miércoles, 15 de octubre de 2014

VUELTA DE TUERCA

Tras más de 2 años contando historias por aquí, paralelamente, he ido acumulando muchas otras que, a mi juicio, se escapan de la dimensión de un blog; hay algo en ellas que transmiten una cierta "hidalguía"y el blog "se les queda chico". Digamos que su publicación en un instrumento como este, por muy de moda que esté, escapa a su autentico espacio, al correcto modo de cómo estos relatos se deberían leer.
La última historia que he sacado a la luz (la de una cumbreña) me ha dejado con el corazón encogido y me ha hecho mirar al blog con otros ojos.
Algo sospechaba desde hace algún tiempo y, sobre todo, desde que la carpeta de mi ordenador se llenaba de hechos y anécdotas que la historia vierte y desgrana por los archivos, publicaciones y testimonios.
Algo temía, como cuando te aventuras por terrenos pantanosos con el riesgo de quedarte atrapado en el fango, eres consciente de ello pero, aún así, lo intentas.


Me van a perdonar pero hay que tomarse un respiro, lo que no significa que paren los "aretes", y ver que destino y resultado adquiere lo que habíamos empezado en este blog. Mientras tanto, como Santiago Rusiñol a sus ensaimadas, pellizquen por aquí y relean a su antojo... Saludos.


Jesús Bermejo Bermejo        Cáceres 2014

lunes, 16 de junio de 2014

APARICIÓN


 

Una vez vi un caballo en el cercanías, en el último vagón;  la libertad hermética de mí mismo contra mi propia mente; lo seguí viendo cuando el tintineo del cierre de puertas predisponía el inicio, y allí seguía en medio de olores y conversaciones cosmopolitas, enfangadas en miradas largas de caras resignadas por el madrugón; desapareció cuando levité hasta el asiento y el roce de la gente apelotonaba rutina, la novela de Johan Bojer completó el trayecto, al llegar a Atocha alguien me lanzó una nota en el libro con una frase: ¿tú también lo has visto?
 
Jesús Bermejo Bermejo     Madrid 2014

jueves, 22 de mayo de 2014

ADOLESCENTE DE PUEBLO


Eh tú, si tú, que andas por ahí por las calles de La Cumbre como un sonámbulo, que a tu padre le tienes preocupado, bueno, en realidad, tu padre se preocupa por todo y demasiado, pero el caso es que me ha contado que no sabe qué hacer contigo; o no sales de casa o no entras, no hay término medio; no encajas con tus amigos y las costumbres del pueblo te la pasas por la bisectriz de Lucía Lapiedra. Me ha dicho que te escriba algo, que te gustan los “aretes” que pongo en mi blog, que los lees y te llaman la atención, que no eres mal chico en casa y en el instituto te defiendes; pero que hay algo que no acaba de encajar en las piezas y objetivos que todos los padres quieren para sus hijos.

La vida se levanta sobre los campos cuando sus rayos se cuelan por la ventana de tu cocina, un colacao rápido y una magdalena, la mochila y arreando; en la esquina te espera el Sopas y Menganito, sí, lo sé, son los amigos que te han tocado, tú no los has elegido, esa determinación se hizo porque son de tu misma edad; a pesar de que no tenéis nada, o muy poco, en común, estáis condenados a compartir trinchera en todas las batallas que van poniendo los años, recuerdas eso y te resignas; el “Sopas” ya ha encendido el porro mañanero, te lo pasa y le das una calada, sienta bien mientras ves el clarear del cielo pero, acto seguido, lo ocultas ingeniosamente cuando os cruzáis con Manolo, que asalta la calle mientras bailan sobre su cinturón un montón de llaves, ausencia de saludo, os mira con una mezcla de desprecio y superioridad ingenua pero vosotros continuáis. Ya en el banco del antiguo quiosco de Nicolás, por fin, Menganito fuma del porro, tu sabes por qué ha esperado, se ha escondido para que nadie le viera, te fijas en él y te imaginas a su madre, en el Naya, con las amigas, diciendo eso de <<pues mi hijo no fuma porros>>, <<y un jamón señora>> piensas mientras le observas dar caladas profundas.

El Instituto es el mundo que conoces más allá de La Cumbre, ya hace tres años que habéis dejado el refugio escolar cumbreño y os habéis aventurado a la enseñanza secundaria en Trujillo; el Instituto es un universo donde las tías están más buenas y son más simpáticas porque son de fuera y los tíos son más buena gente porque no tienes que lidiar con ellos en todo momento; pasar lista, lección, cuadernos tupidos de pintadas, las matemáticas son una mierda, la filosofía no vale para nada, no vocalizas bien en inglés; te mandan para leer, en lengua, “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez <<¡pero será pringao el Florentino Ariza ese!>> piensas mientras miras por la ventana distraído, justo en el mismo momento en el que te ordenan que sigas leyendo <<no sé por dónde vamos don Ataulfo>>, <<a la próxima te vas fuera del aula>>; en el recreo te comes el bocadillo con “tu gente”, ya está el Sopas de nuevo maquinando, Menganito no hace caso, anda “apretando” a una de Belén, Karpanta devora su bocadillo de chorizo (luego sufriréis sus eructos en clase), “Lujan” empieza a hacer el tonto con un balón hecho trizas, “Tente” y tú os reis, ya por costumbre <<acho tú, que pasa>> Luján se tira sobre vosotros, <<¿este sábado que?, nos vamos a Trujillo>>, << a las 00:30 pasa el Ricky de Salvatierra>>, <<si no, llamamos a Guaperas>>, << acho tengo la moto zaleá, tengo que cambiar la bujía>>. Esa es otra, la moto, la puta moto que tantas veces has demandado en casa, tú no la tienes y la mayoría de tus amigos sí; se trata de una de las directrices de tu vida que no decides ni tú, ni tu familia ni nadie a tu alrededor, sino que la marcan los padres de tus amigos, y contra la que no puedes hacer nada, empezó uno y les siguieron los demás, el planteamiento hubiera ido de perlas sino fuera porque tu padre es de esos pelmazos que piensa que toda recompensa debe ir condicionada por un esfuerzo por conseguirla <<ya veremos cuando acabe el curso y vengan las notas>> te ha soltado, <<¿y mientras tanto que?>> piensas rabioso mientras te imaginas al corrillo de madres hablando del tema <<su padre ha comprado la moto a Luján porque ha sacado muy buenas notas>>, <<¿Ah sí señora, que le queden matemáticas, filosofía e inglés es sacar buenas notas? venga no me jodas>>.

En el autobús casi siempre os quedáis de pie o sentados en las escaleras, para colmo, el tonto de siempre ha echado la pota en una bolsa y huele fatal; pelea antes de subir, eso es casi familiar <<¡Dios! que gente tan gilipollas>>; Sebastián el tripitidor y sus compinches están en la parte de atrás soltando carcajadas y os lanza amenazas gesticulares a las que Karpanta responde con una buena tocada de huevos. Tus amigos y tú vestís con la ropa que marca la época (sudaderas, camisetas, vaqueros, zapatillas) sin entrar en estereotipos de tribus urbanas porque, en el fondo, sabéis lo que sois y no podéis hacer nada, lo diste por sentado  cuando, el año pasado, en unos carnavales, fuiste a una farmacia de Cáceres a ponerte un pendiente y a tu abuelo casi le da un ataque al corazón cuando te vio <<¿así que de tatuajes ni hablamos no?>>, <<¡vete de mí vista quinqui!>> la gente mayor no entiende.
 

Sentado en la habitación, los deberes deambulan en procesión, podrías hacerlos perfectamente pero los realizas sin ganas, si me apuras, hasta te equivocas adrede, todo te parece una chorrada, ¡menudo método educativo!, el profesor de historia está loco y la maestra de inglés te tiene manía; para colmo tu madre te recuerda por enésima vez que no le gusta que te “juntes” con el Sopas, Karpanta y Luján <<¿y con quien me junto mamá?>>, <<pues con Tente y Menganito que son más formales>>, ella no entiende que sois “el grupo” y este no se puede separar así como así, no se puede hacer un juicio y dictar una sentencia ilógica basada en un sistema socio-mierda-te-junto-por-la-apariencia-que-tienes; pero no las explicas eso, la somnolencia se apodera de tu espíritu y  la imagen de un melón estrellándose contra el asfalto de la carretera te viene a la mente mientras tu madre sigue con la conversación, mejor dicho, con el monologo, y te imaginas al corrillo de madres, otra vez, tomando un trina en el Naya, alabando, sin escucharse las unas a las otras, a sus hijos, te gustaría que aquel melón estrellado se empotrara sobre la mesa y todas salieran completamente manchadas, enormes manchas viscosas resbalando sobre palabras infladas de elogios absurdos jajajaja <<¿me estas escuchando?>>, <<si mamá, si>>.

Por fin sales, en tu vieja bicicleta de montaña a la que le falta un poco, bueno, bastante 3 en 1 pero te da igual, la cuestión es que subes con ella a la plazoleta de la Iglesia a catequesis, otra característica que caracteriza tu característica vida de adolescente de pueblo, con un tímido parpadeo al observar a tus amigas, o a las tías como vosotros las llamáis, apelotonadas en los bancos al lado de la casa del cura, a punto de escuchar las reflexiones morales y cristianas de doña Guillermina, doctora honoris causa en rezos, engalanamiento de altares, lecturas en misa, casullas de sacerdotes y otros menesteres eclesiales. Allí, en la pequeña habitación del salón parroquial, sobre muebles antiguos, posters donde se ve a un Jesucristo hippie con un mar de fondo, la Virgen María sonriendo a una pastorcilla con cara de haberse comido un tripi y un crucifijo hecho con pinzas de la ropa, escucháis la lección de hoy, la que os preparará para ser dignos de la Confirmación, aunque lances al Sopas (en esos momentos con cara de aburrimiento apocalíptico), Karpanta, Tente, Lujan y Menganito miradas cómplices, fácilmente entendibles entre vosotros; porque lo que os interesa de verdad de la catequesis, la confirmación, el cura, el obispo, el cardenal y el papa de Roma es la fiesta que os vais a correr luego, bueno eso, y el intento de enrollarse con alguna de “las tías” que, tan cándidamente, parecen escuchar el sermón de doña Guillermina; justo en el momento en el que Menganito se mete la mano por el sobaco y, en un movimiento familiar, emite un ruido que suena como si alguien se tirara un peo; todo el mundo se ríe, Karpanta hasta llora, a doña Guillermina se le pone roja la verruga de la nariz y manda callar de manera colérica, solo le falta el gorro y la escoba para ser una bruja, piensas tú, luego miras a Menganito que, como un zorro, se esconde entre la algarabía, te imaginas a su madre presumiendo de lo bien que se porta su hijo <<¡y una mierda señora!>>.

La noche empieza a caer, ya está entrando el calor, en la cerca de al lado de “la telefónica”, las chicharras, grillos y demás “bichos” han empezado su particular concierto, evidenciando los asfixiantes meses que vienen, no sabes si con o sin moto, depende de las notas y de tu padre; <<¡joder!>> aúllas al cielo, la tía que te gusta del pueblo se ha bajado con Tente en su bultaco, el muy pijo tiene de todo, seguro que en cuanto se saque el carné está su padre comprándole un coche; y ahí estas tú, con tu herrumbrosa bicicleta, el Sopas y Karpanta, que se ríen de las tonterías de Luján; tú también sonríes y descubres, en ese momento, que adoras a tus amigos aunque tu madre te reprima, más que nada, porque no los has elegido, empezasteis devorando los infantiles mocos de la escuela y ahora compartís las horas icónicas y felices de la adolescencia. Y no sabéis que pasará en el futuro porque a tu edad el futuro es cuando llegue el verano, os confirméis y contemples la ,casi inaccesible, posibilidad de enrollarte con alguna de tus amigas en la fiesta que tenéis preparada, porque eres virgen de todo, hasta de pensamiento; quizá por eso tu padre te nota raro y se preocupa; quizá por eso me ha pedido que te ponga algo en el blog, pero, si te digo la verdad, no sé qué decirte, y tú lo sabes bien, para tus padres el sistema solar de las drogas es un desconocido planeta que ha pertenecido a otra galaxia pero tú lo tienes a la vuelta de la esquina, no has cumplido los 18 pero ya has visto rayas de farlopa sobre la sucia caratula de un CD; hasta ahora habéis esquivado el tema, como José Tomás en una enfurecida tarde taurina, pero el astado va a estar ahí siempre y vas a tener que torearlo una y mil veces, valiente, sin huirle, sin tenerle miedo, para que no te cornee, para que no vapulee vuestras aventuras, que van a ser muchas, ya lo verás. No sé qué decirte, la verdad, si me pongo nostálgico me veo reflejado en un espejo atemporal, solo que sin móvil, con botas Martens y pantalón vaquero negro, haciendo botellón, con un grupo de amigos que se parece al tuyo, en un pilón agrietado al lado del poli, con un casete de cinta regrabable escupiendo canciones de Extremoduro, Reincidentes, Los Porretas, La Polla Records o el Maquina Total 8 y el Bolero Mix 13, da igual, sabes que los de nuestro equipo no tienen inclinaciones subversivas, sabes que nuestras oportunidades viene cogidas por nuestra alma rota, a expensas de los que nos rodea y de la única influencia que tenemos; eso es lo que eres, lo que fui yo también, adolescente de pueblo, una tribu que no es tal, más que nada porque las modas, las costumbres y todas las cosas te las marca el pueblo mismo, hasta tu propio carácter y tu forma de ser; tu padre podrá estar preocupado pero no puede hacer nada, la única verdad es que tú y solo tú eliges tu propio destino y tu propio “tú” interior. Pasaran los años, se acabará el instituto y empezaras una carrera, en Cáceres o más lejos, o te pondrás a trabajar; lo que elijas determinará tu vida, aunque no necesariamente, todo dependerá si te va bien en el trabajo o en los estudios y no la cagas en ninguno de los dos caminos.

 

Jesús Bermejo Bermejo          Madrid 2014

miércoles, 30 de abril de 2014

EL SUEÑO DEL ÁRABE


Para Pedro y Reme,
que empezamos este relato
una noche de sábado,
“con mucho sueño”.

 

A veces, solo a veces, este hobby raro, ofusco y lunático de buscar e indagar en la intrahistoria, en este caso de La Cumbre y sus alrededores, te ofrece un oasis en ese desierto de papeles y manuscritos antiguos, acodados a su vez en libros novelados y ensayos que escupen, en medio de una marisma de tomos inmensos, algunas palabras con las cuales sonríes y enlazas historias o se convierten en  aquellas piezas que faltaban a tu “puzle” particular; empeñado como estas en buscar agua en el planeta Marte, aunque eso te cueste bastante tiempo, dedicación y trabajo.
Pero, como digo, a veces te encuentras con alguna historia excepcional que merece ser contada o, al menos, matizada, ampliada, adaptada a ti mismo, a tu interés y fascinación, como recompensa de tan buen gusto, dejado en tu paladar, por encontrártela.
Extremadura es una tierra donde, historia y leyenda van de la mano; los siglos tapizan las calzadas de las vidas de sus gentes desde sus principios. En 1232 Trujillo y su territorio pasó nueva y, esta vez, definitivamente a manos cristianas por Fernando III “el santo”; y digo nueva porque ya hubo un primer intento por Alfonso VIII en 1186, retornando otra vez a los árabes años después.
Este hecho hizo que la conquista de 1232 no fuera considerada “definitiva” por muchos musulmanes, confiados en volver a ocupar la plaza en cuanto se rearmasen, como otras veces. Por eso se dice que, en lugar de huir con sus más preciadas pertenencias, enterraron sus riquezas en lugares estratégicos, creyendo que regresarían tiempo después a sus antiguos hogares en cuanto la media luna volviera a vislumbrar en lo alto de la “Torre Julia”.
 
No fue así, la Torgiela islámica pasó a ser el Trujillo cristiano y muchos de los árabes huidos no retornaron, quedándose sus tesoros en aquellos lugares donde los habían guardado cautelosamente; puntos escondidos a donde se accede por medio de acertijos, cobijados entre antiguos asentamientos romanos y célticos para verificar la exactitud a la hora de indagar en ellos.
Desde entonces y hasta ahora, muchos son los que han buscado todas esas riquezas, basadas en las múltiples leyendas que circulan entorno a los mágicos tesoros repartidos por los campos, montes y ríos. Lo fascinante es que aquellos moros extremeños que se fueron después de la reconquista se establecieron en el norte de Marruecos y, como una planta frágil y exquisita, regaron estas leyendas, traspasándolas a sus descendientes, de generación en generación, hasta llegar a nuestro protagonista, un árabe del tabor de regulares que combatió en la Guerra Civil Española y que, tras culminar la contienda, se paseó por nuestros campos en busca de la hacienda de sus antepasados. Se llamaba Tariq Ben Jomse Messari y esta es su historia:
En el valle del Ourika, perteneciente a la tribu o cabila de los Mazuza, la vida era “delgada” en 1936, el hambre arrasaba los montes y adormecía a las cabras, capaces de alcanzar hasta el último arbusto, por muy inaccesible que fuese. Tariq podría resumir su adolescencia en dos recuerdos: la continua ausencia de comida en su estómago y los innumerables cuentos y leyendas con los que le alimentaba su abuelo, El Aiche Ibn Al Mawl, que era al hakawati, o lo que es lo mismo, contador de historias. Su abuelo era muy importante en la cabila*, tenía el don de contar leyendas tan emocionantes que podía dejar boquiabiertos y expectantes a sus oyentes durante meses hasta que la acababa; siempre con su oúd**, fue él quien le contó el relato del tesoro del jeque árabe Mohamed ibn Ziyad, que tuvo que esconderlo en lo que ahora llaman la Extremadura, pero que antes fue Lusitania y después parte del Al-Ándalus, al oeste de España, en la zona de la antigua Torgiela, sobre encinares, oteros y regatos, detallando nombres de varías épocas y civilizaciones, rincones y recovecos estratégicos, tejidos todos de acertijos y señales que había que seguir como si de un mapa poético se tratara.
Con la mirada expectante, el joven Tariq viajaba con la mente, imaginando escenas entretejidas en las narraciones de su abuelo, soñando que iría a aquellos lugares remotos a recuperar la fortuna de los que le precedieron; ensimismando sus sueños en las noches encallecidas de pellizcos a deseos, almacenando en su memoria todos los detalles con los que el viejo al hakawati adornaba la temperatura de la choza donde vivían, auspiciado todo bajo el rumor de las cabras, dormitando el misterio arraigado en tierras extrañas y lejanas que, sin embargo, con el paso del tiempo, a fuerza de repetir la misma historia, les eran del todo familiares; como si el sol extremeño del estío, ese que abre los picos de las aves en las siestas; o el secreto de la niebla invernal entre las encinas, aquella que empuja a los venados a berrear, fueran postales que, de algún modo, les pertenecieran. Y todos esos sentimientos eran un eco cuyo estruendo se apropiaba de su alma. Aunque nunca hubiera pasado el estrecho de Gibraltar, el joven árabe conocía esos paisajes como la palma de su mano, soñándolos muchas noches, en medio del silencio del desierto, o guiando el rebaño en las inmediaciones del río Ourika.
Cuando estalló la Guerra Civil Española, se alistó al grupo primero de Regulares de Tetuán como tantos vecinos y amigos de la cabila que, al igual que él, pasaban necesidad; eran una generación de muchachos cuyos padres no veían con malos ojos que sus hijos se incorporaran al ejército español, pues no pagaban mal y podrían quitarse de bocas que alimentar.
Tras seis meses de instrucción en Tetuán viajó a Cádiz; en suelo peninsular pareció descifrar el sueño de su vida, se imaginaba volviendo a su hogar con los tesoros del jeque árabe; en la playa de cortadura se juró a si mismo que conseguiría su propósito.
Pero, en medio de ese objetivo había una guerra, estuvo en el frente de Andalucía, Cataluña y en Madrid, en el valle del Jarama; pasó frío, calor y mucho miedo, soportó horas con el agua al cuello cuando la lluvia llenaba las trincheras y le hirieron en Brunete, una granada le alcanzó una mano y la espalda; entonces le dieron dos meses de permiso. En lugar de descansar en su hogar marroquí, se subió al primer camión y, herido, se presentó en Aldeacentenera.
 
Había que imaginarse la escena: en un pueblo extremeño asolado por la soledad e infortunios de la guerra, con el atraso socio-económico que había y las múltiples crónicas negras e infames que circulaban entorno a los “moros de Franco”, tuvo que ser impactante cuando Tariq se presentó de uniforme y herido buscando a alguien que le guiara al Castillejo, la Villeta de Azuquén, La Coraja, la Burra, El Pardal, Rodacis, las cabrerizas, Lucretius, Casillas… y otros antiguos asentamientos que sus habitantes solo conocían de oídas, como algo lejano que se explayaba en el horizonte, observado siempre en la distancia.
Nadie le supo o le quiso dar respuesta, la desconfianza debía de ser brutal, en todos los sentidos, puertas cerradas, miradas opuestas, mutismo o ignorancia; la hospitalidad se derrumbaba en la brusca intemperie. Pero Tariq había llegado hasta allí y no iba a darse por vencido, durante unos días se dedicó a vagabundear por los campos, buscando alguna señal de las que le hablaba su abuelo.
Fue entonces cuando Conrado, un agricultor de la zona, que por entonces la guerra le había quitado el oficio y el beneficio, se acercó a él una tarde y le preguntó <<amo a vé, ¿qué está haciendo usté aquí?>>. Entonces el joven soldado árabe le explicó su obsesión por encontrar los preciados tesoros; al oír eso, un poco reticente, el campesino se mostró de acuerdo en llevarle a los lugares que decía, eso sí, a cambio de una parte en el caso que encontraran algo.
Este extraño Don Quijote musulmán empezó a llenar la cabeza de leyendas, señales y pistas a su particular Sancho Panza, hablándole de un becerro de oro, con diamantes por ojos, escondido en las cercanías de Jaraicejo <<Cuando las aguas del Almonte se desbordan, el becerro bebe directamente de ellas>> y en ese empeño agotaron los dos meses de permiso. Acordaron que terminada la guerra volverían a encontrarse y seguirían.
Al finalizar el conflicto, Tariq se presentó en Aldeacentera, de nuevo, en busca de Conrado, a lomos de un caballo de pura raza española y con la Medalla al Sufrimiento por la Patria; distintivo que tuvo que vender para conseguir fondos con los cuales iniciar las excavaciones donde él creía que podían estar las riquezas; el reticente aldeano se convirtió en un perseguidor más de su sueño. Buscaron, además, en Logrosan, Aldea del Obispo, Torrecillas de la Tiesa, Berzocana, ect; preguntaron por la cueva de Los Morales, los Cabritos, el Cancho de la Sábana, el Risquillo de Paulino, la Cabeza del Moro, la Peña Gorda… por todos esos lugares pasaron y buscaron, siempre sin éxito. En cuanto llegaban a un pueblo y le hablaban de la “fuente de la mora”, “la piedra del moro” o el “regato del morisco”, enfilaban las orejas cual astutos podencos y se ponían manos a la obra. Tariq no perdía la esperanza buscando el dolmen en lo alto del cerro, la serpiente que guía, el sol de la tarde que agujerea con sus rayos la roca y enseña el camino, el gato cuya cola se menea en la dirección del tesoro, nada.
 
Me cuesta imaginar aquel momento en el que Conrado y Tariq se presentaron en la plaza de La Cumbre preguntando por el poblado de las Cabrerizas, el puente de las Maleznas y las fincas de Roa y Casillas; confieso que es difícil describir la escena, ¿de dónde vendrá el moro con este preguntando por esos sitios?, se cuestionarían los cumbreños de entonces.
Próximo al poblado de la cabrerizas, el soldado árabe, empachado de entusiasmo o, simplemente, por pura ignorancia, le pareció apreciar algunos dólmenes donde solo se alzaban grandes promontorios graníticos, convencido como estaba de que esas construcciones prehistóricas guardaban riquezas, excavaron en el mismo poblado y vieron por las lomas saltar un zorro, que se los quedó mirando, a su vez sorprendido también por la presencia de los dos aspirantes a arqueólogos.
<<¿Lo has visto Conrado? Si el zorro se aparece en el mismo sitio tres tardes seguidas significa que el tesoro está ahí>> pero el raposo no volvió a aparecer, ni ninguna figura antropomorfa, tan solo las señales que el azar deja a la naturaleza, tan solo los yermos campos cumbreños que la guerra había dejado sin cultivo ni ganado.
Aún sin saberlo, se convirtieron en los primeros en realizar excavaciones con finalidades arqueológicas, encontraron tumbas, utensilios, vasijas y algunas monedas que sirvieron para prolongar aún más el sueño de lograr lo que tantas veces había sido escuchado. Intentando hallar pozos, árboles singulares, fuentes milenarias donde merodearan espectros, grandes culebras y demás guardianes de riquezas; los continuos fracasos iban mermando su afán, esa perseverancia inicial tan fuerte se convertía, inevitablemente, en una esperanza quebrada, agujereada como el estado en que dejaban los lugares donde ahondaban sus delirios, desprovista, cada vez más, del fuego fulguroso del preciado oro.
 
El árabe y el aldeano acabaron su aventura, otra vez, en el río Almonte, persiguiendo a una gallina encantada que iba picando, según Tariq, lugares mágicos donde se escondían los ansiados trofeos dorados. Aquella fue la gota que colmó el vaso para Conrado, muy cansado de buscar sin éxito, le dijo al soldado que no podía continuar, la guerra había acabado y había que empezar a vivir, su familia le necesitaba. Los dos buscatesoros se despidieron con un efusivo abrazo, deseándole lo mejor, Tariq le regaló al campesino su caballo pura raza española.
Es curioso el desenlace de los dos protagonistas: Conrado y su familia, por motivos de trabajo, se fueron de Aldeacentenera para establecerse en un pueblo cercano, en concreto a faenar de cabrero en una finca enorme; allí, desde entonces, y sin tener apariencia física similar, se les ha conocido con el mote de “los moros”, apodo que siguen llevando sus bisnietos, probablemente sin que sepan de donde viene.
Por su parte a aquel joven soldado del tabor de regulares de Tetuán se le pierde la pista excavando por Logrosan, en la conocida “fuente del moro”, donde los musulmanes tenían el Torreón de San Cristóbal, abandonado como tantos sitios, tras la reconquista y donde, según cuentan, hay escondidas, en sus entrañas, toneladas de monedas de oro y plata.
No sabemos más de aquel soñador de tesoros, es posible que volviera al valle de Ourika, en el norte de Marruecos, y se haya convertido en un buen al hakawati como su abuelo, contando historias y cuentos a los turistas que van al mercado de Aghbalou o a ver las cascadas del río, arriba en el monte; mientras suena música Amazigh*** de fondo y sobre el suelo se extienden platos con shuá, tanjines o thamrikt****. Es posible que, en la noche tranquila africana, cuando el viento se aproxima como un quejido de ahogados galeotes, Tariq duerma soñando con aquellos paisajes extremeños, adulados por sus leyendas sobre vellocinos de oro que beben de ríos desbordantes, grandes cantidades de metal dorado sepultados en los intestinos de castillos y cuevas, monedas desoídas en podridas bolsas de cuero de antiguos castros vetones que solo los zorros conocen, coronas destronadas en el fondo de las fuentes y pozos custodiados de espectros guardianes, tesoros y riquezas que aguardan, dormitando, el sueño de aquellos que buscan despertarlos del polvo donde están rendidos.

 

Jesús Bermejo Bermejo            Madrid 2014

 

Glosario:

*Cabila: Cabila es un término utilizado para designar tanto a las tribus de árabes y bereberes del norte de África como al territorio donde se asientan.

**Oud: es un instrumento fabricado en madera de caja de resonancia redondeada con forma de pera, un mástil más corto y carece de trastes.

*** Amazigh: es la música tradicional del Rif.

**** Gastronomía típica marroquí: Shuá (plato con carne de cordero), Los Tajines (especie de chile con carne), Thamrikt (puré de habas con aceite de oliva)

 

Bibliografía:

  • Mitos, creencias y leyendas de Extremadura . Israel J. Espino 

jueves, 27 de marzo de 2014

HISTORIAS DE LA JARA (II)


V

Por el río fluyen desbandadas de flores; la soledad impresiona por su eterna presencia desde hace ya muchos años; una pareja recorre la ribera, cada uno a un lado, en busca de maitines, flores amarillas que endulzan la primavera en el interior de las casas cumbreñas; <<hay que cortarlas con el tallo bien largo>> recuerda la joven lanzando una mirada jovial a su compañero. Las ranas se mezclan con las “pamplinas” y el ventear de la hierba crecida por el calor; los mosquitos sobrevuelan sus cabezas y la corriente entorpece el silencio, huroneando entre las piedras limadas, vestidas de algas.

Van encontrando pequeños ramitos en penínsulas minúsculas acuarteladas de rocas, recogen los brotes floridos y dejan los otros para otra tarde, juntos en la inmensidad de lo intangible, lo que se desea y no es palpable, esa sensación en el aire limpio, cuando las sombras empiezan a gobernar al Gibranzos y los minutos tienen el mismo sonido que los latidos del corazón.

Más adelante, una pesquera y una pequeña encina en el sedimento pizarroso, al lado, un gran zarzal cubierto del lodo de las crecidas; con el ramo amarillento en la mano, el joven se acerca porque parece haber oído algo, ¡de repente! La maleza se agita con furia y pare, de sus entrañas, un enorme jabalí que corre, más asustado aún que sus delatores, ladera arriba, pardeando su silueta en un juego con el sol hasta perderse por “San Roque”.
 

El río se retuerce como una lombriz y forma el famoso “Meandro del Gibranzos”, allí, justo allí, el cauce se estrecha y la pareja aprovecha para juntarse, abrazar sus ramos y besarse; los labios, fríos, saben a tarde primaveral, a pureza, a jugosa adolescencia.

<<¡Eeeeeeeeeeeeeehhh!>> la soledad y el silencio dentro del ruido de la naturaleza viva, son destronados por el chillido de una pandilla de muchachos, arriba en el camino, junto a los eucaliptos de la fuente, a lomos de bicicletas de montaña, rumbo a la “resbalaera”.

 

VI

 

Las chuletas están a punto, el improvisado cocinero vierte demasiada sal, los granos sobrantes estallan, como pequeños truenos, entre las brasas de la lumbre; amigos que beben y ríen mientras los altavoces del coche distorsionan la retrasmisión de los locutores del partido.

El sol ha enrojecido sus rostros en un fantástico día de campo, la bota de vino cuelga de las ramas bajeras de una corpulenta encina que se ha atrevido a crecer, abriéndose camino a través de una pequeña grieta en una gran roca. Botellas de alcohol y refrescos manchan la vieja mesa que ha servido en más de otra ocasión de mostrador campestre. Los canchos a lo lejos parecen formaciones mitológicas, proverbiales nidos pétreos donde se cobijan gigantes alados cuyas hijas, blanquinegras, danzan en los llanos y bailan a ritmo del viento.

Germinan conversaciones que disparan emotividad y despreocupación; más arriba, hay otra peña de  muchachas que se tumban para aprovechar la calidez del paisaje con la música de fondo.

De vuelta al campamento, el plazo festivo es apurado y rentabilizado, el mañana saldrá limpio de toda escaramuza bautizada, epodo que acontece a chistes y recuerdos, exagerando las risas de sus tertulianos, que, en ese instante y en este lugar, sienten que pueden tocar la felicidad con las manos.

 

VII

 

Se puede apreciar si ha pasado alguien por el vaivén del agua empantanada en los charcos del camino. El coche ya conoce esa cantinela; si la perra hablase sabría decir en que tramo están solo por el traqueteo y los volantazos que propina su dueño, sin ninguna delicadeza. << Otros excursionistas>> gruñe desde el asiento al ver a dos caminantes, con un puro en la boca, impregnando el interior de una nebulosa atmosfera, en contraste con la esplendidez de la tarde. Al llegar a la puerta, el descorrer del cerrojo provoca el agitamiento de las vacas, conocedoras de lo que significa ese sonido y a esas horas; emprenden la carrera desde los confines de la finca como si de un pistoletazo de salida se tratase; bambolean sus cuerpos mientras sus miradas ya suplican desde la lejanía la paja y “las pastillas” depositadas pausadamente por el ganadero. <<¡¡uuuuuooooohhh vacaaaaaa!!>> Las reses se apelotonan bruscamente a por su sustento, enhebrando sus carnes mientras la perra no para de circunvalar el rebaño, temerosa, tal vez, de alguna patada furtiva. Aprieta el calor, la chaqueta descansa sobre el portillo de granito, semicaido a un par de metros y remendado de alambre, el suelo está empantanado pero las botas “katiuskas” empiezan a estorbar en esta época del año; los excursionistas pasan por la puerta de la finca y saludan sin contestación del hombre, que los mira hasta que se pierden, dos curvas más allá, antes de que un conejo se les cruce y escape por la hornilla de todas las tardes. Solitario, con la perrilla intentando auparse a sus piernas, observa cómo se produce la escena, satisfecho por haberla adivinado.

El cielo empieza a negrear justo cuando coge el hacha, a pasos firmes se adentra en una pequeña chopera que se ha asentado desde hace unos años junto al riachuelo que va a morir al interior de un pozo, donde hubo un motor de agua cobijado en una furgoneta vieja, cimentada en la tierra entre zarzales. ¡Zas, zas! dos golpes bastan, la futura vara se deja esculpir, rasurándola con la navaja, blanqueando mientras los restos de corteza son olfateados con ignorancia por la perra. Las dos siluetas andarinas, más extrañas aún que el hombre, vuelven sobre sus pasos en dirección al pueblo. En el umbral del horizonte, tan solo las horas son vaticinadas por las hendiduras que deja la rutina sobre los recuerdos.

 

VIII

 

Existe una roca hueca por dentro donde el viento ha cincelado formas y poros como presagios de memoria vacía; es una meca para los amigos los días de campo, están acostumbrados a la frontera del frio en su interior, como losas de una iglesia; allí, tenaz, la brisa constante se arremolina formando abultaciones y huecos donde son sorprendidos los murgaños. Enfrente, un olivar acuartelado en la llanura se deja crecer salvaje, los caballos podan los arboles a dentelladas; con ellos, un burro viejo conoce los pensamientos de los muchachos cuando, poco a poco, chascando la lengua, imitando un lenguaje primitivo, se van acercando a ponerle la “cabezá” elaborada con cuerda de pita trenzada. Todo momento en la vida es agradecido, pero estos, precisamente estos, se quedarán archivados en la memoria de los jóvenes para toda la vida, anhelos de nostalgia alegre y turbulenta, como los pinotes del asno, aventurándose entre el riachuelo que va a dar a la Charca Ronel, con los nidos de cigüeñas en actitud de pendones de un castillo, enormes plataformas que se derrumban por el peso para volver a construirse de nuevo, cediendo al tiempo para abrazarse al destino.

Esas risas juveniles son emociones intrusas que adornan los momentos de La Jara; los muchachos dejan el burro para la próxima vez. En la inmensidad de la llanura, a pocos pasos del muro donde el correr de la vida alimenta la estancia de los molinos, una leve ventisca agita los álamos que vaticinan el inicio del valle, exploradores entre los helechos que se secan para volver a surgir, como un breviario mecanismo por el que fluye el agua, abajo, entre lenguas rocosas, delatoras del sueño de la tierra.

Al final, arriba en el monte, con toda la Sierra expectante, los muchachos se alejan poco a poco, con el sol a la espalda descubriendo, a esas horas, la enorme mano pétrea que parece señalar al cielo, mimetizándose entre los “canchos del ahorcao”.

 

Continuarán…

 

Jesús Bermejo Bermejo      Madrid 2014.

martes, 18 de febrero de 2014

VESPACIO: LA CUMBRE – SANTIAGO DE COMPOSTELA.

5º DÍA: LA MARAGATERÍA y EL BIERZO

Para Alberto, Patricia,
Alberto jr y Nerea
(la más leonesa).

- ¡¡ Te compro la vespa, te compro la vespa!!- Ramiro lo dice todo a voces ante el asombro de los extranjeros, con las mochilas a cuestas, que van a sellar su peregrinaje. Ramiro regenta el “Bar Cowboy” en El Ganso (León) <<¡¡de lo bueno, lo mejor!!>> vuelve a gritar; lo lleva desde que vino de la legión, de aquella época cuando se emborrachaba y hacia escapar al pueblo entero; ahora está más reformado, o al menos eso dice… un peregrino alemán, con su acento “guiri”, le pregunta donde hay alguna fuente para beber, <<¡¡no hay fuente, botella de agua, un euro!!>> y sacude la botella, golpeándola contra una maravillosa barra de roble, a la vez que, con los nudillos, destroza la chapa de las cámaras, sonriendo, porque sabe que, justo al lado, hay una fuente de agua cristalina; ríe o al menos eso pensamos, y revienta el espectáculo con chistes “machistas” ante la resignación de Patricia y Noelia, volviendo a aporrear el metal de las cámaras, mirando al horizonte, frunciendo el ceño, como si la luz de la portalona fuera un extraño de mala ralea que llamase, incomoda, en busca de refugio.
Decididos a repetir lo de Zamora, paramos el motor de la vespa en el antiguo establo de  Alberto, y junto a ella, reconducimos el tiempo en otras perspectivas, dispuestos a empaparnos de esta tierra que nos atraía de una forma extraña, inexplicable, como si reconociéramos, en cierto modo, una esencia ancestral; sentados, tranquilos, en la armonía de los grandes bancos del Bar “Cowboy” o acodados en su espectacular mostrador de roble, observando los aperos antiguos, sombreros y demás cachivaches que adornan el techo y las paredes, como si estuviéramos en La Cumbre, también, entre amigos, y el sol de la tarde convirtiendo nuestro mundo en una franja rojiza agradable, rezumada en el deleite de poder analizar el espacio, igual que el que otea un paisaje que solo le inspira sosiego y no puede apartar la vista, contando los detalles que brincan en sus pupilas, como los corzos por la parcheada carretera que comunica Astorga con Ponferrada; pasando Rabanal del Camino, justo antes de llegar a Foncebadón y subir el “Monte Irago”, donde la magia celta empieza a hechizar el ambiente y se escuchan sus conjuros entre los robledales aledaños al pueblo, que duerme un sueño fantasmagórico, tan solo perforado por las idas y venidas de los peregrinos, campeando, curiosos por sus calle, azuzando los llanos donde se alza una ruinosa espadaña, testigo del monasterio que, aquí, fundo el monje Gaucelmo, a finales del siglo XI, en medio de la naturaleza salvaje, particular como los relatos embalsamados en lo más profundo del corazón de esta tierra que, a duras penas, ha encontrado en el milagro del Camino de Santiago, el sustento en el que sujetarse a la existencia de un futuro con historia.

En efecto, el nombre del pueblo alude a las fuentes del lugar. Foncebadón derivaría de Fuente de Abdón y, durante años, fue un pueblo dormido, de calles oscuras, sin habitantes, condenado a desaparecer y a que se desvaneciera el recuerdo de sus gentes, cuyas voces surcaban los páramos, quejidos bajo madrugadas sin luna. Así se quedó este lugar religioso, el punto más alto de la ruta jacobea entre la Maragatería y el Bierzo. La emigración de los 60-70 lo destrozó como a tantas zonas rurales, y la hierba empezó a abrazar sus calles mientras el musgo se apoderaba de sus piedras y la carcoma hacia estragos en sus vigas.

Fue entonces cuando llegó Javi (nombre inventado a petición del verdadero Javi), regente de la taberna Irago con su asombrosa historia, bajo una crema de orujo y un conjuro contra las meigas que pudieran escuchar y aprovechar la debilidad del narrador: Javi era un hombre de negocios que acababa de enviudar, sus hijos estaban en el extranjero, uno estudiando en Estados Unidos y otro, casado, trabajando y asentado en Alemania con su familia. Javi estaba solo, tan solo, tan solo que sólo tenía dinero, apartamento de lujo en el centro de Madrid (en pleno barrio de Salamanca), chalet en la sierra, casita en la playa en Vera (Almería), una mini colección de coches de lujos (Duesenberg Model J Coupe 1931, Ferrari 250 GT SWB California Spyder 1961, Toyota 2000GT 1967 y algunos más); viajes al extranjero, nadar entre delfines, vuelta al mundo en globo,... y un sinfín de “caprichos” que hacían singular su propia vida. Pero cuenta que, cuando enviudó, se quedó destrozado, no solo por la terrible pérdida sino porque, en todos sus años de matrimonio, apenas había convivido con su esposa, no había tenido vida familiar, carecía de la experiencia de jugar con sus hijos. Quiso recuperar el tiempo perdido pero ya era demasiado tarde, sus hijos habían perdido (o tal vez nunca lo tuvieron) el anhelo de estar y vivir con su padre; como no había dado cariño en su vida, no recibió ni una pizca de ese sentimiento vital. Un día se emborrachó en su propio apartamento (ya lo hacía con frecuencia recorriendo las calles de Madrid semitambaleandose), se metió en el jacuzzi y se quedó dormido, de repente oyó un ruido en la calle, cuando fue a ver qué había pasado, debido a su estado, se resbaló y cayó violentamente, golpeándose fuertemente en la cabeza; fue en ese momento, en medio del inmenso cuarto de baño, con el sonido lujoso de las burbujas del jacuzzi y el olor a sales aromáticas mezcladas con sangre, donde quiso desaparecer, olvidarse, vivir de la tierra o padecer los tormentos de un vagabundo. Pero no podía hacerlo sin más, aunque no mostraran por él afecto ninguno, tenía familia lejos, su propia descendencia; así que puso en práctica su plan de autodesaparición: primero vendió todas sus riquezas, sus inmuebles, su colección de coches de lujo, ect y dividió lo recaudado en cuatro partes, dos partes las envió, por separado, a cada uno de sus dos hijos; con la otra puso en marcha una ONG, consistente en hacer negocio con ropa usada.
En el calor de la taberna de Irago, bajo esencia celta, como los ingredientes de la pócima de un druida, Javi desgrana su historia, se hace escuchar, movido por la crema de orujo o porque al contarla, él mismo se desnuda y se vuelve a encontrar en el pasado.
La ONG se llamó “Arrópate”, consistía en compra-venta de ropa usada, en una gran nave, la gente que quería deshacerse de prendas de vestir la vendía a precio bajo o las donaba, a su vez, estas se clasificaban en función de la calidad, si era buena se volvía a vender a un precio más bajo, y si era mala, se reciclaba y el material se vendía a industrias textiles que lo compraban a un precio, sorprendentemente, alto. El caso es que los ingresos se quintuplicaron enseguida, designó a un equipo de dirección y se abrieron varias naves más en las principales ciudades, todos los derechos de propiedad se los traspaso a su hijo menor para que tuviera un gran trabajo al acabar los estudios en EEUU, apartó un 25% de acciones para el mayor y desapareció del panorama mientras grandes fortunas eran destinadas a la creación de escuelas en Sudamérica, a la construcción de pozos en África y numerosos proyectos solidarios más.
Desapareció y encontró refugio, tras andar perdido solo con su mochila al menos 10 días, en Foncebadon; allí compró el edificio de la escuela, a la entrada del pueblo y, durante el primer año, no encontró más compañía que la de Ángel, un pastor que, tras unos meses, le abandonó para irse a Barcelona a trabajar de albañil. Al principio lo pasó mal, no sabía nada de agricultura ni de ganadería, durante los meses de invierno apenas veía a nadie y en los meses de verano, los peregrinos pasaban de largo por la carretera sin entrar siquiera en el pueblo.
Una vez cayó una gran nevada y se quedó aislado, malvivía calentándose al fuego alimentado de la madera carcomida de las casas ruinosas aledañas; el hambre se hizo insufrible y cayó enfermo; sin poder avivar el fuego, demacrado sobre un viejo colchón de muelle, parecía que había llegado su fin, << quizá era mejor así>> pensó, ya que no había sabido convivir con sus seres queridos, se merecía morir solo, enfermo, deshaparrado sobre una vieja cama en una escuela por la que hacía más de 20 años que no asomaba ningún niño, mientras el cielo lloraba nieve y las noches helaban las horas restantes, endureciendo de blanco el pavimento de su mortaja. Entonces ocurrió el milagro, alguien, en medio de la madrugada, entró, al principio creyó que era un espectro, un fantasma de los muchos que afirmaban por los pueblos de alrededor que vagaban por Foncebadón, o la propia muerte dispuesto a sesgar su agonía con su guadaña; pero no era ningún ser del otro mundo, se trataba de Hanna, una muchacha alemana, que atravesaba aquellos páramos en peregrinación a Santiago, cuya nevada, y la noche, la había sorprendido en mitad de la jornada.
Javi nos cuenta que fue amor a primera vista, lo cuidó y cuando se recuperó reformaron el edificio escolar, Hanna era escultora y llevaba casi toda la vida dedicada a la cerámica, al principio, se quedó hasta que nuestro ermitaño estuviera bien, luego lo ayudo a terminar de instalarse y, hasta ahora, es su compañera, con la que no piensa repetir sus errores pasados. Fue entonces cuando Javi decidió recurrir a su habilidad, la única que se le daba realmente bien y que había sido, a la vez, su condena: los negocios. Con el dinero que le quedaba montó la taberna “Irago”, fiel al pasado de Foncebadón, decorándola con motivos medievales y célticos; la montó para salir del paso y tener lo justo y suficiente para vivir, pero, algo dentro de él, sabía que no iba a ser así; la taberna y albergue se convirtió en un éxito, ahora todos los peregrinos, que antes pasaban de largo, quieren hacer noche allí y los beneficios se han multiplicado. Parte de ese dinero sobrante lo ha invertido en adecentar el resto del pueblo pero, aun así, según él, los beneficios superan sus expectativas.
A nosotros no deja de sorprendernos su peculiar “maldición”, Javi es un “rey midas” para los negocios y no tiene ningún problema en vaciar con nosotros una garrafa de crema de orujo, fabricación propia. Como, anteriormente hizo Gaucelmo, lleva varios años con su albergue y taberna, un negocio, desde 1999, que es un canto a su forma de entender la vida, adornado con muebles de peral, tejados de paja y pizarra… hasta el cierre exterior de madera lleva su firma artesana.


-¿no volviste a saber de Ángel?- pregunté alucinado con la historia.
- Si, bueno, era un hombre bastante taciturno, no sé gran cosa, que está en Barcelona, que anda de aquí para allá, en fin, le propuse que se viniera aquí y se emplease conmigo pero no quiso, hubiera estado bien que hubiera vuelto, al fin y al cabo es el hijo de la señora María.
- ¿Y quién es la señora María?- preguntamos al unísono.
- Jajajajaja- Javi se ríe- la señora María es la auténtica protagonista de este pueblo, este será un pueblo sin habitantes pero con muchas historias jajajaja.

Y, como encadenado a su propio testimonio, comienza a narrar la leyenda de María, que era la única habitante, junto con su hijo Ángel, de Foncebadón años antes de la llegada de Javi, montañesa, menuda y un poco huraña; vivía sola entre las ruinas de lo que fue su pueblo, bajo la espesa hierba que ocultaba su esplendor en el devenir de los días, en el umbral de las nevadas y ventiscas que casi la aislaban del mundo; pero eso a ella le importaba un rábano ya que podría llevar más de 20 años solitaria, observando el silencio del paisaje y el envejecer de las piedras.
Un día recibió una carta del Obispado de Astorga comunicándola que iban a retirar las campanas de la iglesia del pueblo, puesto que ya no tenía habitantes y no se oficiaban misas ni demás ceremonias en décadas. Con la carta, nuestra montaraz hizo el fuego aquella tarde y así quedó el asunto. El día señalado para el traslado de las campanas una expedición, integrada por dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles, avasalló el pueblo dispuestos a cumplir su cometido. Su sorpresa fue mayúscula cuando empezaron a llover piedras y palos desde el campanario; decidida a defender lo que es suyo, María recibió a la comitiva, desde el tejado de la iglesia y de esa manera, diciéndoles que para llevarse las campanas antes tendrían que matarla.
-Pero no se da cuenta, buena mujer, que las campanas ya no sirven de nada aquí- argumentó uno de los sacerdotes.
- Me sirven a mí por si me pongo enferma o me quedo aislada y tengo que avisar ¡¡largaos de aquí!!- dictaminaba María.
- Venga señora bájese de ahí que esto no tiene sentido- bramaba un guardia civil.
- Además una de las campanas no tiene badajo- justificaba otro cura.
- ¡¡Pues te corto el tuyo y se lo pongo a la campana, pajarraco!!- enloquecía la montañera.
Y toda la expedición se tuvo que esconder donde aguardaba Ángel, el hijo, sentado en una piedra, resignado y familiarizado con la actitud de su madre.
-         Pero haga usted algo por el amor de Dios, intente convencerla, que entre en razón- casi suplicaba el religioso.
-         Mire usted, señor cura, a mí las campanas ni me llaman ni me dejan de llamar, por mi pueden ustedes llevárselas sin problemas. Pero si mi madre no quiere que se las lleven sus razones tiene y, créanme, no hay manera de convencerla de lo contrario… así que ya lo he dicho, las campanas me dan igual pero que nadie toque a mi madre porque agarro la escopeta y la lio.


María preconizaba a veces que, tras su muerte, Foncebadón se moriría del todo, enfermo de silencio, oxidado sus huesos bajo el olvido de sus historias; y así hubiese sido sino hubiera aparecido un vagabundo dotado con un extraño don que huía de él mismo, Javi, que no se llama así, narrador en la tarde leonesa bajo el encanto de su taberna celta en un pueblo que estuvo a punto de desaparecer, un lugar donde sus ancestros duermen tranquilos el sueño de los justos porque el tañer de sus campanas les devuelve, todavía hoy, la melodía de su existencia, recorriendo el sonido la senda de estos parajes sagrados.


Al día siguiente fuimos a visitar una herrería medieval que sigue funcionando, en el pueblo de Compludo. Contra todo pronóstico (o contra nuestra creencia y costumbre más bien), llovió en pleno agosto, y no estaba de más una cazadora o un polar fino. Por escarpadas carreteras, descendemos valles envueltos en hojas, guarecidos de recuerdos cuyos riscos engalanan las vistas. Robledales y alisos que esconden los pueblos, a los que se acceden por diminutos senderos, recientemente asfaltados, donde las sombras se alargan avaladas por el propio paisaje.
Compludo se viste de flores entre pizarras, con restaurantes típicos maragatos y alguna que otra casa rural para deleitarse del desestresante ambiente que se respira. Aparcamos el coche de Alberto justo al lado de la Iglesia de San Justo y San Pastor, que guarda la arquitectura típica de la zona, limando asperezas con la comarca vecina  de El Bierzo. Por un camino adornado de castaños bajamos a un riachuelo por el que, siguiendo las señales, advirtiendo la humedad del aire, llegamos a la famosa herrería.
Esta, la herrería, es el único monumento que todavía funciona desde que se instalaran los monjes de San Fructuoso de Braga en este tranquilo valle, allá por el siglo VII, constituyendo la primera fundación monástica berciana; quizá, por estos monjes y por el obispo Fructuoso la iglesia se llame San Justo y San Pastor y el pueblo Compludo: estos santos sufrieron martirio en Complutum, lo que ahora es Alcalá de Henares, y quizá una cosa lleva a la otra.
Cobijada entre macizos pétreos y bautizada continuamente mediante un ingenioso aprovechamiento hidráulico, el edificio recibe el asombro y la satisfacción de sus visitantes. Mientras recorremos sus instalaciones y quedamos embelesados con el entorno, no puedo evitar acordarme de los molinos de La Cumbre, abandonados a su suerte, despojados de utilidad y protección, por mucho cariño que les profesemos, sus ventanas se abren al Gibranzos en una comunicación ancestral cuyas palabras ya no salen de sus rosneras y las pizarras yacen desparramadas y semienterradas por el campo. El mecanismo de la herrería es rudimentario pero preciso y lógico: unas aspas se impulsan por el agua, girando alrededor de un eje de levas que se sustenta en una gran viga de nogal, con dientes en un extremo; esta actúa de palanca para el martillo pilón, el cual, a su vez, golpea sobre el yunque donde se trabaja el material. Con todo esto, el caudal de las aguas son canalizadas para regular la velocidad de golpeo deseada y para que, con fuerza, provoque una corriente de aire que avive el fuego de la fragua.



Llueve afuera y el cielo torna, aún más grises, a las piedras. El destino hace que descubriéramos una carretera recién asfaltada, ajena al trayecto turístico, bajamos para volver a subir, esquivamos los acebos y el viento saluda nuestro tránsito; allí está, al final del camino, no queda nada más, Carracedo de Compludo, un pueblo donde viven menos de 10 habitantes y estuvo deshabitado algunas décadas atrás. Comprendí entonces nuestra fascinación por el lugar, como aquellos indianos que emigraron hacia América cuyos bisnietos regresan al principio de sus orígenes, así me sentí yo. El pueblo no tiene plaza pero tiene el árbol de morera con los frutos más exquisitos que haya probado jamás; la iglesia, cerrada ahora, estuvo sometida al expolio y al bandidaje continuo; desde allí, el campanario ofrece, sin lugar a dudas, la mejor vista en el tiempo detenido, rasgado sobre el movimiento de las copas de los árboles, plasmado en el brillo de los tejados que emergen en la soledad como setas cobijadas entre raíces y hojarasca; que gusto da escuchar el mundo, pienso mientras observo, con asombro, una bicicleta antigua de muchos colores, a quien la herrumbre ha empezado a devorar su cuerpo…¡qué lugar! ni siquiera puedes pasear por sus calles porque no hay calles, solo trazos convertidos en viviendas que lloran frente a los muros derruidos de las casas vecinas y donde la madera se oscurece, atreviéndose a luchar contra las inclemencias temporales. Solo en estos lugares te das cuenta de las nimiedades de la vida, hay que llegar a ellos para darse cuenta de ciertas cosas, quizá eso sea el verdadero sentido del peregrinaje; a lo mejor realizas un viaje de miles de kilómetros y no encuentras nada, pero te sumerges en la espesura de estos valles y das con la solución; como si el paraíso, la búsqueda del ser, el verdadero correo donde se afanan los sentimientos, estuviera al lado, y solo en estos lugares eres capaz de verlo, ajustar tus pupilas para que el cristal sea traslúcido y se explaye, sobre ti, la armonía de tu alma, que andaba extraviada.





Por la tarde, camino de El Ganso, con Alberto, guía, Patricia y Alberto hijo, torcemos por un sendero que conduce a un parque eólico, allí la altitud ofrece un paisaje portentoso; el sol cae lentamente sobre los montes, acicalando el horizonte, mientras contemplamos el lento oscurecer del monte Teleno, a la izquierda, donde los romanos erigieron altar al dios “Tilenus”, cumbre de 2.180 metros que germinó del rayo divino; el Puerto del Manzanal, a la derecha, se abre ante nosotros en un juego de luces, con los coches, diminutas hormigas, por la carretera Madrid-A Coruña, recorriendo el valle del Bierzo y el imponente sistema montañoso que separa, como un hermano celoso, la adusta meseta de Galicia.
A pesar de que tenemos una ruta pendiente, insistimos en observar la majestuosidad que se abre a nuestro alrededor, a la vez que el mecanismo rutinario de los molinos de viento rompe el equilibrio de sombras que se han cernido sobre el vasto territorio desde el origen más remoto.


Bajamos por un camino apretado de alisos hasta el “charco de las hoyas” (imposible no compararlo con nuestro “chaco la olla”), hasta abordar un reguero de álamos en la vereda de un riachuelo que nos conduce hasta los restos de la iglesia de Poibueno, otro de los pueblos abandonados cuyo centro religioso y los muros desplomados de sus casas son el epítome de una existencia, no tan lejana. De la antigua parroquia apenas quedan los restos del coro provisto de una puerta con arco de medio punto vislumbrando el pardo de las pizarras entre el follaje. Allí, en una escena de cuento de hadas, quedamos sorprendidos cuando un hombre de barba y pelo largo, vestido con ropas parecidas a las de un indio americano, continúa el sendero, callado, con aperos de labranza sobre su hombro. Decidimos seguirle por la senda salpicada de escobas verificando nuestras sospechas, en parte culpa de Alberto que ya nos había advertido lo que nos encontraríamos; antes de llegar a Matavenero, arboles pintados con colores vivos y tipis en sus copas delatan la renovación de este pueblo, convertido en “ecoaldea” o, como lo llaman en los lugares vecinos: “hogar de hippies”.

Matavenero, o Mataveneiro, fue localidad dependiente del municipio de Torre del Bierzo y a finales de los años 60 quedó deshabitado, hundiéndose su recuerdo en la profundidad de estos valles bercianos, hasta que, en 1989, un grupo de personas crearon en él una junta vecinal, conformando la nueva población bajo la estructura de aldea ecológica. El origen de sus ideas y su forma de vida viene determinada por el movimiento Rainbow: contracultural, libertario y pacifista; cuyos discípulos son los, conocidos y, muchas veces incomprendidos, hippies.
De una forma pausada, mezclando pensamientos suspendidos en la bóveda de madera del único bar, nos explicaba Kjetil, un noruego que fue uno de los fundadores neo-pobladores del nuevo Matavenero, los problemas y la ilusión con la que comenzaron.
Recurriendo a métodos primitivos, el agua potable es suministrada por arroyos de montaña y la luz a través de paneles solares.
Pasado el tiempo, la población creció, se crearon negocios artesanales y agrícolas cuyos productos se comercian en ferias y mercados de poblaciones colindantes, principalmente Ponferrada y Astorga.
El pueblo dispone de panadería, bar, restaurante, escuela (que llaman “escuela libre”) donde hay más de 30 niños; una tienda, un centro común destinado a reuniones y asambleas; yurta de artesanía; hasta un Dome, que se alza como una cúpula multicolor despuntado en la distancia, donde se  llevan a cabo encuentros y actividades de lo más variopintas.
Creamos o no lo que nos cuenta Kjetil y veamos, un poco dolidos para no engañarnos, la nueva confección y estructura de vida de este lugar; lo cierto es que (la historia no deja de sorprendernos), estas personas tienen atada allí su propia trenza de entender el día a día, auspiciado por la entrega total a la madre tierra y a las fuerzas, de distinto orden, que ejercen su círculo de fuego sobre todos nosotros al experimentar este tipo de convivencia, en un valle perdido al que se accede por una, casi intransitable, vereda o por una pista sin asfaltar, recientemente acondicionada para acceder a los molinos de un parque eólico, cuyas aspas remueven los nuevos tiempos, agitando las pinturas pregoneras de pensamientos distintos y verdaderos, que cicatrizan sus heridas con melisa, ortiga, caléndula y tomillo.



Ramiro cierra puntualmente a las doce de la noche, comprometidos con él para una nueva visita después de cenar, el paladar nos supo a gloria con los chichos y unas deliciosas hamburguesas doradas al fuego alimentado con leña de manzano. Apenas dejamos hueco para la cecina, <<complemento que nos causará deleite cuando la almorcemos mañana, camino de Ponferrada>>, decía yo; <<¿mañana?, de eso nada, mañana comemos “botillo” y pasamos el día en El Ganso, para que descanséis de la “paliza” de hoy y continuéis a gusto al día siguiente>> zanjaron Alberto y Patricia sin otorgar la posibilidad de negociar su decisión por nuestra parte.

El café nocturno en el “Cowboy” bajo el silencio corrompido por el transformador antiguo del bar y las “lecciones morales” de Ramiro otorga un sabor enigmático a la velada, cargada de historias y risas, boicoteada, de vez en cuando, por las voces de nuestro anfitrión, quien se remonta, como suele hacerse en estas tertulias, los años atrás, cuando sus primeros ligues pueblerinos en “el fontanal” o su diversión nocturna cazando jabalíes entre los pinares cercanos, o su sempiterna misoginia aderezada de lujuria, << ¿¡unas copas?!>>, <<pues no sé, vamos a acostarnos pronto y…>>, <<¡¡no, unas copas!!, ¡así te emborracho y me quedo con la vespa, jajajaja!>>.



El pueblo está dormido pese a ser un poco más tarde de las doce de la noche, una línea de farolas esparcidas arrebatan a la oscuridad su razón, con dos brazos que le otorgan un aspecto de cruz latina iluminada. La vuelta al término municipal no nos da para más de 10 minutos, andando muy despacio y atendiendo al pequeño Alberto corretear y subirse a los escalones del crucero de madera en lo que, podríamos llamar, la plaza; o quedarse sorprendido del tablero granítico donde fecundan los huecos del famoso juego de los “bolos maragatos” al pie de la antigua escuela, edificio del que se cree que estuvo el antiguo hospital de peregrinos, allá por el siglo XIII, hoy es un recinto que suspira vacío a través de la claridad que entra por sus cristales.
Gracias a este hospital, El Ganso ha sabido sobresalir a pesar de su, siempre, escasa población, de la condena al olvido que sufren muchas zonas rurales; referencias históricas desatan las crónicas hacia este hospital en varios documentos que citan entre sus líneas el territorio de Cassum, próximo al pueblo, donde se han encontrado vestigios de época romana entre sus cimientos rectangulares y donde ya se palpaba las luchas internas de los pueblos de alrededor por delimitar el territorio de cada uno.
Pero al preguntar, al día siguiente, a los gansinos/as, nadie nos sabe hablar de los orígenes de su pueblo; nadie lo explica muy bien aunque, de lo que dicen unos y otros, enlazo mi propia conclusión. Lo cierto es que la cultura popular habla de que “allí se guardaban los patos de la Sra. Marquesa”; al preguntar que marquesa, de nuevo, incógnita. Para colmo, Ramiro lo acaba de rematar <<¡¡Pero es que tú no sabes que esto es el Camino de Santiago!!, ¡esto es como el juego de la oca, con sus casillas de trampa, sus atajos y sus casillas de oca!, ¡¡por eso se llama así este pueblo!! ¡Aquí se está a salvo de los peligros del camino!, bueno, depende, porque el otro día le dije a una peregrina que se viniera a mi casa y si hubiera dicho que sí hubiera sido una trampa ¡¡mortal!! Jajaja>>.
Ahora que lo dice, si es posible que el camino pueda asemejarse con un gran juego de la oca, con sus visitas obligadas, posadas, puentes, sus lugares encantadores, las casillas trampa y demás infortunios que aparecen en el peregrinaje. Pero, esta similitud nos descuadra un poco de los orígenes de El Ganso, menos mal que, al visitar la iglesia, la mujer que tiene las llaves (se nos olvida preguntarle el nombre) desempolva un recorte periodístico y arroja algo de luz a la esperpéntica afirmación de Ramiro.
Detenidos en el tiempo, la bóveda eclesial evidencia la compostura de iglesias maragatas con su peculiar espadaña, campanario pétreo incrustado a los pies del coro donde nos llama la atención el acristalamiento de una cruz templaria y un esquilón gracioso, confeccionado con una hilera de campanitas haciendo un circulo.
El escrito redacta la doración por parte de Juan Antonio de Arrojo del retablo mayor y los colaterales del Ángel de la Guarda y San Benito; y la construcción del portal, a la salida poniente del pueblo. También nos habla, del vasallaje de este territorio a los Marqueses de Astorga y la dependencia del lugar al señorío de Turienzo de los caballeros, evidenciando el poblamiento, dedicado a la ganadería y labranza, antes de entrar en los bosques y acceder a las montañas del Bierzo.




Este parece ser el origen de El Ganso, un pueblo originado por las familias que se asentaron para civilizar el camino hacia Santiago de Compostela, cuyos peregrinos encontraban cobijo en un antiguo hospital, que luego fue escuela; y donde los Marqueses de Astorga tuvieron tierras, ganados y no sabemos si ocas, que dieron lugar a la leyenda de los patos de la marquesa, cruzando la antigua carretera por la que, al día siguiente, esta vez sí, continuamos viaje mientras el sol de agosto bate sus rayos sobre los montes y valles, donde los hippies viven, un poco, al margen del mundo; y las aspas de los molinos cercanos escarban en el bosque surcado por jabalíes y corzos que beben del riachuelo, la misma corriente que sirve de combustible principal para que una herrería medieval siga vigente en el silencio de las calles, enhebradas de vegetación, de Carracedo de Compludo, donde es posible encontrar la estabilidad que conduce la razón del ser; la misma que encontró Javi en su taberna de Foncebadón, cuyas campanas, eternamente inmóviles, repican la victoria para todos aquellos que buscamos algo verdadero en el andar de la vida.



Jesús Bermejo Bermejo El Ganso (León) Agosto de 2011.


Glosario:
·        Tipis: es una tienda cónica, originalmente hecha de pieles de animales como el bisonte y popularizada por los pueblos indígenas de los Estados Unidos de las Grandes Llanuras, pero también han sido construidos y habitados en otras partes geográficas.
·        Yurta: es una tienda de campaña utilizada por los nómadas en las estepas de Asia Central. Distintos pueblos han usado este tipo de vivienda desde la Edad Media. En la antigüedad, la yurta era modular y desmontable, pues estaba formada por varias partes y realizada con diversos materiales. Las actuales conservan la forma, pero los materiales utilizados en su construcción se han cambiado por otros más evolucionados y mejorados tecnológicamente.
·        Dome: Estructura de forma cóncava o de cúpula de gran tamaño.