lunes, 19 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE "LA JARA"

HISTORIAS DE LA JARA
I
Paseo por el valle de la “Charca Runel” perdido entre la niebla, el viento sopla débilmente por toda la hondonada, removiendo las hojas caídas de los chopos que tapan toda la hierba con su alfombra otoñal. Todo está solitario en su propio silencio y es inevitable el olor de las higueras, cuyas raíces penetran entre las paredes del molino y destruyen el viejo muro de la charca, estallando como cuñas naturales.
Poseído ya por las malas hierbas y en un perpetuo abrazo con las zarzas y el musgo, el molino todavía se deja ver a través de su ventana, donde tiene el nido un búho real, el último habitante de su historia; así, en las noches gélidas de invierno, se escucha desde el interior el canto lúgubre del gran duque, como si de un espíritu se tratase; y todo esto bajo la esencia del agua que embruja al valle, convirtiéndole en un ser vivo y ,al divino elemento, sudor que emana de sus poros.
El pequeño riachuelo, que nace de entre los berrocales hasta dar con el “Gibranzos”, laurea su feudo y, por muchos obstáculos que encuentre, el agua siempre sabe conducirse a través de la tierra, como golpeada, sin dejarse dominar en absoluto, se guía con un instinto casi vivo; puede que sea algo sobrenatural, pero la torrentera choca ferozmente en la roca y yace arrastrándose cuidadosamente por su cauce. ¿Acaso puede tratarse de un gran dios? Puede ser, el agua moldea los riscos y los pone a su merced, enfrentados; belicosos guerreros con lanzas de plata, dejan caer sus corazas ante la reina de la vida: el río, que atraviesa chopos y olmos hasta perderse entre las zarzas, meterse en cuevas de donde no sabemos nada de él, ni siquiera las sierras que lo custodian se pueden explicar tal misterio. ¡Qué cosas de Dios! Cosas que atrás va dejando la vida, que muestra el color verdoso de las plantas, árboles y la maleza que envuelve el paisaje de manera que deja enmarañable todo cuanto le rodea.

Un bosque alrededor del mundo, de ese mundo que quizá, alguno no nos podamos creer que pueda existir todavía, de ese mundo que había estado allí antes que nosotros y que cambió en cuanto le tocamos con la mano.
El arroyo sigue bajando partiendo la sierra, todavía sigue siendo impenetrable la civilización, presenta el cantil una hoja casi prehistórica. Ese verdor, ese aroma, ese color, pero sobre todo, ese ruido que cautiva los tímpanos a los lejos, el chasquido turbulento, encantador, el choque de las gotas al amanecer, la cascadilla enturbiadora… hacen del arroyo lugar enigmático y paradisiaco.
Hoy el valle, olvidado por los hombres, envejece sin más ruidos que los de la propia naturaleza.
Me alejo poco a poco, caminando por una antigua cañada mientras pienso que el búho, seguramente, me estará observando, quizá desde una corpulenta encina, o anclado en los riscos, como el señor que otea sus tierras desde la torre de su castillo.
Dejo el bosque apretado, el último centinela de estos páramos, y abandono al valle, ermitaño del tiempo, paraíso olvidado que, en las noches de luna llena, en las que el viento duerme y reina el silencio en la hondonada, se escuchan silbidos que cruzan los montes y voces que chocan en las pizarras; y hay quien jura haber visto a alguien a la vera del río, y una luz que se escapa del molino, como si todo estuviera embrujado, poseído de un enigma, recordado en su obsolencia.

II
Un día soleado de primavera, unos niños juegan a esconderse alrededor de la “resbalaera”; las encinas y los chaparros crean pequeñas oquedades dilatando el granito que vence al tiempo y al silencio; sus raíces se mezclan con el roquedo de manera que parecen nacidas de la misma piedra. Uno de estos niños salta de una peña a otra, se esconde tras una “escoba” y, agarrando una seca, se desliza por el tobogán natural. Atraviesa una pequeña mancha encinosa donde el humus apenas deja crecer la hierba, y se mete en la cavidad de un gran canchal; arriba, de toda la vida, hay un “cagarrutero” de gineta, la firma de un territorio ultrajado esa mañana por voces infantiles.
Los chavales se han escondido; mientras uno de ellos cuenta, el sol deslumbra la cicatriz lavada de la “resbalaera”, limpia, ausente de musgo, ignorada por los años; al acabar de contar, el niño se desliza, esta vez, con una botella de plástico; pasado un rato se toca la “culera” << ¡mierda!>> exclama cuando se da cuenta del enorme agujero en su pantalón.

III
El Sol transforma el paisaje de “La Jara” en un universo color ocre a la caída de la tarde veraniega. Abuelo y nieto meten las ovejas en el cobertizo donde, previamente, han llenado de alfalfa las comederas; una de las ovejas se queda atrás aturdida:
-         ¡Tráetela pa cá a esa que tiene bichera!- ordena el abuelo.
El animal va dando traspiés hasta que, en el cobertizo, consiguen agarrarla con “el gancho”. << ¡Túmbala!>> vuelve a decir el abuelo; se coge de la pata delantera y trasera de un extremo y, en un golpe maestro, la oveja queda indefensa; << la cabeza que esté siempre en el suelo verás cómo no se levanta>> explica el anciano; con un pequeño palo hurga en la herida producida por la mosca y consigue despojarla de gusanos; luego le echa “polvos de langosto” que tiene en un bote metálico. El animal siente el picor y se revuelve, hombre y muchacho la sujetan con fuerza:
-         La dejaremos aquí para poder curarla mañana; coge el cubo y tráete agua de la charca- concluye el abuelo.

Mientras el nieto va a la charca, el rojo fuego de la tarde cumbreña inunda las oquedades de los portillos donde se siente, en esas horas, “miar” al mochuelo desde los postes de las cercas; el muchacho sabe donde hay una pareja de perdices que  se las oye en una conversación, rompiendo el monótono balido de las ovejas.


IV
Los dos amigos pasean por el monte que les vio crecer, era aquella una necesidad empujada por los años y, más aun, por el paso taimado del tiempo. La perrilla, suelta, furtiva, huronea con su hocico cuantos agujeros y matojos encuentra a su alrededor; de fondo, el silencio estrujado por el viento que pregona el invierno, y a lo lejos,  el zumbido pasajero de los coches circunvalar la carretera que va a Cáceres.
De repente, se encuentran con un cancho teñido de blanco por los excrementos de una rapaz nocturna; están encima de un gran zarzal que sirve de abrigo a las zorras que campean y se asustan por el vocerío de los dos amigos.
En la ajenidad del mundo, los dos muchachos han cumplido 25 años y se sientan a fumar un cigarrillo mientras canta el río y arrebata a la soledad del campo su silencio o, más bien, lo acompaña y colorea el paisaje ante la mirada del viejo molino de “Tío Chirrío”.
Han cumplido 25años, pero lejos de una edad que se despide de la adolescencia, precede la majestuosidad de todo cuanto les rodea.

Jesús Bermejo Bermejo                La Cumbre 2008.

(Pequeñas historias publicadas en el número 2 de la revista “Rodacis”).

Continuaran.

viernes, 9 de diciembre de 2011

LA TORRE DE FLORIPES Y EL PUENTE DE ALCONÉTAR


LA TORRE DE FLORIPES Y EL PUENTE DE ALCONÉTAR.

Amores, batallas, balsamos milagrosos, tesoros escondidos en un enclave sumergido hoy día en las aguas del Tajo


Por la N-630, a la altura de embalse de Alcántara, el viento hace bailar las escobas entre grandes oteros de pizarras desnudas, sin árboles, que se pierden entre los recovecos del Tajo, y cuyas cimas se reflejan por la tarde, con las aguas en calma, como una línea divisoria entre dos mundos.
Antes era la principal carretera que comunicaba Cáceres con Salamanca y el norte de Extremadura; y por ella transitábamos, cada vez que íbamos y veníamos de La Cumbre; primero desde Montehermoso y después Plasencia. Eran viajes interminables en un Ford Orión cargado de maletas, cuyo cenit era, precisamente, ese paisaje mágico. Y, como era habitual encontrarse, en ese sinfín de curvas armadas de líneas continuas, con algún camión o maquinaria agrícola; aprovechaba para mirar por la ventana y contemplar el horizonte bañado por el embalse; el puente romano, entre cuyos ojos se colaban las vacas, y una torre “mágica” que, misteriosamente, emergía de las aguas del mayor río ibérico.
Siempre la veía hasta que la perdía entre las curvas, me gustaba distinguir a los cormoranes jugueteando en sus almenas y a las barcas del “Club Náutico” cortando la corriente, en el absoluto contraste del ruido de los motores por el trasiego de vehículos arriba y la calma casi sepulcral abajo, tan solo interrumpida por los sonidos de la naturaleza.
A fuerza de verla una y otra vez, la “Torre de Floripes” despertó en mí un encanto especial; a veces, el nivel del embalse crecía tanto que la engullía por completo; otras, en verano, las aguas del pantano la enseñaban entera y dejaban entrever las murallas de su castillo. Era nuestro pluviómetro particular; aún me acuerdo cuando, en el calor de las conversaciones de viaje al pueblo, con la música de “Juan Luis Guerra”, “Ana Belén y Víctor Manuel” o “Sabina” en el casete de fondo, nos preguntábamos, antes de verla, <<¿Por donde estará el agua en la torre?>>; porque en aquellos años, La Torre de Floripes era para nosotros simplemente “la torre”, no fue hasta años más tarde cuando conocí su nombre, sus historias y su leyendas.



El Castillo de Rocafrida o Castillo de Floripes es una fortaleza, de estilo gótico, construida sobre los restos de otra romana anterior que, a su vez, aprovechó los cimientos de un castro celta. Durante la Edad Media y hasta la construcción del embalse de Alcántara, se hallaba en una loma, y a sus pies un sólido puente romano de doce ojos comunicaba el abrupto enclave y permitía atravesar el río Tajo, en esa época más bravío. Desde ese punto estratégico se divisaba toda la comarca del antiguo pueblo de Alconétar.
Cuenta la leyenda que en el año 800, Carlos I el grande, Carlomagno, invade la Península Ibérica para frenar el avance sarraceno; y envía  a los Doce Pares de Francia, que, en Extremadura, avanzan para conquistar el puente de Mantible y su Castillo.
El Rey de la fortaleza es Fierabrás, bravío mahometano, propietario de un famoso bálsamo, capaz de sanar todas las heridas (Cervantes lo cita varias veces en El Quijote), que guarda cuidadosamente en los sótanos de la torre.
Fierabrás está enamorado ciegamente de su hermana, la bella Floripes, pero está no le corresponde, pues ya hace tiempo que ha entregado su corazón a uno de los caballeros cristianos que asedian la fortaleza, Guido de Borgoña, quien la corresponde y profesa su amor prohibido.
En uno de los lances entre árabes y cristianos, son éstos derrotados y hechos prisioneros en las mazmorras de la torre; entre ellos, el gallardo Guido de Borgoña. Fierabrás, ciego de celos, ordena a su alcaide Brutamonte, custodiar a los caballeros mientras piensa que hacer para deshacer el profundo amor entre su hermana Floripes y Guido.
Una noche sombría y cargada de niebla, la princesa musulmana, acompañada por un pequeño séquito femenino, baja a las mazmorras.
Brutamonte les da el “Alto” pero baja la guardia al observar que son mujeres, momento el cual, la bella Floripes aprovecha para clavarle un puñal curvo, con mango de oro, en el corazón, dándole muerte; para, acto seguido, liberar a los caballeros encerrados.
Aquella noche, por otra parte, Fierabrás había bajado a los sótanos del castillo para contemplar su bálsamo milagroso cuando se topó con el cadáver de su fiel Brutamonte. Al reconocer la procedencia del cuchillo curvo con mango de oro, el Rey de Alejandría encolerizó y mandó que le trajeran las cabezas de los caballeros huidos. Estos, junto con Floripes, se refugiaron en la torre del homenaje, constituyendo una fuerte defensa para los sarracenos, que no podía avanzar y solo encontraban la muerte entre las estrechas escaleras.
Ante esta situación, Fierabrás resolvió que quedasen sitiados, pues habrían de rendirse si no querían morir de hambre y de inanición.  Pero Floripes conduce a Guido por un pasadizo secreto que comunica con el exterior  y, entre la niebla del río, consigue burlar a los mahometanos, acampados en las faldas del Castillo, y llegar hasta las huestes de Carlomagno.
El ejército del Rey de los Francos, tras conocer la noticia del borgoñés, se apresura para rescatar a sus caballeros y conquistar la fortaleza de Rocafrida.
Se dice que fue una de las más largas batallas de la Reconquista y que, al final, viéndose Fierabrás derrotado y desesperado por su amor no correspondido, destruyó los barriles del famoso bálsamo en el puente romano, derramando su contenido al Tajo, para, acto seguido, quitarse la vida.
Tras la victoria, el castillo quedó en manos de los caballeros cristianos y en él se casaron la bella Floripes y el valiente Guido de Borgoña.
Se dice que cuando las aguas del embalse cubren la torre, se forma un remolino que, al girar, produce los gritos de las almas de Fierabrás y Brutamonte por la perdida y traición de la princesa Floripes. Y son muchos, quienes por la comarca, aseguran haber visto al espíritu de Fierabrás, cuando sale el sol el día de San Juan, saltar entre los ojos del puente romano, arrojando los barriles del famoso bálsamo, quijotesco, capaz de sanarlo todo.

Pero, por si esto no fuera poco, no acaban aquí las leyendas e historias de este castillo y su famosa torre, sucumbida ahora bajo las aguas.
Las  más populares entre los habitantes de los pueblos de alrededor hablan de un rosal mágico, que brotó del bálsamo derramado por Fierabrás, cuyas espinas no hacen daño y tiene propiedades curativas. También se habla de un enorme tesoro escondido en sus cimientos por el Rey de Alejandría para que no cayera en manos cristianas.

Leyendas y creencias aparte, lo cierto es que estaba muy bien situada, pues la rodeaban dos ríos, el Tajo y el Almonte, además de tener foso en su parte oriental. Cuando los romanos la erigieron por primera vez, fue el lugar elegido por Bruto, el hijo del emperador Julio Cesar, para combatir a los ejércitos Lusitanos de Viriato.
Después fue fortaleza musulmana y, tras la reconquista, fue propiedad de la Orden de los Caballeros Templarios, y ahí se guardó durante muchos años un trozo del mantel de la Última Cena.

En cuanto al puente romano de Mantible o Alconétar,  era una fantástica obra arquitectónica romana, de 250 metros por el cual atravesaba el río Tajo hasta que los musulmanes destruyeron seis de sus doce ojos en junio de 1222. Desde entonces y hasta 1927, que se dice pronto, los extremeños tuvieron que atravesar el mayor río ibérico en grandes barcazas, donde los naufragios estaban a la orden del día, y no solo para el pueblo llano, sino también para la nobleza y la monarquía.

Cuarenta y dos años más tarde, en 1970, Franco inaugura el embalse de José María de Oriol- Alcántara II, sepultando bajo las aguas, no solo al Castillo de Floripes y su Torre sino también hectáreas de regadío, olivos, almendros, encinas, frutales,… dos fabricas de mosaicos, batanes, aceñas, molinos, lagares,… un puente de ferrocarril metálico, construido por Gustave Eiffel (el mismo de la torre de Paris) en 1881; y otro de 1927… salvando únicamente el puente romano, que se traslado para evitar el engullimiento de las aguas del pantano.

Hoy día, las llamadas “Curvas del Tajo”, rezuman silencio e inmensidad acuífera. La autovía A-66 la ha degradado de posición, y el murmullo de la corriente del embalse es audible en toda la estepa líquida. El puente romano sigue observándonos, ahora como elemento arqueológico de curiosidad, sin otra función que la de servir de refugio a las vacas y a los pescadores, que van a probar suerte con los “lucios” o los “blases”; y la Torre de Floripes, catalogada por el Patrimonio Histórico Español en “ruina progresiva”, continua sirviendo de pluviómetro mientras, ahora ya, no podemos dejar de pensar en la bella Floripes, el gallardo Guido de Borgoña, el desesperado Fierabrás o el bravío Brutamonte.



Jesús Bermejo Bermejo.                                                               Alcorcón 2011.


Bibliografía:

P. Hurtado: Supersticiones extremeñas. Anotaciones psico-fisiológicas.


sábado, 3 de diciembre de 2011

LA VENTA DE LA CUMBRE. 1ª PARTE

Publicado en la revista Rodacis nº4 para conmemorar el 450 aniversario de la venta de La Cumbre: 1559-2009.

Estamos en el año de nuestro Señor de 1559; un carruaje custodiado por varios apeadores acaba de pasar el puente sobre el arroyo de Magasquilla en el camino real hacia La Cumbre; dentro de él, absorto por el traquetear del trayecto, viaja Núñez de Avendaño, Juez Comisionado de la ciudad de Trujillo, enviado especialmente para establecer el padrón de habitantes y término de nuestro pueblo, con el fin de que todo esté dispuesto para la compra de esta antigua aldea por el caballero, y su amigo, Pedro Barrantes.

Es 1559, el Rey Felipe II reina en una España donde no se pone el sol, pues sus dominios se extienden hasta límites casi inimaginables; Pizarro conquistó Perú y todos sus peruleros gozan de la nobleza y el bienestar económico de a quienes corresponde la gloria en la batalla. Nuestro país domina el mundo, por eso es inevitable la guerra para conquistar nuevos territorios, nuevos países habitados por gentes que nos temen, odian y respetan; ese año, nuestro Monarca se hallaba en Bruselas, desde donde gobernaba con mano de hierro bajo la sombra constante de contiendas bélicas y la continua incursión del “turco” en nuestras costas. Todo esto provoca numerosísimos gastos, a lo que hay que sumar la bancarrota estatal heredada de su padre, Carlos I. La Princesa Doña Juana actúa como regente en España en ausencia de su hermano. Se necesitan víveres, tropas, armas, pero sobre todo, dinero para financiar la guerra; es entonces cuando se venden privilegios, títulos y lugares determinados; es entonces cuando el obispo de Plasencia, Don Gutierre de Vargas Carvajal, organiza con la Corona una singular confabulación desamortizadora en la Tierra de Trujillo. Es 1559, el tiempo donde emanan las leyendas.

Por las ruedas del carruaje se desliza el barro del camino que las lluvias de octubre han contribuido a hacer más abrupto para los viajeros de estos páramos.
Estamos en noviembre, principios, el frío arrecia los campos, las heladas hacen eternas a las noches, Núñez de Avendaño apenas puede distinguir el pueblo entre las encinas*; atravesaron un valle y empezaron a ascender hasta la cima; mientras tanto, a nuestro espigado juez se le pasan muchas cosas por la cabeza.
<<  Todo esto es un disparate, algo que no entenderán las generaciones venideras >> piensa mientras se acuerda de los 1400 ducados insuficientes que Trujillo pagó para las expediciones africanas a Bujia y Orán.
El día presenta una atmósfera gris entretejida con el verde pavimento de la dehesa boyal.
- la locura de las guerras hace desvariar la cordura de los reyes- por fin habló a su ayudante, quien se entretenía mirando el rítmico picotear de las grullas entre las encinas.
- hace unos años estábamos gritando vítores, colgando pendones, matando toros y dejarrestando nuestra hacienda por la proclamación y gloria de nuestro Rey y ¡míranos ahora!.
Pero no pretende Núñez de Avendaño tener la lengua demasiado larga; infamias y conjeturas se vierten constantemente sobre la nobleza trujillana, las tensiones entre los tres grandes linajes (Altamiranos, Bejaranos y Añascos) son constantes, además, el perulero Pedro Barrantes es amigo suyo y le ha encomendado especialmente este cometido.

Al llegar a la entrada del pueblo, un crucero de piedra, de granito pálido y cubierto de musgo, les da la bienvenida. Era habitual encontrarse con estos monumentos pues, durante la Edad Media, la Santa Madre Iglesia determinó erigir cruces en las entradas de cada pueblo y en la encrucijada de caminos, con el firme propósito de recordar a los cristianos que, cada vez que pasasen delante de la Cruz, deberían dar gracias a Cristo por haberles logrado la salvación**.
Mientras rezan la plegaria, nuestro juez piensa en el obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal. <<¡Prelado arrogante!, ¿Cómo viejo y enfermo te dedicaste a desmembrar esta tierra?, ¿Cómo, ahora ya muerto, tus intenciones siguen vivas en tus seguidores?>>.
Pero La Cumbre no estaba en el lote inicial del clérigo, fue una especie de cambio: Madrigalejo, Piedrahitilla, Alcaria y Abertura por Plasenzuela y nuestro pueblo.
Quería ser prudente, pero le podía la cólera, su olfato e intuición le hacían sospechar que todo estaba ya planeado, todo era un ardide premeditado pero ¿Por qué precisamente aquí?.
- Ya sabe vuestra merced que nuestra ciudad presentó alegaciones ante el Consejo de Hacienda y conseguimos que este modificara el lote de su ilustrísima don Gutierre de Vargas- informaba el ayudante.
Pero Núñez de Avendaño no le contesta, su cautela y su amistad con el caballero Pedro Barrantes silencian sus pensamientos. La ciudad de Trujillo, aun así, y pese a su incesante lucha por salvar el territorio, perdió La Cumbre y Plasenzuela, sin una sola respuesta y justificación por parte del Consejo de Hacienda y gracias a Juan de Vargas, hermano del obispo, quien otorgó cartas de poder a los caballeros aspirantes a comprar estos territorios para que el destino de esta zona no se cambiara ni por un instante.
El carruaje continua calle arriba en dirección al centro del pueblo, donde existe un lugar despejado que sus habitantes han acomodado y convertido en plaza.
La lluvia cesó en el mismo instante en que llegaron a dicho lugar, era un recinto perfectamente cuadrado, de tierra negra, dejando entrever algunas pizarras que salvaban a los transeúntes del barro; ya hacía tiempo que los estaban esperando, cobijados en un portal se hallaban Mateo Jiménez, Bartolomé Sánchez y Alonso Gil.
-          ¿Son estos los Alcaldes ordinarios?- preguntó el ayudante.
Nuestro juez negó con la cabeza.
-          No, son “personas viejas y naturales de La Cumbre”; he procurado avisarles para que su testimonio otorgue la máxima verdad al padrón y término de este pueblo, completándolo, claro está, con el de las autoridades del lugar. Debemos ser recelosos con estos trámites, hay mucho, digamos, ingenio en el aire.
No era estúpido Núñez de Avendaño, quien se apeó del carruaje con una sonrisa burlona, saludando con la cabeza a los cumbreños.
Pasearon por sus calles, de las cuales emanaba una brisa vivificante y una temperatura agradable tras la lluvia; se agradecía la ausencia de malos olores y la buena ventilación del lugar. Todo era observado, auscultado; mientras los citados vecinos hablaban el juez comisionado almacenaba todo en su retina.
Las calles eran irregulares, sencillas, estrechas y anchas, algunas enrevesadas, fruto de las influencias y costumbres de sus pobladores.
La Cumbre había crecido desde aquellos tiempos de la Reconquista en que era “tierra de nadie”, frontera, la autentica Extremadura; pasando de manos árabes a cristianas una y otra vez hasta su conquista definitiva en 1233; sintiendo el hierro candente de la guerra en cada surco, en cada poro, en las carnes de sus habitantes; agonizando, como tantos pueblos, bajo la intolerancia de las religiones que pregonaban cruzadas por la fe.

Ya había pasado todo aquello y su proximidad a Trujillo le daba cierta ventaja económica y social. Debido a esto, La Cumbre, en aquella época, contaba con más de 110 vecinos pecheros.
Núñez de Avendaño marchó con un boceto de lo que más tarde sería el primer padrón de habitantes y registro de nuestro pueblo.
Días después, realizó el mismo paseo, ahora sí, acompañado por los alcaldes ordinarios Andrés Tripa y Alonso Arias; el alguacil Rodrigo Jiménez; el cura de la villa Gaspar González y el primer señor de La Cumbre: Don Pedro Barrantes, quien oteaba el terreno con gesto satisfecho****.

Al llegar a la plaza, se detuvieron justo en el medio; entonces fue cuando los vecinos de La Cumbre vieron a su primer señor dar un fuerte pisotón al suelo, lanzándole al mismo tiempo al juez:
-          ¡Aquí!, aquí se levantará el rollo jurisdiccional, que portará los escudos de mi familia: Barrantes y Ulloas, este será el símbolo de identidad de este pueblo y el vigía constante de los quehaceres de sus hijos.
Y diciendo esto, se alejaron lentamente en dirección a la casa-palacio donde el caballero, ahora cumbreño, tenía su vivienda.

…Continuará.

Jesús Bermejo Bermejo

Glosario:

Perulero: persona española que ha venido desde Perú a España, normalmente adinerada
Pechero: aquellos vecinos que contribuian al pago de un tipo de impuesto personal, extraordinario u ordinario. También se asocia al plebeyo o al pueblo llano.

Notas:
* hay que tener en cuenta que en 1559 nuestra dehesa boyal era una estupenda dehesa plagada de encinas.
** En aquel tiempo, es más que probable que la entrada principal a La Cumbre por Trujillo fuera la actual calle de la cruz, con su crucero; al igual que la entrada por Montanchez fuera a través del camino de la cruz de las escuelas; no fue hasta más tarde cuando se desvió la principal entrada a nuestro pueblo por la carretera; además, la ligera inclinación diagonal que presenta el puente de Magasquilla dan fe de que el antiguo camino era precisamente ese.
**** Es esta una historia real con personajes reales, escrita en el 450 aniversario de la venta de La Cumbre a Don Pedro Barrantes; lo más probable es que el paseo se diera al revés, es decir, primero con las autoridades de La Cumbre en aquellos años y, días después, con los vecinos citados; lo que demuestra el enorme recelo y meticulosidad de Núñez de Avendaño y otros como él a la hora de censar los pueblos y territorios que se vendieron. Como se demuestra, en nuestro caso, en las discusiones que se mantuvieron a la hora de establecer el número exacto de vecinos.

Bibliografía:
  • “Señorialización en la tierra de Trujillo a mediados del siglo XVI” de Mª Ángeles Sánchez Rubio y Rocío Sánchez Rubio. 
  • “Tololondia, Plasençuela, Plansenzuela”- Simeón Molano Hurtado.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Esto ha empezado

Esto ha empezado, había dudado mucho, no sabía si era lo correcto, de hecho, a estas alturas, todavía no lo se, espero familiarizarme pronto y que sea una experiencia provechosa, un empujón para sacar mi hobby adelante: contar historias. Bienvenidos y espero que os guste