jueves, 28 de noviembre de 2013

LA SENDA DEL PALACIO

UN PASEO POR EL PUEBLO (II)



Posiblemente es tarde, las fachadas antiguas han sido destruidas y se han levantado cocheras de puertas metálicas donde siempre han habitado portales típicos; las calles del silencio no proclaman su terminación sino que se ramifican en las pendientes arteriales de aquellas que suben a la plaza; antiguas cuadras altas resisten el paso de los años y sus pilas graníticas se esconden entre tapias de adobe mientras el descorrer de sus cerrojos desata familiaridad a los oídos, una especie de música que empaña el presente y circunda la silueta trazada. La calle Condesa de Romero se somete a la bifurcación de dos vías, San Gregorio y El Palacio, cogemos la segunda, ascendemos, puertas pequeñas se aprietan entre las casas alicatadas de honradez; empiezan a levantarse los tejados, ya no vemos el cielo tan abierto y no podemos dar con la cabeza en los canalones, a modo de broma absurda; un poco más arriba, al lado del molino, cuya esencia se reverbera en la armonía de las estaciones, sucediéndose como el péndulo de un reloj de pared, portales amoldados a los años que nos tocan y un gran arco a la derecha pregonan la existencia de un enclave cumbreño dotado de nobleza discreta.

Me sujeto a conjeturas de esquina como que, en otro tiempo, la calle palacio no existía y la fachada de la casa señorial se abría a sus dominios como un otero en la estepa. Es posible adivinarlo a través de sus muros firmes, pizarrosos, acordonando las cercas colindantes; reptando en la línea atemporal que nos dejan las piedras en la marca de su gastada singladura, suspiros injertados en sueños que se desglosan en el silencio de las siestas, o en la nebulosa inhospitalidad que ofrecen las heladas invernales.
En esta vivienda habitó el que fuera señor de La Cumbre, Pedro Barrantes, título otorgado a golpe de monedas incas, nacidas de la promesa del emperador Atahualpa; nombres, lugares, guerras y tesoros que se escapan de nuestro paseo cuando, salimos del callejón donde, la gloria antecesora, esparcida al viento desmemoriado, destierra la presencia sobresaliente de nuestro palacio.
Un poco más arriba, enlazando con las calles Hernán Cortes y Don Pedro Barrantes, cruce de cofradía en Semana Santa y trasiego de botellones veraniegos hacía el Corral Concejo; una antigua pila granítica, aposentada en su distrito, luce empastada de cemento donde, todavía es posible adivinar el surco por donde caía el agua gastada cuando, el trapo o el tapón de corcho, abría la salida y la tierra se alfombraba de barro. Decidimos seguir subiendo, dirección a la iglesia, la longitud de la senda se ensancha y las moradas se cubren de luz; al darnos cuenta de que subimos se va delatando aquella “culmen inis” que civilizaciones antiguas pudieron observar, cuando nuestro pueblo no existía y rebaños de pastores nómadas vagaban entre grandes encinares mientras la “cabeza de zorro” (Turgalium) se hacía visible a lo lejos.

La plaza de la fuente de los cuatro caños abraza, esmaltada con nuestro carácter, el baño de sol que la embelesa casi todo el día, acentuándose desde pasadas las doce; parece un resumen de nuestro pueblo ya que en ella se recogen, sin pretenderlo, los principales elementos de nuestra arquitectura tradicional: portalones grandes de madera, espesura de cuadras altas con vigas de encina relinchando en sus bóvedas; portal típico, sencillo, humilde, laureado entre sus poyos, encubriendo tras la blancura de su fachada la mampostería antigua, trazada, augurio de manos firmes y expertas; tozas de granito en puertas grandes de balcones con herrería detallada, inclinada a los acontecimientos que pasaron y pasan; y la fuente, heredera de aquellas que pusieron cuando “había agua en el pueblo pero no en las casas”, con el vértice desafiando al cielo y adornada de alicatado atrevimiento.
Es uno de los rincones más bonitos de La Cumbre, relegado a un segundo grado, quizá, por su proximidad a la iglesia, cuya imagen se asoma al final de la calle, recargando la paleta cromática de colores que se agudiza en nuestros ojos.
Me apresuro a tomar fotografía del portal en el esfuerzo, casi imposible, de retenerlo en el tiempo, con la pena de que, cualquier día, desaparezca y sea otra cochera metálica la que se embadurne de sol en esta preciosa plaza, cuya esencia, vamos dejando por el callejón de la izquierda, engalanado por las ramas grandilocuentes de un olivo.

Las calles con grandes historias se reconoces enseguida, La de la Iglesia es una de ellas, de las más rectas del pueblo, aunque evolucionada, deja entrever antiguas casas grandes, vanagloriadas en los años en que fueron destacables. Observo una en particular, no porque tenga algo especial, sino porque allí habitó un personaje antiguo del pueblo, huraño y estrafalario, propio de cualquier novela de William Faulkner, antiguo vecino cuya historia volvemos a aparcar en este paseo que nos lleva hacia la calle Olivo, no sin antes girar hacia la izquierda y saborear otro rincón que esconde el murmullo de muchas conversaciones veraniegas, la tranquilidad es perceptible, la elegancia se mezcla con la sencillez de sus fachadas, un patio y una entrada únicas capitanean su estructura, un indicio libertario se cuela por otro callejón que nos llevaría a Hernán Cortes si lo pretendiéramos y, subida a los tejados, la palmera  nos devuelve sobre nuestros pasos, hacia la calle Olivo, de nuevo, para seguir esta particular senda, el sendero que se bifurca cual remolino de una hoja otoñal, a merced del viento.
Como una señal de continuación del paso, la ropa tendida se enfrenta con antiguas ventanas de casas inhabitadas, aguardando su propia utilidad en el presente; la vía se vuelve a abrir: a la izquierda, un callejón, otro más donde se almacenan los recuerdos ancestrales; a la derecha más cocheras, portales adornados de coronas redondeadas, cuadras que se cierran al silencio heridas de carcoma, naranjos y limoneros, ya en la calle Triana, ahondando sus raíces en la cima, en la cumbre de nuestro pueblo, el punto más alto, el que nos bautiza.

El recuerdo de un “perro salchicha” feroz se sucede con el olor a pan recién hecho en un despacho antiguo y la leche ordeñada del día tras la puerta verde de una cuadra, tirón de mofletes y miradas escrutadoras cuando, de pequeño, agarrado del brazo de mi abuela, iba con ella, panera de tela y cántaro metálico, a por las provisiones diarias con el edificio de la iglesia entablando un nexo tradicional, en cuya plaza, recalamos,  hoy, y nos sentamos a contemplar su puerta principal mientras nos preguntamos donde habrán ido la gran cantidad de golondrinas, “aviones”, vencejos y palomas, cuyos chillidos se mezclaban con nuestros gritos infantiles, después de que se taparan sus hornillas; dónde habrá ido la cigüeña, que tantas veces nos habrá visto jugar desde su atalaya, después de que se quitará el “balconcino” donde estaban las campanas; ¿se habrá visto obligada a emigrar como tantos cumbreños? las imprevisibles consecuencias de nuestros actos no son siempre las que esperamos.

Jesús Bermejo Bermejo                        La Cumbre 2013.



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