jueves, 8 de marzo de 2012

EL AGUJERO DE LA CUCAÑA


En la Plaza, a escasos metros del Rollo, hay un agujero cubierto con una tapa metálica; todos lo ignoramos, pasamos una y otra vez sin que reparemos en él; es posible que, en la feria, o en cualquier otro día de aglomeración cumbreña, le demos un pisotón sin advertir siquiera su presencia. Pero allí está, camuflado y perenne, el agujero de la cucaña.
A pesar de los años, nuestra plaza solo ha cambiado tres veces de suelo: cuando era de cemento; luego, cuando la engalanaron de rollos y piedras con la característica “pista” donde tantas y tantas veces hemos jugado a la pelota, o a hacer “derrapes” con las bicicletas, intentando, la mayoría de las veces sin éxito, impresionar a las chicas; y, por último, ahora, recubierta de losas graníticas de varios colores que juegan con la dimensión de su pavimento. Pero, en todas las ocasiones que la plaza ha asistido a una remodelación de su vestimenta, siempre ha habido alguien preocupado especialmente por mantener vivo este agujero, sin otra importancia que la de servir de base para colocar el palo de la cucaña, ese instrumento típico por el que, embadurnado de aceite o grasa, trepan niños y mozos para conseguir el premio que corona el extremo superior.

Una tarde de verano, cuando el silencio choca con el calor feroz que asola el recinto y los pájaros abren sus picos sedientos, cobijados a la sombra de las casas y en los poyos del ayuntamiento; me acerque hasta el agujero para ver como era, abrí la tapa y metí la mano en ella; con un poco de esfuerzo logré tocar la tierra del fondo, fría a pesar del calor de la atmosfera; quedé pensativo un instante, consciente de que tocaba el suelo que, durante siglos, ha formado parte de la piel de nuestra plaza. Entonces sucedió algo extraño; no estaba tumbado, solo, con el brazo metido en el agujero, sino de pie, con mucha gente a mí alrededor, pero el suelo no era de baldosas de granito, sino de tierra negra, lisa, gastada de pisadas. El pueblo estaba cambiado, no podía creérmelo, la casa de Jacinto Rodríguez había desaparecido y, en su lugar, estaba el “Portal de Mento”, con unos niños jugando entre sus columnas; lo mismo ocurría con la casa donde Lázaro corta el pelo; en su lugar estaba otra blanca con un portal típico. No salía de mi asombro, a unos metros de mí estaba el puesto de dulces de Juan Casasola Rojo, que tenía su establecimiento en la Calle Tiendas pero que, los domingos, subía un puesto a la plaza con perrunillas, barquillos, pirulís, magdalenas,…; también subían Ramón y Felipe con una gran barra de hielo para, con un cepillo metálico, rascar y preparar granizados, aderezados con colorantes, sabor fresa y limón; me parecía escuchar a los niños y niñas decir “¿liguindí, liguindoy?” no me enteraba bien.
Me fui a dar una vuelta, en la calle Antonio Illera Sánchez, Ignacio Arias Redondo tenía su ferretería; pero antes estaba el Bar de Juan Arias Redondo “El Chato”, en la calle Gamonal; volví a la plaza, allí había bares, tiendas,… una voz en mi interior me decían los nombres de sus propietarios: el bar de Pedro Barras Arias, al lado del kiosco; y, mas abajo, Agustín Trigoso Bermejo tenía su tienda de ultramarinos y helados.
Estaba el bar de Graciano Barras López; el de Miguel López Bermejo; el de Alejo Sánchez Castro; el de Pedro González Sánchez “Pedro Cuevas”; la farmacia de Julio Pérez Vergel; otra taberna, la de Matías Mateos Redondo
La gente se arremolinaba en conversaciones mientras salían y entraban en los establecimientos; los gritos de los niños y niñas explotaban en la fachada del ayuntamiento; el bullicio era agradable en el deambular de la gente por las calles del pueblo.
Me fui la Calle Cruz abajo donde me encontré con la churreria de Felipe Mateos Castro; un poco más abajo, en el callejón, estaba la ferretería de Félix Martín Redondo, donde también se vendían tejidos; y, en frente, la tienda de ultramarinos de Juan Redondo Casero.
Torcí por la Calle San José hasta dar con la de Virgen de Guadalupe, allí estaba el establecimiento de muebles y tejidos de Miguel Rodríguez Casero; más arriba, la panadería de Diego Delgado Casero, donde las mujeres se me quedaron mirando, extrañadas quizás por mis ropajes, no lo se.
La Calle Ancha rezumaba vida en todo su esplendor: Marcelino Bermejo Díaz tenía el mesón frente a la posada; mas abajo, más bares, el de Vicente Redondo Jaraiz; el de Valentín Pulido Polo “La Mezquita” y el de Agustín Redondo Rivas.
Antonio Rodríguez Casasola tenía la tienda de ultramarinos enfrente y, mas abajo, la taberna de Lorenzo Díaz Canelada; la ferretería de Miguel Bermejo González y la tienda de comestibles de Francisco Castro Redondo, enfrente de lo que sería la Caja de Extremadura.
Volví para arriba y torcí por la Calle San Antonio para encontrarme con el Despacho de Pan “La Victoria” de Pedro Luis Redondo Castro; pero antes en la Calle de la Iglesia, estaba la carnicería de Alfonso Rodríguez Toril y, más adelante, Juan Fernández Castro tenía su tienda de ultramarinos en la Calle Palacios.
Estaba maravillado por la cantidad de negocios que tenía el pueblo, por el fluir de sus vecinos, por la fiesta del día a día tan llena de vida.
La misma voz, interna, venida de algún lugar, que me informaba de los nombres y los lugares, me decía que en La Cumbre había dos distribuidores de bebidas: Zacarías Canelada Chamorro, que distribuía la gaseosa “La Casera” y Ángel Casero Búrdalo que se encargaba de la gaseosa “Álvarez”.
Pregunté a esa voz en que año estábamos, pero no me contestó, dejó que oyera las voces, idas y venidas de los cumbreños, el sonidos de sus pasos, el zapateo por sus calles.
Llegué a la carretera, no había ninguna edificación más allá de ella; lo que en la plaza era algarabía, ésta despertaba silencio y tranquilidad, apenas pasaban coches; después del kilómetro 10, y lo que ahora sería Jara o Naya, había un carro y, más abajo, la fabrica de mosaicos, baldosas y azulejos de Feliciano Ballesteros Cruz. Mientras  oía el sonido de la maquinaria en su interior, contemplaba como jóvenes eucaliptos trataban de hacerse hueco en el nuevo Parque, donde Juan Arias González tenía el bar, con servicio de autocar para veinte plazas.
Desde allí, como un espejismo, comenzaba la gran pradera de nuestra dehesa; que lejos me parecía el estanque al verle sin, lo que más tarde sería, el barrio de “Las Flores”.
Volví a preguntar a esa voz interior que me informaba de todo que en qué año estábamos, pero solo se oía el murmullo del viento en el pasto del antiguo “Rodeo”.
De repente, otra voz parecía emerger, era distinta que la primera, al principio no lograba reconocer lo que decía, luego sí <<Chacho, chacho, Jesús ¿Qué haces ahí?>>. En aquel momento, volví a encontrarme en la plaza de baldosas graníticas, tendido, con el brazo metido en el agujero de la cucaña, con Miguelín mirándome y preguntándome que hacía ahí.
Nada nada, contesté un poco avergonzado, me fui con él, que estaba abriendo el bar,  le pedí una coca cola y me senté en el taburete junto a la puerta,  a pocos metros del Rollo.
La Plaza de nuestro pueblo ha cambiado tres veces de suelo desde que se despidió del manto de tierra que lució durante siglos; sin embargo, siempre ha tenido un agujero para la cucaña, deporte y tradición, usual en años anteriores, pero, desgraciadamente, en desuso actualmente. A pesar de esto, siempre hay alguien empeñado en conservar dicho agujero, como si fuera un espacio entre el pavimento presente y la esencia térrea del pasado*.


Jesús Bermejo Bermejo              Alcorcón 2012.



*Esta historia ficticia está hecha con el máximo respeto y consideración hacia los nombres reales que en ella se citan. Como el autor no vivió en aquella época, se basa de testimonios orales de varios vecinos del pueblo, si hubiera algún error de cualquier tipo háganlo saber a través de este blog. Gracias y espero que os guste.

3 comentarios:

  1. Jesús eres un artista!!!!!Acabo de dar un paseo por el pueblo (hace ya unos cuantos de años) desde Cáceres!!!!Yo creo q también me he metido por el agujero de la cucaña tío, de verdad!Tantas veces he escuchado contar los bares y demás establecimientos que había antiguamente en el pueblo, que al leer tu artículo parece que los hubiera conocido todos...de todas formas alguno si que nos ha tocado conocer gracias a dios...Ya hablaremos sobre este artículo algún día tomando un coca cola ok?

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  2. Muy chulo y Qué paseo en el tiempo, no?? esperemos que esa conciencia de conservación siga existiendo...

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  3. Me gusta leer cosas de mi pueblo y sobre todo de gente joven,eso significa que el pueblo no dejará de existir en todos los que estamos fuera,sigue escribiendo pues nos haces pasar un rato agradable.

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