viernes, 16 de marzo de 2012

NO CAER EN EL OLVIDO


Dos historias para desglosar

Se acaba de ir, como quien dice, dejándonos en la soledad de los ausentes; recuerdo que sus historias se hilvanaban bajo los atardeceres de agosto en una de las calles más estrechas de La Cumbre; admiraba su cabezonería en recordar, sus divagaciones revisadas por su esposa, los pensamientos y deseos que fluían en la atmosfera particular, sin sujeción alguna al tiempo que le alcanzaba; recuerdo sus historias, ecos de epopeyas que siempre quedan en la retina de los que lo vivieron, y que se dejan en el aire para que se recoja el recuerdo de su terquedad, del tesón de sus actos, del emblema de su tierra, que no es sino una pizca de lo que llevamos cada uno de nosotros mismos, el sentir de los extremeños en ese empecinamiento originario de muchas historias.

Así por ejemplo, tan lejos y cerca a la vez, un día de otoño de 1523, Pizarro y sus hombres, enfermos, harapientos, cansados de buscar un imperio que no aparece, vaguean por la playa de la Isla del Gallo después de sufrir emboscadas, enfermedades, traiciones y demás penurias. Todos piensan en que la única solución es rendirse y volver a Panamá; pero Pizarro es testarudo y, ante un posible motín, traza una raya en la arena con su espada y dice: <<Por este lado, se va hacia la muerte y a la gloria; por este otro, a la comodidad y a la molicie; yo elijo la gloria, quien tenga corazón que me siga>>. Solo fueron trece los que siguieron al testarudo trujillano; la historia los apodó “Los Trece de la Fama”.
No se queda solo ahí la cabezonería de los extremeños, en 1898 España firma un Tratado con el que vende Filipinas a Estados Unidos poniendo fin a una guerra colonial. Sin embargo, 52 militares resistirán en Baler (pueblo de Filipinas) el asedio de los rebeldes filipinos sin enterarse que la guerra había acabado. Atrincherados en la Iglesia, sobrevivirán 337 días al mando de un capitán disciplinado, terco y de Miajadas que se llamó Saturnino Martín Cerezo. El día 2 de junio de 1899, “los Últimos de Filipinas” izaban la bandera blanca, capitaneados por un extremeño que dio muestras del valor, el ingenio y la obstinación de una tierra.

 La Historia de Extremadura está plagada de hazañas en las que la energía de sus gentes estaba precedida por el empecinamiento de sus ideas y de sus actos; como aquel contador de historias cumbreño que dilataba hazañas como el calor de la siesta al cemento de las calles, como el alma que se va murmurando y tan solo queda el recuerdo de lo que fuimos.
Saturnino Martín Cerezo, “el último de Filipinas”, volvió a Miajadas donde, hoy, apenas se le recuerda; sin embargo, en Baler se hace anualmente una representación teatral de esa hazaña.
No sucede lo mismo con Pizarro, que también volvió a Trujillo en busca de gente para la continuación de su empresa y del beneplácito del emperador Carlos V, que sufragaría los gastos de una segunda expedición; entonces, muchos caballeros trujillanos, ansiosos de fortuna, se enrolaron en aquella gesta que traería oro a España, pero también la muerte y destrucción del imperio inca. Por cierto, uno de ellos era un tal Pedro Barrantes, no sé si les suena.

Jesús Bermejo Bermejo

Presentación del nº2 de la revista Rodacis. La Cumbre 2008.

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