lunes, 2 de enero de 2012

LUIS ARIAS CASTRO “UN CUMBREÑO VALIENTE”.

LUIS ARIAS CASTRO “UN CUMBREÑO VALIENTE”.

Luis Arias Castro podría ser cualquiera en La Cumbre: un amigo, un familiar, un conocido al que saludamos cuando cruzamos la plaza o paseamos por la carretera. Sin embargo, estos apellidos se remontan siglos atrás para ser protagonistas de una gran historia, cuyo eco tuvo que ser contada de generación en generación hasta, en un momento determinado, perderse en los anales de la memoria*.

Corría el año 1809 o 1810, tiempo después de la Batalla de Bailen, en plena Guerra de la Independencia Española, donde las tropas del General Castaños vencieron a las del General francés Dupont, suponiendo la primera gran derrota del ejercito napoleónico, y donde más de 17.000 soldados franceses depusieron sus armas.
Como en todas las guerras, la picaresca y el sentido de la supervivencia están a la orden del día; hecho que, en las postrimerías de esta famosa batalla, provocó que muchos soldados franceses desertaran de sus filas y escaparan de ser hechos prisioneros por las tropas españolas. No podían regresar a su país, pues eran desertores y, por lo tanto, traidores a su patria; y, tampoco quedarse en el nuestro, ya que eran considerados “enemigos de España”; por lo que se dedicaron a vagar por los campos, en cuadrilla, asaltando, robando y haciendo toda clase de fechorías.

Como cada mañana desde que faltó su padre, Luis sacaba sus once ovejas y tres cabras a pastar cerca de la Dehesa de Roa, las conducía por el camino principal hacía Montanchez donde hay una cruz, conocida actualmente como “Cruz de las Escuelas”; iba despacio, saboreando el aire y el sol en su cara mientras, con un flautín hecho con un hueso de gallina, imaginaba una cancioncilla; a la vez que estaba atento por si las cabras se subían a alguna pared de piedra, ambiciosas por catar el pasto ajeno; si ocurría eso, ya estaría él raudo para atizarlas, sin demasiada fuerza, con el gancho y reconducirlas por el camino.
Era una mañana de verano, calor y siega, los cumbreños deambulaban con el “hocino” por los campos, esperando que llegasen las mujeres con los cántaros cargados de agua fresca, cogida de los pozos.
 Luis Arias Castro, a sus doce años, se había convertido, sin quererlo, en el hombre de su casa, pues su padre partió con el grupo de voluntarios de La Cumbre para la conocida “Guerra del Francés” pero no regresó. Era consciente de que su actual situación requería tesón y trabajo; comprendía que su adolescencia había acabado en lo que se refiere a responsabilidades para que a su madre viuda y hermana no les faltara de nada.
Al llegar a Roa, nuestro protagonista deja a su pequeño rebaño al libre albedrío, mientras, se refugia del calor asfixiante debajo de una gran encina, que ha crecido entre unas rocas a modo de oasis en la dehesa extremeña. Mas tarde vendrá su hermana, como todos los días, con la tartera del almuerzo; las ovejas pastan impasibles, con el sonido irregular de sus campanillos; y nuestro joven cumbreño se entretiene jugando a la taba** al compás, a esas horas, del perenne zumbido de las chicharras.
Con la exactitud de un reloj suizo, justo el sol en lo más alto, se presentaba María  y así, los dos hermanos comían juntos los alimentos de la tartera de corcho, heredada de su padre, a la sombra de la encina, a la vez que hablaban de sus cosas y se reían de los “chascarrillos” de su pueblo y de sus amigos, como jóvenes que eran.
Mientras Luis devoraba la comida exquisita preparada por su madre, María fue a buscar un poco de agua a la, actualmente conocida, fuente de roa.
En el instante en que sacó la caldereta llena de la fuente, un relinchar de caballos atrajo su atención y se encontró a su espalda a siete jinetes de uniforme que espetaron en francés << regardez ce que nous avons trouvé>>***.
María se quedó como paralizada, los sietes franceses estaban allí, sucios, el pelo y la barba descuidada, con sus uniformes azules ajados, gastados por el sol, dejando relucir sus sables.
Mientras ocurrían esos segundos interminables en el cruce de miradas y la muchacha permanecía quieta, dos desertores desmontaron a la vez que decían, aterciopelando inútilmente la voz <<fille tranquille, venez avec moi>>****
Un  soldado se acercaba poco a poco a la niña, tenía una cicatriz que le cruzaba la cara y de su tez quemada por el sol, se entreveían dos ojos azules que, en vez de despertar viveza, miraban con ausencia de escrúpulos, yaciendo hundidos en la concavidad del deseo.
El desenlace parecía más que evidente, las manos de aquel bandido francés tocaron, por un instante, los cabellos de María y la risotada de la cuadrilla resonó fuertemente en los alrededores. En aquel momento, Luis, que había observado la escena, aprovechó la ocasión para, sigiloso, abalanzarse hacía aquel rufián. Tan solo tenía como armas su gancho de las ovejas y su valor, pero, en menos de un parpadeo, y ante el asombro de todos los presentes, se apresuró a inutilizar la mano del atrevido soldado para, acto seguido, propinarle un buen palazo en la cabeza y dejarlo inconsciente.
El compañero que había desmontado con él se apresuró a sacar el sable y dar cuenta del muchacho; pero Luis, astuto, consciente que la velocidad era lo único que le podía salvar, le atizó tal palazo en las piernas que hizo que el rufián gabacho cayera al suelo con la boca abierta del dolor, instante en que nuestro zagal, hundió el gancho, por la parte del hierro en la cara de su enemigo.
Dos franceses quedaban en el suelo, mientras nuestro protagonista gritaba a su hermana que se fuera de allí con todas sus fuerzas, el resto de la cuadrilla ya había dado cuenta de sus espadas y, al galope, pretendían “aplastar” al muchacho.
María corría desesperada hacia el pueblo, giró la cabeza y pudo ver como su hermano, con más valor que muchos hombres, aprovechando el tronco de una encina, ganaba posición, para, acto seguido, con una piedra, atizar a otro de los bandidos un fuerte golpe en la cara, que hizo que se cayera del caballo y se rompiera el cuello.
Como he dicho, la velocidad y el conocimiento del terreno eran las únicas ventajas que tenía nuestro cumbreño, de modo que, a la carrera, haciendo zig-zag entre los árboles, llegó hasta el río Gibranzos, donde sabía que había unas “carrasqueras”, lugar idóneo para despistarlos y, sobre todo, ganar tiempo para que la muchacha se pusiera a salvo.
A la vez que cruzaba nuestro río, en esa época medio seco, tuvo el suficiente resuello para tirar el gancho “a barrer” a las patas de uno de los caballos, provocando la caída de su jinete.
Pero ya entre “las carrasqueras” poco más podía hacer el muchacho, salvo esquivar las cuchilladas de los bandidos desertores y ganar el máximo de tiempo para salvar a su hermana.
Los soldados franceses escupían, acuchillaban y maldecían en su idioma mientras nuestro protagonista hacía lo imposible por esquivarlos. De repente, en un instante de descuido, provocado por el cansancio extremo, ocurrió lo sospechable; uno de los bandidos le atrapó por la espalda y le atravesó con su sable.
Mientras tanto, a toda prisa, María había conseguido dar con unos cuantos mozos de La Cumbre, a medio camino del pueblo y Roa, que estaban faenando en la siega; en cuanto les contó lo sucedido, no pensándolo dos veces, se armaron de hoces y horcas y salieron a toda prisa al encuentro de los desertores.
Los soldados, viéndose frustrados al no haber completado sus intenciones sexuales con la muchacha, se entretenían, viendo agonizar a nuestro joven protagonista, dándole patadas e insultándolo, llamándolo <<espagnole voyous>>*****.
Ese fue el tiempo justo para que, en medio de la soledad del campo, los franceses no vieran venir a la cuadrilla de cumbreños que, sin mediar palabra, se abalanzaron sobre los bandidos en un bravo enfrentamiento, para después terminar con ellos allí mismo.
En medio de todo, tras finalizar el combate, Luis yacía con el puñal en el costado, la sangre salía a borbotones y estaban a dos leguas de La Cumbre. Su hermana lloraba desconsoladamente y el grupo de muchachos asistían la escena cabizbajos, tristes y rabiosos por no haber estado allí antes para impedir el fatal desenlace. Sin embargo, a pesar de todo, nuestro protagonista sonreía al cielo por haber conseguido salvar a su hermana y no le importaba lo que el destino hiciera con él, ya que había conseguido su objetivo.
Cogieron al zagal, principalmente la muchacha, y, a toda prisa,  le llevaron a nuestro pueblo. María taponó las heridas de Luis con su propia ropa; los jóvenes campesinos cumbreños contarían después que no se explicaban la fuerza interior que tenía su hermana, que cargó con nuestro protagonista sin una sola queja, solo el sollozo, las lágrimas y la agonía por no poder llegar antes de lo que quisieran.
El final parecía evidente, pero el destino no quiso que nuestro Luis terminara sus días aquella mañana de verano; a pesar de haber perdido mucha sangre, como no tenía ningún órgano vital dañado, sanó, después de haber estado en el umbral de la muerte; y se convirtió en un héroe, cuya andanza fue contada en innumerables ocasiones en todos los pueblos de la comarca, sobre todo, en el nuestro, La Cumbre.

Esta historia se pierde en los recovecos más recónditos de la memoria; nadie se acuerda de ella, ni siquiera se menciona; de hecho, si preguntamos, nadie sabe decir ni oyó mencionar nunca tal hazaña. Sin embargo, Arias y Castro son dos apellidos tan comunes en La Cumbre que saltan, como los conejos entre las matas de los tomillos, de familia en familia.
Nada queda de su recuerdo y veracidad, salvo, en el archivo municipal de Trujillo, la partida de voluntarios de La Cumbre para la Guerra de la Independencia Española.

Luis Arias Castro puede ser cualquiera en el pueblo; sin embargo fue el nombre de un joven valiente que arriesgó su propia vida para salvar el honor de su hermana una calurosa mañana de 1809 o 1810.  


Jesús Bermejo Bermejo         
Madrid (Cercanías paradas Atocha, Embajadores, Laguna, Aluche) 2011.

Cuadro del relato: La Rendición de Bailén, de Casado de Alisal (Museo del Prado)

*Interesante relato sobre el aún más interesante libro de historias “Leyendas Trujillanas” de José Antonio Redondo Rodríguez. Es posible que fuera una historia, a su vez convertida en leyenda, contada durante muchos años en La Cumbre hasta que otro acontecimiento aún mayor ¿La Guerra Civil tal vez? La borrara de la memoria de los cumbreños; ni lo sabemos ni se sabrá.

**La Taba: La taba es el hueso conocido como astrágalo. Con la taba de algunos animales, particularmente del cordero, se practica un juego de apuestas muy simple. El juego consiste en lanzar la taba, ganando una o cuatro unidades apostadas si quedan las partes salientes del hueso hacia arriba, o perdiendo otras tantas si quedan las partes hundidas en la cara superior.

*** Regardez ce que nous avons trouvé (Mirad lo que nos hemos encontrado).
**** Fille tranquille, venez avec moi (tranquila muchacha, ven conmigo)
***** Espagnole voyous (canalla española).


5 comentarios:

  1. Tiempos antiguos...viejas historias...nuevos juglares...

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  2. Gracias somos muchos los que sentimos nuestra tierra y nuestro pueblo en el corazón, por eso, escarbamos en su historia, en su paisaje, en las anecdotas de nuestros vecinos... para plasmarla y que sea disfrutadas por todos

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  3. hola Jesús. q historia tan bonita. Es tan bonito leer historias de tu pueblo , q no quieres que se acaben nunca. impaciente esperando la próxima aventura.

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  4. Pues a seguir escarbando porque a mi me encantan, y contadas por ti, mas todavia... Como dice Pedro, impaciente esperando la proxima aventura...

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  5. Me parece una historia muy bonita, que pena que se pierdan, y gracias por traerlas a nosotros para recordarlas.

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