miércoles, 30 de abril de 2014

EL SUEÑO DEL ÁRABE


Para Pedro y Reme,
que empezamos este relato
una noche de sábado,
“con mucho sueño”.

 

A veces, solo a veces, este hobby raro, ofusco y lunático de buscar e indagar en la intrahistoria, en este caso de La Cumbre y sus alrededores, te ofrece un oasis en ese desierto de papeles y manuscritos antiguos, acodados a su vez en libros novelados y ensayos que escupen, en medio de una marisma de tomos inmensos, algunas palabras con las cuales sonríes y enlazas historias o se convierten en  aquellas piezas que faltaban a tu “puzle” particular; empeñado como estas en buscar agua en el planeta Marte, aunque eso te cueste bastante tiempo, dedicación y trabajo.
Pero, como digo, a veces te encuentras con alguna historia excepcional que merece ser contada o, al menos, matizada, ampliada, adaptada a ti mismo, a tu interés y fascinación, como recompensa de tan buen gusto, dejado en tu paladar, por encontrártela.
Extremadura es una tierra donde, historia y leyenda van de la mano; los siglos tapizan las calzadas de las vidas de sus gentes desde sus principios. En 1232 Trujillo y su territorio pasó nueva y, esta vez, definitivamente a manos cristianas por Fernando III “el santo”; y digo nueva porque ya hubo un primer intento por Alfonso VIII en 1186, retornando otra vez a los árabes años después.
Este hecho hizo que la conquista de 1232 no fuera considerada “definitiva” por muchos musulmanes, confiados en volver a ocupar la plaza en cuanto se rearmasen, como otras veces. Por eso se dice que, en lugar de huir con sus más preciadas pertenencias, enterraron sus riquezas en lugares estratégicos, creyendo que regresarían tiempo después a sus antiguos hogares en cuanto la media luna volviera a vislumbrar en lo alto de la “Torre Julia”.
 
No fue así, la Torgiela islámica pasó a ser el Trujillo cristiano y muchos de los árabes huidos no retornaron, quedándose sus tesoros en aquellos lugares donde los habían guardado cautelosamente; puntos escondidos a donde se accede por medio de acertijos, cobijados entre antiguos asentamientos romanos y célticos para verificar la exactitud a la hora de indagar en ellos.
Desde entonces y hasta ahora, muchos son los que han buscado todas esas riquezas, basadas en las múltiples leyendas que circulan entorno a los mágicos tesoros repartidos por los campos, montes y ríos. Lo fascinante es que aquellos moros extremeños que se fueron después de la reconquista se establecieron en el norte de Marruecos y, como una planta frágil y exquisita, regaron estas leyendas, traspasándolas a sus descendientes, de generación en generación, hasta llegar a nuestro protagonista, un árabe del tabor de regulares que combatió en la Guerra Civil Española y que, tras culminar la contienda, se paseó por nuestros campos en busca de la hacienda de sus antepasados. Se llamaba Tariq Ben Jomse Messari y esta es su historia:
En el valle del Ourika, perteneciente a la tribu o cabila de los Mazuza, la vida era “delgada” en 1936, el hambre arrasaba los montes y adormecía a las cabras, capaces de alcanzar hasta el último arbusto, por muy inaccesible que fuese. Tariq podría resumir su adolescencia en dos recuerdos: la continua ausencia de comida en su estómago y los innumerables cuentos y leyendas con los que le alimentaba su abuelo, El Aiche Ibn Al Mawl, que era al hakawati, o lo que es lo mismo, contador de historias. Su abuelo era muy importante en la cabila*, tenía el don de contar leyendas tan emocionantes que podía dejar boquiabiertos y expectantes a sus oyentes durante meses hasta que la acababa; siempre con su oúd**, fue él quien le contó el relato del tesoro del jeque árabe Mohamed ibn Ziyad, que tuvo que esconderlo en lo que ahora llaman la Extremadura, pero que antes fue Lusitania y después parte del Al-Ándalus, al oeste de España, en la zona de la antigua Torgiela, sobre encinares, oteros y regatos, detallando nombres de varías épocas y civilizaciones, rincones y recovecos estratégicos, tejidos todos de acertijos y señales que había que seguir como si de un mapa poético se tratara.
Con la mirada expectante, el joven Tariq viajaba con la mente, imaginando escenas entretejidas en las narraciones de su abuelo, soñando que iría a aquellos lugares remotos a recuperar la fortuna de los que le precedieron; ensimismando sus sueños en las noches encallecidas de pellizcos a deseos, almacenando en su memoria todos los detalles con los que el viejo al hakawati adornaba la temperatura de la choza donde vivían, auspiciado todo bajo el rumor de las cabras, dormitando el misterio arraigado en tierras extrañas y lejanas que, sin embargo, con el paso del tiempo, a fuerza de repetir la misma historia, les eran del todo familiares; como si el sol extremeño del estío, ese que abre los picos de las aves en las siestas; o el secreto de la niebla invernal entre las encinas, aquella que empuja a los venados a berrear, fueran postales que, de algún modo, les pertenecieran. Y todos esos sentimientos eran un eco cuyo estruendo se apropiaba de su alma. Aunque nunca hubiera pasado el estrecho de Gibraltar, el joven árabe conocía esos paisajes como la palma de su mano, soñándolos muchas noches, en medio del silencio del desierto, o guiando el rebaño en las inmediaciones del río Ourika.
Cuando estalló la Guerra Civil Española, se alistó al grupo primero de Regulares de Tetuán como tantos vecinos y amigos de la cabila que, al igual que él, pasaban necesidad; eran una generación de muchachos cuyos padres no veían con malos ojos que sus hijos se incorporaran al ejército español, pues no pagaban mal y podrían quitarse de bocas que alimentar.
Tras seis meses de instrucción en Tetuán viajó a Cádiz; en suelo peninsular pareció descifrar el sueño de su vida, se imaginaba volviendo a su hogar con los tesoros del jeque árabe; en la playa de cortadura se juró a si mismo que conseguiría su propósito.
Pero, en medio de ese objetivo había una guerra, estuvo en el frente de Andalucía, Cataluña y en Madrid, en el valle del Jarama; pasó frío, calor y mucho miedo, soportó horas con el agua al cuello cuando la lluvia llenaba las trincheras y le hirieron en Brunete, una granada le alcanzó una mano y la espalda; entonces le dieron dos meses de permiso. En lugar de descansar en su hogar marroquí, se subió al primer camión y, herido, se presentó en Aldeacentenera.
 
Había que imaginarse la escena: en un pueblo extremeño asolado por la soledad e infortunios de la guerra, con el atraso socio-económico que había y las múltiples crónicas negras e infames que circulaban entorno a los “moros de Franco”, tuvo que ser impactante cuando Tariq se presentó de uniforme y herido buscando a alguien que le guiara al Castillejo, la Villeta de Azuquén, La Coraja, la Burra, El Pardal, Rodacis, las cabrerizas, Lucretius, Casillas… y otros antiguos asentamientos que sus habitantes solo conocían de oídas, como algo lejano que se explayaba en el horizonte, observado siempre en la distancia.
Nadie le supo o le quiso dar respuesta, la desconfianza debía de ser brutal, en todos los sentidos, puertas cerradas, miradas opuestas, mutismo o ignorancia; la hospitalidad se derrumbaba en la brusca intemperie. Pero Tariq había llegado hasta allí y no iba a darse por vencido, durante unos días se dedicó a vagabundear por los campos, buscando alguna señal de las que le hablaba su abuelo.
Fue entonces cuando Conrado, un agricultor de la zona, que por entonces la guerra le había quitado el oficio y el beneficio, se acercó a él una tarde y le preguntó <<amo a vé, ¿qué está haciendo usté aquí?>>. Entonces el joven soldado árabe le explicó su obsesión por encontrar los preciados tesoros; al oír eso, un poco reticente, el campesino se mostró de acuerdo en llevarle a los lugares que decía, eso sí, a cambio de una parte en el caso que encontraran algo.
Este extraño Don Quijote musulmán empezó a llenar la cabeza de leyendas, señales y pistas a su particular Sancho Panza, hablándole de un becerro de oro, con diamantes por ojos, escondido en las cercanías de Jaraicejo <<Cuando las aguas del Almonte se desbordan, el becerro bebe directamente de ellas>> y en ese empeño agotaron los dos meses de permiso. Acordaron que terminada la guerra volverían a encontrarse y seguirían.
Al finalizar el conflicto, Tariq se presentó en Aldeacentera, de nuevo, en busca de Conrado, a lomos de un caballo de pura raza española y con la Medalla al Sufrimiento por la Patria; distintivo que tuvo que vender para conseguir fondos con los cuales iniciar las excavaciones donde él creía que podían estar las riquezas; el reticente aldeano se convirtió en un perseguidor más de su sueño. Buscaron, además, en Logrosan, Aldea del Obispo, Torrecillas de la Tiesa, Berzocana, ect; preguntaron por la cueva de Los Morales, los Cabritos, el Cancho de la Sábana, el Risquillo de Paulino, la Cabeza del Moro, la Peña Gorda… por todos esos lugares pasaron y buscaron, siempre sin éxito. En cuanto llegaban a un pueblo y le hablaban de la “fuente de la mora”, “la piedra del moro” o el “regato del morisco”, enfilaban las orejas cual astutos podencos y se ponían manos a la obra. Tariq no perdía la esperanza buscando el dolmen en lo alto del cerro, la serpiente que guía, el sol de la tarde que agujerea con sus rayos la roca y enseña el camino, el gato cuya cola se menea en la dirección del tesoro, nada.
 
Me cuesta imaginar aquel momento en el que Conrado y Tariq se presentaron en la plaza de La Cumbre preguntando por el poblado de las Cabrerizas, el puente de las Maleznas y las fincas de Roa y Casillas; confieso que es difícil describir la escena, ¿de dónde vendrá el moro con este preguntando por esos sitios?, se cuestionarían los cumbreños de entonces.
Próximo al poblado de la cabrerizas, el soldado árabe, empachado de entusiasmo o, simplemente, por pura ignorancia, le pareció apreciar algunos dólmenes donde solo se alzaban grandes promontorios graníticos, convencido como estaba de que esas construcciones prehistóricas guardaban riquezas, excavaron en el mismo poblado y vieron por las lomas saltar un zorro, que se los quedó mirando, a su vez sorprendido también por la presencia de los dos aspirantes a arqueólogos.
<<¿Lo has visto Conrado? Si el zorro se aparece en el mismo sitio tres tardes seguidas significa que el tesoro está ahí>> pero el raposo no volvió a aparecer, ni ninguna figura antropomorfa, tan solo las señales que el azar deja a la naturaleza, tan solo los yermos campos cumbreños que la guerra había dejado sin cultivo ni ganado.
Aún sin saberlo, se convirtieron en los primeros en realizar excavaciones con finalidades arqueológicas, encontraron tumbas, utensilios, vasijas y algunas monedas que sirvieron para prolongar aún más el sueño de lograr lo que tantas veces había sido escuchado. Intentando hallar pozos, árboles singulares, fuentes milenarias donde merodearan espectros, grandes culebras y demás guardianes de riquezas; los continuos fracasos iban mermando su afán, esa perseverancia inicial tan fuerte se convertía, inevitablemente, en una esperanza quebrada, agujereada como el estado en que dejaban los lugares donde ahondaban sus delirios, desprovista, cada vez más, del fuego fulguroso del preciado oro.
 
El árabe y el aldeano acabaron su aventura, otra vez, en el río Almonte, persiguiendo a una gallina encantada que iba picando, según Tariq, lugares mágicos donde se escondían los ansiados trofeos dorados. Aquella fue la gota que colmó el vaso para Conrado, muy cansado de buscar sin éxito, le dijo al soldado que no podía continuar, la guerra había acabado y había que empezar a vivir, su familia le necesitaba. Los dos buscatesoros se despidieron con un efusivo abrazo, deseándole lo mejor, Tariq le regaló al campesino su caballo pura raza española.
Es curioso el desenlace de los dos protagonistas: Conrado y su familia, por motivos de trabajo, se fueron de Aldeacentenera para establecerse en un pueblo cercano, en concreto a faenar de cabrero en una finca enorme; allí, desde entonces, y sin tener apariencia física similar, se les ha conocido con el mote de “los moros”, apodo que siguen llevando sus bisnietos, probablemente sin que sepan de donde viene.
Por su parte a aquel joven soldado del tabor de regulares de Tetuán se le pierde la pista excavando por Logrosan, en la conocida “fuente del moro”, donde los musulmanes tenían el Torreón de San Cristóbal, abandonado como tantos sitios, tras la reconquista y donde, según cuentan, hay escondidas, en sus entrañas, toneladas de monedas de oro y plata.
No sabemos más de aquel soñador de tesoros, es posible que volviera al valle de Ourika, en el norte de Marruecos, y se haya convertido en un buen al hakawati como su abuelo, contando historias y cuentos a los turistas que van al mercado de Aghbalou o a ver las cascadas del río, arriba en el monte; mientras suena música Amazigh*** de fondo y sobre el suelo se extienden platos con shuá, tanjines o thamrikt****. Es posible que, en la noche tranquila africana, cuando el viento se aproxima como un quejido de ahogados galeotes, Tariq duerma soñando con aquellos paisajes extremeños, adulados por sus leyendas sobre vellocinos de oro que beben de ríos desbordantes, grandes cantidades de metal dorado sepultados en los intestinos de castillos y cuevas, monedas desoídas en podridas bolsas de cuero de antiguos castros vetones que solo los zorros conocen, coronas destronadas en el fondo de las fuentes y pozos custodiados de espectros guardianes, tesoros y riquezas que aguardan, dormitando, el sueño de aquellos que buscan despertarlos del polvo donde están rendidos.

 

Jesús Bermejo Bermejo            Madrid 2014

 

Glosario:

*Cabila: Cabila es un término utilizado para designar tanto a las tribus de árabes y bereberes del norte de África como al territorio donde se asientan.

**Oud: es un instrumento fabricado en madera de caja de resonancia redondeada con forma de pera, un mástil más corto y carece de trastes.

*** Amazigh: es la música tradicional del Rif.

**** Gastronomía típica marroquí: Shuá (plato con carne de cordero), Los Tajines (especie de chile con carne), Thamrikt (puré de habas con aceite de oliva)

 

Bibliografía:

  • Mitos, creencias y leyendas de Extremadura . Israel J. Espino 

2 comentarios:

  1. Maravillosa historia jesus no se como lo haces, pero ya estoy pendiente de la siguiente, enhorabuena por el trabajo que realizas, saludos.

    ResponderEliminar
  2. Jesús... eres un artista.cada día nos sorprendes más, este arete lo conservare siempre...bueno y todos los aretes.gracias.

    ResponderEliminar