jueves, 29 de marzo de 2012

ÚLTIMA PRESENTACIÓN


Desde hace unos años, la Semana Santa en La Cumbre empieza con la "Convivencia Rodacis". He aquí la Presentación del nº 4 de la Revista en la que escribo una especie de carta de despedida como Presidente de esta Asociación juvenil tan esencial y tan necesaria en nuestro pueblo.


La revista Rodacis nº4 es el reflejo de la evolución de esta Asociación juvenil que la compone y patrocina, esto quiere decir muchas cosas: perseverancia, constancia, esperanza, creencias en unos valores e ideas, cariño hacía tu pueblo, organización, autoestima, personalidad, responsabilidad… pero desde mi punto de vista, todos estos adjetivos hubieran carecido de importancia y no se hubieran hecho realidad si no los hubiese precedido la humildad y sencillez desde el primer momento que la fundamos hasta ahora.

Hace ya unos años que enterramos la bellota en esta tierra extremeña para que saliera nuestra particular encina, con toda la ilusión que tienen los chavales de veintipocos años, que creen que el mundo puede ser un lugar mejor y por eso empiezan por su pueblo.

La encina (la asociación) salió adelante y creció; hubo mucha gente que la regó, echó ramas y empezó a hacerse visible a los ojos de La Cumbre; tuvimos voz, para el resto de asociaciones y para el propio ayuntamiento; nuestra opinión empezó a contar; nos hicimos más fuertes ante los numerosos retos que se nos planteaban; los jóvenes, desde el primer momento, creyeron en nuestro proyecto apuntándose en masa, contribuyendo, prestando cualquier ayuda que podíamos necesitar; a esto hay que añadir la cantidad de amigos y simpatizantes que, en la organización de todos lo eventos, siempre han estado ahí. También tuvimos enemigos, a unos los vimos venir desde el primer día, a otros no, y esos hicieron más daño, constituyendo un lastre para el gran proyecto que teníamos en mente.

Yo, como el primer presidente y cofundador, junto a mis compañer@s de directiva y amig@s, de esta asociación juvenil, me siento orgulloso de muchas cosas; sería imposible enumerarlas todas ya que ha constituido una de las mejores experiencias de toda mi vida. Destacar mi orgullo por haber contribuido a inculcar los valores que “Rodacis” representa a los jóvenes que, como yo, empezaron en esto, y a los que vienen; mi satisfacción personal por haber sido un presidente neutral a todo pensamiento e ideología política en este ambiente juvenil que, por mi carácter y el que me conozca bien lo sabe, no me es fácil; recordar, a grosso modo, todas las actividades culturales, sociales, educativas, festivas, de ocio y tiempo libre que hemos realizado, muchas veces, luchando contra viento y marea; y sobre todo, también, alabar la cantidad de gente que he conocido, pandillas de amigos y amigas que lo serán para siempre, gente estupenda que tenemos en La Cumbre y que, casi siempre, no valoramos lo suficiente porque solemos asociarlos a factores negativos de nuestro pueblo, nada más lejos de la realidad; aprovecho estas líneas para enviarles un fuerte abrazo de amigo y de corazón.

La encina sigue creciendo; es posible que se convierta en un gran árbol y sea toda un referente para todo el pueblo y comarca; o puede ser que se la coma el ganado que pase si se la descuida; o que la corten de raíz quienes no la valoren. De igual manera que creo firmemente en los valores de esta asociación; pienso que la renovación y el cambio son tan necesarios como organizar excursiones o hacer esta revista; para Rodacis la renovación y el cambio de su cúspide ha de ser visto como algo positivo; la innovación de su gobierno serán siempre símbolo de originalidad y personalidad, eso sí, sin abandonar nunca los adjetivos de las primeras líneas de este artículo.

Por último, no quisiera terminar esta presentación sin desear a tod@s l@s cumbreñ@s lo mejor. ¡¡Viva Rodacis y Viva La Cumbre!!

Jesús Bermejo Bermejo    La Cumbre 2009.




viernes, 16 de marzo de 2012

NO CAER EN EL OLVIDO


Dos historias para desglosar

Se acaba de ir, como quien dice, dejándonos en la soledad de los ausentes; recuerdo que sus historias se hilvanaban bajo los atardeceres de agosto en una de las calles más estrechas de La Cumbre; admiraba su cabezonería en recordar, sus divagaciones revisadas por su esposa, los pensamientos y deseos que fluían en la atmosfera particular, sin sujeción alguna al tiempo que le alcanzaba; recuerdo sus historias, ecos de epopeyas que siempre quedan en la retina de los que lo vivieron, y que se dejan en el aire para que se recoja el recuerdo de su terquedad, del tesón de sus actos, del emblema de su tierra, que no es sino una pizca de lo que llevamos cada uno de nosotros mismos, el sentir de los extremeños en ese empecinamiento originario de muchas historias.

Así por ejemplo, tan lejos y cerca a la vez, un día de otoño de 1523, Pizarro y sus hombres, enfermos, harapientos, cansados de buscar un imperio que no aparece, vaguean por la playa de la Isla del Gallo después de sufrir emboscadas, enfermedades, traiciones y demás penurias. Todos piensan en que la única solución es rendirse y volver a Panamá; pero Pizarro es testarudo y, ante un posible motín, traza una raya en la arena con su espada y dice: <<Por este lado, se va hacia la muerte y a la gloria; por este otro, a la comodidad y a la molicie; yo elijo la gloria, quien tenga corazón que me siga>>. Solo fueron trece los que siguieron al testarudo trujillano; la historia los apodó “Los Trece de la Fama”.
No se queda solo ahí la cabezonería de los extremeños, en 1898 España firma un Tratado con el que vende Filipinas a Estados Unidos poniendo fin a una guerra colonial. Sin embargo, 52 militares resistirán en Baler (pueblo de Filipinas) el asedio de los rebeldes filipinos sin enterarse que la guerra había acabado. Atrincherados en la Iglesia, sobrevivirán 337 días al mando de un capitán disciplinado, terco y de Miajadas que se llamó Saturnino Martín Cerezo. El día 2 de junio de 1899, “los Últimos de Filipinas” izaban la bandera blanca, capitaneados por un extremeño que dio muestras del valor, el ingenio y la obstinación de una tierra.

 La Historia de Extremadura está plagada de hazañas en las que la energía de sus gentes estaba precedida por el empecinamiento de sus ideas y de sus actos; como aquel contador de historias cumbreño que dilataba hazañas como el calor de la siesta al cemento de las calles, como el alma que se va murmurando y tan solo queda el recuerdo de lo que fuimos.
Saturnino Martín Cerezo, “el último de Filipinas”, volvió a Miajadas donde, hoy, apenas se le recuerda; sin embargo, en Baler se hace anualmente una representación teatral de esa hazaña.
No sucede lo mismo con Pizarro, que también volvió a Trujillo en busca de gente para la continuación de su empresa y del beneplácito del emperador Carlos V, que sufragaría los gastos de una segunda expedición; entonces, muchos caballeros trujillanos, ansiosos de fortuna, se enrolaron en aquella gesta que traería oro a España, pero también la muerte y destrucción del imperio inca. Por cierto, uno de ellos era un tal Pedro Barrantes, no sé si les suena.

Jesús Bermejo Bermejo

Presentación del nº2 de la revista Rodacis. La Cumbre 2008.

jueves, 8 de marzo de 2012

EL AGUJERO DE LA CUCAÑA


En la Plaza, a escasos metros del Rollo, hay un agujero cubierto con una tapa metálica; todos lo ignoramos, pasamos una y otra vez sin que reparemos en él; es posible que, en la feria, o en cualquier otro día de aglomeración cumbreña, le demos un pisotón sin advertir siquiera su presencia. Pero allí está, camuflado y perenne, el agujero de la cucaña.
A pesar de los años, nuestra plaza solo ha cambiado tres veces de suelo: cuando era de cemento; luego, cuando la engalanaron de rollos y piedras con la característica “pista” donde tantas y tantas veces hemos jugado a la pelota, o a hacer “derrapes” con las bicicletas, intentando, la mayoría de las veces sin éxito, impresionar a las chicas; y, por último, ahora, recubierta de losas graníticas de varios colores que juegan con la dimensión de su pavimento. Pero, en todas las ocasiones que la plaza ha asistido a una remodelación de su vestimenta, siempre ha habido alguien preocupado especialmente por mantener vivo este agujero, sin otra importancia que la de servir de base para colocar el palo de la cucaña, ese instrumento típico por el que, embadurnado de aceite o grasa, trepan niños y mozos para conseguir el premio que corona el extremo superior.

Una tarde de verano, cuando el silencio choca con el calor feroz que asola el recinto y los pájaros abren sus picos sedientos, cobijados a la sombra de las casas y en los poyos del ayuntamiento; me acerque hasta el agujero para ver como era, abrí la tapa y metí la mano en ella; con un poco de esfuerzo logré tocar la tierra del fondo, fría a pesar del calor de la atmosfera; quedé pensativo un instante, consciente de que tocaba el suelo que, durante siglos, ha formado parte de la piel de nuestra plaza. Entonces sucedió algo extraño; no estaba tumbado, solo, con el brazo metido en el agujero, sino de pie, con mucha gente a mí alrededor, pero el suelo no era de baldosas de granito, sino de tierra negra, lisa, gastada de pisadas. El pueblo estaba cambiado, no podía creérmelo, la casa de Jacinto Rodríguez había desaparecido y, en su lugar, estaba el “Portal de Mento”, con unos niños jugando entre sus columnas; lo mismo ocurría con la casa donde Lázaro corta el pelo; en su lugar estaba otra blanca con un portal típico. No salía de mi asombro, a unos metros de mí estaba el puesto de dulces de Juan Casasola Rojo, que tenía su establecimiento en la Calle Tiendas pero que, los domingos, subía un puesto a la plaza con perrunillas, barquillos, pirulís, magdalenas,…; también subían Ramón y Felipe con una gran barra de hielo para, con un cepillo metálico, rascar y preparar granizados, aderezados con colorantes, sabor fresa y limón; me parecía escuchar a los niños y niñas decir “¿liguindí, liguindoy?” no me enteraba bien.
Me fui a dar una vuelta, en la calle Antonio Illera Sánchez, Ignacio Arias Redondo tenía su ferretería; pero antes estaba el Bar de Juan Arias Redondo “El Chato”, en la calle Gamonal; volví a la plaza, allí había bares, tiendas,… una voz en mi interior me decían los nombres de sus propietarios: el bar de Pedro Barras Arias, al lado del kiosco; y, mas abajo, Agustín Trigoso Bermejo tenía su tienda de ultramarinos y helados.
Estaba el bar de Graciano Barras López; el de Miguel López Bermejo; el de Alejo Sánchez Castro; el de Pedro González Sánchez “Pedro Cuevas”; la farmacia de Julio Pérez Vergel; otra taberna, la de Matías Mateos Redondo
La gente se arremolinaba en conversaciones mientras salían y entraban en los establecimientos; los gritos de los niños y niñas explotaban en la fachada del ayuntamiento; el bullicio era agradable en el deambular de la gente por las calles del pueblo.
Me fui la Calle Cruz abajo donde me encontré con la churreria de Felipe Mateos Castro; un poco más abajo, en el callejón, estaba la ferretería de Félix Martín Redondo, donde también se vendían tejidos; y, en frente, la tienda de ultramarinos de Juan Redondo Casero.
Torcí por la Calle San José hasta dar con la de Virgen de Guadalupe, allí estaba el establecimiento de muebles y tejidos de Miguel Rodríguez Casero; más arriba, la panadería de Diego Delgado Casero, donde las mujeres se me quedaron mirando, extrañadas quizás por mis ropajes, no lo se.
La Calle Ancha rezumaba vida en todo su esplendor: Marcelino Bermejo Díaz tenía el mesón frente a la posada; mas abajo, más bares, el de Vicente Redondo Jaraiz; el de Valentín Pulido Polo “La Mezquita” y el de Agustín Redondo Rivas.
Antonio Rodríguez Casasola tenía la tienda de ultramarinos enfrente y, mas abajo, la taberna de Lorenzo Díaz Canelada; la ferretería de Miguel Bermejo González y la tienda de comestibles de Francisco Castro Redondo, enfrente de lo que sería la Caja de Extremadura.
Volví para arriba y torcí por la Calle San Antonio para encontrarme con el Despacho de Pan “La Victoria” de Pedro Luis Redondo Castro; pero antes en la Calle de la Iglesia, estaba la carnicería de Alfonso Rodríguez Toril y, más adelante, Juan Fernández Castro tenía su tienda de ultramarinos en la Calle Palacios.
Estaba maravillado por la cantidad de negocios que tenía el pueblo, por el fluir de sus vecinos, por la fiesta del día a día tan llena de vida.
La misma voz, interna, venida de algún lugar, que me informaba de los nombres y los lugares, me decía que en La Cumbre había dos distribuidores de bebidas: Zacarías Canelada Chamorro, que distribuía la gaseosa “La Casera” y Ángel Casero Búrdalo que se encargaba de la gaseosa “Álvarez”.
Pregunté a esa voz en que año estábamos, pero no me contestó, dejó que oyera las voces, idas y venidas de los cumbreños, el sonidos de sus pasos, el zapateo por sus calles.
Llegué a la carretera, no había ninguna edificación más allá de ella; lo que en la plaza era algarabía, ésta despertaba silencio y tranquilidad, apenas pasaban coches; después del kilómetro 10, y lo que ahora sería Jara o Naya, había un carro y, más abajo, la fabrica de mosaicos, baldosas y azulejos de Feliciano Ballesteros Cruz. Mientras  oía el sonido de la maquinaria en su interior, contemplaba como jóvenes eucaliptos trataban de hacerse hueco en el nuevo Parque, donde Juan Arias González tenía el bar, con servicio de autocar para veinte plazas.
Desde allí, como un espejismo, comenzaba la gran pradera de nuestra dehesa; que lejos me parecía el estanque al verle sin, lo que más tarde sería, el barrio de “Las Flores”.
Volví a preguntar a esa voz interior que me informaba de todo que en qué año estábamos, pero solo se oía el murmullo del viento en el pasto del antiguo “Rodeo”.
De repente, otra voz parecía emerger, era distinta que la primera, al principio no lograba reconocer lo que decía, luego sí <<Chacho, chacho, Jesús ¿Qué haces ahí?>>. En aquel momento, volví a encontrarme en la plaza de baldosas graníticas, tendido, con el brazo metido en el agujero de la cucaña, con Miguelín mirándome y preguntándome que hacía ahí.
Nada nada, contesté un poco avergonzado, me fui con él, que estaba abriendo el bar,  le pedí una coca cola y me senté en el taburete junto a la puerta,  a pocos metros del Rollo.
La Plaza de nuestro pueblo ha cambiado tres veces de suelo desde que se despidió del manto de tierra que lució durante siglos; sin embargo, siempre ha tenido un agujero para la cucaña, deporte y tradición, usual en años anteriores, pero, desgraciadamente, en desuso actualmente. A pesar de esto, siempre hay alguien empeñado en conservar dicho agujero, como si fuera un espacio entre el pavimento presente y la esencia térrea del pasado*.


Jesús Bermejo Bermejo              Alcorcón 2012.



*Esta historia ficticia está hecha con el máximo respeto y consideración hacia los nombres reales que en ella se citan. Como el autor no vivió en aquella época, se basa de testimonios orales de varios vecinos del pueblo, si hubiera algún error de cualquier tipo háganlo saber a través de este blog. Gracias y espero que os guste.