sábado, 28 de enero de 2012

LA CRUZ DEL AVIADOR


LA CRUZ DEL AVIADOR
(La Memoria de la Tierra)

En cualquier mañana de diciembre, resulta extraña la palidez de los rayos del sol; el rocío, que había dominado toda la hierba durante el plenilunio, se deja arrastrar, convirtiendo su espíritu en agua; los pájaros se despiertan del letargo nocturno, envolviendo el silbido del viento con sus trinos; y el cárabo, el único fantasma que queda en los campos cumbreños, se refugia de una luz débil, en la vieja tronca de una corpulenta encina.
En un día cualquiera del último mes del año, las vacas pastan impasivas por todo el monte que hay al lado de “La Puente Nueva”, a la vera del Gibranzos. Es un paraje cargado de tomillos, moldeado caprichosamente por los meandros del río. Hay una vieja zahúrda, que se alza en lo más alto; y un molino semiderruido, que se esconde en lo más bajo, deshaciéndose en su propia historia como un mártir del tiempo que yace olvidado, y su rueda granito, en otra época de alta alcurnia, se revuelca ahora entre las zarzas y el pasto.
Ese día todo parece normal, el silencio tan solo es interrumpido por los latidos de la naturaleza: el agua al correr por entre las piedras; las vacas al hacer sonar sus campanillos; el pitido de los sapillos del río que retumban en las pizarras,… todo es igual al día anterior. Sin embargo, el viento trae un olor raro, parece aceite o gasolina ardiendo.
Camino por el monte, extrañado por el olor, hasta que doy con una cruz blanca, que se resiste a ser devorada por el musgo y los líquenes. Es una cruz pequeña, donde apenas se pueden leer unas iniciales y una fecha. Cuando me puse frente a ella, el olor había desaparecido y tan solo alcancé a decir: “compañero, el mundo es un pañuelo”.

El 8 de diciembre de 1964, en aquel monte, algo rompió la monotonía del tiempo estancado en pleno invierno; algo quebrantaba las poderosas vigas del viejo molino; algo asustaba a los cerdos, que se escondieron en la zahúrda, intuyendo quizá algún mal presagio. Era un aeroplano militar, que daba vueltas en círculo.
Alguien lo llevaba observando durante bastante tiempo. El ruido del motor carraspeaba en el cielo y el avión, subía y bajaba en múltiples piruetas.
En medio del monte, una vaca muerta, por el frío excesivo de estos meses, o por alguna enfermedad, que, por entonces no había cura o era difícil comprarla, se exponía al destino post mortem de su cuerpo.
Una gran bandada de buitres, cuervos, urracas y algún alimoche, que abundaban en aquella época, disfrutaban a sus anchas de la apetitosa carne de la vaca.
El sufrido labriego, apoyado en su azadón, miraba extrañado el vuelo de ese pájaro de hierro, de un lado a otro, surcando el río o coronando los riscos de La Jara, no estaba un momento quieto, inundando el monte de un ruido mecánico y monótono.
Pasado un rato, el agricultor siguió con su faena sin perder de vista aquella misteriosa avioneta. ¿Quién podría ser?, ¿Qué demonios estará haciendo por estos campos de Dios?, pensaría sin duda.
De repente, en una maniobra forzada en la que el avión desplegó toda su envergadura a ras del suelo, los buitres, que estaban terminando con los últimos restos de la vaca, se alzaron en vuelo, asustados quizás por el monstruo mecánico que los acechaba. Nuestro amigo no perdía detalle de lo que pasaba, todos los necrófagos danzaban alrededor de la avioneta, y esta, embestía contra ellos, como un toro en el ruedo. Volvía a dar piruetas, pero esta vez más violentas, arriba y abajo, el ruido del motor se mezclaba con el graznar de los cuervos y buitres acosados.
En un momento en que el labriego volvió a echar mano de su azadón, se oyó un impacto, parecido a un golpe seco. El avión empezó a perder estabilidad, comenzó a agonizar, tenía que aterrizar de inmediato, algo había pasado de improviso. Nuestro hombre lo vio bien claro y empezó a correr hacia el monte, atravesando el río; corría como un condenado; y, con la voz quebrada por el sofoco, a la altura del molino, alzó los brazos al cielo y logró gritar <<¡Tirate que te vas a matar, tirate!>>. Pero el impacto fue brutal, el aeroplano cayó como un ave abatida de un disparo, destrozada por completo.
Lo que no sabía nuestro querido testigo es que no era el único que había presenciado el desastre; un grupo de muchachos, que andaban por “Vaciatroje”, vieron perfectamente la caída del pájaro de hierro a lo lejos, y corrieron rápidamente al auxilio.
Nuestro viejo monte se llenó de gente al poco rato.
En una de sus piruetas, el anónimo aviador había arrollado a un buitre con uno de los motores, provocando el fatal destino. Tenía que aterrizar a toda costa, así que apagó el motor  para que, al estrellarse contra el suelo, el monstruo de acero no explotara. Cuando lo encontraron, todo el mundo lo recuerda con los ojos cerrados, agarrado firmemente a los mandos del aeroplano.

Hace unos meses, viajé con un compañero de carrera a su pueblo natal. La misma tarde que llegué conocí a su abuelo. Después del clásico apretón de manos me dijo:
-          Así que tú eres de La Cumbre, cerca de Trujillo.
-          Si señor- contesté.
-          Pues yo tuve un amigo que se mató allí.
-          ¿Se mató, como que se mató?- pregunté un poco incrédulo.
-          Se mató en una avioneta, mira, va a hacer, precisamente, 40 años al año que viene.
Me quede mudo de sorpresa, me parecía increíble, después de un rato, tan solo alcancé a decir: “El mundo es un pañuelo”.

La Cruz blanca permanece aún allí, resistiéndose a ser ocultada por la madre naturaleza. Sin embargo, ya forma parte del monte; y al igual que la vieja zahúrda o el obsoleto molino, pertenece a la tierra y a su memoria.
Me alejo poco a poco, pensando en esa memoria, en esos recuerdos perdidos que, a pesar de todo, se refugian en estos montes.
La memoria de la tierra es aquella que no está olvidada, sino escondida en los misterios del tiempo, sale a la luz cuando la encontramos, pero siempre ha estado ahí, en el mismo sitio donde surgieron los hechos, con la misma calma y el mismo sosiego*.


Jesús Bermejo Bermejo.               Cáceres 2003.


* Relato publicado en el primer y único número de una revista llamada  “Norma” que sacó el Ayuntamiento de La Cumbre en el 2003 con la ayuda de las Monitoras Socio-Culturales de entonces en el difícil intento de instaurar, de manera constante, la saludable tradición de crear una revista  al año en nuestro pueblo.

1 comentario:

  1. Ya te digo que sí Rafa, a todos nos recuerda a nuestra infancia y las historias contadas, por eso precisamente es tan importante no olvidar nuestro pasado ni nuestras raíces, este blog es un buena herramienta para ello. SAludos.

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