viernes, 21 de diciembre de 2012

UN AÑO DE BLOG


Areté era un concepto de la antigua Grecia que significaba la búsqueda de lo que, de verdad, deseamos; provistos, de antemano, de unas propiedades, sin las cuales, no podríamos encontrar, ni siquiera, un atisbo de recompensa de lo que ansiamos, en el terrenal espacio donde nos movemos. Designa el cumplimiento acabado del propósito o función, aunque, para muchos estudiosos del tema, la verdadera areté es el camino hacia dicho destino, hacia las metas que nos proponemos alcanzar algún día; así, mientras avanzamos sobre raíles de incertidumbre y lucha, de recónditos secretos e inesperadas turbulencias, en busca de nuestro sino, los antiguos griegos vaticinaban que  vamos incorporando cualidades a nuestro espíritu, de manera que, al subir al pedestal de nuestros objetivos, habríamos alcanzado la areté, la señal, el fogonazo de luz en la noche oscura, la misma que vierten los faros sobre espesas yardas de agua marítima; el beso que se extiende de la realidad al sueño, la esperanza y la satisfacción terca de quien ha peleado hasta el final.

Así, pausado a través de las semanas, este blog da rienda suelta a sus historias, cobrando personalidad, sin angustias feroces ni entelequias en su contenido, tan solo guiado por la libertad y el deseo, cobijado en un fragor de entusiasmo por las voces que lo aplauden. Es de una virtud sosegada no tener ni la más remota idea sobre lo que escribir, una vez terminado el relato, para la siguiente semana o el próximo mes; es de una amplitud tan atractiva la de temas e historias que sonsacar a los múltiples medios, en el morir de las tardes, cuando el día se sonroja en los tejados y las horas discurren apelotonadas en el fluir del tiempo; es, también, realmente curioso como los personajes, creados o resucitados, van cobrando forma real, aunque solo físicamente, en los rostros de los/as compañeros/as, jefes/as, amigos/as, desconocidos/as que deambulan por la vida de uno, como piezas que van encajando en el destino para que éste sea, en parámetros casi simétricos, determinado.
De esta manera, Areté (el blog) va engordando de historias, relatos y anécdotas cuya alma, primordial e imprescindible, es La Cumbre, nuestro pueblo, en su sencilla estructura y sus escasos monumentos; en nuestra forma de hablar y de pensar; en las costumbres hilvanadas a días exactos del año, intachables desde sus orígenes; en el carácter y su memoria; en esas pequeñas cosas que nos hacen grandes. Areté teje palabras con recuerdos, saliendo a la calle con la sorpresa de alguna marimanta en alguna esquina, esas noches veraniegas, donde unos muchachinos van a por “gambusinos” por los portillos de las cercas, cerca de nuestra ermita de San Gregorio, observados, a lo lejos, por una luna expectante, redonda y calavérica, que corona el pico de la sierra de Santa Cruz.
Nuestro blog es capaz de viajar en el tiempo, adentrarse en fechas exactas y rescatar olvidadas hazañas que asolan en las esquinas, como la valentía real de Luis Arías Castro en su lucha contra los bandoleros franceses por defender la honra de su hermana; o la ficticia de Galceran y su sobrino Abem, a los que hemos dejado con las espadas en alto frente al castillo de Trevejo para un posterior desenlace; al igual que el estricto juez comisionado Núñez de Avendaño y su curiosa discusión con el caballero Pedro Barrantes por la compra de nuestro pueblo…
A veces, los pasos son más lentos de los que quisiera, entretenido un domingo por la noche, mirando fotografías antiguas en el intento de retroceder el tiempo; imaginando que lo consigo al meter el brazo en el agujero de la cucaña, mientras, encima de la mesa del salón, descansa ajado, un viejo libro que desparrama, sobre el cristal, versos de Miguel Hernández. Entonces, otro día cualquiera, suena el pitido del tren, que anuncia el cierre de sus puertas y el estallido de una nueva idea en mi mente, doblando la hoja, cierro el ejemplar de “El Hereje” de Miguel Delibes; la imaginación se arrastra sobre las letras en el cuaderno, formando un pacto consensuado en la placidez de quien tiene algo que contar; el vagón se llena de gente, por un casual, sin pretenderlo, viene a la mente el recuerdo de Granadilla, la soledad de su paisaje, su estremecedora historia que prolonga el deterioro de sus muros. Acto seguido, llueve, como todos estos días atrás, los charcos rebosan en las aceras, en los ríos y los pantanos… ¿estará cubierta la Torre de Floripes?, ¿se formará un aterrador remolino en su cúspide y se oirán las voces ahogadas de Fierabrás y Brutamonte?... la tinta del “pilot” azul sigue haciendo pequeños trazos, como una hormiga que moja sus patitas en tinta, y escribe, puedo contar la historia de La Cumbre al hablar de… la Cruz del Aviador, por ejemplo, y la inercia se cierne sobre el relato naciente, que evoluciona al aumentar sus líneas.

El blog cumple un año y quiere seguir recorriendo los arcos de La Huerta, remontar historias de La Jara, huronear en las peripecias de los/as vecinos/as, desenterrar misterios, desempolvar escudos, abrir viejos libros y vivir, sin más, esa utopía posible y helénica. Ante esto, muchos son los que me proponen que hay que hacer algo con todos estos relatos, recopilarlos en un libro o algo así; yo, simplemente, opino que, quizá, o no, el libro sea la meta, pero mientras tanto, el blog es el camino, y en el trayecto, como un antiguo guerrero griego, vamos incorporando cualidades que nos permitan llegar hasta ese final, desenmarañando, poco a poco, las veredas, en busca de nuestra Areté.


Jesús Bermejo Bermejo.      Madrid 2012.


* Todos los relatos de este blog están amparados por el  Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, que en su articulo 17 dice que corresponde al autor el ejercicio exclusivo de los derechos de explotación de su obra en cualquier forma y, en especial, los derechos de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, que no podrán ser realizadas sin su autorización, salvo en los casos previstos en la presente Ley.


viernes, 30 de noviembre de 2012

RECORRIENDO LA SIERRA DE SANTA CRUZ (Y II)


En la cima se siente la fuerza de Viriato, se enciende un fuego obstinado a permanecer, pétreo, por mucho que pasen los años y las costumbres, por mucho que nos alejemos de la tierra y sean otros los horizontes sobre los que el sol se nos oculte a la caída de las horas. Allí seguirá, mecida entre orillas de llanuras arboladas y riscos contorneándose a su alrededor, doblegada a la luz y a los años, como un viejo libro donde encontramos todas las respuestas a preguntas cruzadas en los distintos caminos de la vida.


Empalmando con la otra ruta que desemboca en Santa Cruz de la Sierra, emprendemos la bajada sorteando las piedras milenarias, que nos atestiguan la existencia de la gran fortaleza árabe que describíamos en el anterior relato. Nos viene el viento del oeste, aquel al que los celtas denominaban “Céfiro” y que, según sus creencias, fecunda a las yeguas solamente con su silbido.
Según bajamos, las escobas marchan en formación, agarradas a la tierra, indomables, vinculadas a sus propios misterios, como una rebelión de civilizaciones que marcaron las huellas para, tranquilamente, dejarse desgarrar, poco a poco, a través del tiempo, culmen de todo.
Descendíamos, calzadas pedregosas se emparejan con abruptas veredas que laminan el sendero y, allí, en la falda saliente, nos encontramos con el poblado que le da nombre; con restos de casas rectangulares, contiguas, agrupadas en manzanas, cuyas estructuras albergan materiales celtas, vetones, visigodos y árabes; pues, como ya dije, muchos fueron los pueblos que aprovecharon la superficie defensiva que ofrece el paisaje serrano.
Aquí, la vida es salvaje, no hay rastro de construcciones nuevas ni presencia ganadera. Imagino el curso de los días en la convivencia constante de la naturaleza primitiva con los antiguos vestigios de la Historia, silenciosa, a pasos lentos, mentalidad antigua, incompatible con nuestro tiempo.

Un poco más abajo, al llegar a la Necrópolis, vuelve el recuerdo de Viriato, que golpea mis pensamientos y eleva la temperatura de mi cuerpo; saber que, por estos lugares acampaba y tenía como gran refugio el gran caudillo lusitano, el mismo que mantuvo en jaque al mismísimo imperio romano. En el pueblo de Santa Cruz de la Sierra, emparedada en una casa, existe una lápida con su nombre y, cuenta la leyenda, que su cuerpo fue incinerado y esparcido a los cuatro vientos en el altar de la cumbre de esta Sierra tan mágica y sorprendente; sin duda, Viriato fue un héroe excepcional, que realizó grandes hazañas por nuestra tierra, dignas de mención en otro “areté”*.
La Necrópolis se establece en lo que se conoce como “campo sagrado”, al lado del popular “Risco Chico” que, al parecer, constituía la torre del homenaje de la ciudadela, provisto de piedras verticales, formando círculos, sobre los que se elevan dos altares de sacrificio donde, siglos atrás, las entrañas de cabras, caballos y bueyes calmaban a las divinidades del cielo y propiciaban fortuna para las batallas y opulencia en las cosechas.
Seguimos bajando por las veredas célticas, me imagino la sierra en las noches de luna llena veraniegas, la luz del satélite descubriendo misterios, las estrellas fugaces fundiéndose en los recovecos de las milenarias rocas, recordando las grandes hogueras que, seguramente, rondaban por toda la sierra (y por todos los montes extremeños) al son de canciones y danzas para purificar el alma.




Más adelante, nos encontramos con un viejo sendero empedrado, restos de la calzada romana que subía a la cima y que por la zona se conoce como “camino de los moros”, pues estos, como estamos viendo en toda la ruta, aprovecharon todo tipo de construcciones para adoptarlas y utilizarlas, quedando el topónimo para la eternidad popular. Una vez adentrados, entre un crepitar de piedras hermanadas con las primeras encinas cobijadas a la falda de la sierra, llama la atención una roca saliente conocida como “el cancho de la misa”, donde los restos del rozamiento de las ruedas de los carros se hace patente y marcan el curso de nuestro camino.

A medida que descendíamos, preciosos rincones se dejan observar como pinceladas de un cuadro colorista; fuentes improvisadas con pilas antiguas traídas, seguramente, de los poblados de la sierra; grandes alcornoques cerniéndose sobre canchales, abrazándolos con sus raíces; de nuevo, las varas de granito por donde bajaba el agua de la cima al pueblo, ese sistema de canalizaciones romano que perduró durante siglos por estos parajes.
El agua, la luz, el verde y gris ceniza de las rocas, la disminución de lo abrupto del camino, las fotos para el recuerdo… mitigan el cansancio y procuran un cierto asombro al caminar por la antigua calzada romana, vereda que tantas y tantas gentes han hecho uso, bordeando, los viejos nombres de los vestigios ancestrales: “el sillón del moro”, “el pozo del rey”, “el canchal de Calisto”, “la vereda de los caracoles”, “el patio”, ”la majada de las cabras”, “el pajar de la sierra”, ”los callejones”, “los medios celemines”, “malvacío”, “el cancho del búho”, “las 3 fuentes”, “la pilita”, “la fuente Ana”, “el regato conejero”, “el regato reventón”, “ el chabarcón de los moros” y un largo etc. de topónimos que reflejan en la Historia las almas de aquellos que comparten el mismo cielo y el mismo destino.




Llegando al pueblo de Santa Cruz de la Sierra, llama la atención y el asombro las ruinas de su Convento Agustino. Nos quedamos perplejos al contemplar el contraste de su majestuosidad con su actual estado de conservación; las maravillas que esconde tras el velo de suciedad que lo sepulta y la lápida de abandono que padece.
Fue este un convento de frailes agustinos recoletos fundado bajo el patrocinio de don Juan de Chávez y Mendoza, primer señor de la villa, a principios del siglo XVII. Al parecer, los frailes eligieron este lugar, por el misterio que encerraba, y encierra, las continuas apariciones de luces en las noches, y la presencia de un pozo con aguas milagrosas. Es de planta de cruz latina y estaba provisto de claustro con dependencias para albergar a 30 religiosos.
Fue muy reconocido en toda la comarca, pero no tardaron en aparecer las desavenencias con los vecinos del pueblo, sobre todo en lo concerniente a la distribución del agua por el sistema de canalización granítica (parece ser que este fue el origen del desuso de estas varas pétreas, ya que existe un pleito por el que los frailes reclamaban primero la distribución a su morada y por el que falló a su favor Carlos III, olvidándose en la redacción del mismo, no obstante, a quien le correspondía la reparación de dicho sistema, por lo que, seguramente, en cuanto llegaron las averías y nadie las reparaba se terminó el invento romano que, durante siglos, regó la sierra y surtió de recursos estos páramos).
Si a esto añadimos el aumento de propiedades, su inclinación hacia los más poderosos, etc los frailes del convento se ganaron la antipatía de las gentes, viviendo en un permanente enfrentamiento con la vecindad.
Sus días de gloria y esplendor acabaron cuando el 18 de septiembre de 1835, se realizó la exclaustración, y el pueblo aprovechó la 1ª Guerra Carlista para destruir el convento.
Hoy día, se pueden ver “frescos” en las cornisas y en los espacios donde se albergaban pequeñas capillas; así como su solemne cúpula, la entrada con los escudos de sus señores fundadores, y una pila bautismal cilíndrica en el centro del templo, mientras el viento y las palomas campan a sus anchas y zurean entre las hornillas, donde tienen sus nidos.



Serpenteando por sus calles estrechas, con baluartes de granito engalanando pequeños rincones, llegamos a su plaza mayor, auspiciada antes por un hermoso crucero que sirve de entrada a su envergadura, con su fuente circular en el medio, lapidas incrustadas en la casas que laurean sus cimientos y la iglesia parroquial de la Vera Cruz, en un lateral, realizada con aparejo de mampostería y sillería granítica, donde alberga, entre otras maravillas, una imagen de Santa Rita, del siglo XVII.
No se puede ignorar, en este precioso pueblo extremeño, la esencia de uno de sus personajes más famosos: Ñuflo de Chávez, explorador y conquistador, fundador de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, y participe de la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, donde descubrieron las cataratas del Iguazú, en la frontera con Paraguay, Brasil y Argentina.


Agotados y sedientos, la satisfacción emana al unísono con el sudor de nuestros poros; quedamos encantados con el recorrido, satisfechos por la cantidad de cosas que pudimos contemplar. Con la promesa de volver, emprendemos el regreso al otro pueblo, el Puerto de Santa Cruz, ahora por la carretera, donde tenemos los coches para la vuelta a La Cumbre.

Dejamos atrás una llama petrificada en el corazón de Extremadura, esta Sierra tan mágica como atrayente, de sillares cargados con los siglos de historia que la cortejan; de epopeyas que se hacen eco en lo más profundo de sus raíces; de carácter universal pues, al ser contemplada en toda nuestra comarca, la hacemos, un poco, nuestra (también) y nos sumamos a las hazañas que los siglos explayaron por toda su singladura.

Jesús Bermejo Bermejo       Alcorcón 2012.

* Areté: así denomino, de manera particular a los relatos publicados en el blog.



Bibliografía:

ü      El convento agustino de Santa Cruz de la Sierra. Escrito por Francisco Cillán Cillán. Coloquios Históricos de Extremadura.
ü      Wikipedia.


domingo, 18 de noviembre de 2012

EL SILENCIO DE LOS JUSTOS


El puente de todos los Santos amanece enjuagado de lágrimas en el cielo, bajo una grisácea estela, empantanada de humedad, que se percibe por la ausencia del olor de castañas asadas entre una impenetrable bruma, produciendo el llanto de los canalones en el pueblo.
Mi vecina Elena y sus amigas me abordan, disfrazadas de Halloween, con la imprescindible expresión del “truco o trato”; me quedo paralizado, no se que hacer, a mi no me enseñaron esta fiesta en la escuela; cuando era pequeño asábamos castañas en latas de coca cola y fanta; y robábamos membrillos (aunque la mayoría de los casos eran los propios dueños quienes nos lo proporcionaban); así que alargo 50 céntimos, intentando acertar en la acción; cogiendo la moneda salen corriendo explayando la palabra “gracias” con alaridos por la calle de La Cruz arriba, para luego escuchar sus risas un poco más lejos.
Me viene a la cabeza la expresión “el sueño de los justos” por segunda vez; la primera fue una semana antes, pintando con mi madre y mi abuelo, de nuevo, la puerta herrumbrosa de la capilla de mi familia en el cementerio, en compañía de numerosos vecinos que, también, preparaban y engalanaban  a los suyos para el “Día de los Difuntos”. Me acuerdo que cuando terminé era casi mediodía, el sol radiaba acompañado de un viento norteño que serpenteaba entre las callejuelas del camposanto, removiendo las flores y silbando entre los agujeros de los ladrillos… fue entonces cuando me acordé de aquel prohombre que decía aquello de: “lo único que podemos hacer por nuestros muertos es recordarlos, así no se morirán del todo”. <<Es lo que nos queda>> murmuré yo mientras paseaba por el recinto y observaba, sombrío, aquellas tumbas antiguas que no tenían flores, cuyos nombres estaban casi borrados por el zarpazo tétrico del tiempo.
En la puerta de nuestra actual necrópolis está grabado el año de su construcción: 1926.

Indagando un poco, con una pizca de curiosidad, se puede llegar a la conclusión de que, en aquel año, teniendo en cuenta que La Cumbre tenía 2698 vecinos, con la previsión de una mayor población en años posteriores (llegamos a 3016 en 1960 pero en diez años, 1970, bajamos a 1773 y, desde entonces, seguimos bajando, otro tema interesante para el blog) el cementerio provisional al lado de lo que hoy se conoce como la “casa del cura” se quedaba pequeño; a ello habría que añadir una ley de 1924 por la que se establecía, entre otras cosas, que los camposantos estuvieran, mínimo, a medio kilómetro de distancia del núcleo urbano.
En cuanto del cementerio al lado de la vivienda del sacerdote, poco queda del testimonio de su presencia, salvo, los altos y antiguos muros de pizarra; y el crucero, que se trasladó y es el que se puede ver en el centro de la calle principal del sacramental actual, sombreado de cipreses
Este antiguo recinto estuvo vigente unos cien años y pico, seguramente obligado a crearse por las medidas que Carlos IV, en 1804, dictaminó para activar la construcción de los camposantos extramuros de las iglesias.
Otra prueba fehaciente de esto es un documento de  1791, en el que dice que en La Cumbre los actos funerarios se realizaban en nuestra parroquia “por ser la iglesia capaz y fuera del pueblo”.
Esto significaría que, hasta el 1800, más o menos, a los cumbreños y cumbreñas fallecidos se les enterraba en el mismo suelo (o bajo él) de la iglesia (siguiendo el tradicional Ritual romano de la ley 11) ; y hasta allí nos vamos para, saber un poco más y descubrir que, cuando pusieron el último pavimento de nuestro recinto espiritual, algunas de las lápidas de granito, provistas de alguna inscripción o número, se reutilizaron para remodelar el suelo de la entrada principal, como hoy día, se puede observar.

Llegados a este punto, en el interior de nuestro templo, nos viene una historia, arrancada con pinzas, inconclusa aún, pero que la expongo a continuación, quizás debido al miedo de no ser completada nunca, por falta de datos:
Don Pedro Barrantes se casó con Doña Juana de Paredes y tuvieron por título “Señores de La Cumbre” durante toda su vida. Quiso el destino que, en su testamento, Doña Juana de Paredes dictaminase que, a su muerte, se la enterrase en la iglesia de La Cumbre, disponiendo que, no se reutilizara su sepulcro pasados los años.
Oído esto, si os dais cuenta, en el pasillo central hacia el altar, existe una lápida de granito, casi siempre tapada por una extensa alfombra. Hasta hace poco creía que se trataba de la sepultura de Doña Juana pero, un día, dispuesto a desentrañar el misterio o la duda, me fui a averiguarlo; cuando estuve enfrente de la lancha granítica, después de las oportunas fotos, descubrí que pertenecía a Don Miguel de la Amarilla, clérigo de nuestro pueblo que enterró allí a sus padres y mandó esculpir lo siguiente: “sepultura de jv González y de su mujer Catalina Rodríguez de la Amarilla y de sus hijos y es de su voluntad que no se entierre otro nadie en él porque así lo ha dicho su hijo Don Miguel de la Amarilla, clérigo”.
Cierra la lápida un escudo donde se recogen las armas del apellido Amarilla, un tanto modificado, esto es, cinco conchas a un lado en vez de los seis roeles del escudo original; y el águila posado en una espada acompañado de cuatro borlas abanderadas y una flor de lis, adorno este último muy utilizado por los miembros eclesiásticos debido a la representación de la Santísima Trinidad en sus tres pétalos.
Parece ser que la voluntad de Doña Juana de Paredes no se respetó, pues no queda resto de su sepultura en nuestra parroquia (a no ser que alguien haya sido más sagaz y me de una sorpresa); pero si te tuvo en cuenta lo dispuesto por Don Miguel de la Amarilla, un clérigo de La Cumbre, al parecer, muy importante, ya que su deseo sigue, hoy en día, vigente en el suelo del santuario cumbreño.

El puente de “Todos los Santos” concluirá golpeado por una lluvia cada vez más proporcional, a merced del avance de las horas; la fiesta de Halloween apenas trascenderá del rumor por las calles de unas risas tímidas de un grupo de niñas disfrazadas, que la acogen con la curiosidad que acuna ese mundo de tinieblas, cuyas directrices, nos la marcan los americanos; los membrillos, o al menos muchos de ellos, seguirán en los árboles, sin intrépidos ladronzuelos que den cuenta de ellos; la tumba de Doña Juana de Paredes permanecerá en el misterio que ocupa la perdida del espacio; igual que los nombres de las lápidas que no tienen flores y que se van borrando, poco a poco, mientras los observo con especial interés, para que no se mueran del todo, paseando por las callejuelas del nuestro actual cementerio, una semana antes, después de pintar la puerta de hierro de la capilla de mi familia, con el viento que se cruza constante y hace bailar las flores, como una respuesta de agradecimiento del más allá. Luego, justo al salir, me encuentro con mi amigo Lorenzo, es mediodía y la dehesa ofrece un manto verdoso de perfecto trazado: << ¿Nos vamos a tomar algo?>> pregunto conociendo de antemano la respuesta; << Si si, vámonos, que ya tendremos tiempo de estar aquí>> me suelta burlón mientras el eco de la campana del ayuntamiento anuncia el paso de las horas, que al tiempo se elevan.


Jesús Bermejo Bermejo               La Cumbre 2012.

viernes, 26 de octubre de 2012

ANÉCDOTAS DE UNA VIGA (II)


<<¿Tu eres de La Cumbre? madre, que atravesao son los de La Cumbre ¿tu no te sabé la historia, a que no?¿a que no sabé porque los de La Cumbre y Madroñera hacen tan buenas migas? je je, lo que quieres tú es que te lo cuente pájaro ¡ madre que picardía me tienen los deste pueblo!, pero a mi me da iguá, te la cuento y fuera ja ja… poh resulta que, esto hace ya muchos años eh,, no te vayas a creé que es de ahora ¿antes de la guerra? muuuuuuucho maaah; de cuando se vendían los pueblos ¿tu no sabé que La Cumbre se vendió? ¡buenoooo! pero eso te lo cuento otro día, que me se va la cabeza pa otra cosa y luego no ato bien lo que tengo que contal, ¡no te rías! que esto es verdá… poh, como te iba diciendo, hace años, cuando estaban haciendo la Iglesia de tu pueblo, estaban haciendo ya el tejao, ya estaban las bóvedas como las ves ahora mismito; poh resulta que tenían que ponel una viga, que iba a sel la que hiciera de caballete en el tejao; ¿qué no sabé lo que es de caballete? ¡no entiendes de arbañiles entonces! buuuuuu ¡hay que sabel de tó! ¡que el sabel no ocupa lugal!, ¡decía el maestro! otra cosa es que no se le hiciera caso ninguno ja ja; la viga de caballete es la que se emplea pá sostenel los extremos superiores  de la armadura de un tejao ¿sabe? ¡ae!, ya haprendio una cosa nueva. Estaban  ahí las gentes dentonces, y los cumbreños se ponen a metel la viga; y no se les ocurre otra cosa que metela atravesá, de canto, o como tu quieras llamalo; y venga a dar porrazos y venga a dar porrazos, porque no cogía, ¿cómo es cabe o coge? yo creo que es coge, aunque cabe también se dice bien ¿no? bueno es iguá, a lo que estamo; estaban los de La Cumbre queriéndola metel atravesá, y los de Madroñera que lo ven, y  pa hacerles mas burla entoavia, les siguen la corriente y les dicen: “¡eh que no lo estáis haciendo bien, hay que darle de sebo, sino no entra!”. Entonces prearon to la viga de sebo y tocino y empezaron a empujá tós, madroñeros y cumbreños, pum, pum, pum, pum, la viga no pasaba, y venga a darle de tocino, y venga a empujá, tocino, empuje, tocino, empuje, tocino, empuje; estaba ya la gente sudando; hasta que se le escapa a uno la risa floja, esa que tienes tu ahora canalla je je, y empiezan tós a reilse, algunos con un dolol de barriga que no podían:”¡cumbreños que atravesaos sois, la viga no se mete asina!” ja ja ja, tós a reilse de una manera, buuu, que hasta la gente se asomaba a vel que había pasao, y el cura que guipaba endi lejos, salió a la uña, a vel si le iba a tocal hacel algo. Y entonceh dijeron: “amo a tomalno unos chatos de vino”; y con esa se fueron. Por eso la gente de La Cumbre y de Madroñera se llevan mu bien; por eso, también hay que decilo, nos gusta mucho el vino, bebel y la fiesta… ¡Qué to las cosas tienen su explicación!>>*.

He aquí otra versión de nuestra popular leyenda, definidora de nuestro carácter y fama por los pueblos de alrededor, que me contó un albañil-poeta de Madroñera, de lengua ágil, ladrillo bien puesto y unos poemas un tanto “picantes”. Al parecer, la historia es la misma, pero con el matiz del sebo  con el que, supuestamente, se embadurna (se prea**) la dichosa viga, dando lugar al compartimiento de la hazaña por los personajes de otro pueblo, que son los que se dan cuenta y avivan más la broma con la picaresca del tocino. Existen por tanto dos sujetos en esta versión “viguesca”***: los del pueblo que meten la viga atravesada, en este caso La Cumbre, y los que se dan cuenta del esperpento y gastan la broma del sebo, ¿los de Madroñera? no podría afirmarlo rotundamente, porque ese papel se lo intentan atribuir también los de Ibahernando, Santa Ana, Plasenzuela y Torrecilla de la Tiesa
Pero lo más curioso de todo es que la historia de la viga no es propiamente nuestra, de La Cumbre, existen numerosos lugares, repartidos por la geografía española, donde se repite la misma fabula:
En Macotera (Salamanca), al parecer, pasó lo mismo, y los del sebo fueron los del pueblo vecino de Salmoral; también metieron la viga atravesada en Villa del Prado (Madrid), en Illana (Guadalajara), en Folledo y Maraña (León); la viga se intentó meter de la misma forma, además, en Porrua (Asturias), Cantalapiedra (Salamanca), Torrecampo (Córdoba), Loranca de Tajuña y Horche (Guadalajara); Nava del Rey (Valladolid); Mahíde y Sogo (Zamora); Bargas (Toledo) y Hoyo de Manzanares (Madrid).
En Extremadura, esta rocambolesca hazaña, además de La Cumbre, es compartida por el Casar de Cáceres y Arroyo de la Luz.
Que una misma leyenda haya sido “vivida” en tan distintos lugares donde, seguramente, tengan diferentes costumbres y tradiciones, hace reflexionar, pero, sobre todo, esbozar una sonrisa, orgullosa y profunda, que denota ese cariño, ese sentimiento fraternal por nuestro pueblo y todo lo que él acoge.

Continuará


Jesús Bermejo Bermejo.                      Madrid 2012.




*Testimonio oral recogido con el máximo respeto y consideración para su autor.
** Prear: palabra que se utiliza mucho en La Cumbre, significa manchar, embadurnar o untar algo o alguien. Ejemplo: me he manchado=me he “preao”.
*** “Viguesca”: palabra inventada, relativo a una viga.

miércoles, 17 de octubre de 2012

VESPACIO: LA CUMBRE – SANTIAGO DE COMPOSTELA (II)


                     2º DÍA: PLASENCIA- SALAMANCA (POR EL VALLE DEL JERTE).


Para Iñaki y Ana, a la amistad vieja (y nueva)
que perdura.
Y para mi primo Jorge, que lee el blog con el
mismo fervor que un cumbreño.


El dulzor de la mermelada, ligeramente propagada sobre el pan, enjuaga la brisa que recorre la mañana sobre la terraza de la cafetería del hostal placentino; el periódico “Extremadura” se desliza en nuestras manos como una indicación remitente y delatora de la actualidad. Los coches pasan por la Avenida de Salamanca sin sosiego y la vespa, provista ya de nuestra mochila, aguarda serena el comienzo del día, mientras el innegable café nos infunda de animada actitud ante el recorrido.
Arrancamos, la curiosidad de los transeúntes se contagia entre las sombras de los grandes árboles del Parque de la Coronación y, casi zigzagueando, recorremos los barrios de “San Calixto” y “Miralvalle” para enfilar el Puente de Adolfo Suárez y, así, coger la N-110, famosamente conocida como “Carretera de Valle”.
La vegetación cambia y los balcones se tornan de madera bajo inscripciones en latín que laurean las puertas de los pueblos del Jerte, todavía no han empezado las curvas pero el paisaje se enreversa a la vez que maravilla nuestra silueta.
Es este un río generoso, que se hundió entre el macizo de Tormantos y los montes de Traslasierra y Sierra de Bejar en una curiosa desviación de montañas hace 40 millones de años, y que lame toda su especial singladura, modelando las laderas, entre las cuales, destacan las “terrazas” de cerezos característicos y, más arriba, los típicos chozos pastoriles de pizarra arrancada de las sierras por el efecto del hielo. Y “voilá”, he aquí este enigmático y paradisiaco valle, gran galán del norte de nuestra tierra.
Pasamos Navaconcejo, el rítmico traquetear de la moto encandila más, si cabe, la esencia de la aventura; cruzamos las aguas del protagonista del paisaje una y otra vez, maravillados por su cristalinidad, hasta llegar a Cabezuela del Valle, en cuyo Centro de Salud trabaja, de médico, mi primo Jorge.
Comparto con mi primo muchas cosas: un bisabuelo; la afición de viajar; conocer nuevos parajes, gentes y costumbres; el senderismo y demás deportes de naturaleza; el placer de leer;… y, en esa mañana de agosto, un café “hospitalario” entre una agradable conversación sobre el plan trazado de nuestro particular viaje a Santiago de Compostela, a través de un medio de transporte que rompe los moldes de la normalidad en los tiempos que corren.

Descansamos en la plaza de Jerte, balcones de madera escudriñan las tertulias en antiguos soportales que miran a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, cuya torre campanario rinde homenaje a los jerteños que la defendieron en la Guerra del Francés.
Más arriba, antes de encañonar su puerto, Tornavacas se abre a nosotros como cabecera del valle, engalanándola de historias, mezcladas de leyendas, cuyos ecos resuenan entre el chapoteo de las aguas por sus piedras redondas, resaltadas cuando, apostados sobre un puente medieval, deleitamos, aún más, nuestra parada, y nos imaginamos cuando, en el Siglo X, en este mismo lugar, llamado entonces Villaflor de las Cadenas, tornaron rebaños de vacas, con teas encendidas en sus cornamentas, para hacer huir a los musulmanes durante la Reconquista, esculpiendo, para siempre, su actual topónimo.
Podríamos denominar al Puerto de Tornavacas como la frontera hacia Extremadura (desde Ávila) abrupta y salvaje, denotadora de la dificultad para acceder a estos enclaves mágicos. Por sus empinadas cuestas y curvas nos adentramos atrevidos, despacio, reduciendo hasta límites alarmantes la velocidad de la moto, que, en ciertos puntos, todo hay que decirlo, se las veía y deseaba para subir. Constantemente miraba su temperatura, si ascendía demasiado tendríamos que parar o ir a tramos, la verdad es que no era un planteamiento inicial; tampoco había que alarmarse, íbamos tan despacio que podíamos hablar sin problemas, pero mejor era no correr demasiados riesgos, así que, coincidiendo con un descanso, en una de sus múltiples curvas, paramos. Aprovechamos para beber agua y resguardarnos del sol entre los alisos mientras un cabrero, que estaba con el rebaño justo allí, nos preguntó si se “había escacharrau la amotu”, a la vez que su perrillo no paraba de ladrarnos, << no no, hemos parado para no fatigar demasiado a la vespa>> contesté yo; nos presentamos y le contamos de donde veníamos y el destino de nuestro viaje, también hablamos un poco del valle y del envidiable verde de estos parajes por los pueblos de la Extremadura del centro. El pastor se nos quedó mirando con naturalidad, parecía acostumbrado, a lo mejor, a las  locuras de los visitantes por estos lares; se llamaba Cesar, y su perro, lo más curioso, también se llamaba cesar, “pa no confundirme le he puestu como yo”. César era todo un erudito de las historias de la zona; entre “chascarrillos” refranes y, por supuesto, en “Artu Extremeñu”, nos contó que este lugar era la principal “Puerta” de Castilla hacía Extremadura y por él pasaron los rebaños trashumantes del Honrado Consejo de la Mesta durante siglos; el Emperador Carlos V, en su viaje al Monasterio de Yuste; franceses y carlistas durante sus respectivas guerras y un sinfín de personalidades que, junto al pueblo llano, construyó el valle tal y como lo vemos hoy. Maravillado por su conocimiento, le pregunté “como es que tenía esos saberis”, “ave”, contestó, “a las gentis de juera que vienin les gusta y yo se las palro porque me las enseñó mi agüelu cuandu chequininu”. Con un apretón de manos continuamos la marcha, las sombras de neblinosa esencia improvisaban dibujos en el asfalto desde las alturas pero, a medida que ascendíamos, quedaban al margen y las coníferas bajas tomaban el relevo sobre terrenos de roca fragmentada
El final mereció la pena, quedamos extasiados en el mirador y en él depositamos nuestros pensamientos negativos, bajo una piedra desnuda que abraza estos picos y riscos (el Calvitero, etc.).

Entrando en tierras de Ávila, Puerto Castilla se nos presenta como un pueblo fantástico y solitario con las casas, literalmente, en el mismo arcén de la carretera; dos niños se nos quedaron mirando mientras jugaban con un balancín improvisado, sujeto a una hercúlea viga de madera, en un antiguo establo.
A 15km, en el Barco de Ávila descansamos en su Plaza Mayor, que rinde homenaje a Juan del Barco, tripulante de la Nao Santa María en el viaje descubridor, junto a la “casa del reloj”, casa señorial con paredes de piedra labrada y mampostería de inconfundible traza castellana que guarda el reloj de la villa;  en medio del encanto y del gentío que se mueve en armonía, un policía nos advierte el mal estacionamiento de la moto y una mujer, después de felicitarnos por nuestra aventura, se desahoga en decirnos que nos están acorralando de autovías y que motos de baja cilindrada cada vez tiene menos caminos por los que andar: los pueblos pequeños es la solución, digo yo, las rutas que no están escritas en ningún libro.
Tiene el Barco de Ávila la estructura de un gran pueblo tupido de historia y encanto, donde la tierra se carga de riqueza y ofrece a sus habitantes la opulencia de sus frutos. Aquí se esgrimen entradas misteriosas a túneles, en la vetas de su castillo del siglo XIV, que cruzan montes y atraviesan ríos; se sacuden el polvo y la sangre de los combates en la calle de la “Gallareta”; pardean luces, al atardecer, en el “Puente Viejo”; cantan salmodias a San Pedro del Barco en su ermita; atesoran memorables lugares como la casa de los balcones, la “Puerta del Ahorcado”…; y trunca el horizonte cuando, azotando el sol en lo más alto, seguimos el viaje con un guiño en el aire, el mismo que tuvo Ernest Hemingway con este lugar en su libro “Por quien doblan las campanas”.

Al llegar a Piedrahita decidimos comer de menú del día y, contra todo pronostico, dimos con un gran sitio donde degustar una sopa castellana y truchas con jamón por menos de 10 € en su Plaza Mayor, ataviada de soportales de distinta época en forma poligonal, testigos, sin duda de los más variopintos espectáculos y eventos mundanos: corridas de toros, procesiones, representaciones teatrales, mercados, autos de fe,…
Como la tarde nos ganaba la carrera (por segundos), apenas dimos una vuelta rápida por este pueblo, de esencia medieval, que simboliza lo que su carácter define: piedra berroqueña clavada en la tierra, dejada como los hitos antiguos que miden las distancias y reconocen el terreno para florecer socialmente, como el remanso de un río en la lenta corriente.
Los pueblos están dormidos, como el rebaño ovejero en la siesta; pasamos por ermitas de valioso estilo encintas de esplendidos retablos e imágenes; los chopos, robles, castaños, alisos,… han dado lugar a los encinares que estamos acostumbrados en La Cumbre. El terreno se vuelve estepario y cerealista por la CL 510; la vespa rompe el silencio de las horas candentes mientras el aire juega con nosotros, acariciándonos pausadamente en el pacto de la tarde. Al atravesar Horcajo dos hombres nos saludan mientras ponen a secar tejas árabes y ladrillos macizos en el suelo. Ventanas de curiosidad escrutadora brillan a nuestro paso cuando, al pasar, dibujamos una efímera presencia y volvemos a reconciliarnos con el camino oficiado por este relato viajero, que se sumerge en la inmensidad de su naturaleza para describir lo que realmente vive.
Unos kilómetros más, en Alba de Tormes,  descansamos a la sombra de un torreón del siglo XV de los Duques de Alba y, después, un café con hielo reconfortante en una terraza ante el frescor del río Tormes.

Y, llenos de buenas probabilidades, espoleábamos a la vespa a través de este río, ya en Salamanca, donde el pícaro Lázaro de Tormes vio sus primeras luces; y Miguel de Unamuno apagó las suyas; donde una rana envejece encima de una calavera en la fachada de la Universidad; lo mismo que un moderno astronauta, en un lateral de la Puerta de Ramos de la Catedral; mientras, más abajo, Calixto y Melibea profesan su amor entre jardines y la Casa Lys; todo eso mientras posponemos un deambular, de nuevo, por su Plaza Mayor, tal vez, si es posible, a nuestra vuelta.
Llegamos a casa de nuestros amigos Iñaki y Ana a la hora prevista, después de descargar nuestros enseres y de reírnos todos del “istalache” que yo había montado en la moto para sujetar la mochila, pasamos una agradable cena entre risas, anécdotas y recuerdos que realzan, y hacen patente, esa amistad vieja (y nueva) que perdura.



Jesús Bermejo Bermejo             Salamanca, agosto de 2011.


jueves, 20 de septiembre de 2012

LAS CALLES DEL SILENCIO

UN PASEO POR EL PUEBLO (I)


Para mi amigo Rafa,
que, al abrir la ventana
observa el paraíso.

La tarde, conocedora de su sino, está silenciosa; perturbada por un transformador antiguo y reticente al tiempo; las calles se descuelgan como vetas terreas de un camino cuando llueve, y cala su alma. Tienen muchos nombres (Rodas, Trujillo, Limón, Guadalupe, Huerta, Rosario, Pozón, San Gregorio, Condesa de Romero, Silencio,…), suben y bajan por un caudal de puertas cerradas y cocheras de hierro, dilatadas al sol, de umbrales sobresalientes a la espera de siluetas que no retornan; portales típicos, redondeados en su cúspide y provistos de dos pequeños poyos, con la vista puesta en las bifurcaciones solitarias, parecen desperezarse cuando unos pasos espigan, casi a la carrera, la monotonía prestigiosa de las horas.
Son calles de un barrio antiguo, cuadras con tejados bajos, arrinconadas entre casas, que servían para resguardar  a los animales y tenerlos muy cerca; ahora, yacen desplomadas de heroísmo y, sin embargo, provistas de un gesto orgulloso, como un amago de reconocerse, todavía, una útil existencia.



Con un murmullo lejano, un pensamiento puro y sin forma, con el entretenimiento de unos hocicos perrunos asomados entre los recovecos de la vieja puerta de madera carcomida; el descorrer de los cerrojos ocasionan, casi, un ruido sepulcral y los gatos, acuartelados bajos los coches, no son conscientes de la fragilidad del espacio, solo mecidos al compás de segundos eternos, carentes de la misma dimensión que esperamos; sobre todo, debajo del arco de la puerta de La Huerta, cuyos capiteles, con formas redondas alineadas, son propios de las casas de renombre del siglo XVI, mientras, como dos caras de una misma moneda, la de la tierra, burdiaeras* tapiadas con pizarra, laurean esquinas ante la ignorancia presente, y atestiguan el modo de vida de un pasado no tan lejano.
Los arcos se simultanean en este paraíso destronado; Rafael abre la puerta con gentileza, conocedor sobrante del tesoro que tiene, justo a la vuelta de la esquina de su casa. El tañer de las campanas del ayuntamiento retumban entre los recovecos de los portillos de las cercas colindantes, únicas marcas, a parte de las luz del día, del devenir del tiempo; el viento acaricia la hierba crecida a conciencia y los ladrillos macizos de los arcos se aferran a su propia historia, junto a la alberca y los grandes muros, imaginando el conjunto, en la distancia cronológica, como si de ventanas al pasado se tratasen y, el resto, el gran pasillo de la memoria.
La casa de Rafael tiene un escudo con el león de Castilla, proyectado sobre el resto del pueblo; y ya está, esta es La Huerta, el particular tesoro de La Cumbre, su paraíso desterrado, olvidado, mencionado vagamente, incluso en los pocos documentos que existen, como aquel que data de 1791, el cual se cita: “No hay más huerta que una que hay hecha por el señor de la villa don Vicente Mendoza Hijar Sotomayor y Barrantes, ahora poco hace, tiene muchos árboles frutales y de espino y no se puede decir que serán en adelante, pues para el riego ha hecho un pozo muy grande, que ignoran si es abundante de aguas o no  por ser el terreno muy seco”.
La alberca esconde los peldaños de su envergadura bajo una espesa capa verdosa; la higuera centenaria resiste la vejez recordando aquellos días fastos de bullicio opulento; por último, los arcos despiden el correr de la puerta, enlodados en la duda de sus días venideros.





Y las calles se abren de nuevo, el polvo de sus rincones elogian la soledad, el musgo reseco de su pavimento apenas cuenta pisadas y rozaduras de neumáticos; una vieja inscripción altera, sigilosa, la regularidad del adobe, firmada por un tal Miguel Sánchez, la raíz de una propiedad, indiferente hoy, condenada a desaparecer por la humedad y los años.
El día se torna grisáceo, no ya por su cielo sino por el augurio de las calles del silencio, del barrio de la bruma, de la niebla de sus pensamientos y su destino; de la terrible incertidumbre que ataca los recuerdos; del amable dulzor del tiempo de hormigas sementeras, o en el verano, cuando, esperanzados, creemos que pueda resurgir el ayer en el mañana.



Jesús Bermejo Bermejo                           Madrid 2012.


*Burdiaeras: grandes ventanales ubicados en los pajares antiguos por donde se encerraba la paja.

Fotos de Jesús Bermejo, Raquel Redondo y Jose Luís Hernández Zurdo.

 

jueves, 6 de septiembre de 2012

RECORRIENDO LA SIERRA DE SANTA CRUZ (1)


Para Juanmi, empeñado, 
como yo,
como muchos,
en seguir hacia adelante.

El Puerto de Santa Cruz y Santa Cruz de la Sierra son dos pueblos que descansan abrigados en las faldas de la imponente Sierra que les da nombre. Como todos los núcleos urbanos de nuestra zona, son asentamientos de calles irregulares, estrechas y anchas, que serpentean para cruzarse unas con otras hasta llegar a grandes plazuelas, donde se deja ver una importante raigambre histórica, mientras la naturaleza del paisaje se torna salvaje, difícilmente doblegada, en un conjunto realmente extraordinario.
Llegamos al Puerto de Santa Cruz una mañana primaveral nublada, dispuestos a coronar la cima del Pico San Gregorio, un lugar donde los mitos nunca fueron irreales y se forjó la historia de toda nuestra zona. El pueblo, durante la dominación romana, fue refugio y posada para los caminantes, sobre todo a los que iban de la Emerita Augusta (Mérida) a Cesar Augusta (Zaragoza); algo muy parecido a nuestra Rodacis Cumbreña, lugar de paso de caminantes y viajeros que subían también hacia Trujillo y el norte de la antigua Hispania por nuestro particular sendero romano (el cordel).
Nos hicimos la foto de inicio de nuestra marcha ante la Iglesia de San Bartolomé Apóstol, del siglo XVI, subidos en la honorable fuente del Caño, también de esa época, en la cual se conservan los escudos de la familia Vargas Carvajal.

Las calles se tornaron en caminos, y estos en veredas abruptas, escondidas entre jarales y esparragueras cada vez más prominentes, a medida que ascendíamos, mientras el Puerto se quedaba atrás con sus casas adornadas de lapidas milenarias, caídas desde los secretos de esta Sierra, únicamente conocidos por los chaparros que crecen salvajes, agarrándose, como las piedras, en la escarpada subida, zigzagueante entre el cuerpo granítico que la moldea.
Según subíamos, la simetría entre la roca se mostraba cada vez más fragmentada, dejando picos desnudos donde, claramente, se podían entrever antiguos puestos de centinelas, en esta gran fortaleza natural. La ruta es dura al principio, pero, poco a poco, se amilana porque lo que quiere es rodear la parte oriental para, desde allí, ir subiendo lenta y progresivamente a la cima y, de esta manera, contemplar las maravillas de la Sierra en todo su esplendor.




La vegetación se recorta, los chaparros, jaras, esparragueras,… dejan paso a las duras escobas que bailan al son del viento entre las rocas y los restos de las primeras construcciones antiguas que nos vamos encontrando. También los primeros abrigos y cuevas se dejan descubrir a nuestro transito, mientras, a lo lejos, un ejercito de helechos custodian el poblado árabe, cuyas paredes y calles sobresalen para atestiguar su existencia.
Aquí, mientras aprovechamos un descanso para beber agua y retomar energías, las mismas piedras nos delatan su propia historia; de cuando los almohades, aprovechando los vestigios prerromanos, fortificaron este lugar, convirtiéndolo en un asentamiento clave para evitar el avance de las tropas cristianas. En este mismo enclave, el califa Abu-Al-Munin fortifica el territorio en 1148, asegurando el tránsito de sus tropas por la zona y haciendo más fuertes tres puntos estratégicos: el de esta Sierra, el de Trujillo y el de Montánchez.





El poblado, actualmente, parece un conjunto de pequeñas parcelas pedregosas, pero al seguir el camino por sus calles, nos invade un profundo respeto histórico al contemplar las primeras “varas”, sistemas de canalizaciones que transportaban agua desde los aljibes de las alturas hasta el núcleo urbano.
Ya para entonces, la necesidad del ser humano por tener agua corriente disponible y cercana a su vivienda hizo que ideara estos sistemas, realmente extraordinarios desde el punto de vista histórico y antropológico, ya que nos da una idea de la cotidianeidad diaria de sus gentes y su modo de vida.
Al llegar a la cima se pierden los pensamientos, la escalera esculpida en la roca y la forma del moldeado granítico nos delata la existencia de un antiguo altar de sacrificio celta o vetón donde la sangre de los animales, principalmente cabras, ovejas o bueyes servían para calmar a las divinidades de la tierra, el agua, el fuego, el viento o la luz; sí, la luz de un sol furioso que golpea a la memoria para que despierte la esencia de los hechos en este mismo lugar, para que despliegue sus múltiples formas y sigamos sus pistas en el encuentro de nosotros mismos, de nuestros ancestros, de la raíz que compartimos, condensada bajo una misma savia.




La cima, solitaria y salvaje, se entretiene con nuestros gritos y exclamaciones de asombro ante la vista tan majestuosa de toda la Penillanura trujillano-cacereña al norte, el valle del Guadiana al sur, Las Villuercas al este y la Sierra de Montánchez al oeste. No ha sido hasta ahora cuando nos hemos dado cuenta del enorme tesoro, estratégico y guerrero, que poseían los árabes, allá cuando las alturas permitían observar el avance enemigo desde leguas a la redonda.
Allí, donde se encuentra la principal ventana de nuestro territorio, se improvisan las sensaciones y los flashes de nuestras cámaras inmortalizan nuestra efímera presencia, mientras nos atrevemos a observar el aljibe y los vestigios de la antigua fortaleza que tanto esfuerzo costó a las Ordenes militares cristianas conquistar; clara muestra la tenemos en los cruceros que se multiplican por toda la cúspide de la Sierra, seguramente, herederos del proceso de cristianización de la zona, allá por el 1234, dos años después de la reconquista definitiva de Trujillo al Islam.




La temperatura es agradable e invita a tomarse tranquilamente un bocadillo, dejando a la impaciencia escondida en lo más profundo de la mochila, mientras, simplemente contemplamos la magnitud del paisaje y observábamos, curiosos, como La Cumbre se alza sencilla, unido al resto de pueblos. El punto de vista se torna al revés, tantas y tantas veces he observado esta Sierra de Santa Cruz desde el campo, la terraza de mis abuelos, la carretera de Ibahernando,… que no imaginaba como se vería el pueblo, la dehesa y los encinares de La Jara desde esta cúspide donde, dicen, las estrellas fugaces relampaguean el cielo, sobre todo en las noches de verano, y se ven luces mágicas, como si, realmente, habitaran aquí los dioses antiguos de épocas pasadas y nos manifestaran su presencia.

Continuará

Jesús Bermejo Bermejo               La Cumbre 2012