sábado, 29 de junio de 2013

EL PUENTE DE SAN MARTÍN

Para ti y para tu hermano,
que lo vivisteis, que volvisteis,
que me lo contasteis. Porque no
pasa un día sin que os tenga presente.


Muchos viernes por la noche nos quedábamos en casa; el piso era frío y alto (estaba en un noveno) pero los muebles, al ser viejos, eran confortables porque no había que tener cuidado de no poner los pies encima de la mesa o tirarse “en plancha” sobre el sofá. Los viernes por la noche, digo, no solíamos salir a ninguna parte; comprábamos bebidas, frutos secos,… y nos quedábamos charlando hasta la madrugada enraizados con nuestras propias palabras que fluían a través de los pensamientos, como las ramificaciones de un árbol; se enlazaban unas con otras en conversaciones que surgían espontáneas y en las que se trataban diversos temas sin llegar a diferenciarse el término de uno y el inicio del otro.
Por aquellos años aún no se había cumplido el 70 aniversario del comienzo de la Guerra Civil Española; pero las novelas, ensayos, biografías y reflexiones acerca de nuestra más reciente contienda se multiplicaban y apelotonaban en nuestras librerías y centros comerciales; y esas fotografías de soldados anónimos, perdedores de todo, con el rostro cansado y maltrecho, la mirada perdida, buscando, quizá, alguna esperanza en el tiempo, ilustraban las cubiertas de los libros que se exponían en los grandes escaparates antes la observación dudosa e incrédula de los transeúntes, diría mejor, de asombro y despertar.
En ocasiones, en el salón de nuestro pequeño piso de estudiantes, con el sonido del televisor de fondo y el cenicero agobiado de colillas, dialogábamos sobre ese periodo que nos pertenece mucho más de lo que nuestros padres creen; una etapa convulsa cuyas consecuencias no están enteramente digeridas.
Y entonces me acuerdo de una historia que no está escrita (por ahora) en ningún libro, un recuerdo trasmitido por uno de esos hombres nobles que muy poca gente llega a ser y, sin embargo, lo son aquellos que no buscan serlo; un hombre muy serio que siempre está de buen humor y es capaz de hacer reír a un barrio entero, que siempre saluda aunque no conozca a quien y, sobre todo, se ríe a carcajadas de la propia muerta porque, aunque inevitablemente llegue, sabe que la ha vencido para siempre.


El Puente de San Martín de Toledo es, junto con el de Alcántara, uno de los más espectaculares de España, fotografiado cada día por miles de turistas que quedan deslumbrados por la belleza de sus puertas que dan acceso a la ciudad y le otorga una nobleza transpirable a través de los siglos que lo contemplan.
Pero un 26 de septiembre de 1936, este hermoso puente estaba lleno de sacos terreros y actuaba como frontera, pasadizo de las dos Españas: una, la de la República, en el interior de la ciudad; la otra, la sublevada, en el otro extremo, en las inmediaciones de la Venta de San Martín (que existe hoy día) y, en medio, el Tajo, testigo de las historias y del tiempo a través de sus imponentes aguas.
Faltaba un día para que se desencadenase el ataque a la ciudad pero eso no se sabía ni entre las tropas franquistas que acampaban desde hacía días en la Venta. Allí, mientras el país sangraba por todos sus poros y se iba directamente a la mierda, tres soldados, un teniente y un cabo disputaban una peculiar partida de cartas siguiendo un “españolísimo” rito ancestral: jugarse el pellejo; en este caso, lo que perdieran se pondrían en primera línea de ataque subidos en un carro de combate alemán “Panzer I”.
El Teniente Medrano parecía que había nacido para la guerra, era el único que estaba allí por placer y el promotor de todo el juego. La sublevación le había cogido en Ceuta, embriagado de alcohol, mujeres y una sustancia extraña que fumaban los moros; legionario, demasiado impaciente; no hizo ninguna pregunta respecto a nada y saltó a la península a luchar en un conflicto cuyas ideas le importaban un pimiento.
Sieteplazas era distinto, él si era un fascista declarado, torerillo aficionado, le habían saltado dos dientes de un puñetazo una vez que se encaró con un bracero de Granada; siempre hacía alarde de una supuesta valentía y de su habilidad en el ruedo. Se encontraba en esa partida alentado por los demás soldados que le reían las gracias cuando daba pases al aire con un capote imaginario.
Facundo “el cojón”, cabo asturiano que, por azares de la vida estaba en ese lugar, le llamaban así porque era pequeño, redondo, renegrido y peludo como un testículo; maleducado, hosco, victima de un desengaño amoroso, despreciaba la vida pero no la buena comida y el Teniente Medrano le había prometido carta blanca en la cocina si participaba en el juego.
“Caramieo” tenía los ojos tristes aún cuando reía, era un muchacho de un pueblo de Murcia, tímido, taciturno, que había visto suficientes cosas execrables como para que se le quedara un perpetuo espíritu asustadizo y que estaba allí engañado por el teniente para conseguir un permiso.

Durante la partida, nada hubiera pasado desapercibido si no fuera porque el último de los soldados partícipes del juego tenía, en lugar de botas o alpargatas, unos mocasines de lujo, de los que llevan los señoritos los día de Jueves Santo; un soldado jovencísimo de los muchos que no pudieron elegir bando, la guerra le había pillado un año antes de su quinta en su pueblo, La Cumbre, un muchacho que siempre estaba serio pero que era capaz de hacer reír a su pelotón entero, la cara ancha, morena y un pelo muy fuerte y negro. Había cometido el error de ofrecerse como barbero, en la inocente creencia de que, quizás, iba a pasar el conflicto en la retaguardia, afeitando a los oficiales que se habían alzado contra la República; nada más lejos de su propósito, desde que empezó “el meollo”, siempre estuvo en medio del “tomate”. En Córdoba se encontró unos mocasines fabulosos, nunca los había visto y, sin dudarlo, se quitó las alpargatas y se los calzó; al llegar a las puertas de Toledo, tenía los pies ensangrentados, llenos de ampollas, y sabía que nadie le iba a cambiar sus cómodas botas o sus ligeras alpargatas por unos zapatitos, aunque fueran del mismísimo Primo de Rivera <<¡que inconsciente juventud!>> le había espetado el médico al contemplar la planta de sus pies.


El juego era sencillo, se barajaban bien cinco cartas y se repartían, las dos más altas ganaban; las más bajas perdían y la del medio elegía su destino.
La suerte de los desesperados estaba echada, nuestro paisano miraba a los demás a través de sus pardos ojos, el sudor empapaba las manos y retorcía aun más los nervios. En un alarde de chulería, serio, guiño un ojo, chasqueó la lengua y soltó el naipe:
-          Ahí la tenéis.
Los demás hicieron lo mismo casi mecánicamente hasta que le llegó el turno al Teniente Medrano quien, levantando la cabeza y con cierto aire de superioridad, golpeó la mesa y se levantó bruscamente del asiento, su carta era la más baja:
-          Me cago en el barbero ochenta veces, la suerte que tiene el jodio.
El cabo Facundo también había perdido, sin embargo, se reía gozosamente de Sieteplazas porque le había salido la carta de en medio y tenía que elegir destino:
-          Y ¿ahora que vas hacer torerillo? ¿vas a salir con nosotros al ruedo o te vas a quedar cagado de miedo en el burladero como este?- decía “el Cojón” señalando a “Caramieo” que, al igual que el cumbreño, había sacado la más alta.
Los soldados de las otras mesas no perdían detalle de lo que pasaba:
-          ¡Sieteplazas al toro!- gritaban.
Y el pobre muchacho, malagueño, sin dos dientes por ser demasiado impertinente, se puso de pie y, agarrándose fuerte a la cintura, le lanzó al grupo:
- Ustede que paza ¿Qué pienzan que no tengo cojone no?, pos tengo más que ninguno, ¡cabo! mañana eztoy con usté y con el teniente en el carro eze.
Toda la venta aplaudía la gallardía del soldado torero mientras el Teniente Medrano se cambiaba con el barbero las botas por los mocasines, eso era lo acordado en el juego, maldiciendo continuamente su estampa.
La partida de los condenados al azar estaba resuelta, nuestro paisano, alejándose del griterío formado, se tumbó junto a los sacos terreros próximos al puente. Desde allí parecía apreciarse una brisa de frescor que emanaba directamente del río, y se escuchaba a los pajarillos en los árboles de la ladera. Entonces, en aquellos momentos de sosiego, con el aliciente de la comodidad de sus nuevas botas y el descanso de saber que no había perdido, se acordaba se su pueblo extremeño y de cómo se formó todo esto.


Hacía apenas unos meses pero parecía que habían pasado años, la noche del 17 de julio hubo una gran estampida de estrellas, como si llorase el cielo, al día siguiente, el 18, él ni se enteró que la mitad del ejercito se había sublevado contra el Gobierno legítimo, estaba segando en “Las Magasconas” y, la verdad, Extremadura estaba lejos hasta de su propio país. Aquel día no pasó nada en La Cumbre, las noticias de Cáceres y Trujillo iban y venían como el viento que arrastra la paja. Al día siguiente se proclamó en Cáceres el estado de guerra, todos se habían rebelado contra el gobernador civil de la provincia, Miguel Canales, que sería fusilado; la Guardia Civil y los falangistas se habían armado rápidamente. Por todos lados se escuchaba que, en Las Huertas estaban cogiendo a mucha gente prisionera pero nada se sabía a ciencia cierta, los acontecimientos se sucedían bajo el desconocimiento de la distancia. Los susurros de que en Ibahernando estaban pasando cosas se hacían cada vez más palpables.
Días después, todo se terminó de ir al carajo cuando también se sublevó el Regimiento de Argel, controlando la parte occidental y centro de la provincia de Cáceres. Entonces fueron a La Cumbre falangistas trujillanos repartiendo panfletos con su himno “el cara al sol”. Ese día, mucha gente se reunió en la plaza; a nuestro protagonista le hacía gracia que los, entonces pocos, falangistas cumbreños empezaran a chapurrear la canción sin saberse muy bien la letra. Él no lo sabía pero estaban ocurriendo cosas en su pueblo; se habla de un incendio de ficheros, de destrucción de cartas, eliminación de pruebas de una sociedad agraria de ideas socialistas… no se sabe, todos los testimonios son demasiado borrosos; tan solo era patente la presencia de repeinados trujillanos, de camisas azules y correajes nuevos, cuyas lustrosas botas parecían insultar las humildes alpargatas de los futuros soldados cumbreños.
Luego, la noticia de que en la batalla de Villamesias los republicanos habían caído como chinches; otro murmullo, un soplo de viento que nacía por levante acercaba el olor podrido de la guerra hasta las calles de nuestro pueblo.
Una semana después, el Regimiento nº27 de Argel pisaba La Cumbre, en cuyos balcones se apelotonaban sábanas blancas en señal de paz y, a partir de entonces, empezaron a reclutar jóvenes del pueblo, obligándoles a participar en un entierro donde nadie les había dado vela.


El Cojón enrolló a un alambre un trozo de tocino, con un chusco de pan atrapaba las gotas de grasa que caían de la carne, calentada a la lumbre.
- Lo más rico no se puede escapar jajajaja- se reía con una carcajada mucosa, tabaquera, parecida al graznido de una urraca que detonaba en todo el Tajo. Hincándole en diente se puso de pie, desafiante, y empezó a gritar hacia el otro bando, en el otro extremo del río:
- ¡¡¡Eeeeehhh “rogelio”!!!.
- ¿Qué quieres “franquito”?- le contestaba un miliciano socialista que estaba de guardia.
- ¿Qué tenéis para cenar?, nosotros cocido con chorizo, morcilla ¡y cordero!, ¿has oído bien? ¡¡y cordero!!- bramaba el Cojón.
Y el miliciano socialista, que en esos momentos le sonaban las tripas como una bicicleta oxidada, y que ignoraba que también se pasaba hambre en el enemigo gritaba desesperado:
- ¡Me cago en tu madre y no me cago en tu madre porque…!
- ¡¿Por qué?!- gritaba con todas sus fuerzas el cabo, conocedor de la respuesta.
- ¡Porque puedo ser yo, faccioso hijo de la gran puta!- se desahogaba el miliciano.
Entonces rugió por todo el Tajo la mecánica risa del cabo asturiano, completamente satisfecho por haber sacado de quicio al enemigo.

Nuestro paisano esbozo una sonrisa ante tal espectáculo, las risas y frases amenazantes formaban parte de esa guerra psicológica que se combatía sin balas, sobre todo por las noches, y que requería de todo tipo de recursos picarescos e ingenio para quedar encima del enemigo. El cumbreño seguía, recogido entre los sacos terreros, pensativo, nostálgico con su pueblo y con su tierra. Más allá del puente, en Toledo, el Alcázar se hacía visible como un gigante que emerge en la roca; el 18 de septiembre una mina desplomó una de las torres; más cerca, por San Juan de los Reyes, los “pacos” estaban al acecho y por el Baño de la Cava se podían ver a los enlaces jugándose el tipo, saltando los obstáculos donde eran más vulnerables y podían encontrarse con una bala perdida.
Enfrente de él, en un rincón del exterior de la Venta, los moros del Tabor de Regulares habían instalado un improvisado chiringuito con los objetos que recogían de los cadáveres enemigos (pulseras, relojes, pendientes, dientes de oro, etc); muchos de ellos llevaban argollas doradas en las orejas y sus temibles cuchillos curvos relucían en sus cinturas, <<¡cómo no van a dar miedo!>>, pensaba el cumbreño, que los había visto aullar como lobos en el momento de entrar en el combate, y relamerse los labios ansiosos en esos minutos infinitos antes de cada batalla o escaramuza. Eran hombres salvajes, el Teniente Medrano estaba todo el día de riña con ellos, a él si que le tenían respeto; una vez, en un pueblo de Badajoz, a uno le rompió cuatro costilla de un palazo porque no se estaba quieto.
Lo de Badajoz fue brutal, ahora, a punto de ir al “hule”, no era recomendable acordarse de todo aquello, en el fragor de esos pensamientos, nuestro paisano se tocó los ojos y las mejillas sabiendo que era consciente que no iba a llorar, pues había agotado todas las lágrimas de su vida en aquellos lugares, ¡cuantas violencia se desató en tierras extremeñas!, cuantas deudas imposibles tiene la historia.

Aquella noche calurosa del veranillo de San Miguel, comidas por el polvo de un lado a otro del río, cruzaban las voces de los soldados que, al día siguiente, iban a matarse en un encarnizado combate, y la calma, el silencio premonitorio de la muerte, parecía reírse entre las cascadas del Tajo.


Al día siguiente, los Ju-53 de la aviación nacional bombardeaban Toledo en un intento de acabar con la artillería republicana.
Todo estaba preparado para cruzar el puente; una vez más, el nerviosismo se transformaba en sudor en nuestro paisano; la respiración cada vez más fuerte, los ojos más abiertos que nunca. En esos momentos, se dio cuenta de que Caramieo le estaba mirando completamente infectado de pánico; así que, mordiéndose la lengua, esbozó una media sonrisa burlona y le dijo:
-          Tú a mi lao siempre, hasta que acabe el meollo.
Llegó el momento, el Teniente Medrano (con los zapatitos del barbero), Facundo el Cojón y Sieteplazas, subidos en el Panzer I, se aventuraron los primeros creando un gran escudo al resto de la tropa; atravesaron el puente y, al entrar por la otra puerta al interior de la ciudad, un coctel molotov les estalló de lleno. Completamente quemados, saltaron despavoridos del carro de combate y, en el mismo puente de San Martín, a doscientos metros donde el día anterior se jugaron el puesto, varias ráfagas de ametralladoras sesgaron sus vidas.
Antes de mediodía, Toledo era tomado por el bando franquista, los que se habían atrincherados en el Alcázar desde el inicio de la guerra salían, famélicos, de su cautiverio. Mientras se pronunciaba por el General Moscardó la famosa frase << “Sin novedad en el Alcázar”>> al General Varela; nuestro cumbreño y el resto de soldados, completamente sofocados, descansaban unos metros calle abajo, en la Plaza del Zocodover.

Semanas después, en las cercanías de Villaverde (Madrid), en un destartalado puesto de los moros, unos mocasines de lujo, de esos que llevan los señoritos los días de Jueves Santo, semiquemados, se exponían a la venta junto al resto de la mercancía.

Se han cumplido 75 años del inicio de la Guerra Civil Española; por eso cuento esta historia, un relato que no está escrito en ningún lugar ni se publicará en ningún libro olvidándose para siempre, arrastrado por el río de la distancia; una vivencia de uno de esos hombres nobles que muy poca gente llega a ser y, sin embargo, lo son aquellos que no buscan serlo. Un hombre muy serio que siempre está de buen humor y es capaz de hacer reír a su barrio entero (un barrio de calles estrechas habitado, casi totalmente, por gente mayor, que se arremolinan en las noches de verano en una pequeña encrucijada donde casi siempre corre el aire), que siempre saluda aunque no conozca a quien y, sobre todo, se ríe a carcajadas de la propia muerte porque, aunque inevitablemente le llegó, sabía que la había vencido para siempre.


 Jesús Bermejo Bermejo.                                Cáceres 2007


Glosario:
ü      Pacos: francotiradores.
ü      hule, meollo, lío, tomate: así se denominaba el combate en el habla popular.

ü      Baño de la Cava, San Juan de los Reyes, Plaza del Zocodover: lugares de Toledo.

jueves, 30 de mayo de 2013

LA CUEVA DE LOS LADRONES

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sábado, 27 de abril de 2013

VESPACIO: LA CUMBRE – SANTIAGO DE COMPOSTELA.


3º DÍA: SALAMANCA- ZAMORA


Decididos a tomarnos un descanso, entre espigas tostándose al sol, recorrimos los 60 kilómetros que separan Salamanca de Zamora, con el fin de pasar el resto del día en la capital de provincia y dar descanso a la moto, que, a pesar de lo lejano que resulta el asfalto de las letras de este diario, la pobre había pasado bastante por el Puerto de Tornavacas y la campiña castellana y se merecía un reposo, a ser posible en un buen garaje, de esos donde la climatología es constante.
Surcamos la llamada Tierra del Vino, y con ella sus pueblos: El Cubo, Corrales y Morales del vino.
Las carreteras parecían derretirse con la calima, entre gasolineras que bostezaban el transito pausado de maquinarias agrícolas, y entre zumbidos chicharreros acordonando el perímetro, mientras, el ventilador de las maquinas expendedoras de bebidas no daba abasto y los botijos, cobijados adrede, bajaban de contenido a medida que aumentaba la temperatura.
Tradicionalmente, los viñedos eran la principal fuente económica-social de la zona, pero una epidemia filoxera* diezmo los campos en el siglo XIX, dejando los apellidos de estos pueblos sin sustento ni consuelo con que explicar sus orígenes, a pesar de que, desde 2007, cuenta con denominación de origen.


De repente, visualizando Zamora, una brisa se levanto del polvo y una bandada de palomas rasgó, jubilosas, la estepa cerealista, amedrentadas por los tractores y cosechadoras que “alpacaban” sus frutos.
La ciudad se abre bautizada por el río Duero, anillada bajo un ramal de torreones, hermanados entre sí, por una muralla que parece emerger de las aguas hasta posicionarse, resonante, entre los versos de la “peña tajada”, del Romancero Viejo, que la ciñen y cimientan con el sobrenombre de “la bien cercada”.
Con las pulsaciones de un motor relajado, abrazamos la perpetuidad de sus piedras hasta llegar al hostal donde pasaríamos la noche.
Las puertas al casco antiguo están laureadas por la bandera de Zamora, la “Seña Bermeja”, curioso estandarte provisto de ocho tiras rojas, correspondiente cada tira a una victoria de Viriato, aquel pastor lusitano, castellano, extremeño, portugués y español que mantuvo en jaque al imperio romano, allá por el 150 A.c.; y otra tira verde que coronó Fernando V de Castilla, en recompensa a los auxilios prestados en la Batalla de Toro, en 1476.
Bajo la estela de Viriato, y el eco de rencillas reales y batallas nunca complacientes, recalando antes en un pequeño taller de bicicletas, llegamos a la estatua del caudillo lusitano, y de ahí, como vetas acuíferas que se abren fértiles al tiempo, la ciudad brinda un despertar venturoso, iluminado de luces pardas que se descifran en la nítida hermosura de vidrieras estrechas y rosetones de enmarque, en las múltiples iglesias románicas, donde se pueden encontrar maravillas arquitectónicas, embalsamadas a los siglos, como una pila bautismal única en Europa, en la iglesia de Santa María.


Igual que si se tratase de un jeroglífico, descifrábamos la esencia de esta ciudad escondida bajo el zureo de las palomas, que van pregonando las horas entre el gentío de la Plaza Mayor.
Nos resultaba extraño la familiaridad encontrada, era una suposición de plenitud certera; a pesar de su carácter claramente castellano, las evidencias extremeñas saltan en Zamora como los rápidos del Duero en las rosneras de sus molinos medievales. En su escudo, en el primer cuartel, están representados el brazo de Viriato, sosteniendo la bandera zamorana; y en el segundo, la conquista al Islam de Mérida por el rey de León Alfonso IX en 1227, representándose en el escudo el río Guadiana y las torres del puente romano.
Similitudes de conquistas y  destinos, cruzados en espadas que reptan en los libros de historia y nos llevan al río Duero, a depositar nuestros pensamientos y ser conscientes del transito, el traspaso de una antigua frontera, porque dicen las lenguas del pasado que el nombre de Extremadura deriva del latín “extrema dorii”, es decir, en el otro extremo del Duero, por lo que parece ser que los territorios de la antigua Extremadura se hallaban precisamente al sur de la cuenca de este río y sus afluentes.
Aunque hay otras teorías que certifican otros orígenes del nombre de nuestra tierra, nos gustaba estar allí, a la sombra de los álamos, en un rincón románico de ensueño, con el pensamiento de haber cruzado una raya divisoria histórica, que nos alentaba en el deambular de sendas paralelas,  el principal camino.

Como casi todo en este estilo arquitectónico, las construcciones románicas son más espectaculares por fuera que por dentro; eso mismo le pasa a la Catedral de Zamora, del siglo XIII, con planta de cruz latina, grandiosa, sobre todo si se la contempla desde los jardines y el Castillo. Allí, bajo los árboles, pasamos la siesta, tumbados en la hierba y el frescor de las flores, donde las sombras del pasado sellan sus litigios y es audible el rozar de las aguas dorienses a lo lejos. No había nadie, solo unas parejas que, como nosotros, buscaban furtivas la soledad del lugar, esquivando el calor en estos rincones donde irradian los trinos de los mirlos en sus nidos y la intimidad es efímera y a merced de ciertas horas, dependiendo de la mansedumbre de la temperatura.
Mientras jugábamos a ser más poderosos que el tiempo, el castillo nos vigilaba como un eterno centinela berroqueño; presenta el aspecto de una construcción macilenta, del siglo IX, donde hasta hace poco estuvo la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Zamora, y hasta el 2007 albergó la Escuela Oficial de Idiomas. Hoy sus almenas cobijan las estatuas de bronce del escultor zamorano Baltasar Lobo, propagadas, como soldados, por el perímetro de la fortaleza.



Siguiendo a la sombra de la catedral resbalarse sobre la tarde, paseamos, una vez más, por las calles hasta llegar a la Plaza Mayor, donde tomamos un café, a los pies de los muros de la iglesia de San Juan de Puerta Nueva. Al lado de esta iglesia, la plaza se torna rectangular con dos edificios de arcos, nuevo y viejo ayuntamiento, desafiándose bajo un estallido de campanas que alborotan la tarde y despierta el devenir de los zamoranos y viajeros, cruzando errantes, despuntando la vida a través de travesías, esquinas y rincones pedregosos.
Allí, entre siluetas suspensivas estábamos nosotros, dos extraños, dos viajeros que, por unos instantes, jugábamos a ser opulentos turistas de acomodo trasiego; pero nada estaba más lejos de nuestra intención; con la carismática sensación de estar descolocado de lugar, de saborear el instante inusual que para muchos lugareños es del todo familiar; sabíamos que mañana la vespa arrancaría rumbo al norte, y que el día de hoy había sido una tregua en el esquema fijado del viaje, un suspiro en medio de una carrera jadeante, la plenitud de jugar a poder controlar el tiempo.


Jesús Bermejo Bermejo.                 Zamora, agosto de 2011.

*Filoxera: La filoxera es un minúsculo insecto picador, parásito de la vid, emparentado con los pulgones.

martes, 2 de abril de 2013

TRADICIONES




Es muy difícil liberar por leyes a un
pueblo esclavo de sus costumbres.
Mariano José de Larra.


Aquella tarde de febrero, el frío sustraía cada presencia en la calle; la plaza estaba desierta y de las ventanas sobresalían los únicos destellos de vida. Apoyados frente a la antigua puerta del consultorio médico, todos los jóvenes de una misma generación esperábamos a ser “tallados” para el servicio militar; relatando una eterna disculpa, Nino, hizo los honores y fue confeccionando el acto bajo el intermitente relámpago del fluorescente y la humedad desparramada por el blanco de las paredes. En aquellos momentos no éramos conscientes, pero fuimos los últimos “quintos”, la última generación en hacer el servicio militar obligatorio, los últimos insumisos, los últimos objetores de conciencia y, luego lo sabríamos, los últimos en participar en la última guerra del siglo XX.
Nuestro tránsito de “quintos” a “soldados” se realizó sin pena ni gloría, no festejamos nada, no salimos a hombros ni gritamos de júbilo, nuestras madres no se preocuparon por si nos destinaban lejos y nuestras abuelas no nos cantaron aquella coplilla cumbreña que decía: << ahí está la tabla y ahí está el madero y ahí está la cinta donde nos midieron, donde nos midieron donde nos tallaron, donde nos hicieron de quinto a soldado >>; tampoco sacamos a la “vaquilla” con ningún color ni tiramos con las escopetas cartuchos de sal; ni pedimos dinero para vino y chorizos; la tradición de los quintos en La Cumbre se perdió como otras muchas, por eso, aquella noche de febrero, después de tallarnos, nos fumamos un cigarro furtivo en el portalón, al lado del corral concejo y nos fuimos cada uno para su casa.


Me acuerdo de esta historia a raíz del famoso dilema de cambiar las ferias de días (de manera que siempre caigan en fin de semana) o dejarlas como siempre, caigan estas en fin de semana o no. Los que decimos que se cambien alegamos muchos argumentos y los que abogan por dejarlas así siempre se agarran al espíritu de las tradiciones.
Ante esto y con todo el respeto tengo que hacer una crítica, aunque presumamos de ello, no somos un pueblo amante de lo tradicional, nos gustaría serlo (y, de hecho, nos esforzamos) pero no lo somos, somos capaces de sepultar, sin pestañear, viejas costumbres como la talla de los quintos, la fiesta de la vaquilla o los carnavales (queda la proclamación del lunes de carnaval como festivo local en recuerdo de lo que significaron estas fiestas en nuestro pueblo).
Luego, ahondando en el campo tradicional y hurgando más en la llaga, he visto tirar casas con portales típicos, destrozar arcos de granito de más de un siglo, picar a golpe de martillo y cincel relieves  del siglo XVI, arrascarse las vacas sobre miliarios antiguos y en los arcos de una noria, utilizar la ermita de San Gregorio como pajar y cobertizo (ahora está arreglada pero durante años estuvo sometida al abandono total), alicatar fuentes, dejar que se desvanezcan lápidas de homenaje, etc. etc.
Por eso, que de repente, cuando se pone sobre la mesa el tema de cambiar las ferias a fin de semana o no y algunas personas (que están en su derecho por supuesto) ponen el grito en el cielo alegando que esos días son tradición y no se pueden cambiar, no deja de resultar del todo extraño e irónico.
Porque, parece ser, que da exactamente igual que las ferias y fiestas se hallan quedado en, solamente, “fiestas” ya que la tradición de la feria de ganado en “El Rodeo”, hoy barrio de Las Flores, haya desaparecido; también da igual que la tradición de disfrazarse el último día de la verbena se haya difuminado en el tránsito del tiempo, como un susurro en una discoteca; pero que las ferias, por circunstancias, puedan empezar un 16 de agosto en vez de el 20, eso nunca.
Analizando el contexto, las ferias tienen su origen en la Edad Media, en el término del ciclo agrario, después de la siega y recogida de la cosecha, que, a su vez, se hacía coincidir con un santo patrón o patrona (como nuestro caso de Nuestra Señora de la Asunción); era el momento de más opulencia, entonces se aprovechaba la ocasión para comerciar con ganado, enseres y artesanía. Poco después los bancos y cajas de ahorros proporcionaban establecimiento de precios, distintos tipos de crédito y pago aplazado como la letra de cambio para promocionar aún más la compraventa en esas fechas, por lo que improvisaban pequeñas sucursales ambulantes. En las antiguas Ferias de La Cumbre era, al parecer, muy importante, la compraventa del ganado porcino, se establecían líneas de autocar y el trueque entre mulos, burros y caballos estaba a la orden del día.
Todo esto fue mermando, a pesar de los intentos por conservar esta milenaria tradición (se intentó sin éxito, en los años 70, establecer un concurso ganadero con el fin de devolver la identidad de “feria” a nuestras “fiestas”), la evolución siguió su curso y nadie se manifestó en contra ni protestó tan enérgicamente por tal considerable perdida (aunque me constan las lamentaciones de los/as cumbreños/as al respecto en las noches de verano “al fresco”).
Por otro lado, cada vez que se saca el tema de las fechas de las ferias, se pone de ejemplo la romería de San Isidro; este año se hará el sábado 11 de mayo, día de San Evelio Mártir, ¿festejaremos este santo y no a nuestro San Isidro? no, claro que no, es que, sencillamente, si nos atenemos a la fecha y realizamos la romería el miércoles 15 mayo, pues serán muy pocos los que disfruten de tan esperado acontecimiento. Y como este cambio es normal y lógico, y nos gusta mucho nuestra romería, hace años, rizamos más el rizo, y la pasamos de domingo a sábado, con el fin de disfrutarla todavía más.
¿Por qué no se puede hacer algo similar con la Feria? seguimos honrando a Nuestra Señora de la Asunción; seguimos asistiendo a los toros; seguimos bailando en la verbena, disfrutando del cochinillo y buen vino, montando a nuestros hijos en los “caballitos” y camas elásticas, degustando chocolate con churros con buen ambiente, alzando las copas en el corral concejo,… ¿por qué no se puede cambiar de días para que sean más los/as cumbreños/as en asistir a nuestras Ferias y disfrutar de estas mismas cosas? pues no, parece ser que este es un tema que no se acaba de digerir para llegar a un acuerdo; y como principal obstáculo se sacan el tema de que los días son “tradición y punto”.
Pero no olvidemos que nuestros antiguos transformaron las tradiciones para, precisamente, preservarlas en el tiempo: el “Jarramplas” de Piornal cambio la vestimenta de ladrón de ganado por una armadura decorada para soportar el impacto de los nabos (antes patatas); las “Carantoñas” de Acehúche se unió a la festividad de San Sebastian con el fin de preservar la tradición pagana junto con la religiosa y el “Peropalo” de Villanueva de la Vera cambió el origen celta y hechicero de despedida al invierno por el religioso interpretado por “la quema del Judas”…


Yo, por mi parte, me considero un amante de las tradiciones, por eso mismo, estoy a favor de modificarlas (siempre en la menor medida posible) para que se preserven.
Por otro lado, la población de La Cumbre va disminuyendo, si a eso le añadimos que más del 80% de la población activa que vive en el pueblo trabaja fuera y cientos de cumbreños/as se ven obligados a vivir en otra localidad; las razones para cambiar la fecha de la Feria para que TODOS/AS estemos en La Cumbre esos días, desde mi punto de vista, están más que justificadas.
Y respeto toda opinión contraria a está reflexión; pido disculpas de antemano si alguien se pueda molestar; esto no es más que un análisis de un cumbreño que tiene un blog y que ha visto, escuchado e investigado como algunas de las tradiciones de su pueblo se han caído al olvido, sepultadas por el tiempo por no saber adaptarlas y hacerlas evolucionar.
Como la de aquel día que nos “tallaron” sin gloria alguna, una fría y solitaria noche de febrero, despojados del honor de ser “quintos”. Por aquellos entonces, a mi la “mili” me traía sin cuidado, estaba dispuesto a calzarme la botas militares o a hacerme insumiso, me daba lo mismo, como tenía previsto pedir prorroga, la veía lejana y despreocupante. Mas tarde, agotadas las dos prorrogas de estudios, me llegó una carta para incorporarme al CIR nº3 de Cáceres; solo unos días después, Aznar quitó el servicio militar obligatorio; y yo me quede sin ser “quinto”, “insumiso”, “soldado”, “objetor de conciencia” y sin que me volasen la cabeza en la última guerra del siglo XX.



Jesús Bermejo Bermejo.     La Cumbre 2013.


jueves, 21 de febrero de 2013

RECORRIENDO EL RÍO GIBRANZOS (I)


Esta entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior publicación.

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Queda prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de acuerdo con lo establecido en la presente ley.

jueves, 31 de enero de 2013

TERRA INCOGNITA


Con la marea entró el poniente
y hubo una incierta desmesura
de pájaros sobrevolando las dunas
de Malcorta.
Terra Incógnita J.M. Caballero Bonald

Me habría gustado empezar el blog publicando esta entrada hace unas semanas, pero las tribulaciones de la vida tejen obstáculos de inmediato y nada, por mucho que nos empeñemos, parece perfecto, ni siquiera en navidad, donde los bares cumbreños han estado más vacíos que de costumbre y el ocio se repartía, como capas de una cebolla, entre corrales y cocheras… “no parece que estamos en fiestas” retumbaba la frase lapidaria, zigzagueando la carretera vacía; aún así los BÚHO PUO hicieron de las suyas y metieron el equipo de música en el bar de Juli los días de nochebuena y nochevieja, emulando las ferias; la cosa se animó, la tarde otorgó una tregua y, sin darse cuenta, se creó una especie de cotillón “parrandero”; pero luego, a la noche, la calma sosegó de nuevo las calles y los/as cumbreños/as se quedaron en casa, cobijándose del frío, mientras el horno no daba abasto de cochinillos, cabritos, corderos y pollos.
Los brindis siempre tienen una nota esperanzadora, como un pensamiento optimista en un largo y abrupto camino; pero estas fechas son más melancólicas que de costumbre, por todos los recovecos se escuchan cosas como “que nos vaya un poco mejor o que por lo menos no vayamos a peor”, en fin, parece que las gélidas temperaturas ventisquean el ambiente y ayudan a vaciar los ánimos.
“El gordo” no tocó, mientras medio pueblo buscaba el décimo fantasma del Bar Alejo, el otro medio corría las calles, intentando ser el primero en averiguar quien era el afortunado; la rueda de los disparates cotillas aumentaba cada segundo: “¡ha tocao an ca Alejo!, luego, ha sido el sobrino del de nosequien que ha comprao uno este verano y está en Barcelona, luego, han venio este verano unos forasteros han cogido un numero de la máquina y les ha tocado a ellos, ¡¿a saber quienes son?!, luego, por lo visto es mentira, luego, como va a ser mentira si está aquí la radio y la televisión, luego, que si que si, es mentira, error de la administración, ¿de la administración? pues anda ¿qué administración? pues ¡la administración cual va a ser, la administración! me voy a la plaza a enterarme”.
Nuestro gozo en el pozo, pero por lo menos salimos en los periódicos y los de fuera, conocedores de nuestro pueblo, se acordaron y fue la excusa perfecta para felicitar, con la broma, las fiestas por Whatsapp o por Facebook.
Los bares estaban casi vacíos pese a ser navidad, la extrañeza se adueña y casi nadie piensa (o más bien es algo que se sabe pero que no se dice) que es debido a que la gente no está para mucho derroche y prefiere comprarse las cervezas en un supermercado y bebérselas sentados a la lumbre del corral del Lejio…
Estuve en una matanza donde todos sus colaboradores principales (hombres) estaban en paro; otros años, al terminar, nos bebíamos unas copas al compás de antiguas canciones e historias hilvanadas en risas; este año, las botellas se quedaron en la estantería, llenas. Son hombres de unos 45 a 55 años, curtidos en muchos oficios, manitas en muchas tareas, doctos en muchas faenas, a quienes esta crisis los engulle y quienes, como una planta sin regar, ahondan sus raíces en la tierra para enfrentarse a los acontecimientos con valentía y orgullo, esperanzados mientras, sentados en una banqueta de madera, dan caladas suaves al cigarrillo y miran a las brasas del fuego con el ánimo de encontrar, risueños, un mejor porvenir para el nuevo año.
Los petardos se han convertido en una ruidosa tradición en nochevieja, sin embargo otros petardos rompieron los cristales de la tolerancia días atrás, sacando lo más mezquino de nosotros mismos, ¡nosotros!, precisamente nosotros, condenados a ser extranjeros en las grandes ciudades, lejos, a marcharnos y hacer nuestra vida fuera, y si no nosotros, nuestros hijos y nietos… es algo absurdo y retrógrado que no invita mas que al malestar y a la falta de convivencia.
Antes, cualquier persona desconocida no causaba mayor sensación que la curiosidad innata del pueblo, pero ahora, por razones más que justificadas, cualquier forastero resulta advenedizo si nos lo encontramos sin ton ni son, vagando solitario o acompañado, por nuestros barrios. Y es que, actualmente, se producen muchos robos y andan coches extraños por la callejas, la guardia civil no para de recibir llamadas, los vecinos se alertan unos a otros, se atrancan puertas y se echa el candado a los corrales << ¡vienen a por las perras!>> vocea una mujer en la plaza; si señora, contesto, y a por televisiones, ordenadores, chatarra… la necesidad aprieta y siempre hay desalmados sin escrúpulos, por lo que hay que tener mucho cuidado.
Sus majestades de Oriente vinieron, este año, en caballos y su cabalgata fue de carácter temático, donde los/as niño/as pasaron de ser espectadores a ser partícipes de la misma, dando un tapiz original a tan esperada noche.

Y, así, casi sin darnos cuenta, pasaron las fiestas y nos metimos en el nuevo año, como un fondo de papeles amontonados, que se remolinan en las esquinas por el viento, sin decidir por ellos mismos que dirección coger. Dice Javier Marías, en uno de sus artículos periodísticos, que el miedo, la angustia o la tristeza son sensaciones peligrosas, porque despiertan contagio entre la población, tejiendo una estratagema de miedo y pesimismo; pues bien, ante eso se pueden hacer dos cosas: una, sumirnos a la desolación y deambular por “el valle de lágrimas” sin conseguir nada; y dos, cabalgar sobre todo este ciego barrizal, luchando con uñas y dientes, y dando, de vez en cuando, un fuerte manotazo a la tristeza y a la incertidumbre que nos depara el mañana.
Me acuerdo perfectamente de ese artículo porque lo leí la última noche navideña (7 de enero), entonces me vino a la mente el carácter esperanzador que tienen los brindis y me entraron una ganas locas de brindar, aunque sea conmigo mismo; así que, decidido, baje hasta el ciber, donde tal y como sospechaba no había nadie,  pedí un gin tonic y me puse a ver la tele mientras charlaba con Ángel; al cabo de un rato empezó a bajar gente (amigos y conocidos de varias edades,…) y nos juntamos una partida bastante pintoresca; Ángel había partido un roscón de reyes y nos había dado un cacho a cada uno; y allí, entre el sabor amargo del gin tonic y el dulzor del roscón, empezamos a debatir sobre el año que espera, la situación actual y el necesario optimismo que se necesita para el futuro; entonces me acordé, de nuevo, del brindis y lo propuse, por lo que chocamos las copas porque no nos contagiemos del miedo y la tristeza, porque toque “el gordo” ( esta vez de verdad) en La Cumbre, y si no ese gordo, otros muchos más importantes, que lo que nos tenga que pasar sea siempre bueno, que haya esperanza y fortuna en todos los aspectos, que cumplamos nuestros objetivos y no decaigamos fácilmente en problemas solucionables, que a la siguiente matanza se descuelguen las botellas de la estantería y se mire a las brasas de la lumbre con la satisfacción de haber conseguido lo buscado, que cesen los robos y no vuelvan a estallar los petardos de la intolerancia porque no somos menos pero tampoco más que nadie, para que este año, a pesar de no vernos nuestras botas por estar enterradas en un cenagal pestilente, tengamos satisfactorias sorpresas, que nos hagan mirar al frente, con una sonrisa, orgullosos de seguir andado nuestro empedrado camino, en esta Terra Incógnita donde vivimos y a la que queremos con toda nuestra alma, ¡¡Salud!!.

Jesús Bermejo Bermejo    La Cumbre 2013.


viernes, 21 de diciembre de 2012

UN AÑO DE BLOG


Areté era un concepto de la antigua Grecia que significaba la búsqueda de lo que, de verdad, deseamos; provistos, de antemano, de unas propiedades, sin las cuales, no podríamos encontrar, ni siquiera, un atisbo de recompensa de lo que ansiamos, en el terrenal espacio donde nos movemos. Designa el cumplimiento acabado del propósito o función, aunque, para muchos estudiosos del tema, la verdadera areté es el camino hacia dicho destino, hacia las metas que nos proponemos alcanzar algún día; así, mientras avanzamos sobre raíles de incertidumbre y lucha, de recónditos secretos e inesperadas turbulencias, en busca de nuestro sino, los antiguos griegos vaticinaban que  vamos incorporando cualidades a nuestro espíritu, de manera que, al subir al pedestal de nuestros objetivos, habríamos alcanzado la areté, la señal, el fogonazo de luz en la noche oscura, la misma que vierten los faros sobre espesas yardas de agua marítima; el beso que se extiende de la realidad al sueño, la esperanza y la satisfacción terca de quien ha peleado hasta el final.

Así, pausado a través de las semanas, este blog da rienda suelta a sus historias, cobrando personalidad, sin angustias feroces ni entelequias en su contenido, tan solo guiado por la libertad y el deseo, cobijado en un fragor de entusiasmo por las voces que lo aplauden. Es de una virtud sosegada no tener ni la más remota idea sobre lo que escribir, una vez terminado el relato, para la siguiente semana o el próximo mes; es de una amplitud tan atractiva la de temas e historias que sonsacar a los múltiples medios, en el morir de las tardes, cuando el día se sonroja en los tejados y las horas discurren apelotonadas en el fluir del tiempo; es, también, realmente curioso como los personajes, creados o resucitados, van cobrando forma real, aunque solo físicamente, en los rostros de los/as compañeros/as, jefes/as, amigos/as, desconocidos/as que deambulan por la vida de uno, como piezas que van encajando en el destino para que éste sea, en parámetros casi simétricos, determinado.
De esta manera, Areté (el blog) va engordando de historias, relatos y anécdotas cuya alma, primordial e imprescindible, es La Cumbre, nuestro pueblo, en su sencilla estructura y sus escasos monumentos; en nuestra forma de hablar y de pensar; en las costumbres hilvanadas a días exactos del año, intachables desde sus orígenes; en el carácter y su memoria; en esas pequeñas cosas que nos hacen grandes. Areté teje palabras con recuerdos, saliendo a la calle con la sorpresa de alguna marimanta en alguna esquina, esas noches veraniegas, donde unos muchachinos van a por “gambusinos” por los portillos de las cercas, cerca de nuestra ermita de San Gregorio, observados, a lo lejos, por una luna expectante, redonda y calavérica, que corona el pico de la sierra de Santa Cruz.
Nuestro blog es capaz de viajar en el tiempo, adentrarse en fechas exactas y rescatar olvidadas hazañas que asolan en las esquinas, como la valentía real de Luis Arías Castro en su lucha contra los bandoleros franceses por defender la honra de su hermana; o la ficticia de Galceran y su sobrino Abem, a los que hemos dejado con las espadas en alto frente al castillo de Trevejo para un posterior desenlace; al igual que el estricto juez comisionado Núñez de Avendaño y su curiosa discusión con el caballero Pedro Barrantes por la compra de nuestro pueblo…
A veces, los pasos son más lentos de los que quisiera, entretenido un domingo por la noche, mirando fotografías antiguas en el intento de retroceder el tiempo; imaginando que lo consigo al meter el brazo en el agujero de la cucaña, mientras, encima de la mesa del salón, descansa ajado, un viejo libro que desparrama, sobre el cristal, versos de Miguel Hernández. Entonces, otro día cualquiera, suena el pitido del tren, que anuncia el cierre de sus puertas y el estallido de una nueva idea en mi mente, doblando la hoja, cierro el ejemplar de “El Hereje” de Miguel Delibes; la imaginación se arrastra sobre las letras en el cuaderno, formando un pacto consensuado en la placidez de quien tiene algo que contar; el vagón se llena de gente, por un casual, sin pretenderlo, viene a la mente el recuerdo de Granadilla, la soledad de su paisaje, su estremecedora historia que prolonga el deterioro de sus muros. Acto seguido, llueve, como todos estos días atrás, los charcos rebosan en las aceras, en los ríos y los pantanos… ¿estará cubierta la Torre de Floripes?, ¿se formará un aterrador remolino en su cúspide y se oirán las voces ahogadas de Fierabrás y Brutamonte?... la tinta del “pilot” azul sigue haciendo pequeños trazos, como una hormiga que moja sus patitas en tinta, y escribe, puedo contar la historia de La Cumbre al hablar de… la Cruz del Aviador, por ejemplo, y la inercia se cierne sobre el relato naciente, que evoluciona al aumentar sus líneas.

El blog cumple un año y quiere seguir recorriendo los arcos de La Huerta, remontar historias de La Jara, huronear en las peripecias de los/as vecinos/as, desenterrar misterios, desempolvar escudos, abrir viejos libros y vivir, sin más, esa utopía posible y helénica. Ante esto, muchos son los que me proponen que hay que hacer algo con todos estos relatos, recopilarlos en un libro o algo así; yo, simplemente, opino que, quizá, o no, el libro sea la meta, pero mientras tanto, el blog es el camino, y en el trayecto, como un antiguo guerrero griego, vamos incorporando cualidades que nos permitan llegar hasta ese final, desenmarañando, poco a poco, las veredas, en busca de nuestra Areté.


Jesús Bermejo Bermejo.      Madrid 2012.


* Todos los relatos de este blog están amparados por el  Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, que en su articulo 17 dice que corresponde al autor el ejercicio exclusivo de los derechos de explotación de su obra en cualquier forma y, en especial, los derechos de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, que no podrán ser realizadas sin su autorización, salvo en los casos previstos en la presente Ley.


viernes, 30 de noviembre de 2012

RECORRIENDO LA SIERRA DE SANTA CRUZ (Y II)


En la cima se siente la fuerza de Viriato, se enciende un fuego obstinado a permanecer, pétreo, por mucho que pasen los años y las costumbres, por mucho que nos alejemos de la tierra y sean otros los horizontes sobre los que el sol se nos oculte a la caída de las horas. Allí seguirá, mecida entre orillas de llanuras arboladas y riscos contorneándose a su alrededor, doblegada a la luz y a los años, como un viejo libro donde encontramos todas las respuestas a preguntas cruzadas en los distintos caminos de la vida.


Empalmando con la otra ruta que desemboca en Santa Cruz de la Sierra, emprendemos la bajada sorteando las piedras milenarias, que nos atestiguan la existencia de la gran fortaleza árabe que describíamos en el anterior relato. Nos viene el viento del oeste, aquel al que los celtas denominaban “Céfiro” y que, según sus creencias, fecunda a las yeguas solamente con su silbido.
Según bajamos, las escobas marchan en formación, agarradas a la tierra, indomables, vinculadas a sus propios misterios, como una rebelión de civilizaciones que marcaron las huellas para, tranquilamente, dejarse desgarrar, poco a poco, a través del tiempo, culmen de todo.
Descendíamos, calzadas pedregosas se emparejan con abruptas veredas que laminan el sendero y, allí, en la falda saliente, nos encontramos con el poblado que le da nombre; con restos de casas rectangulares, contiguas, agrupadas en manzanas, cuyas estructuras albergan materiales celtas, vetones, visigodos y árabes; pues, como ya dije, muchos fueron los pueblos que aprovecharon la superficie defensiva que ofrece el paisaje serrano.
Aquí, la vida es salvaje, no hay rastro de construcciones nuevas ni presencia ganadera. Imagino el curso de los días en la convivencia constante de la naturaleza primitiva con los antiguos vestigios de la Historia, silenciosa, a pasos lentos, mentalidad antigua, incompatible con nuestro tiempo.

Un poco más abajo, al llegar a la Necrópolis, vuelve el recuerdo de Viriato, que golpea mis pensamientos y eleva la temperatura de mi cuerpo; saber que, por estos lugares acampaba y tenía como gran refugio el gran caudillo lusitano, el mismo que mantuvo en jaque al mismísimo imperio romano. En el pueblo de Santa Cruz de la Sierra, emparedada en una casa, existe una lápida con su nombre y, cuenta la leyenda, que su cuerpo fue incinerado y esparcido a los cuatro vientos en el altar de la cumbre de esta Sierra tan mágica y sorprendente; sin duda, Viriato fue un héroe excepcional, que realizó grandes hazañas por nuestra tierra, dignas de mención en otro “areté”*.
La Necrópolis se establece en lo que se conoce como “campo sagrado”, al lado del popular “Risco Chico” que, al parecer, constituía la torre del homenaje de la ciudadela, provisto de piedras verticales, formando círculos, sobre los que se elevan dos altares de sacrificio donde, siglos atrás, las entrañas de cabras, caballos y bueyes calmaban a las divinidades del cielo y propiciaban fortuna para las batallas y opulencia en las cosechas.
Seguimos bajando por las veredas célticas, me imagino la sierra en las noches de luna llena veraniegas, la luz del satélite descubriendo misterios, las estrellas fugaces fundiéndose en los recovecos de las milenarias rocas, recordando las grandes hogueras que, seguramente, rondaban por toda la sierra (y por todos los montes extremeños) al son de canciones y danzas para purificar el alma.




Más adelante, nos encontramos con un viejo sendero empedrado, restos de la calzada romana que subía a la cima y que por la zona se conoce como “camino de los moros”, pues estos, como estamos viendo en toda la ruta, aprovecharon todo tipo de construcciones para adoptarlas y utilizarlas, quedando el topónimo para la eternidad popular. Una vez adentrados, entre un crepitar de piedras hermanadas con las primeras encinas cobijadas a la falda de la sierra, llama la atención una roca saliente conocida como “el cancho de la misa”, donde los restos del rozamiento de las ruedas de los carros se hace patente y marcan el curso de nuestro camino.

A medida que descendíamos, preciosos rincones se dejan observar como pinceladas de un cuadro colorista; fuentes improvisadas con pilas antiguas traídas, seguramente, de los poblados de la sierra; grandes alcornoques cerniéndose sobre canchales, abrazándolos con sus raíces; de nuevo, las varas de granito por donde bajaba el agua de la cima al pueblo, ese sistema de canalizaciones romano que perduró durante siglos por estos parajes.
El agua, la luz, el verde y gris ceniza de las rocas, la disminución de lo abrupto del camino, las fotos para el recuerdo… mitigan el cansancio y procuran un cierto asombro al caminar por la antigua calzada romana, vereda que tantas y tantas gentes han hecho uso, bordeando, los viejos nombres de los vestigios ancestrales: “el sillón del moro”, “el pozo del rey”, “el canchal de Calisto”, “la vereda de los caracoles”, “el patio”, ”la majada de las cabras”, “el pajar de la sierra”, ”los callejones”, “los medios celemines”, “malvacío”, “el cancho del búho”, “las 3 fuentes”, “la pilita”, “la fuente Ana”, “el regato conejero”, “el regato reventón”, “ el chabarcón de los moros” y un largo etc. de topónimos que reflejan en la Historia las almas de aquellos que comparten el mismo cielo y el mismo destino.




Llegando al pueblo de Santa Cruz de la Sierra, llama la atención y el asombro las ruinas de su Convento Agustino. Nos quedamos perplejos al contemplar el contraste de su majestuosidad con su actual estado de conservación; las maravillas que esconde tras el velo de suciedad que lo sepulta y la lápida de abandono que padece.
Fue este un convento de frailes agustinos recoletos fundado bajo el patrocinio de don Juan de Chávez y Mendoza, primer señor de la villa, a principios del siglo XVII. Al parecer, los frailes eligieron este lugar, por el misterio que encerraba, y encierra, las continuas apariciones de luces en las noches, y la presencia de un pozo con aguas milagrosas. Es de planta de cruz latina y estaba provisto de claustro con dependencias para albergar a 30 religiosos.
Fue muy reconocido en toda la comarca, pero no tardaron en aparecer las desavenencias con los vecinos del pueblo, sobre todo en lo concerniente a la distribución del agua por el sistema de canalización granítica (parece ser que este fue el origen del desuso de estas varas pétreas, ya que existe un pleito por el que los frailes reclamaban primero la distribución a su morada y por el que falló a su favor Carlos III, olvidándose en la redacción del mismo, no obstante, a quien le correspondía la reparación de dicho sistema, por lo que, seguramente, en cuanto llegaron las averías y nadie las reparaba se terminó el invento romano que, durante siglos, regó la sierra y surtió de recursos estos páramos).
Si a esto añadimos el aumento de propiedades, su inclinación hacia los más poderosos, etc los frailes del convento se ganaron la antipatía de las gentes, viviendo en un permanente enfrentamiento con la vecindad.
Sus días de gloria y esplendor acabaron cuando el 18 de septiembre de 1835, se realizó la exclaustración, y el pueblo aprovechó la 1ª Guerra Carlista para destruir el convento.
Hoy día, se pueden ver “frescos” en las cornisas y en los espacios donde se albergaban pequeñas capillas; así como su solemne cúpula, la entrada con los escudos de sus señores fundadores, y una pila bautismal cilíndrica en el centro del templo, mientras el viento y las palomas campan a sus anchas y zurean entre las hornillas, donde tienen sus nidos.



Serpenteando por sus calles estrechas, con baluartes de granito engalanando pequeños rincones, llegamos a su plaza mayor, auspiciada antes por un hermoso crucero que sirve de entrada a su envergadura, con su fuente circular en el medio, lapidas incrustadas en la casas que laurean sus cimientos y la iglesia parroquial de la Vera Cruz, en un lateral, realizada con aparejo de mampostería y sillería granítica, donde alberga, entre otras maravillas, una imagen de Santa Rita, del siglo XVII.
No se puede ignorar, en este precioso pueblo extremeño, la esencia de uno de sus personajes más famosos: Ñuflo de Chávez, explorador y conquistador, fundador de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, y participe de la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, donde descubrieron las cataratas del Iguazú, en la frontera con Paraguay, Brasil y Argentina.


Agotados y sedientos, la satisfacción emana al unísono con el sudor de nuestros poros; quedamos encantados con el recorrido, satisfechos por la cantidad de cosas que pudimos contemplar. Con la promesa de volver, emprendemos el regreso al otro pueblo, el Puerto de Santa Cruz, ahora por la carretera, donde tenemos los coches para la vuelta a La Cumbre.

Dejamos atrás una llama petrificada en el corazón de Extremadura, esta Sierra tan mágica como atrayente, de sillares cargados con los siglos de historia que la cortejan; de epopeyas que se hacen eco en lo más profundo de sus raíces; de carácter universal pues, al ser contemplada en toda nuestra comarca, la hacemos, un poco, nuestra (también) y nos sumamos a las hazañas que los siglos explayaron por toda su singladura.

Jesús Bermejo Bermejo       Alcorcón 2012.

* Areté: así denomino, de manera particular a los relatos publicados en el blog.



Bibliografía:

ü      El convento agustino de Santa Cruz de la Sierra. Escrito por Francisco Cillán Cillán. Coloquios Históricos de Extremadura.
ü      Wikipedia.


domingo, 18 de noviembre de 2012

EL SILENCIO DE LOS JUSTOS


Esta entrada se ha suprimido temporalmente para formar parte de una posterior publicación.

Está protegida con Copyright de acuerdo con lo establecido en el Real Decreto 1/1996 de 12 de abril, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual y Ley 23/2006, de 7 de julio, por la que se modifica el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual.


Queda prohibida la reproducción, distribución y comunicación con ánimo de lucro de acuerdo con lo establecido en la presente ley.