jueves, 20 de septiembre de 2012

LAS CALLES DEL SILENCIO

UN PASEO POR EL PUEBLO (I)


Para mi amigo Rafa,
que, al abrir la ventana
observa el paraíso.

La tarde, conocedora de su sino, está silenciosa; perturbada por un transformador antiguo y reticente al tiempo; las calles se descuelgan como vetas terreas de un camino cuando llueve, y cala su alma. Tienen muchos nombres (Rodas, Trujillo, Limón, Guadalupe, Huerta, Rosario, Pozón, San Gregorio, Condesa de Romero, Silencio,…), suben y bajan por un caudal de puertas cerradas y cocheras de hierro, dilatadas al sol, de umbrales sobresalientes a la espera de siluetas que no retornan; portales típicos, redondeados en su cúspide y provistos de dos pequeños poyos, con la vista puesta en las bifurcaciones solitarias, parecen desperezarse cuando unos pasos espigan, casi a la carrera, la monotonía prestigiosa de las horas.
Son calles de un barrio antiguo, cuadras con tejados bajos, arrinconadas entre casas, que servían para resguardar  a los animales y tenerlos muy cerca; ahora, yacen desplomadas de heroísmo y, sin embargo, provistas de un gesto orgulloso, como un amago de reconocerse, todavía, una útil existencia.



Con un murmullo lejano, un pensamiento puro y sin forma, con el entretenimiento de unos hocicos perrunos asomados entre los recovecos de la vieja puerta de madera carcomida; el descorrer de los cerrojos ocasionan, casi, un ruido sepulcral y los gatos, acuartelados bajos los coches, no son conscientes de la fragilidad del espacio, solo mecidos al compás de segundos eternos, carentes de la misma dimensión que esperamos; sobre todo, debajo del arco de la puerta de La Huerta, cuyos capiteles, con formas redondas alineadas, son propios de las casas de renombre del siglo XVI, mientras, como dos caras de una misma moneda, la de la tierra, burdiaeras* tapiadas con pizarra, laurean esquinas ante la ignorancia presente, y atestiguan el modo de vida de un pasado no tan lejano.
Los arcos se simultanean en este paraíso destronado; Rafael abre la puerta con gentileza, conocedor sobrante del tesoro que tiene, justo a la vuelta de la esquina de su casa. El tañer de las campanas del ayuntamiento retumban entre los recovecos de los portillos de las cercas colindantes, únicas marcas, a parte de las luz del día, del devenir del tiempo; el viento acaricia la hierba crecida a conciencia y los ladrillos macizos de los arcos se aferran a su propia historia, junto a la alberca y los grandes muros, imaginando el conjunto, en la distancia cronológica, como si de ventanas al pasado se tratasen y, el resto, el gran pasillo de la memoria.
La casa de Rafael tiene un escudo con el león de Castilla, proyectado sobre el resto del pueblo; y ya está, esta es La Huerta, el particular tesoro de La Cumbre, su paraíso desterrado, olvidado, mencionado vagamente, incluso en los pocos documentos que existen, como aquel que data de 1791, el cual se cita: “No hay más huerta que una que hay hecha por el señor de la villa don Vicente Mendoza Hijar Sotomayor y Barrantes, ahora poco hace, tiene muchos árboles frutales y de espino y no se puede decir que serán en adelante, pues para el riego ha hecho un pozo muy grande, que ignoran si es abundante de aguas o no  por ser el terreno muy seco”.
La alberca esconde los peldaños de su envergadura bajo una espesa capa verdosa; la higuera centenaria resiste la vejez recordando aquellos días fastos de bullicio opulento; por último, los arcos despiden el correr de la puerta, enlodados en la duda de sus días venideros.





Y las calles se abren de nuevo, el polvo de sus rincones elogian la soledad, el musgo reseco de su pavimento apenas cuenta pisadas y rozaduras de neumáticos; una vieja inscripción altera, sigilosa, la regularidad del adobe, firmada por un tal Miguel Sánchez, la raíz de una propiedad, indiferente hoy, condenada a desaparecer por la humedad y los años.
El día se torna grisáceo, no ya por su cielo sino por el augurio de las calles del silencio, del barrio de la bruma, de la niebla de sus pensamientos y su destino; de la terrible incertidumbre que ataca los recuerdos; del amable dulzor del tiempo de hormigas sementeras, o en el verano, cuando, esperanzados, creemos que pueda resurgir el ayer en el mañana.



Jesús Bermejo Bermejo                           Madrid 2012.


*Burdiaeras: grandes ventanales ubicados en los pajares antiguos por donde se encerraba la paja.

Fotos de Jesús Bermejo, Raquel Redondo y Jose Luís Hernández Zurdo.

 

1 comentario:

  1. OOOhhhhh, vaya sorpreson!!!!! Muchisimas gracias, me encantaaaaaaaaaaaaaaaa!!!! Y una vez mas, enhorabuena porque me encanta tu manera de escribir... GRACIAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSSS!!!!

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