domingo, 18 de noviembre de 2012

EL SILENCIO DE LOS JUSTOS


El puente de todos los Santos amanece enjuagado de lágrimas en el cielo, bajo una grisácea estela, empantanada de humedad, que se percibe por la ausencia del olor de castañas asadas entre una impenetrable bruma, produciendo el llanto de los canalones en el pueblo.
Mi vecina Elena y sus amigas me abordan, disfrazadas de Halloween, con la imprescindible expresión del “truco o trato”; me quedo paralizado, no se que hacer, a mi no me enseñaron esta fiesta en la escuela; cuando era pequeño asábamos castañas en latas de coca cola y fanta; y robábamos membrillos (aunque la mayoría de los casos eran los propios dueños quienes nos lo proporcionaban); así que alargo 50 céntimos, intentando acertar en la acción; cogiendo la moneda salen corriendo explayando la palabra “gracias” con alaridos por la calle de La Cruz arriba, para luego escuchar sus risas un poco más lejos.
Me viene a la cabeza la expresión “el sueño de los justos” por segunda vez; la primera fue una semana antes, pintando con mi madre y mi abuelo, de nuevo, la puerta herrumbrosa de la capilla de mi familia en el cementerio, en compañía de numerosos vecinos que, también, preparaban y engalanaban  a los suyos para el “Día de los Difuntos”. Me acuerdo que cuando terminé era casi mediodía, el sol radiaba acompañado de un viento norteño que serpenteaba entre las callejuelas del camposanto, removiendo las flores y silbando entre los agujeros de los ladrillos… fue entonces cuando me acordé de aquel prohombre que decía aquello de: “lo único que podemos hacer por nuestros muertos es recordarlos, así no se morirán del todo”. <<Es lo que nos queda>> murmuré yo mientras paseaba por el recinto y observaba, sombrío, aquellas tumbas antiguas que no tenían flores, cuyos nombres estaban casi borrados por el zarpazo tétrico del tiempo.
En la puerta de nuestra actual necrópolis está grabado el año de su construcción: 1926.

Indagando un poco, con una pizca de curiosidad, se puede llegar a la conclusión de que, en aquel año, teniendo en cuenta que La Cumbre tenía 2698 vecinos, con la previsión de una mayor población en años posteriores (llegamos a 3016 en 1960 pero en diez años, 1970, bajamos a 1773 y, desde entonces, seguimos bajando, otro tema interesante para el blog) el cementerio provisional al lado de lo que hoy se conoce como la “casa del cura” se quedaba pequeño; a ello habría que añadir una ley de 1924 por la que se establecía, entre otras cosas, que los camposantos estuvieran, mínimo, a medio kilómetro de distancia del núcleo urbano.
En cuanto del cementerio al lado de la vivienda del sacerdote, poco queda del testimonio de su presencia, salvo, los altos y antiguos muros de pizarra; y el crucero, que se trasladó y es el que se puede ver en el centro de la calle principal del sacramental actual, sombreado de cipreses
Este antiguo recinto estuvo vigente unos cien años y pico, seguramente obligado a crearse por las medidas que Carlos IV, en 1804, dictaminó para activar la construcción de los camposantos extramuros de las iglesias.
Otra prueba fehaciente de esto es un documento de  1791, en el que dice que en La Cumbre los actos funerarios se realizaban en nuestra parroquia “por ser la iglesia capaz y fuera del pueblo”.
Esto significaría que, hasta el 1800, más o menos, a los cumbreños y cumbreñas fallecidos se les enterraba en el mismo suelo (o bajo él) de la iglesia (siguiendo el tradicional Ritual romano de la ley 11) ; y hasta allí nos vamos para, saber un poco más y descubrir que, cuando pusieron el último pavimento de nuestro recinto espiritual, algunas de las lápidas de granito, provistas de alguna inscripción o número, se reutilizaron para remodelar el suelo de la entrada principal, como hoy día, se puede observar.

Llegados a este punto, en el interior de nuestro templo, nos viene una historia, arrancada con pinzas, inconclusa aún, pero que la expongo a continuación, quizás debido al miedo de no ser completada nunca, por falta de datos:
Don Pedro Barrantes se casó con Doña Juana de Paredes y tuvieron por título “Señores de La Cumbre” durante toda su vida. Quiso el destino que, en su testamento, Doña Juana de Paredes dictaminase que, a su muerte, se la enterrase en la iglesia de La Cumbre, disponiendo que, no se reutilizara su sepulcro pasados los años.
Oído esto, si os dais cuenta, en el pasillo central hacia el altar, existe una lápida de granito, casi siempre tapada por una extensa alfombra. Hasta hace poco creía que se trataba de la sepultura de Doña Juana pero, un día, dispuesto a desentrañar el misterio o la duda, me fui a averiguarlo; cuando estuve enfrente de la lancha granítica, después de las oportunas fotos, descubrí que pertenecía a Don Miguel de la Amarilla, clérigo de nuestro pueblo que enterró allí a sus padres y mandó esculpir lo siguiente: “sepultura de jv González y de su mujer Catalina Rodríguez de la Amarilla y de sus hijos y es de su voluntad que no se entierre otro nadie en él porque así lo ha dicho su hijo Don Miguel de la Amarilla, clérigo”.
Cierra la lápida un escudo donde se recogen las armas del apellido Amarilla, un tanto modificado, esto es, cinco conchas a un lado en vez de los seis roeles del escudo original; y el águila posado en una espada acompañado de cuatro borlas abanderadas y una flor de lis, adorno este último muy utilizado por los miembros eclesiásticos debido a la representación de la Santísima Trinidad en sus tres pétalos.
Parece ser que la voluntad de Doña Juana de Paredes no se respetó, pues no queda resto de su sepultura en nuestra parroquia (a no ser que alguien haya sido más sagaz y me de una sorpresa); pero si te tuvo en cuenta lo dispuesto por Don Miguel de la Amarilla, un clérigo de La Cumbre, al parecer, muy importante, ya que su deseo sigue, hoy en día, vigente en el suelo del santuario cumbreño.

El puente de “Todos los Santos” concluirá golpeado por una lluvia cada vez más proporcional, a merced del avance de las horas; la fiesta de Halloween apenas trascenderá del rumor por las calles de unas risas tímidas de un grupo de niñas disfrazadas, que la acogen con la curiosidad que acuna ese mundo de tinieblas, cuyas directrices, nos la marcan los americanos; los membrillos, o al menos muchos de ellos, seguirán en los árboles, sin intrépidos ladronzuelos que den cuenta de ellos; la tumba de Doña Juana de Paredes permanecerá en el misterio que ocupa la perdida del espacio; igual que los nombres de las lápidas que no tienen flores y que se van borrando, poco a poco, mientras los observo con especial interés, para que no se mueran del todo, paseando por las callejuelas del nuestro actual cementerio, una semana antes, después de pintar la puerta de hierro de la capilla de mi familia, con el viento que se cruza constante y hace bailar las flores, como una respuesta de agradecimiento del más allá. Luego, justo al salir, me encuentro con mi amigo Lorenzo, es mediodía y la dehesa ofrece un manto verdoso de perfecto trazado: << ¿Nos vamos a tomar algo?>> pregunto conociendo de antemano la respuesta; << Si si, vámonos, que ya tendremos tiempo de estar aquí>> me suelta burlón mientras el eco de la campana del ayuntamiento anuncia el paso de las horas, que al tiempo se elevan.


Jesús Bermejo Bermejo               La Cumbre 2012.

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