jueves, 27 de marzo de 2014

HISTORIAS DE LA JARA (II)


V

Por el río fluyen desbandadas de flores; la soledad impresiona por su eterna presencia desde hace ya muchos años; una pareja recorre la ribera, cada uno a un lado, en busca de maitines, flores amarillas que endulzan la primavera en el interior de las casas cumbreñas; <<hay que cortarlas con el tallo bien largo>> recuerda la joven lanzando una mirada jovial a su compañero. Las ranas se mezclan con las “pamplinas” y el ventear de la hierba crecida por el calor; los mosquitos sobrevuelan sus cabezas y la corriente entorpece el silencio, huroneando entre las piedras limadas, vestidas de algas.

Van encontrando pequeños ramitos en penínsulas minúsculas acuarteladas de rocas, recogen los brotes floridos y dejan los otros para otra tarde, juntos en la inmensidad de lo intangible, lo que se desea y no es palpable, esa sensación en el aire limpio, cuando las sombras empiezan a gobernar al Gibranzos y los minutos tienen el mismo sonido que los latidos del corazón.

Más adelante, una pesquera y una pequeña encina en el sedimento pizarroso, al lado, un gran zarzal cubierto del lodo de las crecidas; con el ramo amarillento en la mano, el joven se acerca porque parece haber oído algo, ¡de repente! La maleza se agita con furia y pare, de sus entrañas, un enorme jabalí que corre, más asustado aún que sus delatores, ladera arriba, pardeando su silueta en un juego con el sol hasta perderse por “San Roque”.
 

El río se retuerce como una lombriz y forma el famoso “Meandro del Gibranzos”, allí, justo allí, el cauce se estrecha y la pareja aprovecha para juntarse, abrazar sus ramos y besarse; los labios, fríos, saben a tarde primaveral, a pureza, a jugosa adolescencia.

<<¡Eeeeeeeeeeeeeehhh!>> la soledad y el silencio dentro del ruido de la naturaleza viva, son destronados por el chillido de una pandilla de muchachos, arriba en el camino, junto a los eucaliptos de la fuente, a lomos de bicicletas de montaña, rumbo a la “resbalaera”.

 

VI

 

Las chuletas están a punto, el improvisado cocinero vierte demasiada sal, los granos sobrantes estallan, como pequeños truenos, entre las brasas de la lumbre; amigos que beben y ríen mientras los altavoces del coche distorsionan la retrasmisión de los locutores del partido.

El sol ha enrojecido sus rostros en un fantástico día de campo, la bota de vino cuelga de las ramas bajeras de una corpulenta encina que se ha atrevido a crecer, abriéndose camino a través de una pequeña grieta en una gran roca. Botellas de alcohol y refrescos manchan la vieja mesa que ha servido en más de otra ocasión de mostrador campestre. Los canchos a lo lejos parecen formaciones mitológicas, proverbiales nidos pétreos donde se cobijan gigantes alados cuyas hijas, blanquinegras, danzan en los llanos y bailan a ritmo del viento.

Germinan conversaciones que disparan emotividad y despreocupación; más arriba, hay otra peña de  muchachas que se tumban para aprovechar la calidez del paisaje con la música de fondo.

De vuelta al campamento, el plazo festivo es apurado y rentabilizado, el mañana saldrá limpio de toda escaramuza bautizada, epodo que acontece a chistes y recuerdos, exagerando las risas de sus tertulianos, que, en ese instante y en este lugar, sienten que pueden tocar la felicidad con las manos.

 

VII

 

Se puede apreciar si ha pasado alguien por el vaivén del agua empantanada en los charcos del camino. El coche ya conoce esa cantinela; si la perra hablase sabría decir en que tramo están solo por el traqueteo y los volantazos que propina su dueño, sin ninguna delicadeza. << Otros excursionistas>> gruñe desde el asiento al ver a dos caminantes, con un puro en la boca, impregnando el interior de una nebulosa atmosfera, en contraste con la esplendidez de la tarde. Al llegar a la puerta, el descorrer del cerrojo provoca el agitamiento de las vacas, conocedoras de lo que significa ese sonido y a esas horas; emprenden la carrera desde los confines de la finca como si de un pistoletazo de salida se tratase; bambolean sus cuerpos mientras sus miradas ya suplican desde la lejanía la paja y “las pastillas” depositadas pausadamente por el ganadero. <<¡¡uuuuuooooohhh vacaaaaaa!!>> Las reses se apelotonan bruscamente a por su sustento, enhebrando sus carnes mientras la perra no para de circunvalar el rebaño, temerosa, tal vez, de alguna patada furtiva. Aprieta el calor, la chaqueta descansa sobre el portillo de granito, semicaido a un par de metros y remendado de alambre, el suelo está empantanado pero las botas “katiuskas” empiezan a estorbar en esta época del año; los excursionistas pasan por la puerta de la finca y saludan sin contestación del hombre, que los mira hasta que se pierden, dos curvas más allá, antes de que un conejo se les cruce y escape por la hornilla de todas las tardes. Solitario, con la perrilla intentando auparse a sus piernas, observa cómo se produce la escena, satisfecho por haberla adivinado.

El cielo empieza a negrear justo cuando coge el hacha, a pasos firmes se adentra en una pequeña chopera que se ha asentado desde hace unos años junto al riachuelo que va a morir al interior de un pozo, donde hubo un motor de agua cobijado en una furgoneta vieja, cimentada en la tierra entre zarzales. ¡Zas, zas! dos golpes bastan, la futura vara se deja esculpir, rasurándola con la navaja, blanqueando mientras los restos de corteza son olfateados con ignorancia por la perra. Las dos siluetas andarinas, más extrañas aún que el hombre, vuelven sobre sus pasos en dirección al pueblo. En el umbral del horizonte, tan solo las horas son vaticinadas por las hendiduras que deja la rutina sobre los recuerdos.

 

VIII

 

Existe una roca hueca por dentro donde el viento ha cincelado formas y poros como presagios de memoria vacía; es una meca para los amigos los días de campo, están acostumbrados a la frontera del frio en su interior, como losas de una iglesia; allí, tenaz, la brisa constante se arremolina formando abultaciones y huecos donde son sorprendidos los murgaños. Enfrente, un olivar acuartelado en la llanura se deja crecer salvaje, los caballos podan los arboles a dentelladas; con ellos, un burro viejo conoce los pensamientos de los muchachos cuando, poco a poco, chascando la lengua, imitando un lenguaje primitivo, se van acercando a ponerle la “cabezá” elaborada con cuerda de pita trenzada. Todo momento en la vida es agradecido, pero estos, precisamente estos, se quedarán archivados en la memoria de los jóvenes para toda la vida, anhelos de nostalgia alegre y turbulenta, como los pinotes del asno, aventurándose entre el riachuelo que va a dar a la Charca Ronel, con los nidos de cigüeñas en actitud de pendones de un castillo, enormes plataformas que se derrumban por el peso para volver a construirse de nuevo, cediendo al tiempo para abrazarse al destino.

Esas risas juveniles son emociones intrusas que adornan los momentos de La Jara; los muchachos dejan el burro para la próxima vez. En la inmensidad de la llanura, a pocos pasos del muro donde el correr de la vida alimenta la estancia de los molinos, una leve ventisca agita los álamos que vaticinan el inicio del valle, exploradores entre los helechos que se secan para volver a surgir, como un breviario mecanismo por el que fluye el agua, abajo, entre lenguas rocosas, delatoras del sueño de la tierra.

Al final, arriba en el monte, con toda la Sierra expectante, los muchachos se alejan poco a poco, con el sol a la espalda descubriendo, a esas horas, la enorme mano pétrea que parece señalar al cielo, mimetizándose entre los “canchos del ahorcao”.

 

Continuarán…

 

Jesús Bermejo Bermejo      Madrid 2014.