martes, 28 de febrero de 2012

GRANADILLA


Para mi amiga Raquel, 
que vivió allí y sintió sus latidos.

Al final de un vía crucis de piedra en el pueblo de Zarza de Granadilla, casi sin señalizar, empieza una pista forestal mal asfaltada y llena de baches, con fuertes subidas y bajadas que hacen que la marcha en el coche se efectúe con velocidad corta. Grandes pinares ensombrecen el paisaje, ya de por sí, oscurecido por la amenaza constante y grisácea de un cielo entristecido, cuya prueba más evidente se refleja en el deambular de pequeñas gotas furtivas, atraídas por la humedad.
Según avanzamos, las copas de los pinos ocultan el horizonte y no hay nadie alrededor; instintivamente, quitamos el volumen de la radio cuando, por fin, vemos una silueta humana a lo lejos; es un anciano que camina cabizbajo con un buen paraguas portugués a la espalda; levanta la cabeza cuando nos cruzamos con él, ladeándola ligeramente a la izquierda, como señalándonos a donde tenemos que mirar; justo el momento en que, pasando la curva, nos encontramos con el nuevo cementerio de este pueblo tan melancólico: un pequeño recinto de paredes blancas que contrasta con el verdor espeso que lo rodea; dentro, unas cruces muy antiguas, algunas de madera, duermen el sueño eterno, compartidas con unas cuantas lápidas, un par tal vez, extrañamente nuevas, dotadas de flores frescas. Cuando volvemos al coche, al mirar la carretera, no hay ni rastro del anciano, ni siquiera se ve su figura desdibujada a lo lejos.

No menos de un kilómetro, por fin, encontramos el pueblo, Granadilla, y, acto seguido, como una cicatriz, el abrazo angustiado de las aguas del embalse de Gabriel y Galán. Solo bajarte del coche te das cuenta que el lugar es mágico y enigmático, una causa por la que luchar, una nostalgia por la que sentirse orgulloso.
La fantástica Torre del Castillo laurea la puerta principal de la muralla almohade que cobija al pueblo; al lado, los eucaliptos se ahogan unos a otros por las continuas subidas del pantano. Un gran olmo centenario invita a disfrutar de la entrada, mientras, nos recorre el pensamiento de sus vivencias; el éxodo de su gente; la invasión del agua en sus dominios.
Solo la calle principal está empedrada y sus casas han sido restauradas para albergar a los trabajadores y estudiantes que participan todos los años en el Programa de Recuperación de Pueblos Abandonados.

Pero, antes de todo esto, subimos a la muralla por la escarpada escalera granítica de escalones gastados; y vamos rodeando, poco a poco el pueblo, deteniendo nuestras miradas en el fluir de los muros quebrados y, ahora, insulsos de sus casas, mientras, al otro lado, el vaivén de la llanura acuífera serena nuestro oídos. La curiosidad sobre la incertidumbre del destino de sus habitantes zumban en nuestras cabezas al andar pausado, en el recorrido por la muralla; mientras, poco a poco, casi sin darnos cuenta, sale a relucir su historia, casi, desde sus comienzos, cuando fue fundada por los árabes en el siglo IX, pues estaba en una colina desde la que se podía observar el paso de la antigua Ruta de la Plata y el horizonte fructífero de las vegas del río Alagón. De ellos es la muralla y la alcazaba de la entrada, que después los cristianos convirtieron en castillo, levantando una torre cuadrada y adosando en cada cara, siglos más tarde, cuerpos semicilíndricos. En 1160 fue conquistada a los árabes por Fernando II de León, quien le otorgó el Título de Villa.
Tiempos de aceros y reconquista, de cruzadas, de implantación de religiones en la que Granadilla ejercía un punto de gran importancia, ya que dominaba toda la parte meridional de las Transierras Leonesa y Castellana.

Habíamos llegado al otro extremo del pueblo por la muralla, auscultando, casi a vista de pájaro, la irregular forma de sus calles y la presencia destronada de su iglesia, hasta llegar a la puerta de acceso trasera, donde, sin pretenderlo, tropezamos con la leyenda de Margarita de Narbona y el pérfido Alvar Núñez de Castro.
Estaba esta dama, mujer de singular belleza, casada con el infante Don Pedro, hijo del Rey Alfonso X el sabio, quien, a modo de regalo le donó Granadilla para su defensa y custodia.
Pero quiso el destino que Doña Margarita de Narbona se quedase viuda al poco de permanecer en la villa, y que despertase, por si inigualable belleza en leguas a la redonda, el interés de muchos caballeros por cortejarla. De todos estos, el más profundamente enamorado de su persona era Don Alvar Núñez de Castro.
Eran tiempos donde las coronas se disputaban los territorios que, según cada cual, reconquistaban a los árabes; es decir, que a la vez que se reconquistaban tierras al Islam, estas sufrían durante un tiempo rencillas entre los reinos leones, castellano y portugués por ver quien era su legítimo dueño.
Así, en nuestro caso, Doña Margarita de Narbona, mientras la acechaba el cortejo silencioso de Don Alvar, tenía que proteger el castillo y el pueblo de las hostilidades y asedios de su cuñado, Sancho IV de Castilla, quien reclamaba para su corona estos dominios.
Cuenta la leyenda que una noche, durante un asedio, Don Alvar abandonó su puesto de guardia para ir en busca de Doña Margarita, declararle su amor y llevársela por un pasadizo secreto que los conduciría al río Alagón, donde podrían huir a Portugal y ponerse a salvo. Cuando llegó ante ella y le confesó que estaba locamente enamorado, se llevó una frustración terrible cuando la dama le recriminó que había abandonado su puesto en la defensa de la villa y que no sentía ningún afecto por él, salvo el respeto de caballero. No pudiendo creer estas palabras, instintivamente, Don Alvar la tomó por la fuerza, provocando que se desmayara y, cargándola a hombros, se disponía a llevar a cabo su plan.
A la salida del castillo, en medio del jaleo del asedio, se encontraron con Fernán Rodríguez, el alcalde, quien comprendiendo el secuestro que estaba llevando a cabo el caballero, se dispuso a sacar su espada para enfrentarse a él. Pero Don Alvar, docto en el arte de la lucha, no tuvo especial problema para, dejando un momento a la señora, acabar con el entrometido. Una vez hecho esto, volvió a coger en brazos a Doña Margarita, pero esta, al volver en sí, le apuñaló con su propia daga y pudo escapar de él, refugiándose de nuevo en la torre del castillo.
Malherido, el caballero vagó desesperado, envuelto en llantos, por el pasadizo secreto y, pudiéndose subir a su caballo, consiguió huir, para morir días después, a causa de sus heridas, la de la daga y la del amor no correspondido, en una ermita cercana donde lo acogieron.
Dicen que cada noche, vuelve Don Alvar Núñez de Castro, vagando por las calles de Granadilla, con su caballo, pidiendo perdón al cielo por su cometido, y solo las mujeres pueden verlo.

Pasear por el pueblo es navegar entre pizarras y balcones deshojados, que describen, en esta mañana, el aura gris de las almas que yacen en el recuerdo. Subimos a la plaza, de tierra, secundada por casas señoriales con arcos de medio punto y cantería admirable; el recinto invita a respirar, sentarse, quizás escribir unas notas que se desmoronan como las vigas de los tejados; y se desplazan como las voces en el eco del silencio. Todo es antigua piedra manufacturada entre calles solitarias sin amparo, donde gimen los letreros de sus nombres: de La Fragua, Santo Tomás, de La Ascensión, de Fernando II…, las zarzas intentan reconquistar los rincones menos transitados, abarcando las paredes que se levantan como  gritos de protesta; volviendo a los principios del tiempo, en la silenciosa similitud con la soledad.

Darse un paseo por Granadilla es un análisis exhaustivo con la conciencia, pues surgen preguntas y dubitativos miedos en lo que acontece al presente de este lugar, de puertas y balcones sin ojos curiosos que se abren al cielo, amenazando con desplomarse en medio de lo que fueron calles transitadas de vecinos; las rejas de sus ventanas yacen insulsas y expoliadas de la más remota existencia; y las tejas, de sangre arcillosa, viajan, sin sujeción, al capricho de viento; mientras los hierbajos limpian las veredas y las ortigas lamen el suelo, para que nada quede de nuestra presencia.
Aun así, pese a todo, algunos árboles centenarios resisten todavía, como únicos testigos, mientras en los desvanes, enfermos de goteras, revolotean y se escucha el zureo de las palomas en una esperanzadora señal de vida.

Caminar por Granadilla, en silencio, observar los arcos y la silueta de sus puertas sollozar por su condena al abandono. La Iglesia, gótica, cerrada, cuyas vidrieras hace tiempo que fueron sustituidas por paneles de madera y hierro, intenta, inútilmente, conservar el propio tiempo dentro de su bóveda, hermético. Y en el otro extremo, el Castillo  y su fantástica torre, desde donde se observa el pueblo entero y, alrededor, toda una estepa de agua; un paisaje desolador y vacío que, hace años, exhibía los pastos y las ricas tierras de las vegas del río Alagón.

Al llegar a su cementerio viejo, ahora ya un recinto de paredes desvencijadas con agujeros en el suelo, como un canto de calaveras, nos acordamos de sus últimos vecinos y de su forzada peregrinación.
En 1955, el Consejo de Ministros de entonces aprobó la expropiación de los terrenos para la construcción del Pantano de Gabriel y Galán, quedando toda la zona inundable. En 1960, Granadilla se quedó sin párroco y sin médico; según subía el nivel del agua emergía el éxodo de sus vecinos, un viaje que todo el dinero indemnizable del mundo no podía comprar. Los últimos en resistir recuerdan como tenían que pagar una especie de alquiler, a la Confederación Hidrográfica del Tajo, para seguir allí ¡pagar por cultivar en sus tierras, y vivir en sus casas! La emigración fue muy dura, dejar atrás siglos de convivencia, enterrar la infancia, la juventud, la vida en general… y volver a empezar en otro lugar, en Alagón del Río, que fue el pueblo nuevo que les habilitaron, o irse lejos, dejando atrás las encinas, a las grandes capitales, empezar de nuevo, a fuerza de dejar anclado el corazón, como un barco varado, en las aguas del embalse.

En 1980, después de 20 años de abandono, la villa fue declarada Conjunto histórico-artístico; se rehabilitó la muralla y el castillo, se reconstruyeron algunas casas y se limpió la zona; impulsado todo por el arquitecto Antonio Espejel.
En 1984, quedó incluida en el Programa Interministerial de Pueblos Abandonados, rehabilitada, se usa, principalmente, aparte del turismo, para albergar a estudiantes que participan de las actividades de este singular programa.

Hoy día, a pesar de sus azarosos acontecimientos, Granadilla sigue sumida en el silencio y en la propia magia que la envuelve. Sus descendientes se reúnen dos veces al año en el pueblo: el 15 de agosto, el día de la Virgen, y el 1 de noviembre, de todos los Santos. Pasean por sus calles y recuerdan; sus ojos y su mente transforman el paisaje como una máquina del tiempo, devolviendo la dignidad y el apogeo que tenía antes. Desde hace pocos años han empezado a enterrar a sus muertos en el nuevo cementerio; luego charlan y revisten sus vivencias de antiguos, y buenos, recuerdos mientras las almas de sus antiguas casas reconocen sus siluetas.

Cuando volvemos al coche, la tarde está dando los últimos latigazos y empieza a correr una brisa fría, que se cuela entre los eucaliptos y silba desde lo alto de la muralla. Algunos muchachos hablan en alto y ríen, sentados en los poyos de la entrada. En la base de la torre del castillo todavía se puede apreciar, a pesar de los siglos, antiguas marcas de canteros árabes. Alzo la vista, en un intento casi infantil de buscar la presencia de Doña Margarita de Narbona; y miró a la izquierda, imaginándome el paisaje antes de la afluencia del agua. Los muchachos siguen ahí; me pregunto si se encontraran por la noche al espíritu de Alvar Núñez de Castro, cuando deambulen por sus calles en uno de los juegos nocturnos.
Con el fuerte deseo de un futuro digno y provechoso, dejamos el pueblo atrás, silencioso, oscuro, desnudo como las aguas que lo rodean. Cuando llegamos, de nuevo, a Zarza de Granadilla, en la entrada, nos encontramos de nuevo con el anciano de la mañana, que caminaba con un buen paraguas portugués a la espalda; le saludo y me contesta en un acto reflejo; respiro profundamente aliviado << No era un fantasma>> dejo decir en alto.


Jesús Bermejo Bermejo.                          Granadilla 2011.

martes, 14 de febrero de 2012

EL POETA QUE CALZABA ALPARGATAS


MIGUEL HERNANDEZ


El otoño de 1939 fue una estación de árboles sin sombra y campos desnudos sin amparo ni fruto. El hombre camina famélico y exhausto entre barbechos perennes de tierra dura y extrema; nadie diría que es poeta, nadie pensaría que aquella silueta perdida en la llanura andaluza, de piel morena y frente despejada, de ropas humildes, maleta gastada y alpargatas de esparto, ha escrito los mejores versos de su época, de una emoción radiante y realidad iluminada.
No pudo atravesar la frontera, en Portugal, la policía Salazarista le entregó a las autoridades de esa nueva España que se estaba forjando, bajo un aliñado de injustos ideales.

No parecía un poeta, pero él siempre luchó por serlo. Un amigo mío me ha dicho que la poesía es un arma muy peligrosa para el que la escribe; el autentico poeta se delata por una cierta inclinación lunática de la pasión. Todo esto, parece ser, constituye una fuerza tan grande que hace del creador de versos un enemigo de sí mismo y, al mismo tiempo, un enamorado de la palabra y de su destino.

Esta es la historia de Miguel Hernández, el hombre, el poeta que siempre quiso serlo pero que la vida misma se lo intentaba impedir a toda costa.
Para empezar, nunca siguió el esquema trazado del poeta; obligado a no estudiar, pastoreó durante años las cabras de su padre bajo la sombra de Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Góngora, … en el calor de las huertas de Orihuela, desatándose el verso autodidacta, pasional, sumergido en la palabra, en la tierra, en el deseo:  He poblado tu vientre de amor y sementera / he prolongado el eco de sangre a que respondo /y espero sobre el surco como el arado espera / he llegado hasta el fondo.

Su primer viaje a Madrid no fue sino una prueba más de los obstáculos que se encontraría en su trayectoria de poeta; puertas cerradas, versos enlazados entre parques y calles que nadie leía; el hombre desentonaba, no era un señorito de la residencia de estudiantes que evocaban el surrealismo; él hacía frente a la emoción contenida, al ansia de alcanzar el fruto maduro del verso: Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado /por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto.

Su segundo viaje a la capital será distinto, se empieza a sentir poeta pero se da cuenta de sus diferencias. Es su etapa más prometedora, 1931, la República, la explosión de la cultura. Él no encaja como hombre entre las tertulias y los cafés, con sus amigos Neruda y Aleixandre, pero su talento poético va alcanzando sus cotas más altas. Se da cuenta de ello y escribe: Me llamo barro aunque Miguel me llame / Barro es mi profesión y mi destino / que mancha con su lengua cuanto lame.

En medio de todo este surrealismo, despertar ideológico, en 1935, muere su gran amigo Ramón Sijé, a quien inmortaliza en su extraordinaria Elegía, crisol de elogios hasta del introvertido, futuro ganador del Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez: daré tu corazón por alimento /Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento.

1936, estalla la Guerra Civil, fiel a su entusiasmo, se alista en el bando republicano, atrás quedan sus libro y sus poemas, su trayectoria recorrida para dar lugar a otra de exaltación patriota y libre: Alza, toro de España: levántate, despierta / Despiértate del todo, toro de negra espuma /que respiras la luz y rezumas la sombra /y concentras los mares bajo tu piel cerrada.
Miguel, una vez más, no es como los otros poetas, nadie diría que compone versos, viste mono y alpargatas, empuña el fusil y cava trincheras, está sucio, curtido, pero aun así, de su mano morena saldrán poemas como La canción del esposo soldado o Aceituneros, que recitará subido en el capó de un coche, en el frente de Extremadura, con las encinas y los fusiles en alto.
Los milicianos le llaman “el poeta del pueblo”, esta cita envolvió al hombre para siempre, le convirtió en un canto al aire, una alegoría a la libertad, un molde que rompe estereotipos.



Durante los años de la contienda, se casa con Josefina Manresa y es padre, aunque por poco tiempo, ya que su primer hijo se muere al poco de nacer; a él está dedicado el poema Hijo de la Luz y de la Sombra: El hijo está en la sombra / de la sombra ha surtido / y a su origen infunden los astros una siembra / un zumo lácteo, un flujo de cálido latido / que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
En 1939 nace su segundo hijo, en esta etapa de su vida conoce la derrota, la prisión, la huida de su pueblo, la ascensión de todo aquello que detesta; una frustración perpetua se apodera de él. Sufre cárcel y se le condena a muerte, pero se la conmutan por la de treinta años por la intercesión de los pocos amigos que le quedan. Es el tiempo de la sombra, de la desdicha de los perdedores; en la cárcel, conoce a Buero Vallejo, autor de su famoso retrato que tantas veces coronará las habitaciones de los jóvenes de izquierdas modernos; y recibe una carta de su esposa que le cuenta que su hijo y ella solo tienen para comer pan y cebolla; en medio de todo este sentimiento, verá la luz su genial poema Nanas de la cebolla: La cebolla es escarcha / cerrada y pobre /escarcha de tus días /y de mis noches /Hambre y cebolla /hielo negro y escarcha /grande y redonda.

En 1941 enfermó de bronquitis y tifus, que se complicó con tuberculosis; antes le habían ofrecido la libertad a cambio de abrazar el nuevo régimen y renunciar públicamente a sus ideales de izquierdas, no quiso su alma encinta de aquel entusiasmo, aquel poeta de alpargatas, fiel a lo que siempre quiso ser, murió en 1942 a la edad de 31 años. Se dice que no pudieron cerrarle los ojos y que el forense lo atribuyó a una “viveza mental y emotividad exagerada”, hecho sobre el que Vicente Aleixandre compuso un genial poema.

Aquí quedó el hombre y nació el poeta, en los años 70, sus versos renacieron en las mentes de generaciones de entusiastas que, como él, abrazaban el verso desnudo de un alma libre, aquellos escritores siguieron su viveza mental y emotividad acertada, se adornaron sus poemas con música y se le evocaba en todos los acontecimientos literarios.
Después de unos años dormidos, creo que ha llegado la hora de releer a Miguel Hernández, en este tiempo de hipocresía política, es el momento de empaparnos de sus palabras y adentrarnos en las profundidades de su amor a lo que él creía, deleitarnos de su pasión en el transcurso de sus poesías, y acercar todo esta emoción a las generaciones que vienen para que su legado no muera ni caiga en el olvido.
Si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta /Muerto y veinte veces muerto / la boca contra la grama /tendré apretados los dientes / y decidida la barba /Cantando espero a la muerte / que hay ruiseñores que cantan /encima de los fusiles / y en medio de las batallas.


Jesús Bermejo Bermejo.                  La Cumbre 2010.


Relato publicado en la revista Croni.C.R.A de las Villuercas en el 2010.

martes, 7 de febrero de 2012

FOTOGRAFÍAS ANTIGUAS (1)


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sábado, 28 de enero de 2012

LA CRUZ DEL AVIADOR


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miércoles, 18 de enero de 2012

PUEDO CONTAR LA HISTORIA DE LA CUMBRE...


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martes, 10 de enero de 2012

MI VIDA TEJIDA A MIGUEL DELIBES

MI VIDA TEJIDA A MIGUEL DELIBES

Veinte años después he vuelto a leer “El Camino” de Miguel Delibes; una tarde me ha durado, sentado en el sillón de mi piso madrileño. Al paso de los capítulos recordaba cuando abría las hojas amarillentas del ejemplar ajado de la biblioteca de mi pueblo, encaramado en el piso superior del cine de verano de mi abuelo (que por entonces no proyectaba ninguna película, “Espartaco” de Stanley Kubrick fue la última) mientras las palomas y las grajillas sobrevolaban su nuevo dominio.

Ahora me doy cuenta, después de veinte años, que yo era un niño del universo de Don Miguel, pertenecía a su forma de ver las cosas y de plasmarla en la tinta de sus sentimientos: mis padres también querían que estudiase y que fuera un hombre de provecho y, como “Daniel el Mochuelo”, me parecía muchísimo más importante la labor de mi abuelo en el campo y en la tienda que las decisiones de, por ejemplo, el Presidente del Gobierno. Cada personaje de sus obras literarias adquirían una dimensión real a mi alrededor; así en mi pueblo había una “Guindilla”, con su cotilleo constante y su misa diaria; y mis amigos se parecían a “Roque el Moñigo” y a “German el Tiñoso” cuando íbamos a bañarnos al “Charco la Olla” y cogíamos “tontos de agua”; también íbamos a la iglesia a gritar a los que estaba en el coro <<¡voces puras, maricas!>> ante la mirada aviesa y amenazante de nuestro “Don José el Párroco” que se llamaba Don Leopoldo; tenía por entonces a una “Uca uca” que no paraba de mirarme y de querer estar conmigo y a la que odiaba y, sin embargo, no podía estar sin ella.


“El Camino” de Miguel Delibes fue mi primer libro autodidacta (entiéndase por tal aquella novela que lees de manera voluntaria y no obligado en el colegio) y me cambió la vida o, más bien, la transformó porque sentí que no era un ser real sino un personaje de una de sus obras; por eso, como en un crimen sin resolver, me adentré en el fondo de la cuestión; por lo que me puse a devorar más novelas suyas y, como en unas arenas movedizas, quedé atrapado aún más en su universo.

La naturaleza, el pueblo, la afición a los animales eran sensaciones que caían de sus paginas como los caramelos de una bolsa; así sabía que el cuco es un pájaro “aprovechao” que pone los huevos en otros nidos para que sean otras aves quienes alimenten a sus crías; sabía que hay que contener el aliento para subir a los nidos de las palomas y las torcaces; que al jilguero se le puede criar en una jaula cogiéndolo polluelo y dejando que sea la madre quien le alimente, a través de los barrotes, hasta que pueda comer por sí solo; sabía que las perdices hacen “prrr” y no “brrr” y que el cárabo es la única ave rapaz nocturna que se ríe… todo estaba conectado, en sus libros y en mi vida… salir a por tordos con “liga”, cazar cangrejos con carne podrida en un anzuelo, coger ranas con un trapo rojo y una linterna… me sentí “el Nini” de su novela “Las Ratas” y mi vecino, cabrero entre sus muchos oficios, era el “Señor Cayo”, y mi tío, que por entonces estaba de candidato a la alcaldía, el “Diputado Víctor” en “El disputado voto del Señor Cayo”… todo mi mundo estaba en el suyo, encajaba como las piezas de un puzzle perfecto solo que con nombres distintos: los perros de mi abuelo “Nelo” y “Torri” eran “la Fá” y “el Loy” del “Nini” en “Las Ratas”, y un cernícalo que crié años más tarde bien podría ser “La Milana” de “Los Santos Inocentes”.

Pasaron los años y Miguel Delibes se había convertido en mi escritor de culto, leí todas sus novelas, relatos, libros de viajes y ensayos (“La sombra del ciprés es alargada”, “Aún es de día”, “Mi idolatrado hijo Sisí”, “La hoja roja”, “Cinco horas con Mario”, “El príncipe destronado”, “Las guerras de nuestros antepasados”, “El Tesoro”, “Madera de héroe”, “Señora de rojo sobre fondo gris”, “El hereje”, ect) hasta llegar a “Los Santos Inocentes” y luego la película; el desgarro de la humillación de los oprimidos, los caprichos de los señoritos, el analfabetismo… eran cosas que tocaban cerca, como si existiese una guerra a la vuelta de la esquina. Los jóvenes extremeños no permanecían impasibles, lloraban de rabia, apretaban los dientes y asentían con la cabeza, con el compromiso de hacer de su tierra un lugar mejor y de progreso… hasta en eso acertó Delibes.

No se si mi sentimiento es compartido por todos los hombres y mujeres extremeños/as que fueron niños y niñas rurales; éste no es un relato de la vida y obra de Miguel Delibes, para eso está Internet y los periódicos. Esto es un esbozo del sentimiento de su obra, una sensación muy placentera que os animo a disfrutar.


Jesús Bermejo Bermejo.                            La Cumbre 2010.

Artículo publicado en la Revista “Croni C.R.A Las Villuercas” con motivo del fallecimiento del genial escritor.

lunes, 2 de enero de 2012

LUIS ARIAS CASTRO “UN CUMBREÑO VALIENTE”.

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lunes, 19 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE "LA JARA"

HISTORIAS DE LA JARA
I
Paseo por el valle de la “Charca Runel” perdido entre la niebla, el viento sopla débilmente por toda la hondonada, removiendo las hojas caídas de los chopos que tapan toda la hierba con su alfombra otoñal. Todo está solitario en su propio silencio y es inevitable el olor de las higueras, cuyas raíces penetran entre las paredes del molino y destruyen el viejo muro de la charca, estallando como cuñas naturales.
Poseído ya por las malas hierbas y en un perpetuo abrazo con las zarzas y el musgo, el molino todavía se deja ver a través de su ventana, donde tiene el nido un búho real, el último habitante de su historia; así, en las noches gélidas de invierno, se escucha desde el interior el canto lúgubre del gran duque, como si de un espíritu se tratase; y todo esto bajo la esencia del agua que embruja al valle, convirtiéndole en un ser vivo y ,al divino elemento, sudor que emana de sus poros.
El pequeño riachuelo, que nace de entre los berrocales hasta dar con el “Gibranzos”, laurea su feudo y, por muchos obstáculos que encuentre, el agua siempre sabe conducirse a través de la tierra, como golpeada, sin dejarse dominar en absoluto, se guía con un instinto casi vivo; puede que sea algo sobrenatural, pero la torrentera choca ferozmente en la roca y yace arrastrándose cuidadosamente por su cauce. ¿Acaso puede tratarse de un gran dios? Puede ser, el agua moldea los riscos y los pone a su merced, enfrentados; belicosos guerreros con lanzas de plata, dejan caer sus corazas ante la reina de la vida: el río, que atraviesa chopos y olmos hasta perderse entre las zarzas, meterse en cuevas de donde no sabemos nada de él, ni siquiera las sierras que lo custodian se pueden explicar tal misterio. ¡Qué cosas de Dios! Cosas que atrás va dejando la vida, que muestra el color verdoso de las plantas, árboles y la maleza que envuelve el paisaje de manera que deja enmarañable todo cuanto le rodea.

Un bosque alrededor del mundo, de ese mundo que quizá, alguno no nos podamos creer que pueda existir todavía, de ese mundo que había estado allí antes que nosotros y que cambió en cuanto le tocamos con la mano.
El arroyo sigue bajando partiendo la sierra, todavía sigue siendo impenetrable la civilización, presenta el cantil una hoja casi prehistórica. Ese verdor, ese aroma, ese color, pero sobre todo, ese ruido que cautiva los tímpanos a los lejos, el chasquido turbulento, encantador, el choque de las gotas al amanecer, la cascadilla enturbiadora… hacen del arroyo lugar enigmático y paradisiaco.
Hoy el valle, olvidado por los hombres, envejece sin más ruidos que los de la propia naturaleza.
Me alejo poco a poco, caminando por una antigua cañada mientras pienso que el búho, seguramente, me estará observando, quizá desde una corpulenta encina, o anclado en los riscos, como el señor que otea sus tierras desde la torre de su castillo.
Dejo el bosque apretado, el último centinela de estos páramos, y abandono al valle, ermitaño del tiempo, paraíso olvidado que, en las noches de luna llena, en las que el viento duerme y reina el silencio en la hondonada, se escuchan silbidos que cruzan los montes y voces que chocan en las pizarras; y hay quien jura haber visto a alguien a la vera del río, y una luz que se escapa del molino, como si todo estuviera embrujado, poseído de un enigma, recordado en su obsolencia.

II
Un día soleado de primavera, unos niños juegan a esconderse alrededor de la “resbalaera”; las encinas y los chaparros crean pequeñas oquedades dilatando el granito que vence al tiempo y al silencio; sus raíces se mezclan con el roquedo de manera que parecen nacidas de la misma piedra. Uno de estos niños salta de una peña a otra, se esconde tras una “escoba” y, agarrando una seca, se desliza por el tobogán natural. Atraviesa una pequeña mancha encinosa donde el humus apenas deja crecer la hierba, y se mete en la cavidad de un gran canchal; arriba, de toda la vida, hay un “cagarrutero” de gineta, la firma de un territorio ultrajado esa mañana por voces infantiles.
Los chavales se han escondido; mientras uno de ellos cuenta, el sol deslumbra la cicatriz lavada de la “resbalaera”, limpia, ausente de musgo, ignorada por los años; al acabar de contar, el niño se desliza, esta vez, con una botella de plástico; pasado un rato se toca la “culera” << ¡mierda!>> exclama cuando se da cuenta del enorme agujero en su pantalón.

III
El Sol transforma el paisaje de “La Jara” en un universo color ocre a la caída de la tarde veraniega. Abuelo y nieto meten las ovejas en el cobertizo donde, previamente, han llenado de alfalfa las comederas; una de las ovejas se queda atrás aturdida:
-         ¡Tráetela pa cá a esa que tiene bichera!- ordena el abuelo.
El animal va dando traspiés hasta que, en el cobertizo, consiguen agarrarla con “el gancho”. << ¡Túmbala!>> vuelve a decir el abuelo; se coge de la pata delantera y trasera de un extremo y, en un golpe maestro, la oveja queda indefensa; << la cabeza que esté siempre en el suelo verás cómo no se levanta>> explica el anciano; con un pequeño palo hurga en la herida producida por la mosca y consigue despojarla de gusanos; luego le echa “polvos de langosto” que tiene en un bote metálico. El animal siente el picor y se revuelve, hombre y muchacho la sujetan con fuerza:
-         La dejaremos aquí para poder curarla mañana; coge el cubo y tráete agua de la charca- concluye el abuelo.

Mientras el nieto va a la charca, el rojo fuego de la tarde cumbreña inunda las oquedades de los portillos donde se siente, en esas horas, “miar” al mochuelo desde los postes de las cercas; el muchacho sabe donde hay una pareja de perdices que  se las oye en una conversación, rompiendo el monótono balido de las ovejas.


IV
Los dos amigos pasean por el monte que les vio crecer, era aquella una necesidad empujada por los años y, más aun, por el paso taimado del tiempo. La perrilla, suelta, furtiva, huronea con su hocico cuantos agujeros y matojos encuentra a su alrededor; de fondo, el silencio estrujado por el viento que pregona el invierno, y a lo lejos,  el zumbido pasajero de los coches circunvalar la carretera que va a Cáceres.
De repente, se encuentran con un cancho teñido de blanco por los excrementos de una rapaz nocturna; están encima de un gran zarzal que sirve de abrigo a las zorras que campean y se asustan por el vocerío de los dos amigos.
En la ajenidad del mundo, los dos muchachos han cumplido 25 años y se sientan a fumar un cigarrillo mientras canta el río y arrebata a la soledad del campo su silencio o, más bien, lo acompaña y colorea el paisaje ante la mirada del viejo molino de “Tío Chirrío”.
Han cumplido 25años, pero lejos de una edad que se despide de la adolescencia, precede la majestuosidad de todo cuanto les rodea.

Jesús Bermejo Bermejo                La Cumbre 2008.

(Pequeñas historias publicadas en el número 2 de la revista “Rodacis”).

Continuaran.

viernes, 9 de diciembre de 2011

LA TORRE DE FLORIPES Y EL PUENTE DE ALCONÉTAR


LA TORRE DE FLORIPES Y EL PUENTE DE ALCONÉTAR.

Amores, batallas, balsamos milagrosos, tesoros escondidos en un enclave sumergido hoy día en las aguas del Tajo


Por la N-630, a la altura de embalse de Alcántara, el viento hace bailar las escobas entre grandes oteros de pizarras desnudas, sin árboles, que se pierden entre los recovecos del Tajo, y cuyas cimas se reflejan por la tarde, con las aguas en calma, como una línea divisoria entre dos mundos.
Antes era la principal carretera que comunicaba Cáceres con Salamanca y el norte de Extremadura; y por ella transitábamos, cada vez que íbamos y veníamos de La Cumbre; primero desde Montehermoso y después Plasencia. Eran viajes interminables en un Ford Orión cargado de maletas, cuyo cenit era, precisamente, ese paisaje mágico. Y, como era habitual encontrarse, en ese sinfín de curvas armadas de líneas continuas, con algún camión o maquinaria agrícola; aprovechaba para mirar por la ventana y contemplar el horizonte bañado por el embalse; el puente romano, entre cuyos ojos se colaban las vacas, y una torre “mágica” que, misteriosamente, emergía de las aguas del mayor río ibérico.
Siempre la veía hasta que la perdía entre las curvas, me gustaba distinguir a los cormoranes jugueteando en sus almenas y a las barcas del “Club Náutico” cortando la corriente, en el absoluto contraste del ruido de los motores por el trasiego de vehículos arriba y la calma casi sepulcral abajo, tan solo interrumpida por los sonidos de la naturaleza.
A fuerza de verla una y otra vez, la “Torre de Floripes” despertó en mí un encanto especial; a veces, el nivel del embalse crecía tanto que la engullía por completo; otras, en verano, las aguas del pantano la enseñaban entera y dejaban entrever las murallas de su castillo. Era nuestro pluviómetro particular; aún me acuerdo cuando, en el calor de las conversaciones de viaje al pueblo, con la música de “Juan Luis Guerra”, “Ana Belén y Víctor Manuel” o “Sabina” en el casete de fondo, nos preguntábamos, antes de verla, <<¿Por donde estará el agua en la torre?>>; porque en aquellos años, La Torre de Floripes era para nosotros simplemente “la torre”, no fue hasta años más tarde cuando conocí su nombre, sus historias y su leyendas.



El Castillo de Rocafrida o Castillo de Floripes es una fortaleza, de estilo gótico, construida sobre los restos de otra romana anterior que, a su vez, aprovechó los cimientos de un castro celta. Durante la Edad Media y hasta la construcción del embalse de Alcántara, se hallaba en una loma, y a sus pies un sólido puente romano de doce ojos comunicaba el abrupto enclave y permitía atravesar el río Tajo, en esa época más bravío. Desde ese punto estratégico se divisaba toda la comarca del antiguo pueblo de Alconétar.
Cuenta la leyenda que en el año 800, Carlos I el grande, Carlomagno, invade la Península Ibérica para frenar el avance sarraceno; y envía  a los Doce Pares de Francia, que, en Extremadura, avanzan para conquistar el puente de Mantible y su Castillo.
El Rey de la fortaleza es Fierabrás, bravío mahometano, propietario de un famoso bálsamo, capaz de sanar todas las heridas (Cervantes lo cita varias veces en El Quijote), que guarda cuidadosamente en los sótanos de la torre.
Fierabrás está enamorado ciegamente de su hermana, la bella Floripes, pero está no le corresponde, pues ya hace tiempo que ha entregado su corazón a uno de los caballeros cristianos que asedian la fortaleza, Guido de Borgoña, quien la corresponde y profesa su amor prohibido.
En uno de los lances entre árabes y cristianos, son éstos derrotados y hechos prisioneros en las mazmorras de la torre; entre ellos, el gallardo Guido de Borgoña. Fierabrás, ciego de celos, ordena a su alcaide Brutamonte, custodiar a los caballeros mientras piensa que hacer para deshacer el profundo amor entre su hermana Floripes y Guido.
Una noche sombría y cargada de niebla, la princesa musulmana, acompañada por un pequeño séquito femenino, baja a las mazmorras.
Brutamonte les da el “Alto” pero baja la guardia al observar que son mujeres, momento el cual, la bella Floripes aprovecha para clavarle un puñal curvo, con mango de oro, en el corazón, dándole muerte; para, acto seguido, liberar a los caballeros encerrados.
Aquella noche, por otra parte, Fierabrás había bajado a los sótanos del castillo para contemplar su bálsamo milagroso cuando se topó con el cadáver de su fiel Brutamonte. Al reconocer la procedencia del cuchillo curvo con mango de oro, el Rey de Alejandría encolerizó y mandó que le trajeran las cabezas de los caballeros huidos. Estos, junto con Floripes, se refugiaron en la torre del homenaje, constituyendo una fuerte defensa para los sarracenos, que no podía avanzar y solo encontraban la muerte entre las estrechas escaleras.
Ante esta situación, Fierabrás resolvió que quedasen sitiados, pues habrían de rendirse si no querían morir de hambre y de inanición.  Pero Floripes conduce a Guido por un pasadizo secreto que comunica con el exterior  y, entre la niebla del río, consigue burlar a los mahometanos, acampados en las faldas del Castillo, y llegar hasta las huestes de Carlomagno.
El ejército del Rey de los Francos, tras conocer la noticia del borgoñés, se apresura para rescatar a sus caballeros y conquistar la fortaleza de Rocafrida.
Se dice que fue una de las más largas batallas de la Reconquista y que, al final, viéndose Fierabrás derrotado y desesperado por su amor no correspondido, destruyó los barriles del famoso bálsamo en el puente romano, derramando su contenido al Tajo, para, acto seguido, quitarse la vida.
Tras la victoria, el castillo quedó en manos de los caballeros cristianos y en él se casaron la bella Floripes y el valiente Guido de Borgoña.
Se dice que cuando las aguas del embalse cubren la torre, se forma un remolino que, al girar, produce los gritos de las almas de Fierabrás y Brutamonte por la perdida y traición de la princesa Floripes. Y son muchos, quienes por la comarca, aseguran haber visto al espíritu de Fierabrás, cuando sale el sol el día de San Juan, saltar entre los ojos del puente romano, arrojando los barriles del famoso bálsamo, quijotesco, capaz de sanarlo todo.

Pero, por si esto no fuera poco, no acaban aquí las leyendas e historias de este castillo y su famosa torre, sucumbida ahora bajo las aguas.
Las  más populares entre los habitantes de los pueblos de alrededor hablan de un rosal mágico, que brotó del bálsamo derramado por Fierabrás, cuyas espinas no hacen daño y tiene propiedades curativas. También se habla de un enorme tesoro escondido en sus cimientos por el Rey de Alejandría para que no cayera en manos cristianas.

Leyendas y creencias aparte, lo cierto es que estaba muy bien situada, pues la rodeaban dos ríos, el Tajo y el Almonte, además de tener foso en su parte oriental. Cuando los romanos la erigieron por primera vez, fue el lugar elegido por Bruto, el hijo del emperador Julio Cesar, para combatir a los ejércitos Lusitanos de Viriato.
Después fue fortaleza musulmana y, tras la reconquista, fue propiedad de la Orden de los Caballeros Templarios, y ahí se guardó durante muchos años un trozo del mantel de la Última Cena.

En cuanto al puente romano de Mantible o Alconétar,  era una fantástica obra arquitectónica romana, de 250 metros por el cual atravesaba el río Tajo hasta que los musulmanes destruyeron seis de sus doce ojos en junio de 1222. Desde entonces y hasta 1927, que se dice pronto, los extremeños tuvieron que atravesar el mayor río ibérico en grandes barcazas, donde los naufragios estaban a la orden del día, y no solo para el pueblo llano, sino también para la nobleza y la monarquía.

Cuarenta y dos años más tarde, en 1970, Franco inaugura el embalse de José María de Oriol- Alcántara II, sepultando bajo las aguas, no solo al Castillo de Floripes y su Torre sino también hectáreas de regadío, olivos, almendros, encinas, frutales,… dos fabricas de mosaicos, batanes, aceñas, molinos, lagares,… un puente de ferrocarril metálico, construido por Gustave Eiffel (el mismo de la torre de Paris) en 1881; y otro de 1927… salvando únicamente el puente romano, que se traslado para evitar el engullimiento de las aguas del pantano.

Hoy día, las llamadas “Curvas del Tajo”, rezuman silencio e inmensidad acuífera. La autovía A-66 la ha degradado de posición, y el murmullo de la corriente del embalse es audible en toda la estepa líquida. El puente romano sigue observándonos, ahora como elemento arqueológico de curiosidad, sin otra función que la de servir de refugio a las vacas y a los pescadores, que van a probar suerte con los “lucios” o los “blases”; y la Torre de Floripes, catalogada por el Patrimonio Histórico Español en “ruina progresiva”, continua sirviendo de pluviómetro mientras, ahora ya, no podemos dejar de pensar en la bella Floripes, el gallardo Guido de Borgoña, el desesperado Fierabrás o el bravío Brutamonte.



Jesús Bermejo Bermejo.                                                               Alcorcón 2011.


Bibliografía:

P. Hurtado: Supersticiones extremeñas. Anotaciones psico-fisiológicas.


sábado, 3 de diciembre de 2011

LA VENTA DE LA CUMBRE. 1ª PARTE

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