfrute de todo Santa Cruz de la Sierra y, por ende, de todos los pueblos vecinos.

En tal caso, es una de las muchas “Notre Dames” que no dispone de mecenas ni de conglomerado mediático para hacerse valorar. Es interesante la “Lista Roja del Patrimonio” que sacude las redes y los informes. En nuestro territorio tenemos varias: El citado convento de Santa Cruz de la Sierra, la torre palacio de los Pizarro en Conquista, la ermita de Santa Ana en Trujillo…
Estos tienen el honor de figurar en la lista, pero, al leerla, nos acordamos de nuestros molinos, de los pretiles y perdida de cimentación de La Puente, de los contrafuertes desgastados de la ermita de San Gregorio y restos de minúsculas “Notre Dames” que aguardan nuestra consideración y entrega; nuestro deber en los tiempos que nos tocan.

En un cumpleaños (ahora las fiestas se me han tornado en cumpleaños infantiles) un hombre me contó que tuvieron que coger las vigas y tejas de uno de los molinos del Gibranzos, propiedad de su familia, para construir una cuadra-cochera (ahora la moda es cochera-cocina) en La Cumbre: <<luego, años más tarde, hicimos el tejado moderno, las vigas las fuimos quemando en la lumbre y las tejas ahí siguen, en un rincón… nos llevamos las cosas en carros, todo lo aprovechable>>.
El molino se quedó sin su cubierta para protegerse y sus tejas duermen inútiles en un rincón de una cochera, no sé qué moraleja se sacará de esto pero he de reconocer que he pensado un poco sobre el tema, buscando una conclusión lógica.



Jesús Bermejo Bermejo. La Cumbre 2019



jueves, 28 de marzo de 2019

CON TRES AÑITOS


Con tres añitos la vida entra en las palabras
como la raíz a la tierra.
Esos secretos que solo tú entiendes
se descifran arropados entre mantas de sueño,
a través de las líneas que salpican los cuentos
que cada noche memorizas…

Con tres añitos los pasos se convierten en carreras
abalanzándose en la luz de tu risa,
en la gracia  con que observas el mundo;
tantos  desafíos de deseos en las tardes
atrapadas de sol, con las puertas entornadas
que tus pupilas intentan descifrar;
donde el aroma de los versos sabe a la tinta
de un garabato sobre la arena esparcida;
la plaza es solo un planeta
dentro del universo donde nacen los juegos;
el tronco de los árboles
parecen vértices que cubren la memoria
de tus días, del color que asoma en tus mejillas.

Con tres añitos los gritos son necesarios
como las murallas de los fortines;
se crea esa dependencia con que bailan tus cabellos
al compás del viento, con que exploran las ventanas
los ojos de los pájaros;
cuando descansan, a lo lejos, horizontes inmensos
de relojes detenidos
que no comparten la idiosincrasia del tiempo.

Con tres añitos mi mundo
se cierra solo ante ti;
aquellos lugares inhóspitos esperan
el murmullo de tus sensaciones,
el beso de las danzas que comparten las sombras
mientras la luz abre sus manos a la primavera.

Con tres añitos, las horas asimilan la vida
y los segundos se consumen con una sonrisa
fructífera.

JBB. 29/03/2019.


martes, 12 de marzo de 2019

UNA OVEJA EN LA ESTACIÓN DE TREN


El pasado 23 de febrero de 2019, una oveja salió de su rebaño, cogió el camino de Magacela, atravesó la carretera, surcó la urbanización “Las Mimosas” y siguió, vía adelante, hasta presentarse en la estación de Villanueva de la Serena para sorpresa de los viajeros que, una vez más, compraron el billete de la “gran aventura del tren extremeño”. Lejos de asustarse, el animal se quedó inmóvil, tranquilo, observando algo que, sin duda, se nos escapa a todos.
Aunque parezca inverosímil, las ovejas me recuerdan  a los trenes; siempre juntas como vagonetas imposibles acopladas a los pliegues de la sociedad ganadera. Donde entra una entran todas y es, precisamente, por este comportamiento tan unionista lo que revela lo peculiar del caso.
Pero no es por eso por lo que me recuerdan a los trenes, sino porque, por donde iba a pasar la vía del tren en La Cumbre, hoy solo transitan ovejas, pegadas las unas a las otras, sorteando escobas y creando las veredas que nos conducen a los lugares perdidos del pasado.

El tren fue un espejismo en nuestra comarca a principios del siglo XX, un destello de luz de luciérnagas bajo una noche de verano, una cabezonería de unos pocos, inclinados al progreso y a la industrialización del territorio, que luchaban contra otros pocos, amantes de lo tradicional y conservadores de unas costumbres arrastradas desde el Antiguo Régimen; y  en medio, los pueblos morenos de asfixiantes estíos y curtidos en los vientos que arreciaban y parecían arremolinarse, una y otra vez, para no llevarlos a ninguna parte.
Los detalles de la historia del tren que pudo ser y no fue los tengo reservado para mi futura publicación (perdonadme que los guarde de momento); pero, resumiendo, fue un “tira y afloja” de más de 30 años, elevando el problema a nivel nacional; pues, sobre la mesa, también estaban los intereses mineros de Logrosan y las trabas de los sectores conservadores de Trujillo y terratenientes de alrededores, quienes veían el peligro de una avalancha de prosperidad sobre la masa campesina que controlaban, y que desembocaría en el auge del transporte, negocios, fábricas, comunicaciones… prosperidad, en una palabra, “utilidad pública” como la llamaban los promotores de las sociedades de entonces, centradas en el asunto.
Más de cien años después, que se dice pronto, el tren en Extremadura sigue arrastrando la losa de la desigualdad y el abandono; se hunden las infraestructuras y descarrilan los despojos de un medio de transporte que, por nuestros cielos, trazó una línea tímida, sin avales de conciencia segura, porque nunca se quiso que los beneficios industriales que conllevaba calasen en nuestra economía; nunca fue una intención manifiesta acercar, a golpe de locomotora,  a los pueblos y ciudades que custodiaban los campos y dehesas donde marqueses, condesas, duques y doñas manipulaban a placer.
Ahora se busca y se reivindica, por los menos que las infraestructuras construidas se renueven y los convoyes ofrezcan la suficiente calidad para no pararse en mitad del campo, o retrasarse desmesuradamente, o arder, en medio de la desolación de todos los/as extremeños/as que clamamos un tren digno para nuestra tierra: protestando, manifestándonos o con un remanso de versos, como los que se leyeron en Badajoz hace un año y donde tuve el gusto (y el honor) de participar.

El lugar de La Cumbre que hablo es muy especial, hay que ir, no se pasa; las escobas habrán florecido y convertirán a las pizarras en pequeñas penínsulas ancladas a la tierra sobre un mar blanco; las ovejas atravesarán las pasaderas y espolvorearán las veredas en una calma infinita, donde extrañas construcciones duermen un sueño, el anhelo que transita en un susurro de aquellos que apostaron por el progreso.

* Foto de Toni Ángeles Martín





lunes, 25 de febrero de 2019

LA MONA DEL ROLLO DE MADROÑERA


LA MONA DEL ROLLO DE MADROÑERA
Escondido en la plaza del mismo nombre, el rollo de Madroñera observa tranquilo las horas que siguen a los días en este tiempos de idas y venidas históricas, donde todo parece estar condenado, irremediablemente, a repetirse. Cuando pasamos, hace unos años, camino de Guadalupe, me sorprendió lo recatado del lugar que, sin embargo, no peca de modesto en cuanto a la estructura de sus viviendas, sobre todo la extraordinaria puerta de cantería de la casa palacio del que fuera señor de la villa: Alonso Ruiz de Santa Cruz, otro de los “peruleros” que fueron con Pizarro y se labraron nombre al regresar a su tierra.
Y es que, al igual que La Cumbre, Madroñera también fue vendida y desprendida de la jurisdicción de Trujillo. En 1558 se la reservó para sí el artífice de todas aquellas ventas: don Gutierre de Vargas Carvajal, pero al morir un año después, ya había otro interesado en convertirse en “dueño del lugar”.
Todas estas construcciones, del siglo XVI, obedecen elementos similares (graderío, basa, fuste, capitel, ect) pero se adaptan a las particularidades del momento y a las disposiciones arquitectónicas de sus dueños. En este caso, para sortear el desnivel del terreno,  este rollo tiene un alzado que deja a su graderío, prácticamente, inservible. Debido a esta altura, la basa apenas se nota y su columna emerge cilíndrica en sillares de granito, donde sobresalen cuatro ornamentaciones de justicia, para acabar en la pieza más importante: el remate; que consta de dos cuerpos donde se observan dos escudos del propietario del villazgo y animales fantásticos (¿águilas?) halagándolos. Justo arriba, se asientan dos yelmos y, en la parte superior, un león, símbolo de poder y fuerza de ley, con los brazos extendidos que, debido a su pequeño tamaño, siempre se le ha confundido con una mona y, de ahí, que los madroñeros y madroñeras lo llamen “la mona del rollo”.

Como todos, los avatares de la historia, los años y las acciones de sus vecinos/as marcan el devenir de estos “arboles de piedra”, que diría Demetrio González; en este no hay cascos de caballos que puedan castigar su graderío pero las acciones, muchas veces imprudentes, de los “quintos” y “quintas” a la hora de colocar a la “mona” las banderas extremeña y española, han provocado, entre otras cosas que, hace unos años, parte de una garra del león se desprendiera (recogida por los vecinos y guardándose en el ayuntamiento). La última que se ha llevado ha sido que, tras su restauración (como el nuestro) este año, alguien lo ha rociado con aceite de motor. Algunos hablan de que ha sido porque <<no les ha gustado como lo han restaurado, luciendo con cemento su base>>,otros porque << no se ha adjudicado la obra a “gente del pueblo”>>…
Lo sucedido nos hace pensar en la época (1813-1870) en que estos monumentos civiles fueron ilegales, ya que simbolizaban la pertenencia de un lugar a alguien en particular; y como los pueblos de España no conocen otra titularidad que la nación española,  las Cortes de Cádiz ordenaron la destrucción de rollos y picotas a través del Decreto de 26 de mayo de 1813. «Los Ayuntamientos de todos los pueblos procederán de por sí y sin causar perjuicio alguno a quitar y demoler todos los signos de vasallaje que haya en sus entradas, casas capitulares o cualesquiera otros sitios».
Muchos quedaron demolidos, con sus entrañas se hicieron cantos para afirmar carreteras y caminos; o bien sirvieron de base para nuevas construcciones, convertidos en cruceros o como pedestales para poner encima alguna imagen religiosa en la iglesia.
Eso es lo que le pasó al rollo de Salvatierra de Santiago, que no existe hoy día pero que conserva una calle con su nombre; al de Deleitosa, que le destruyeron el remate; al de Torrecillas, que le rasparon los escudos y al de Santa Marta de Magasca, que lo derribaron, para luego arrepentirse y levantarlo de nuevo, desplazándolo a un rincón de la plaza.
En cuanto al nuestro, parece ser que los cumbreños y cumbreñas del siglo XIX no vieron a su principal monumento como un “símbolo de deshonra”, aunque no me atrevería a afirmar esto con rotundidad, pues nos falta la bola que coronaba el remate (cuyo mástil hemos perdido con la restauración) y una de las estrellas del escudo de los Paredes (si, Paredes y no Ulloas) esta “misteriosamente erosionada”… ¿hubo disputa entre los vecinos por derribarlo o no?… si así hubiese sido, menos mal que se optó por dejarle, formando parte de la vida de generaciones de cumbreños que le observan con cariño y orgullo y que, tras la restauración de 2019, ha quedado sano y fuerte, dispuesto a servirnos de emblema y símbolo por muchos siglos más… no se vosotros/as pero cuando lo vi restaurado por primera vez no pude evitar acordarme de Pedro Barrantes, observándolo, allá por el siglo XVI, con un aspecto, un tanto, parecido.

martes, 5 de abril de 2016

MARTÍN

No sabes qué es la lluvia, pero la luz crece en el bosque
mientras cala tu mirada el barro de todo principio;
aún no disfrutas del aire y el paisaje transcurre con aplomo,
bajo el añil del atardecer se eleva el canto de las flores recién abiertas.
No sabes decir una palabra, solo sientes el latir del mundo,
el murmullo de las nubes en tus gestos
que sonríen, frágilmente, enjabonados de esperanza;
instantes alargados y aventurados al tiempo,
como el vuelo del pájaro que ha perdido el miedo.
No conoces lo qué es un árbol, pero tus raíces se hunden en la tierra
que labraron tus apellidos,
en el beso consciente que pule la inocencia de tus ojos.
Solo tú eres capaz de otorgar alegría al llanto,
encender el verbo “nombrar” mientras se cobija en un abrazo,
observar el rostro que te mira, el gozo de tus manos
dibujar circunferencias llenas de deseos;
solo tú otorgas a la definición de amor el sabor que le corresponde.
No sabes saltar el río,
pero este fluye poblado de balbuceos
a cuyas piedras se encadena tu bienvenida,
y los remolinos reverberan sentimientos encontrados.
Truenan las horas nubladas del oeste,
pronostica tu llegada un viento galeno,
acumulas episodios mientras soy testigo de cómo vas trazando la infancia,
el resplandor que deja nuestra convivencia,
el instante en que soy capaz de decir tu nombre.

Jesús Bermejo Bermejo, La Cumbre 2016

miércoles, 5 de agosto de 2015

ASOCIACIÓN JUVENIL RODACIS-CUMBREÑ@: 10 AÑOS DE UN SUEÑO

Para Noelia, sin la cual
esto, sencillamente,
no existiría

El Recuerdo. No logro hacer memoria del momento en el que Juanmi y yo hablamos por primera vez de crear una Asociación Juvenil, sin duda fue en la piscina, donde trabajábamos de socorristas y, entre otras cosas, teníamos tiempo para hablar y abordar muchos temas; quizá fue una tarde, rodeados de jóvenes entrando y saliendo del vaso, de niños correteando con los “manguitos” a modo de musculatura adicional, de risas y voces esparcidas en el recinto verde que contrasta con el horizonte amarillo de la dehesa.
No sé por qué lo hicimos o qué nos empujó a ello, el entusiasmo se apoderó de nosotros y contagiamos a todos los de nuestro alrededor, pensando más en el proyecto que en la interrogante de su origen; a esta iniciativa se unió Noelia, Esther, Sergio, Miguel y Reme, pero su fundación habrá que buscarla en la propia juventud, en los pasos ligeros de una carrera al viento, esa sensación de que puedes hacer cualquier cosa, solo tienes que elegir el método y estirarlo tanto como puedas hasta que el sabor del triunfo endulce el ambiente y la luz del verano proyectada en las ondulaciones del agua te hagan parpadear en la realidad.
O a lo mejor porque somos de la generación “que llegó tarde a La Cumbre”, los que conocimos una selva de eucaliptos por parque y un campo de futbol degradado al más absoluto abandono, lo mismo que el polideportivo, que estaba descubierto, cuya pista te hacía sangrar cada vez que te caías. Sencillamente porque crecimos sin que otros nos aportaran mucho, la biblioteca era (y es) terreno tabú, las excursiones se explayaban en la ausencia (la primera excursión que hice, solo, con mis amigos y amigas fue a las alberguerías y tenía 17 años) y las actividades eran una novedad efímera (una vez vino un chino a enseñarnos tae kondo en la Casa de Cultura, la mayoría duramos dos clases).
Quizá por eso a algunos de aquellos/as nacidos entre 1975-1985 nos interese que las cosas no sigan siendo así, y por eso empezamos por nuestro pueblo, creando, por ejemplo…

La Asociación. Decidimos que el sábado  preliminar a Semana Santa era el idóneo para celebrar nuestra convivencia anual; el primer año estábamos en “La Puente” haciendo migas; sobre una sábana habíamos improvisado una pancarta, al colocarla me di cuenta de que cada grupo se hallaba dispersado por el campo sin mucha comunicación entre sí, en ese momento me dije <<esto tiene que cambiar>> y ese fue el propósito interior, explayado en el tiempo.
 Éramos conscientes de que, con nosotros, empezaba todo, había que trazar las líneas de lo que se suponía que iba a convertirse “Rodacis”; el día de convivencia, la semana joven, las actividades de invierno, eran el foco central; pero luego estaban los propósitos y las ideas que iban más allá de lo que hasta nosotros mismo imaginábamos, dar voz a los jóvenes en La Cumbre se convirtió en una meta; que el pueblo, el resto de las asociaciones y el propio ayuntamiento entendieran que allí estábamos y que nos pensábamos quedar parecía una tarea muy sencilla, como una pieza de relojería que encaja a la perfección, pero era necesario una conciencia por parte de todos.
Las primeras “Semanas Joven” eran un boom, un pueblo acostumbrado a que los/as jóvenes participaran y no organizaran se quedó estupefacto cuando movilizábamos a cientos y la plaza, la piscina, el polideportivo o cualquier escenario vibraba con lo que hacíamos, cierro los ojos y escucho los sonidos y las formas de todos/as los que hacíamos posible aquello.
Rodacis estaba ahí, era una realidad, los/as jóvenes se apuntaron en masa, participaban en todas las actividades, lo hacíamos todo de manera coordinada por la directiva, al principio, y asamblearia con el resto de socios/as, después; por lo que, de esta forma, a mi juicio, el éxito estaba asegurado en cualquier cosa que nos proponíamos; la satisfacción de la excursiones, los conciertos, las gymkhanas, las actividades culturales, la colaboración con otras asociaciones, la creación de nuestra propia revista socio-cultural, éxito para todo el pueblo, ect; nos hizo ponernos en el primer escalafón en medio de una algarabía ensordecedora que solo era provocada por la energía revitalizante de la juventud.
Todas esas sensaciones y esfuerzos por sacar todos los proyectos adelante estallaban en la cena, donde sucedía un acontecimiento que no se había producido hasta ahora: los/as jóvenes de La Cumbre compartiendo un mismo equipo, el grupo que habíamos creado, todos/as bajo una misma bandera,  un mismo deseo, un nombre: Rodacis.

Los/as Jóvenes. Mirados siempre con ese recelo que provoca quien observa a alguien que tiene un tesoro "divino"; los/as jóvenes siempre serán examinados con la perfección de un cirujano, cualquier error mínimo será tenido en cuenta y multiplicado por veinte, pero será mil veces perdonado porque, en la más pulida claridad de piedra diáfana, la memoria de que un día fuimos jóvenes nos asaltará, dejando entrever, como luz entre los árboles, las mismas sensaciones que experimentan los que ahora nos preceden.
Los/as jóvenes no son tontos, así se lo dije a la anterior corporación municipal y así se lo digo a la actual y venideras, a los/as jóvenes no se les puede tomar el pelo, son los primeros en reconocer cuando se hacen las cosas bien y los primeros en criticar cuando se hacen mal; son un medidor de acciones que evalúan cuando el mundo calla; estoy leyendo el cartel de ferias 2015 y pienso en voz alta: ¡Por fin se hace justicia a Rodacis!, por fin se le reconocen todas las actividades que organizan; me alegro porque la actual directiva y demás socios se están esforzando como nunca para ser los mejores, y lo están consiguiendo.
Y digo esto, porque Rodacis también fue rebelde y demandó ciertas cosas imprescindibles, que hoy son miradas con normalidad, como tener una sede, ciertas ayudas en la elaboración de sus actividades, tener un lugar cálido para juntarse todos en las fiestas navideñas, independencia y libertad para actuar, ect; un gran número de elementos cuyos contornos desvelan lo que ha sido esta Asociación y hacia dónde camina.

Reflexión. Yo, por mi parte, me voy desligando, poco a poco, de Rodacis, la música empieza a sonar de fondo pero lejos de entristecerme me siento orgulloso. Hace unos años creíamos que la Asociación desaparecería (y lo más triste era ver la indiferencia al respecto), pero ha conseguido levantarse gracias a la unión de aquellos/as que siempre han creído en su espíritu, y trabajan, codo con codo, sin conseguir más que la satisfacción personal de estar haciendo algo muy fructífero para su pueblo y para su entorno.
Hoy día no se concibe la feria sin antes la Semana Joven de la Asociación, los mayores la llaman, simplemente, “Rodacis”… <<¿Quién organiza esto? Rodacis>> y el nombre basta para designar el pensamiento, la memoria y la acción de todo; resucitamos aquella “villae” romana cercana para proyectarla en los más jóvenes de nuestro pueblo, por el que merece la pena luchar y hacerlo evolucionar, viviéndolo, sintiéndolo, escuchándolo; quizá por eso fundamos esta Asociación, quizá por eso siga tan viva o más que cuando la iniciamos, con todas las actividades y proyectos, los cuales, sin la ayuda de los demás miembros de la directiva, especialmente Juanmi y muy especialmente Noelia (a quien va dedicado este relato), no se habrían podido realizar.
Rodacis camina hacia un futuro donde su propia existencia reside en las gargantas de quienes quieren gritar por ella, démosle entre todos y todas ese aliento para que pueda respirar, alzarse, existir, innovar, saltar hacia adelante en el tiempo, vivir, para siempre, en los lugares donde reside nuestra alma.

¡¡¡Viva La Cumbre, Viva Rodacis!!!


Jesús Bermejo Bermejo
(Primer Presidente y cofundador de la Asociación Rodacis-Cumbreñ@).
 La Cumbre 2015


viernes, 17 de abril de 2015

EL MONSTRUO DEL TAJO (y 2)

Río Tajo a su paso por Extremadura, enero de 1879.

La narración del capitán americano retumbaba en la bóveda del casino por las expectación de sus contertulios; años de juegos y conversaciones entre ellos, comentando las tardías noticias que llegaban de fuera, sufridas o beneficiadas siempre desde la lejanía, los habían convertido en un selecto club aburrido que tenía que lidiar, al salir de aquellas puertas, con la gente corriente, la que ellos constantemente miraba por encima del hombro, la que constituía, paradójicamente para ellos, la composición de su país. Todos sabían que aquella conversación les daría para meses y meses de tertulia ininterrumpida, jugando al mus o haciendo bailar las bolas de un decrepito billar, acuartelado en una esquina de la estancia principal; de todo ello era consciente aquel extranjero con aquel extraño traje de baño.

-        En Puente del Arzobispo, por la tarde, fuimos a ver la prisión del pueblo, me interesé por la situación de los reos y estos me contaron su historia individual; uno de ellos, “Marrajo” creo que se llamaba, me rogó que le pidiera al Gobernador que les dejara verle partir al día siguiente.

-          ¿y accedió el Gobernador a la petición del criminal?- se interesó don Emeterio el alcalde.

-          No sé si por mi presencia o no pero la verdad es que sí, los presos estaban en la orilla del río al día siguiente y me despidieron sonrientes, alzando los brazos al sol, enjuagándose con los vítores del resto de vecinos.  


-          Una vez en el agua, más abajo, el Tajo se apretaba, parecía encogerse entre la roca viva; dispuesto a que no me pasara lo mismo que en Puente del Arzobispo, ponía especial cuidado en las turbulencias que iban y venían; cuando salí me encontré a un matrimonio que estaba con las ovejas, fueron muy hospitalarios y me dejaron dormir aquella noche en su cabaña. Pasadas unas horas, de repente, en plena madrugada, unos golpes secos retumbaron la puerta, al abrir nos encontramos a una pareja de la Guardia Civil con los fusiles en ristre.

-          ¿Se presentaron a detenerle o a esos pastores?- preguntó don Juan el secretario frunciendo el ceño.

-          La verdad es que todos nos pegamos un buen susto, los agentes de la ley me tranquilizaron diciéndome que estaban allí de parte del Rey Alfonso XII para ofrecerme protección y asistencia.

-          ¿Y que hizo usted?- saltó el alcalde.

-          ¿Qué que hice? Les di las gracias y seguí durmiendo.

-          ¡Les dio las gracias y siguió durmiendo en aquella choza!- corearon el cura, el secretario, el boticario y el alcalde; don Paco el ganadero solo miraba a unos y a otros esperando su reacción.

La risa de todos desencadenó, por primera vez, una verdadera algarabía desde que empezó la comida, Paul Boyton no tuvo más remedio que unirse a las carcajadas.

-          Al día siguiente volví a zambullirme, atravesé cárcavas donde la vegetación apenas dejaba entrar la luz del sol; no me encontré a nadie, al caer la noche los aullidos de los lobos coreaban el valle, los vi deslizarse con maestría ladera abajo, había luna llena y podía observar sus siluetas merodear entre las encinas y las escobas; dispuesto a no correr más riesgos de los necesarios, resolví seguir hacia adelante y durante unos días dormía de día y navegaba de noche.

-          ¡Malditas alimañas! Más de una oveja me han costao esos demonios- exclamó don Paco, palpándose, inconscientemente, su bolsillo.

-          Tras unos días así, ¡por fin entré en Extremadura!, en el Puente de Almaraz me esperaba una comitiva parecida a la que encontré en Talavera; el Gobernador de Cáceres me dio la bienvenida a tierras extremeñas, celebramos mi llegada con un gran banquete en una carpa que había levantado en la misma orilla del río.

-          ¿Le dijo algo en especial el señor Gobernador?- intervino don Juan el Secretario.

-          No, bueno, en realidad sí, me previno más bien, jajajaja ¡todos los altos cargos que he conocido en este viaje no han hecho más que prevenirme!... me dijo que más adelante se encontraban los peligrosos rápidos del “Salto del Gitano”, la verdad es que no se equivocaba el Gobernador, en más de una ocasión fui arrastrado por alguno de esos rápidos y golpeado contra las estructuras enormes de pizarras que coronan esa parte del Tajo; más adelante un remolino me tragó literalmente, me empujó hasta las profundidades, no sé cómo pude salir a la superficie.

-          ¡Dios mío, está usted loco al tentar a nuestro señor de esa manera!-  encolerizó don Esteban el cura.

-          Sólo hay dos palancas que muevan a los hombres padre: el miedo y el interés; no lo pienso yo solo, ya lo dijo Napoleón Bonaparte. A mi parecer las dos cosas hacen que queramos perseguir nuestros objetivos de una manera mucho más romántica y ferviente.

-          ¡Jajajajaja es usted un temerario capitán Boyton!- estalló de júbilo don Emeterio el alcalde ante la mirada desaprobatoria del párroco.

-          El caso es que puedo confirmar por experiencia que aquellos parajes son los más duros y salvajes del río; en el “Salto de Quitasustos” se desgarró una pernera de mi traje, menos mal que unos pescadores me ayudaron a coserlo bien, ya por Garrovillas de Alconetar. Después, he estado un par de días “nadando” aguas abajo, hasta asustar esta mañana a los dos muchachos que estaban cuidando sus cabras en la ladera derecha del río y encontrarme con ustedes, mis respetados amigos, en esta tarde tan jovial y a la vez mesurada.

En ese instante se produjo el silencio, Paul Boyton había terminado su relato y la primera sensación de sus oyentes fue de malestar por no poder seguir oyendo, aún más, sus aventuras. A don Emeterio el alcalde le pareció correcto terminar la intervención del hombre pez con un aplauso; con su aspecto rechoncho se levantó y empezó a dar palmadas, los demás le miraron extrañados pero acto seguido imitaron su gesto.
-          ¡Magnifico, magnifico don Boyton, no encuentro palabras, este ha sido un gran día en nuestras vidas y todo gracias a usted, gracias, muchas gracias!- el entusiasmo del alcalde era colosal.

Todos alabaron la gesta de este extraño capitán que viajaba enfundado en un traje de caucho vulcanizado, solamente por el puro placer de demostrar el invento y de saciar su sed de aventura constante, sumergiéndose en el peligro y la incertidumbre que ofrece una tierra salvaje y antigua, una tierra que se había convertido en una meca para los viajeros de otros países que buscaban la identidad perdida de una forma de vida, olvidada ya en los lugares donde procedían.

Por la tarde pasearon por el pueblo y la gente, conocedora del objetivo de aquel visitante americano, se arremolinaba curiosa entorno a las calles por donde pasaban; los chiquillos danzaban saltando por detrás de las autoridades, ya había dispuesto el alcalde que los vecinos engalanaran los balcones con mantas floreadas y banderas nacionales; un gran arco de flores decoraba la entrada a la plaza y al llegar a ella el aplauso del pueblo coreó la entrada de las autoridades. En un improvisado libro de firmas, Paul Boyton trazó su estancia y su agradecimiento; tío Nicasio Avis, un fotógrafo ambulante, se apresuró a sacar varias instantáneas del momento; los hombres lucían  orgullosos junto al aventurero de ojos claros y el resto de la población, en segundo plano, observando el prototipo en el trípode de forma extraña y, de fondo, una  fachada del ayuntamiento que todavía sangraba, por una desproporcionada grieta, la consecuencias del terremoto de Lisboa, en 1755.

Durante unos días, el “cetáceo”, que era como le conocía la prensa británica, navegó las aguas del Tajo, sorteando cañones rocosos y grandes cascadas. Más adelante no existe ningún pueblo en sus orillas por lo que la soledad volvió a invadir a Lord Boyton, soledad interrumpida por el vaivén de las olas y el sonido de la naturaleza, algunas veces amiga y otras enemiga, como los gritos nocturnos que se arremolinaban en las noches salvajes de aquella Extremadura indómita.

Alcántara esperaba con mucha ilusión la llegada del hombre pez, el capitán recibió a la población haciendo alarde de su vela y su maestría para zigzaguear las corrientes, en un acto de autosuficiencia, en medio del río, con los enormes pilares del puente romano sobre su cabeza, Boyton se presentó ante las autoridades fumando un puro, alardeando de la eficacia de su traje, hecho que causó un gran asombro entre los presentes.

Como no había parado desde que dejó el pueblo protagonista de nuestra historia, se quedó un día en Alcántara; allí volvió a contar su aventura en una conferencia y asistió a una obra de teatro. Al día siguiente todos le despidieron efusivamente, el americano se quedó prendado de las mujeres de Alcántara, en sus notas escribiría más tarde “Allí encontré las mujeres más hermosas de España”.

Al atravesar la frontera con Portugal se acabó su aventura extremeña; justo allí, un barco enviado por el Ministro de Marina portugués le escoltó hasta Lisboa. Las cárcavas se iban ensanchando y los rápidos se volvían mansa corriente; el río se hacía mar a cada kilómetro y la vegetación se divisaba cada vez más lejos.

Paul Boyton, el hombre pez, atravesó el río Tajo en un traje de caucho vulcanizado, esta hazaña cobraba fuerza con cada milla ganada, nadó e hizo parada de Castelo Branco, Abrantes y Santarem hasta llegar a Lisboa, el destino final, tras recorrer más de 700 kilómetros. Unas 200.000 personas le estaban esperando; allí le hicieron entrega de las cartas de felicitación del rey Alfonso XII de España y del Ministro de Marina de Portugal, en una Conferencia a los miembros de la Sociedad Geográfica de Lisboa, donde contó su historia por enésima vez; después, las celebraciones se sucedieron entre vítores y alegrías, nadie, absolutamente nadie en la Península Ibérica de 1879, había intentado navegar el río Tajo en un barco, no digamos en un traje extraño, que hace flotar a quien le viste, y con el que se puede navegar, con una vela en sus botas y unas jarcias bien tensadas.

Don Emeterio el alcalde no tenía tiempo para las gestiones del ayuntamiento, como un ciervo acosado corría por las calles del pueblo en dirección al casino a ver la noticia de “su camarada” Boyton, en el periódico que Matías el cartero traía casi todas las semanas. Don Emeterio, sentado ya en el sillón de terciopelo envejecido, sudando chorreones líquidos como una vela en misa, albergaba la esperanza de que “su amigo” le nombrara y de esta forma pavonearse desmesuradamente delante de don Juan el secretario, don Esteban el cura y don Leopoldo el boticario. La noticia contaba, a grandes rasgos, el trayecto del americano; al final del texto se advertían, en letra cursiva, una declaraciones del protagonista, el alcalde tragó saliva y abriendo, aun mas, los ojos leyó:  Puedo recalcar, al finalizar mi viaje, que  pese a haber sido advertido de que mi vida corría peligro por las gentes salvajes e ignorantes que habitan las orillas del Tajo, sólo he encontrado a mi paso personas hospitalarias y generosas, tanto en España como en Portugal. Destaco también que, aunque llevaba conmigo suficiente provisión de dinero, no he conseguido que nadie aceptase mi gratitud por los favores que me prestaron, fuese cual fuese su condición.

La noticia se cerraba con la intención del capitán Paul Boyton de cruzar el Estrecho de Gibraltar desde Algeciras a Ceuta. Don Emeterio cerró decepcionado el periódico justo en el momento en el que don Leopoldo entraba, alertado también por la noticia periodística.
-          ¿Qué cuenta nuestro amigo acuático?- preguntó sin evitar su excitación.
-          ¡Míralo tú mismo!- refunfuñó el alcalde a la vez que se levantaba y salía de la estancia decepcionado.

Ya en la calle, don Emeterio se encendió un puro; en ese momento pasó un rebaño de cabras capitaneadas por Cirilo y Basilio, el alcalde y los muchachos cruzaron miradas en silencio, Basilio balbuceó algo, como si fuera a hablar, pero al final calló, bajó la cabeza y siguió adelante; el rechoncho regidor se quedó mirando el puro y, acto seguido, lo arrojó con rabia, iba a volver a entrar pero, en un acto reflejo, cambio de parecer y se apresuró al ayuntamiento, justo en la misma dirección de los cabreros; mientras andaban, antes de separarse, iban pisando, por igual medida, las cagarrutas que iban dejando las cabras, impacientes por dar cuenta del pasto crecido en las laderas del Tajo.



Jesús Bermejo Bermejo         Madrid, abril de 2014.




Nota: Historia muy curiosa e interesante que adapto de la información, encerrando un gran trabajo de investigación, del biólogo Atanasio Fernández García en su blog titulado “Desde mi Chajurdo”. En él se cuenta estos datos y amplia aún más la historia de este americano que iba navegando con su traje de caucho vulcanizado ríos y mares, eligiendo entre ellos el río Tajo de 1879, un río muy cercano a nosotros pero muy diferente en aquella época, pues hay que tener presente que no existían los embalses que hay ahora, con las modificaciones que estos afectan sobre el caudal, ect.