martes, 3 de febrero de 2015

EN EL CENIT DE LOS DÍAS


UN PASEO POR EL PUEBLO (III)

Para Azu y Ana,
que navegan por sus calles;
y para Chicho y José Juan,
que escalan contrafuertes

El suelo es pizarroso, se evidencia en los arbolillos que habitan la plazoleta de la Iglesia, semiencogidos sobre sus troncos curtidos por dentelladas del tiempo. Estamos en el punto más alto de La Cumbre, el que la proclama, buscando en la sombra de la espadaña el rastro de nidos ancestrales, cuyos trinos, hoy ausentes, despertaban a sus vecinos del largo invierno. La Avenida Juan XXIII luce lozana, abierta al sol, por la que gusta pasear, de vetustos hogares con patios interiores donde descansa el mundo, ya pagado el jornal; desde allí sobresalen naranjos de raíces ahondadas en pozos de brocales minúsculos, algunos compartidos con otras casas, aljibes encantados donde el vaho de la humedad son suspiros de vivencias antiguas. Hemos dejado atrás la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en su particular forma, rebelde con el rumbo que toma el resto del pueblo; altiva, ventilada a su alrededor, se muestra ligeramente inclinada hacia el oeste, adorando al sol del atardecer, cuyos rayos se colaban por el rosetón y vertían plegarias hacia el altar; hoy, la Casa de Cultura retrocede unos metros ese efecto divino.



La antigua morada del cura y la antigua cooperativa agrícola son el mismo espacio, las ventanas están tapiadas de ladrillos macizos, apuntaladas las vigas de la memoria, se oye su crepitar cuando todo está en silencio, cuando el pasado se recupera en un letrero que reza “venta de abonos” en la cerca de al lado, justo en el punto en el que la avenida se abre al campo y la naturaleza florece en el relincho de los caballos, en la repentina carrera de las ovejas, en el sonido metálico que producen las gallinas al picar  las cancelas de los tinados; allí, a la izquierda, la sombra es testigo del gimoteo de las higueras, cuyas ramas se aventuran a salir de la clausura urdida en herencias inconclusas; allí, como una barca varada, la calle Barrionuevo se esconde del trasiego común de los días, engalanadas sus puertas con tozas de granito y portales que vierten sus recuerdos en la calle San Pedro, desde donde, otra vez a la izquierda, escalando contrafuertes, recalamos en la calle Pizarro.


La voz del reloj del ayuntamiento marca el vértice de lo real y sobre las encrucijadas retumban sus campanas, esa es la señal que hace sobrevolar a la cigüeña, desparramando su silueta como una flecha, marcando este deambular difuso; la calle Triana se retuerce desde donde estamos, para no ver su final; no hay duda, mientras bajamos por Pizarro las chimeneas enseñan sus formas diagonales, los mismos caprichos que adornan las terrazas y dejan pasar el viento para  amansar los geranios que, a la mañana, parecen espejos,  deslumbrando una serie de fachadas de cuadros característicos que hizo un albañil antaño; somos afortunados de fotografiar la firma de este maestro.
Respiramos hondo, al romper los trazos presentes se nos aparece una antigua plaza que no existe, calle La Victoria, una lombriz se abre paso en la arquitectura de cuadras escondidas, de cerrojos que oxidan recuerdos de propietarios lejanos, de cánticos arremolinados en el callejón vomitorio hacia la calle Ancha; nos gusta la complicidad de sus entradas; torcemos a la derecha, a la calle Gabriel y Galán, donde existe un portón con arco de medio punto y capiteles brizando el misterio que la rodea, la incertidumbre se apodera de nosotros y disfrutamos el contraste de luz en la lengua de cemento que baja, mojándonos de anécdotas escondidas en el pozo acuartelado del callejón, antes de entrar en la calle Portugal, donde los tejados disminuyen su estatura y sus tejas peinan la vista de los que arrebatan su monotonía


En el curso protector de los días, vuelven sobre nosotros antiguas puertas con gateras por las que salen ladronzuelos de bigotes alisados, estampas en pasajes que hacen sospechar sobre su origen, portales de mejillas espolvoreadas de blanco, protestan sus goznes para seguir ocupando el lugar que reclaman, junto a los corrales, balidos hermanados en las pizarras, silbido que se cuela por las callejas sin nombre que dan a la carretera, espacio abovedado en las esquinas, donde las ventanas se miran y dejan escapar el rumiar de la vida.

Las persianas que asoman son parpados de pestañas verdes; llegamos a otra encrucijada, hacia adelante vuelve a surcar la calle Ancha, sobre nosotros, otro callejón con un poyo al final donde, al calor del verano, el hombre se encontraba consigo mismo fumando un cigarrillo furtivo, antes de torcer a la derecha, vigilados por una chimenea de labios finos; allí, un limonero rejuvenece el enclave y acumula sol una fachada picada por la asimétrica proporción del adobe, desde donde salen el murmullo de las piedras, inclinadas con destreza

Podemos sentir, al no oír voces, un pesimismo que apedrea el presente, observamos casas deshabitadas cuyos dueños zarparon en el sueño y en el sueño de volver viven lejos, las calles se labran como los que la pisan, huellas fugitivas, ropa tendida en la calle, pinzas solitarias que se mueven descifrando el porvenir, lo demás sobra, días desgajados de multitud; escucho ese ruido devastador, ese pitido que vaticina el silencio, de estas calles por las que hemos descendido, desde la atalaya de los versos nunca escritos, en el cenit de estos días que alborean encuentros, en los abrazos que lo pueblan.

Continuará…


Jesús Bermejo Bermejo        Madrid 2014.

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