jueves, 21 de febrero de 2013

RECORRIENDO EL RÍO GIBRANZOS (I)


EL ASCENSO

Para Marta y Jonathan,
a la amistad que se explaya
como el Gribranzos.

Altanero, camaleónico y tímido, el río Gribranzos disemina nuestra comarca como un vecino ermitaño huyendo de la civilización. La vida, la historia y la memoria de los pueblos simplemente no sería la misma sin su cuerpo diseccionado por toda la ortografía trujillano-cacereña. En La Cumbre ha formado parte de todo cuanto somos hoy en día, allí vamos (algunos afortunados todos los días), donde las abuelas empleaban el día para la lavar la ropa, donde los padres se bañaban en el calor asfixiante del verano, donde los molinos eran encrucijadas de idas y venidas, con las bestias, a moler el trigo; donde mojamos los primeros calcetines y jugábamos a que éramos indios o vaqueros, a lomos de una burra, con un bote lleno de ranas; donde pasamos las tardes más maravillosas de nuestras vidas y, quizás, tuvimos el primer contacto con los/as chicos/as; donde fue el punto de partida de la amistad de algunos de nuestros más queridos/as amigos/as; donde volvemos para encontrar pensamientos perdidos, trayectos andados, ilusiones futuras que, antes de nada, depositamos en sus pizarras.
Ese es el río Gibranzos, uno de los pilares acuíferos de nuestra zona, cargado de historia, mecido de anécdotas, cohabitante de nuestra memoria; que vive junto a los pueblos, sin meterse en ellos, la singladura de los años, la evolución de la vida, los cambios lentos que vaticina el mañana.


Pero ¿cómo es el río entero?, ¿cuántas caras tiene?, ¿cómo es aprovechado por los pueblos vecinos?, ¿dónde nace y donde muere?, ¿qué otros rincones y efemérides esconde?, ¿cómo es el Gibranzos hoy?, ¿qué aspectos nos ofrece nuestro particular sendero acuífero?... decididos a encontrar todas las respuestas emprendimos el recorrido desde “La Puente” hasta su nacimiento, allá en la Sierra de Robledillo.
                                  
Justo aquí, el río es caprichoso en sus formas, empiezan los primeros meandros, resbaladizos entre los riscos pizarrosos que vomitan, a través de sus valles, el agua acicalada en sus cumbres; las rocas hacen pequeñas oquedades salpicadas de flores en la primavera, el croar de las ranas se aloja en la monotonía del tiempo mientras, a unos metros, el ganado pasta ausente en un guiar de campanillos.
Llegamos a lo que conocemos como “La Puente Nueva”, puente sencillo, herrumbroso, que une el camino de tierra desde La Cumbre a Plasenzuela; tiene dos ojos de hormigón y los graffitis decoran su interior. El puente es relativamente nuevo ya que, inicialmente hubo otro en el mismo lugar de un solo ojo que fue barrido literalmente por una subida salvaje del río en el año 1978; entonces se reconstruyó este nuevo con dos grandes arcos para dividir a la corriente, todo ello sustentado en un gran pilar central.
Los charcos donde jugábamos de niños se reconocen detalladamente mientras los restos de “molinique” enjuagan sus poros entre las zarzas que lo domina, existiendo, no obstante, una mezcla de orgullo y empecinamiento por seguir en pie, a través de sus tapiadas rosneras que recuerdan un tramo heroico de la historia. Más arriba, encogida entre escobas y encinas, se halla una cruz blanca, en recuerdo a un aviador caído, en 1964.
Llama la atención, más adelante, unos pilares simétricos, expuestos a lo largo del río, como si hubiese existido un puente del que los años pasados nos ha querido privar; se me ocurren muchas hipótesis, pero no sabría dar con la acertada, es uno de los misterios que nos deja el Gibranzos, quien, abandona las formas curvilíneas y se centra, abrazado a las encinas, más recto, más ancho, embestido de rocas de granito, confabulando con el paisaje las múltiples formas de tornar abrupto su sendero.
Así, entre esta alianza sempiterna, llegamos a la desconocida “Puente Mocha”, donde hicimos un pequeño alto en el camino, sentados en una enormes pasarelas, gastadas por el transito de hombres, ganado y tiempo. Conforma la Puente Mocha unos pilares construidos a finales del siglo XVIII, abocados al triste veredicto de la disconformidad de las autoridades de la época por no haber podido, o no haber querido, ejecutar las medidas oportunas, el riesgo que se requería para efectuar la puesta en marcha de la revolución industrial que se desataba en otras partes de España y el resto de Europa; resulta un tanto risueño pensar los cambios que nos hubiera traído la completa construcción de este puente, que nunca llego a serlo.

El paisaje se allana y el caudal se vuelve más regular a medida que avanzamos; alrededor de kilómetro y medio es identificable la tierra de labor, detenida en la eternidad, desposeída de su reinado como las piedras de los portillos caídas, sin más final que el carecer de utilidad o el de servir de soporte a la malla metálica que las sustituye. En los rincones más frescos, las zarzas han originado enclaves estratégicos donde los conejos tienen sus laberínticos túneles, justo a la vera del agua; han olfateado el aire y levantado sus orejas al sentirnos, esquivando, con su huida, nuestra presencia; el silencio, la armonía natural, el sonido de los galápagos abalanzarse sobre los grandes charcos, el vuelo de la garza, merodeando los rincones más profundos, el frágil zumbido insectívoro entre las escobas, la jactancia que proclama, por momentos, sentir el fulgor de recorrer parte de nosotros mismos, de lo que fueron los que tuvieron nuestra sangre, del devenir de la corriente, de la insinuación hacía los últimos vestigios que sobrevivirán al tiempo alcanzado; todo era un conglomerado de situaciones y pensamientos, entremezclados en los pasos esclarecidos por encontrar lo que buscábamos.

Al pasar por la Ex 381 (la carretera que va de La Cumbre a Ruanes), un gran puente de tres ojos y pretiles* metálicos hace sombra a otro, justo al lado, pequeño y provisto con una hilera de tubos, que sirven como aliviaderos aunque, sospecho, que en épocas de crecidas, quede sepultado por las turbulentas aguas invernales. Resulta curioso el cambio de perspectiva, pues cuando se pasa por la carretera, el camino presenta la forma clásica de construcción de los años 50-60, es decir, curva-puente-curva, por lo que apenas reparamos en la forma y diseño del paraje. Un poco más adelante existe una gran base pétrea, construida en mampostería, que emerge en medio del caudal como por arte de magia, quizá pensada como pasarela o como sedimento de una antigua noria.

La pizarra vuelve a hacerse eco y se hermana con el granito durante el próximo kilómetro, las hondonadas barrancosas se apoderan del sendero y la naturaleza se vuelve más salvaje. De entre la espesura, un búho real se desprende de un corpulento chaparro, afilando el aire con su aleteo y causando nuestra impresión; doblando un pequeño meandro nos encontramos con una gran formación granítica donde el zorro tiene su particular paraíso, con madrigueras profundas y de difícil acceso,  agua cerca y terreno escarpado; estamos en las maleznas, los recuerdos infantiles bombean mi memoria al recordar las múltiples excursiones en bicicleta.
Recibiéndonos desde la distancia, el puente de las maleznas, sin lugar a dudas mi preferido, la joya más antigua, un autentico tesoro escondido entre las encinas, destronado de casi todo, hasta de su propio camino; por su, ya desgastada, superficie se evocan envejecidos viajes y transito de ganado trashumante; presenta una fisonomía claramente romana con tres ojos (el del en medio más grande) y tajamar** moldeado por el agua y los años; resulta irónico que este puente, enclavado en el cordel de La Cumbre (y antigua calzada romana que comunicaba Trujillo con Mérida), por el que no solo pasaron viajeros y ganados; sino personalidades de la talla del emperador Julio César, camino de “Turris Julia”*** y otros de la época, se revuelque entre el pasto que lo cubre y las raíces que fracturan su envergadura, mientras la pared del campo de al lado ha engordado deliberadamente hasta tapar medio camino y ocultar la parte del sendero, copartícipe de nuestra historia.

Casi sin pretenderlo, un poco más adelante, nos encontramos a un Gibranzos adolescente, se descuelga de los árboles y se explaya sobre la estepa; la encina cede el paso a las escobas y éstas a los juncos, mecidos al sol, entre las pizarras, menos afiladas; el croar de las ranas conecta el ritmo de nuestros pasos, a través de veredas ovejeras, de cuyos rebaños, grandes mastines ladran, ofuscados, el peregrinaje extraño de nuestro trayecto mientras divisamos, como oasis de la naturaleza, palacetes y caserones, ya en el término de Santa Ana.

Nuestro río no se adentra en ninguno de sus tres pueblos, los moldea, los embiste con su fisonomía, los otorga de recursos y dicta las normas de su paisaje; conduce su reguero a través de sus campos, sin importarle fronteras ni alambradas de ninguna clase; poco ignora, en este tramo, a punto de dejar de ser un señorito de la cárcava para convertirse en un manso regato, que el pueblo que lo custodia (Santa Ana) tuvo por nombre, en la Edad Media, el de “Aldea del Pastor”, cambiándolo por el actual cuando fue vendido, junto con Ruanes, a Juan de Cháves y Sotomayor, en el siglo XVII. El testimonio de antiguas civilizaciones se pregona en sus restos arqueológicos, por todo el territorio; destaca una antigua casa solariega que debió pertenecer a una rama de los Pizarro, con escudo laureando la fachada. Es Santa Ana un pueblo pequeño y acogedor, de rincones entrañables, calles con portales típicos y construcciones antiguas que miran pasar el tiempo, orgullosa, como la corriente sobre el sol, en esta mañana otoñal.
Pero, como el mismo río, oímos el tañer de las campanas de su iglesia o del ayuntamiento como una llamada obstinada de reclamo y, fieles, seguimos el caudal arriba, mientras el deposito de las aguas y las construcciones más altas se dejan ver de entre las lomas.

Atravesando la carretera Santa Ana- Ibahernando, el Gribranzos, riachuelo ya, se convierte en frontera entre las cercas, con alambradas a ambos lados durante un buen trecho. Durante todo el circuito, antiguas pasarelas siguen impregnando toda su envergadura, como pulseras pétreas por la gran manga que, ya a estas alturas, se estrecha y empieza a zigzaguear, de nuevo, entre encinares, más robustos, campeándola y ensombreciendo la nitidez de sus aguas.
En medio de una gran vacada, tropezamos con una oquedad curiosa, donde el dueño guarda ahora el saco de las “pastillas” ganaderas, pero que, hasta hace poco, tuvo las funciones de buzón de correos, almacén de agua, pan y otros alimentos.

Y así, entre la arena blanca que abarranca y hunde al riachuelo entre las oquedades de los portillos, alcanzamos la dehesa de Santa Ana; sin duda, un lugar espectacular, de encinas centenarias, que guarda, cariñosamente, un antiguo molino, reconstruido en la manera de lo posible y un puente menudo y coqueto que engalana el lugar, construido, seguramente, por piedras extraídas del molino, a juzgar por una de ellas, cincelada para soportar los goznes de las compuertas de las rosneras y relegada, actualmente, a actuar de pilar central.



                                      
Más adelante, el río se vuelve enigmático entre el boscaje, aparece y desaparece por segundos y metros, la progresión de su corriente sugiere, de vez en cuando, algún pequeño puente granítico, discordante con las paredes y alambradas que se atraviesan en su recorrido. Los árboles compiten por cubrir el cielo, sus hojas decoran la superficie acuífera, envolviéndola de un color cobrizo, mientras, el devenir de nuestras pisadas, descifran en la arena, la impaciencia por encontrar el nacimiento, el inicio que se gradúa al compás de viejas albercas y antiguos molinos, de los que no queda nada más que el vértice más fuerte de sus piedras. El rastro se cierra más y más, a través de cercas más y más pequeñas, la sierra se agranda y acapara nuestra atención; las zarzas vuelven a ser exuberantes y marcan, como dictadoras tachonadas de espinas, la desviación de nuestros pasos para poder seguir el caudal, en la medida de lo posible, ya que el terreno empieza a ser pantanoso y, a veces, tenemos que seguir el río paralelamente, aumentando la altura.

La corriente se adentra muy cerca de  Robledillo de Trujillo, casi pegando a la piscina; surcamos el borde de este pueblo de innumerables restos arqueológicos celtíberos y romanos, rincones hospitalarios y calles abiertas a la sierra que lo custodia; aquí se asentó una rama “bastarda” de los Escobares (familia noble trujillana en la Edad Media), que tras mermar su hacienda, buscó fortuna en las Américas; y, como curioso antecedente para otro “areté”, Robledillo, en tiempos de Felipe II, se comprometió a donar anualmente al reino un numero determinado de fanegas de trigo; la corona quedó agradecida por ello y le concedió la merced de disponer de una “Real Argolla” por la cual los huidos de la justicia pudieran “asirse” a la argolla, en vez de ser perseguidos y castigados. Y por este hecho, Robledillo no tuvo rollo jurisdiccional o picota pero si real argolla.


Nos adentramos en la Sierra en busca de la fuente, el principio, el acérrimo estupor que causa la consecución de un fin predeterminado. El riachuelo es apenas un hilillo de agua que se cuela con fiereza entre las vetas de la tierra, humedeciendo piedras lunares y querellándose con el musgo que las pavimenta; subimos un poco más y llegamos a una gran roca, custodiada de alcornoques; y allí nos pareció que se acababa el camino, pues, más arriba, no había rastro alguno de canal ni piedras sudorosas del vital elemento.
Desde aquel lugar, observamos el ladeante vaivén del tiempo en el paisaje de los pueblos que guardan el río Gibranzos, las campanas de Robledillo repiquetean, cobijadas en la cúpula de la iglesia que evidencia, tal vez, un pasado árabe; y el sonido se va atenuando a través de las encinas, depositándose entre las milenarias paredes graníticas y pizarrosas, compactándose en el agua estancada de antiguas albercas y molinos, guiándose por puentes y pasarelas que sirven de salvoconducto al rebaño en las crecidas, empantanando de rumores las historias, los recuerdos, las anécdotas, el murmullo,… solo audible en la corriente, cuando todo está en silencio y el tiempo ofrece una tregua.


Jesús Bermejo Bermejo.    La Cumbre 2013.

* Pretiles: Muro pequeño o barandilla que se coloca en puentes y otros lugares altos para evitar las caídas.
** Tajamar: Construcción curva que se añade a los pilares de los puentes para dividir en dos la corriente de los ríos.
*** Turris Julia: Trujillo