viernes, 30 de noviembre de 2012

RECORRIENDO LA SIERRA DE SANTA CRUZ (Y II)


En la cima se siente la fuerza de Viriato, se enciende un fuego obstinado a permanecer, pétreo, por mucho que pasen los años y las costumbres, por mucho que nos alejemos de la tierra y sean otros los horizontes sobre los que el sol se nos oculte a la caída de las horas. Allí seguirá, mecida entre orillas de llanuras arboladas y riscos contorneándose a su alrededor, doblegada a la luz y a los años, como un viejo libro donde encontramos todas las respuestas a preguntas cruzadas en los distintos caminos de la vida.


Empalmando con la otra ruta que desemboca en Santa Cruz de la Sierra, emprendemos la bajada sorteando las piedras milenarias, que nos atestiguan la existencia de la gran fortaleza árabe que describíamos en el anterior relato. Nos viene el viento del oeste, aquel al que los celtas denominaban “Céfiro” y que, según sus creencias, fecunda a las yeguas solamente con su silbido.
Según bajamos, las escobas marchan en formación, agarradas a la tierra, indomables, vinculadas a sus propios misterios, como una rebelión de civilizaciones que marcaron las huellas para, tranquilamente, dejarse desgarrar, poco a poco, a través del tiempo, culmen de todo.
Descendíamos, calzadas pedregosas se emparejan con abruptas veredas que laminan el sendero y, allí, en la falda saliente, nos encontramos con el poblado que le da nombre; con restos de casas rectangulares, contiguas, agrupadas en manzanas, cuyas estructuras albergan materiales celtas, vetones, visigodos y árabes; pues, como ya dije, muchos fueron los pueblos que aprovecharon la superficie defensiva que ofrece el paisaje serrano.
Aquí, la vida es salvaje, no hay rastro de construcciones nuevas ni presencia ganadera. Imagino el curso de los días en la convivencia constante de la naturaleza primitiva con los antiguos vestigios de la Historia, silenciosa, a pasos lentos, mentalidad antigua, incompatible con nuestro tiempo.

Un poco más abajo, al llegar a la Necrópolis, vuelve el recuerdo de Viriato, que golpea mis pensamientos y eleva la temperatura de mi cuerpo; saber que, por estos lugares acampaba y tenía como gran refugio el gran caudillo lusitano, el mismo que mantuvo en jaque al mismísimo imperio romano. En el pueblo de Santa Cruz de la Sierra, emparedada en una casa, existe una lápida con su nombre y, cuenta la leyenda, que su cuerpo fue incinerado y esparcido a los cuatro vientos en el altar de la cumbre de esta Sierra tan mágica y sorprendente; sin duda, Viriato fue un héroe excepcional, que realizó grandes hazañas por nuestra tierra, dignas de mención en otro “areté”*.
La Necrópolis se establece en lo que se conoce como “campo sagrado”, al lado del popular “Risco Chico” que, al parecer, constituía la torre del homenaje de la ciudadela, provisto de piedras verticales, formando círculos, sobre los que se elevan dos altares de sacrificio donde, siglos atrás, las entrañas de cabras, caballos y bueyes calmaban a las divinidades del cielo y propiciaban fortuna para las batallas y opulencia en las cosechas.
Seguimos bajando por las veredas célticas, me imagino la sierra en las noches de luna llena veraniegas, la luz del satélite descubriendo misterios, las estrellas fugaces fundiéndose en los recovecos de las milenarias rocas, recordando las grandes hogueras que, seguramente, rondaban por toda la sierra (y por todos los montes extremeños) al son de canciones y danzas para purificar el alma.




Más adelante, nos encontramos con un viejo sendero empedrado, restos de la calzada romana que subía a la cima y que por la zona se conoce como “camino de los moros”, pues estos, como estamos viendo en toda la ruta, aprovecharon todo tipo de construcciones para adoptarlas y utilizarlas, quedando el topónimo para la eternidad popular. Una vez adentrados, entre un crepitar de piedras hermanadas con las primeras encinas cobijadas a la falda de la sierra, llama la atención una roca saliente conocida como “el cancho de la misa”, donde los restos del rozamiento de las ruedas de los carros se hace patente y marcan el curso de nuestro camino.

A medida que descendíamos, preciosos rincones se dejan observar como pinceladas de un cuadro colorista; fuentes improvisadas con pilas antiguas traídas, seguramente, de los poblados de la sierra; grandes alcornoques cerniéndose sobre canchales, abrazándolos con sus raíces; de nuevo, las varas de granito por donde bajaba el agua de la cima al pueblo, ese sistema de canalizaciones romano que perduró durante siglos por estos parajes.
El agua, la luz, el verde y gris ceniza de las rocas, la disminución de lo abrupto del camino, las fotos para el recuerdo… mitigan el cansancio y procuran un cierto asombro al caminar por la antigua calzada romana, vereda que tantas y tantas gentes han hecho uso, bordeando, los viejos nombres de los vestigios ancestrales: “el sillón del moro”, “el pozo del rey”, “el canchal de Calisto”, “la vereda de los caracoles”, “el patio”, ”la majada de las cabras”, “el pajar de la sierra”, ”los callejones”, “los medios celemines”, “malvacío”, “el cancho del búho”, “las 3 fuentes”, “la pilita”, “la fuente Ana”, “el regato conejero”, “el regato reventón”, “ el chabarcón de los moros” y un largo etc. de topónimos que reflejan en la Historia las almas de aquellos que comparten el mismo cielo y el mismo destino.




Llegando al pueblo de Santa Cruz de la Sierra, llama la atención y el asombro las ruinas de su Convento Agustino. Nos quedamos perplejos al contemplar el contraste de su majestuosidad con su actual estado de conservación; las maravillas que esconde tras el velo de suciedad que lo sepulta y la lápida de abandono que padece.
Fue este un convento de frailes agustinos recoletos fundado bajo el patrocinio de don Juan de Chávez y Mendoza, primer señor de la villa, a principios del siglo XVII. Al parecer, los frailes eligieron este lugar, por el misterio que encerraba, y encierra, las continuas apariciones de luces en las noches, y la presencia de un pozo con aguas milagrosas. Es de planta de cruz latina y estaba provisto de claustro con dependencias para albergar a 30 religiosos.
Fue muy reconocido en toda la comarca, pero no tardaron en aparecer las desavenencias con los vecinos del pueblo, sobre todo en lo concerniente a la distribución del agua por el sistema de canalización granítica (parece ser que este fue el origen del desuso de estas varas pétreas, ya que existe un pleito por el que los frailes reclamaban primero la distribución a su morada y por el que falló a su favor Carlos III, olvidándose en la redacción del mismo, no obstante, a quien le correspondía la reparación de dicho sistema, por lo que, seguramente, en cuanto llegaron las averías y nadie las reparaba se terminó el invento romano que, durante siglos, regó la sierra y surtió de recursos estos páramos).
Si a esto añadimos el aumento de propiedades, su inclinación hacia los más poderosos, etc los frailes del convento se ganaron la antipatía de las gentes, viviendo en un permanente enfrentamiento con la vecindad.
Sus días de gloria y esplendor acabaron cuando el 18 de septiembre de 1835, se realizó la exclaustración, y el pueblo aprovechó la 1ª Guerra Carlista para destruir el convento.
Hoy día, se pueden ver “frescos” en las cornisas y en los espacios donde se albergaban pequeñas capillas; así como su solemne cúpula, la entrada con los escudos de sus señores fundadores, y una pila bautismal cilíndrica en el centro del templo, mientras el viento y las palomas campan a sus anchas y zurean entre las hornillas, donde tienen sus nidos.



Serpenteando por sus calles estrechas, con baluartes de granito engalanando pequeños rincones, llegamos a su plaza mayor, auspiciada antes por un hermoso crucero que sirve de entrada a su envergadura, con su fuente circular en el medio, lapidas incrustadas en la casas que laurean sus cimientos y la iglesia parroquial de la Vera Cruz, en un lateral, realizada con aparejo de mampostería y sillería granítica, donde alberga, entre otras maravillas, una imagen de Santa Rita, del siglo XVII.
No se puede ignorar, en este precioso pueblo extremeño, la esencia de uno de sus personajes más famosos: Ñuflo de Chávez, explorador y conquistador, fundador de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, y participe de la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, donde descubrieron las cataratas del Iguazú, en la frontera con Paraguay, Brasil y Argentina.


Agotados y sedientos, la satisfacción emana al unísono con el sudor de nuestros poros; quedamos encantados con el recorrido, satisfechos por la cantidad de cosas que pudimos contemplar. Con la promesa de volver, emprendemos el regreso al otro pueblo, el Puerto de Santa Cruz, ahora por la carretera, donde tenemos los coches para la vuelta a La Cumbre.

Dejamos atrás una llama petrificada en el corazón de Extremadura, esta Sierra tan mágica como atrayente, de sillares cargados con los siglos de historia que la cortejan; de epopeyas que se hacen eco en lo más profundo de sus raíces; de carácter universal pues, al ser contemplada en toda nuestra comarca, la hacemos, un poco, nuestra (también) y nos sumamos a las hazañas que los siglos explayaron por toda su singladura.

Jesús Bermejo Bermejo       Alcorcón 2012.

* Areté: así denomino, de manera particular a los relatos publicados en el blog.



Bibliografía:

ü      El convento agustino de Santa Cruz de la Sierra. Escrito por Francisco Cillán Cillán. Coloquios Históricos de Extremadura.
ü      Wikipedia.


domingo, 18 de noviembre de 2012

EL SILENCIO DE LOS JUSTOS


El puente de todos los Santos amanece enjuagado de lágrimas en el cielo, bajo una grisácea estela, empantanada de humedad, que se percibe por la ausencia del olor de castañas asadas entre una impenetrable bruma, produciendo el llanto de los canalones en el pueblo.
Mi vecina Elena y sus amigas me abordan, disfrazadas de Halloween, con la imprescindible expresión del “truco o trato”; me quedo paralizado, no se que hacer, a mi no me enseñaron esta fiesta en la escuela; cuando era pequeño asábamos castañas en latas de coca cola y fanta; y robábamos membrillos (aunque la mayoría de los casos eran los propios dueños quienes nos lo proporcionaban); así que alargo 50 céntimos, intentando acertar en la acción; cogiendo la moneda salen corriendo explayando la palabra “gracias” con alaridos por la calle de La Cruz arriba, para luego escuchar sus risas un poco más lejos.
Me viene a la cabeza la expresión “el sueño de los justos” por segunda vez; la primera fue una semana antes, pintando con mi madre y mi abuelo, de nuevo, la puerta herrumbrosa de la capilla de mi familia en el cementerio, en compañía de numerosos vecinos que, también, preparaban y engalanaban  a los suyos para el “Día de los Difuntos”. Me acuerdo que cuando terminé era casi mediodía, el sol radiaba acompañado de un viento norteño que serpenteaba entre las callejuelas del camposanto, removiendo las flores y silbando entre los agujeros de los ladrillos… fue entonces cuando me acordé de aquel prohombre que decía aquello de: “lo único que podemos hacer por nuestros muertos es recordarlos, así no se morirán del todo”. <<Es lo que nos queda>> murmuré yo mientras paseaba por el recinto y observaba, sombrío, aquellas tumbas antiguas que no tenían flores, cuyos nombres estaban casi borrados por el zarpazo tétrico del tiempo.
En la puerta de nuestra actual necrópolis está grabado el año de su construcción: 1926.

Indagando un poco, con una pizca de curiosidad, se puede llegar a la conclusión de que, en aquel año, teniendo en cuenta que La Cumbre tenía 2698 vecinos, con la previsión de una mayor población en años posteriores (llegamos a 3016 en 1960 pero en diez años, 1970, bajamos a 1773 y, desde entonces, seguimos bajando, otro tema interesante para el blog) el cementerio provisional al lado de lo que hoy se conoce como la “casa del cura” se quedaba pequeño; a ello habría que añadir una ley de 1924 por la que se establecía, entre otras cosas, que los camposantos estuvieran, mínimo, a medio kilómetro de distancia del núcleo urbano.
En cuanto del cementerio al lado de la vivienda del sacerdote, poco queda del testimonio de su presencia, salvo, los altos y antiguos muros de pizarra; y el crucero, que se trasladó y es el que se puede ver en el centro de la calle principal del sacramental actual, sombreado de cipreses
Este antiguo recinto estuvo vigente unos cien años y pico, seguramente obligado a crearse por las medidas que Carlos IV, en 1804, dictaminó para activar la construcción de los camposantos extramuros de las iglesias.
Otra prueba fehaciente de esto es un documento de  1791, en el que dice que en La Cumbre los actos funerarios se realizaban en nuestra parroquia “por ser la iglesia capaz y fuera del pueblo”.
Esto significaría que, hasta el 1800, más o menos, a los cumbreños y cumbreñas fallecidos se les enterraba en el mismo suelo (o bajo él) de la iglesia (siguiendo el tradicional Ritual romano de la ley 11) ; y hasta allí nos vamos para, saber un poco más y descubrir que, cuando pusieron el último pavimento de nuestro recinto espiritual, algunas de las lápidas de granito, provistas de alguna inscripción o número, se reutilizaron para remodelar el suelo de la entrada principal, como hoy día, se puede observar.

Llegados a este punto, en el interior de nuestro templo, nos viene una historia, arrancada con pinzas, inconclusa aún, pero que la expongo a continuación, quizás debido al miedo de no ser completada nunca, por falta de datos:
Don Pedro Barrantes se casó con Doña Juana de Paredes y tuvieron por título “Señores de La Cumbre” durante toda su vida. Quiso el destino que, en su testamento, Doña Juana de Paredes dictaminase que, a su muerte, se la enterrase en la iglesia de La Cumbre, disponiendo que, no se reutilizara su sepulcro pasados los años.
Oído esto, si os dais cuenta, en el pasillo central hacia el altar, existe una lápida de granito, casi siempre tapada por una extensa alfombra. Hasta hace poco creía que se trataba de la sepultura de Doña Juana pero, un día, dispuesto a desentrañar el misterio o la duda, me fui a averiguarlo; cuando estuve enfrente de la lancha granítica, después de las oportunas fotos, descubrí que pertenecía a Don Miguel de la Amarilla, clérigo de nuestro pueblo que enterró allí a sus padres y mandó esculpir lo siguiente: “sepultura de jv González y de su mujer Catalina Rodríguez de la Amarilla y de sus hijos y es de su voluntad que no se entierre otro nadie en él porque así lo ha dicho su hijo Don Miguel de la Amarilla, clérigo”.
Cierra la lápida un escudo donde se recogen las armas del apellido Amarilla, un tanto modificado, esto es, cinco conchas a un lado en vez de los seis roeles del escudo original; y el águila posado en una espada acompañado de cuatro borlas abanderadas y una flor de lis, adorno este último muy utilizado por los miembros eclesiásticos debido a la representación de la Santísima Trinidad en sus tres pétalos.
Parece ser que la voluntad de Doña Juana de Paredes no se respetó, pues no queda resto de su sepultura en nuestra parroquia (a no ser que alguien haya sido más sagaz y me de una sorpresa); pero si te tuvo en cuenta lo dispuesto por Don Miguel de la Amarilla, un clérigo de La Cumbre, al parecer, muy importante, ya que su deseo sigue, hoy en día, vigente en el suelo del santuario cumbreño.

El puente de “Todos los Santos” concluirá golpeado por una lluvia cada vez más proporcional, a merced del avance de las horas; la fiesta de Halloween apenas trascenderá del rumor por las calles de unas risas tímidas de un grupo de niñas disfrazadas, que la acogen con la curiosidad que acuna ese mundo de tinieblas, cuyas directrices, nos la marcan los americanos; los membrillos, o al menos muchos de ellos, seguirán en los árboles, sin intrépidos ladronzuelos que den cuenta de ellos; la tumba de Doña Juana de Paredes permanecerá en el misterio que ocupa la perdida del espacio; igual que los nombres de las lápidas que no tienen flores y que se van borrando, poco a poco, mientras los observo con especial interés, para que no se mueran del todo, paseando por las callejuelas del nuestro actual cementerio, una semana antes, después de pintar la puerta de hierro de la capilla de mi familia, con el viento que se cruza constante y hace bailar las flores, como una respuesta de agradecimiento del más allá. Luego, justo al salir, me encuentro con mi amigo Lorenzo, es mediodía y la dehesa ofrece un manto verdoso de perfecto trazado: << ¿Nos vamos a tomar algo?>> pregunto conociendo de antemano la respuesta; << Si si, vámonos, que ya tendremos tiempo de estar aquí>> me suelta burlón mientras el eco de la campana del ayuntamiento anuncia el paso de las horas, que al tiempo se elevan.


Jesús Bermejo Bermejo               La Cumbre 2012.