sábado, 3 de diciembre de 2011

LA VENTA DE LA CUMBRE. 1ª PARTE

Publicado en la revista Rodacis nº4 para conmemorar el 450 aniversario de la venta de La Cumbre: 1559-2009.

Estamos en el año de nuestro Señor de 1559; un carruaje custodiado por varios apeadores acaba de pasar el puente sobre el arroyo de Magasquilla en el camino real hacia La Cumbre; dentro de él, absorto por el traquetear del trayecto, viaja Núñez de Avendaño, Juez Comisionado de la ciudad de Trujillo, enviado especialmente para establecer el padrón de habitantes y término de nuestro pueblo, con el fin de que todo esté dispuesto para la compra de esta antigua aldea por el caballero, y su amigo, Pedro Barrantes.

Es 1559, el Rey Felipe II reina en una España donde no se pone el sol, pues sus dominios se extienden hasta límites casi inimaginables; Pizarro conquistó Perú y todos sus peruleros gozan de la nobleza y el bienestar económico de a quienes corresponde la gloria en la batalla. Nuestro país domina el mundo, por eso es inevitable la guerra para conquistar nuevos territorios, nuevos países habitados por gentes que nos temen, odian y respetan; ese año, nuestro Monarca se hallaba en Bruselas, desde donde gobernaba con mano de hierro bajo la sombra constante de contiendas bélicas y la continua incursión del “turco” en nuestras costas. Todo esto provoca numerosísimos gastos, a lo que hay que sumar la bancarrota estatal heredada de su padre, Carlos I. La Princesa Doña Juana actúa como regente en España en ausencia de su hermano. Se necesitan víveres, tropas, armas, pero sobre todo, dinero para financiar la guerra; es entonces cuando se venden privilegios, títulos y lugares determinados; es entonces cuando el obispo de Plasencia, Don Gutierre de Vargas Carvajal, organiza con la Corona una singular confabulación desamortizadora en la Tierra de Trujillo. Es 1559, el tiempo donde emanan las leyendas.

Por las ruedas del carruaje se desliza el barro del camino que las lluvias de octubre han contribuido a hacer más abrupto para los viajeros de estos páramos.
Estamos en noviembre, principios, el frío arrecia los campos, las heladas hacen eternas a las noches, Núñez de Avendaño apenas puede distinguir el pueblo entre las encinas*; atravesaron un valle y empezaron a ascender hasta la cima; mientras tanto, a nuestro espigado juez se le pasan muchas cosas por la cabeza.
<<  Todo esto es un disparate, algo que no entenderán las generaciones venideras >> piensa mientras se acuerda de los 1400 ducados insuficientes que Trujillo pagó para las expediciones africanas a Bujia y Orán.
El día presenta una atmósfera gris entretejida con el verde pavimento de la dehesa boyal.
- la locura de las guerras hace desvariar la cordura de los reyes- por fin habló a su ayudante, quien se entretenía mirando el rítmico picotear de las grullas entre las encinas.
- hace unos años estábamos gritando vítores, colgando pendones, matando toros y dejarrestando nuestra hacienda por la proclamación y gloria de nuestro Rey y ¡míranos ahora!.
Pero no pretende Núñez de Avendaño tener la lengua demasiado larga; infamias y conjeturas se vierten constantemente sobre la nobleza trujillana, las tensiones entre los tres grandes linajes (Altamiranos, Bejaranos y Añascos) son constantes, además, el perulero Pedro Barrantes es amigo suyo y le ha encomendado especialmente este cometido.

Al llegar a la entrada del pueblo, un crucero de piedra, de granito pálido y cubierto de musgo, les da la bienvenida. Era habitual encontrarse con estos monumentos pues, durante la Edad Media, la Santa Madre Iglesia determinó erigir cruces en las entradas de cada pueblo y en la encrucijada de caminos, con el firme propósito de recordar a los cristianos que, cada vez que pasasen delante de la Cruz, deberían dar gracias a Cristo por haberles logrado la salvación**.
Mientras rezan la plegaria, nuestro juez piensa en el obispo Don Gutierre de Vargas Carvajal. <<¡Prelado arrogante!, ¿Cómo viejo y enfermo te dedicaste a desmembrar esta tierra?, ¿Cómo, ahora ya muerto, tus intenciones siguen vivas en tus seguidores?>>.
Pero La Cumbre no estaba en el lote inicial del clérigo, fue una especie de cambio: Madrigalejo, Piedrahitilla, Alcaria y Abertura por Plasenzuela y nuestro pueblo.
Quería ser prudente, pero le podía la cólera, su olfato e intuición le hacían sospechar que todo estaba ya planeado, todo era un ardide premeditado pero ¿Por qué precisamente aquí?.
- Ya sabe vuestra merced que nuestra ciudad presentó alegaciones ante el Consejo de Hacienda y conseguimos que este modificara el lote de su ilustrísima don Gutierre de Vargas- informaba el ayudante.
Pero Núñez de Avendaño no le contesta, su cautela y su amistad con el caballero Pedro Barrantes silencian sus pensamientos. La ciudad de Trujillo, aun así, y pese a su incesante lucha por salvar el territorio, perdió La Cumbre y Plasenzuela, sin una sola respuesta y justificación por parte del Consejo de Hacienda y gracias a Juan de Vargas, hermano del obispo, quien otorgó cartas de poder a los caballeros aspirantes a comprar estos territorios para que el destino de esta zona no se cambiara ni por un instante.
El carruaje continua calle arriba en dirección al centro del pueblo, donde existe un lugar despejado que sus habitantes han acomodado y convertido en plaza.
La lluvia cesó en el mismo instante en que llegaron a dicho lugar, era un recinto perfectamente cuadrado, de tierra negra, dejando entrever algunas pizarras que salvaban a los transeúntes del barro; ya hacía tiempo que los estaban esperando, cobijados en un portal se hallaban Mateo Jiménez, Bartolomé Sánchez y Alonso Gil.
-          ¿Son estos los Alcaldes ordinarios?- preguntó el ayudante.
Nuestro juez negó con la cabeza.
-          No, son “personas viejas y naturales de La Cumbre”; he procurado avisarles para que su testimonio otorgue la máxima verdad al padrón y término de este pueblo, completándolo, claro está, con el de las autoridades del lugar. Debemos ser recelosos con estos trámites, hay mucho, digamos, ingenio en el aire.
No era estúpido Núñez de Avendaño, quien se apeó del carruaje con una sonrisa burlona, saludando con la cabeza a los cumbreños.
Pasearon por sus calles, de las cuales emanaba una brisa vivificante y una temperatura agradable tras la lluvia; se agradecía la ausencia de malos olores y la buena ventilación del lugar. Todo era observado, auscultado; mientras los citados vecinos hablaban el juez comisionado almacenaba todo en su retina.
Las calles eran irregulares, sencillas, estrechas y anchas, algunas enrevesadas, fruto de las influencias y costumbres de sus pobladores.
La Cumbre había crecido desde aquellos tiempos de la Reconquista en que era “tierra de nadie”, frontera, la autentica Extremadura; pasando de manos árabes a cristianas una y otra vez hasta su conquista definitiva en 1233; sintiendo el hierro candente de la guerra en cada surco, en cada poro, en las carnes de sus habitantes; agonizando, como tantos pueblos, bajo la intolerancia de las religiones que pregonaban cruzadas por la fe.

Ya había pasado todo aquello y su proximidad a Trujillo le daba cierta ventaja económica y social. Debido a esto, La Cumbre, en aquella época, contaba con más de 110 vecinos pecheros.
Núñez de Avendaño marchó con un boceto de lo que más tarde sería el primer padrón de habitantes y registro de nuestro pueblo.
Días después, realizó el mismo paseo, ahora sí, acompañado por los alcaldes ordinarios Andrés Tripa y Alonso Arias; el alguacil Rodrigo Jiménez; el cura de la villa Gaspar González y el primer señor de La Cumbre: Don Pedro Barrantes, quien oteaba el terreno con gesto satisfecho****.

Al llegar a la plaza, se detuvieron justo en el medio; entonces fue cuando los vecinos de La Cumbre vieron a su primer señor dar un fuerte pisotón al suelo, lanzándole al mismo tiempo al juez:
-          ¡Aquí!, aquí se levantará el rollo jurisdiccional, que portará los escudos de mi familia: Barrantes y Ulloas, este será el símbolo de identidad de este pueblo y el vigía constante de los quehaceres de sus hijos.
Y diciendo esto, se alejaron lentamente en dirección a la casa-palacio donde el caballero, ahora cumbreño, tenía su vivienda.

…Continuará.

Jesús Bermejo Bermejo

Glosario:

Perulero: persona española que ha venido desde Perú a España, normalmente adinerada
Pechero: aquellos vecinos que contribuian al pago de un tipo de impuesto personal, extraordinario u ordinario. También se asocia al plebeyo o al pueblo llano.

Notas:
* hay que tener en cuenta que en 1559 nuestra dehesa boyal era una estupenda dehesa plagada de encinas.
** En aquel tiempo, es más que probable que la entrada principal a La Cumbre por Trujillo fuera la actual calle de la cruz, con su crucero; al igual que la entrada por Montanchez fuera a través del camino de la cruz de las escuelas; no fue hasta más tarde cuando se desvió la principal entrada a nuestro pueblo por la carretera; además, la ligera inclinación diagonal que presenta el puente de Magasquilla dan fe de que el antiguo camino era precisamente ese.
**** Es esta una historia real con personajes reales, escrita en el 450 aniversario de la venta de La Cumbre a Don Pedro Barrantes; lo más probable es que el paseo se diera al revés, es decir, primero con las autoridades de La Cumbre en aquellos años y, días después, con los vecinos citados; lo que demuestra el enorme recelo y meticulosidad de Núñez de Avendaño y otros como él a la hora de censar los pueblos y territorios que se vendieron. Como se demuestra, en nuestro caso, en las discusiones que se mantuvieron a la hora de establecer el número exacto de vecinos.

Bibliografía:
  • “Señorialización en la tierra de Trujillo a mediados del siglo XVI” de Mª Ángeles Sánchez Rubio y Rocío Sánchez Rubio. 
  • “Tololondia, Plasençuela, Plansenzuela”- Simeón Molano Hurtado.

3 comentarios:

  1. Jesús, me encanta!!!me estas causando un gran interés por leer libros sobre la historia de Extremadura...q bonito, de verdad!!!!Sigueeee!!

    ResponderEliminar
  2. Enhorabuena Jesus es un pasada, me gusta mucho. Es como si yo hubiese estado presente. Lo haces muy bien, seguiré todos tu relatos.

    ResponderEliminar