jueves, 19 de abril de 2012

NOCHE DE GAMUSINOS


NOCHE DE GAMUSINOS.

Para irse una noche a “gambusinos” ha de ser una noche especial, la luna en lo más alto, llena, asfixiada de estrellas, que refleje los portillos de las callejuelas de La Cumbre con una luz débil, y surque, en el horizonte, de vez en cuando, algún cometa, presagio de deseos y ambiciones. Ha de ser una noche estival, de un verano singular, de perspectiva mágica y cargado de sorpresa, donde las emociones salgan a relucir y los sentimientos afloren en cada poro de nuestra piel, erizándonos, de placer, el vello de nuestros brazos.

1992 tuvo un verano muy especial, Sevilla radiaba con la Exposición Universal y Barcelona estallaba con los Juegos Olímpicos; éramos el centro del mundo en la prensa y demás medios de comunicación; no cabe duda que fue el año de los españoles; se cumplía 500 años del descubrimiento de América por Colón y las Universidades apelotonaban conferencias, seminarios, tesis doctorales, cursos de convalidación de créditos de libre elección… ese verano noventero brillaba en las televisiones de dos canales, las sombrillas agobiaban las playas y los niños de aquella época nos quedábamos embobados con las chicas en top less que salían en el telediario, por una ráfaga de segundo.
Para una pandilla de amigos y amigas cumbreñ@s de 11 y 12 años, aquella época fue eterna y maravillosa… en la piscina estaban los lavapiés con el agua “calentita” y  no demasiado limpia, que, si ibas corriendo, te pegabas unos resbalones de miedo; más de uno se hizo alguna que otra “pitera” pero la cosa no transcendía de ahí, Oscar el socorrista nos daba de mercromina y nos lanzaba, con una fuerza descomunal, al medio del espacio acuífero como si pesásemos lo mismo que un colorín. El verano giraba, y gira, entorno a la piscina; y los niños de entonces cogíamos bochinches de agua para verterlos en las madrigueras de los grillos, entre el trébol; debido a esto, salían medio aturdidos, momento en el cual los cogíamos para meterlos después en unas jaulitas de plástico que vendía Joaquín en la plaza y que costaban 5 duros.
Los días parecían tomar una dimensión distinta, nos sentábamos con las muchachas en la puerta de la Iglesia a jugar a “cuadrado” o a “maquenrro” por las mañanas; por las tardes íbamos a por ranas, o galápagos, o cangrejos al río, un poco más allá de La Puente; y por las noches espiábamos a los mayores, que se ponían en la carretera, junto al riachuelo del agua sucia a sus cosas, mientras la dehesa se veía como un “mar” de calma infinita.
1992 Mientras en el resto de España estaba la Expo y los Juegos Olímpicos, en La Cumbre, el polideportivo no estaba techado y la caseta del parque era ¡la famosa caseta del parque! (por muchos motivos, ya me entendéis) en medio de un bosque de eucaliptos con el pilón, aunque vacío, todavía vigente; lo mismo que el otro, el reciente y circular  que hicieron junto al poli para las capeas en ferias ¡¡ ese año hubo hasta encierro por el Lejio!!.... la plaza estrenaba pista y los botellones se hacían en “La Lechería”, yendo para “el Pozón”…

Pues bien, una noche mágica de aquel emblemático verano, luna llena, mediados de julio, estábamos en la plaza jugando a “cuco”, “bote botero”, “el escondite”, “bombilla”,… no se, no me acuerdo, el caso es que, en un momento de cansancio, sentados en el umbral de la puerta de lo que fue “el baile de Tío Fanegas” (ahora una ventana) salió el tema de ir a por Gamusinos. Siempre en todas las pandillas de niños y niñas, en los meses vacacionales sobre todo, se juntan gente del pueblo y gente de fuera. Los de fuera se acercan a la pandilla por mediación de alguien: un primo, un amigo, un vecino,… siempre precedido de la orden de la madre, tía, abuela <<este es…. Tenéis que juntarle eh?... ala “mijo” vete con ellos>>, en fin, contra eso no se podía hacer nada, sobre todo si tienes 12 años.
Pero como iba diciendo, venían dos muchachos con nosotros de Madrid, su padre era amigo del mío y los abuelos vivían junto a los míos, por lo que nos conocíamos bien, además, ya me ha había advertido mi abuela eso de <<juntáilo eh! Que no me entere yo que no los juntaí, ave, la gente del pueblo se junta, como es natural>>.
Estábamos en aquel umbral, esquina con la Calle de la Cruz, sudorosos del juego, comiendo pipas o cualquier bolsa de frutos secos cuando salió el tema de ir a “cazar gamusinos”; en el momento que los dos chicos madrileños preguntaron que qué eran esos bichos, las carcajadas de la pandilla estallaron en el rollo y mi imaginación se desbordó. Les conté que los gamusinos eran seres extraordinarios, parecidos a los conejos pero más gordos y pesados, que no tenían dientes y vivían bajo tierra, nunca salían a la superficie salvo las noches de luna llena donde pueden comer pequeñas hierbecillas… iba engolosinándolos con las historias de estos seres mitológicos, esperando la frase que quería oír, mientras tanto, les decía que eran muy pacíficos y que se pueden tener en un piso sin problemas porque apenas requieren espacio, etc. Al cabo de un rato, las palabras mágicas salieron de sus bocas: ¿Vamos a por gamusinos esta noche? Las miradas de complicidad junto con los codazos se repetían con disimulo mientras íbamos por las callejas próximas a la ermita de San Gregorio, provistos de un saco y linternas; al llegar a una hornilla, junto a un portillo, nos detuvimos <<este es el mejor lugar, poned el saco en la hornilla para que vayan entrando cuando los espantemos>> dije; y, de repente, todos los muchachos empezamos a movernos rápidamente con las linternas, saltando paredes y haciendo ruido, a la vez que decíamos <<¡uno!, ¡otro!, ¡este que gordo es!, ¡anda que este!>> y nuestros dos nuevos amigos, muertos de curiosidad, no paraban de repetir <<¡no vemos nada!>> y nosotros << ¿no los veis?, ¡menuda noche!, a este paso llenamos el saco>>; efectivamente, el saco se iba llenando entre el griterío de todos y la emoción contenida de las dos victimas. Pasado un rato, ya había suficientes gamusinos dentro como para repartirlos entre todos los muchachos del pueblo << bueno, hemos cogido muchos pero hemos pensado que os lo regalamos todos, así tenéis más por si se os muere alguno por el camino, pero tenéis que llevarlos vosotros, que para eso van a ser vuestros>>, esa era la parte más difícil, pero funcionó, nuestros dos amigos cargaron con el pesado saco por las calles del pueblo en dirección a la casa de sus abuelos, que era donde vivían. Por el camino, les contamos que los metieran en la bañera, pues los gamusinos eran unos animales muy torpes y no podían escapar de aquel recinto resbaladizo.

El desenlace estaba más que escrito, cuando llegamos a la casa de sus abuelos, nuestros amigos madrileños, locos de contento no paraban de repetir << abuelo, mira, son gamusinos, vamos a meterlos en la bañera para que no se escapen>> y todos los hombres y mujeres, que estaban sentados al fresco, se levantaron, alborotados, a quitarles la gran bolsa a los dos muchachos de inmediato, mientras, más vecinos se acercaban con graciosa curiosidad y el movimiento de las sillas plegables metálicas añadían ruido a la disparatada algarabía; los hombres reían, las mujeres nos miraban << ay ay, que los han engañao, que los han hecho cargar con un saco de piedras “te paje a ti que no”>>, mi abuelo se había apresurado a “agarrarme” para que no me escapara, mi abuela me miraba con cara de “te vas a enterar” y muchos de los muchachos salieron corriendo por miedo a las represalias, pero en medio de todo ese alboroto, me acuerdo de la mirada del abuelo de mis dos amigos madrileños, dándome una colleja suave, a la vez que asentía con la cabeza, como si hubiésemos dado a sus nietos una especie de “bautismo de fuego”, les hubiésemos hecho pasar una prueba ancestral, la del conocimiento y la astucia, una trampa inocente que les abriría los ojos hacia el futuro que nos esperaba a todos para ser más inteligentes, atentos y suspicaces.
Se acerca el verano de 2012, el polideportivo está techado y no hay rastro ni de pilones ni de eucaliptos; la caseta del parque ya no es tan famosa, los botellones se hacen en el Corral Concejo y no tengo ni la más remota idea de donde se van los mayores por las noches. No sé si será especial, supongo que sí, sobre todo para aquellas pandillas de chicos y chicas de 11 y 12 años que tendrán en el pueblo un campo de juego infinito; no sé si seguirán jugando a “cuco”, a "bote" o a "bombilla" en la plaza; o se divertirán cogiendo grillos en la piscina con bochinches de agua; o si gastarán la broma de los gamusinos; lo más probable es que, seguramente, los niños y niñas cumbreñ@s catalanes, vascos, madrileños, etc vengan advertidos sobre lo que son realmente esas criaturas nocturnas y fantásticas; pero antes, quizás, no se hacía así; tal vez por que las lecciones, los juegos, la infancia y la vida, en general, estaban más en la calle que en cualquier otro sitio.


Jesús Bermejo Bermejo                       La Cumbre 2012.

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